Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.
08/10/2005
Desde mi orilla
Puede que vuelva tu amor extendidoy me quiebre,
como un ala en su sombra.
Que cada beso aprenda su distancia,
y me devuelva
donde todo comienza.
Que el color de tu herida
sepa que existo,
y que no pueda decir adiós
a las esquinas de tu noche.
¿Podrás detener, amor,
esta mirada llena de viajes
que aprieta los bordes tejidos de mi orilla?
Mar García. 2005
15/10/2005
Novedad editorial - Maximiliano Revilla
El proveedor de iniquidades Monk Eastman
Desde 1899 Eastman no sólo era famoso. Era caudillo electoral de una zona importante, y cobraba fuertes subsidios de las casas de farol colorado, de los garitos, de las pindongas callejeras y los ladrones de ese sórdido feudo. Los comités lo consultaban para organizar fechorías, y los particulares también. He aquí sus honorarios: 15 dólares una oreja arrancada, 19 una pierna rota, 25 un balazo en una pierna, 25 una puñalada, 100 el negocio entero. A veces, para no perder la costumbre, Eastman ejecutaba personalmente una comisión.Una cuestión de límites (sutil y malhumorada como las otras que posterga el derecho internacional) lo puso enfrente de Paul Kelly, famoso capitán de otra banda. Balazos y entreveros de las patrullas habían determinado un confín. Eastman lo atravesó un amanecer y lo acometieron cinco hombres. Con esos brazos vertiginosos de mono y con la cachiporra hizo rodar a tres, pero le metieron dos balas en el abdomen y lo abandonaron por muerto. Eastman se sujetó la herida caliente con el pulgar y el índice y caminó con pasos de borracho hasta el hospital. La vida, la alta fiebre y la muerte se lo disputaron varias semanas, pero sus labios no se rebajaron a delatar a nadie. Cuando salió, la guerra era un hecho y floreció en continuos tiroteos hasta el 19 de agosto del novecientos tres.
Historial universal de la infamia (1935). J.L. Borges
22/10/2005
Melódica

Inspirado en Ballade pour Adeline, Richard Clayderman
Aclara la luz.
El río duerme en los pétalos
alineados del amanecer.
La vega toca las piezas
del clavecín celestial
que acompasa,nos acompasa
entre ávidas manos de pálpito.
Llueve.
Musitan hojas,
tililan medias verdades
cual ritmos roturados
por forja exhumada
de los vientos.
Atardece.
Sol y vida ya no conjugan
el mismo verbo.
Los lentiscos reposan
su rictus de arcilla
bajo tiro de gracia:
(desarraigo furtivo).
El jardín
es la epidemia siempre infame
del no silencio.
Gimen, escuchan,
sospechan
los sicofantes de la luz.
Aclara, destapa la noche.
¡Por fin el aire nos concede lecho!
Ángel Fdez. de Marco (Álibe). 2005
23/10/2005
Un cuento de sirenas
Los Delfines ya no añoran la tierra.
Me han contado que hubo un tiempo en que ellos, los Atlantes, la dominaron. Pero el orgullo, la mezquindad y el egoísmo guiaban sus pasos y sus acciones; así, no vislumbraron el final inevitable de su peregrinación insensata, y lo que hubiera podido ser sosegada evolución hacia su fusión con la tierra, con el Universo, degeneró en feroz involución: en su destrucción física que arrastró con ella a su entorno.
El uso irresponsable de la tecnología interfería claramente en los ecosistemas; sin embargo, salvo un pequeño núcleo de críticos despreciados por catastrofistas, el poder, asesorado por científicos en nómina de intereses espurios, no quiso prestar atención a los síntomas.
Y la masa popular se negaba a escuchar nada que supusiera renuncia a la vana comodidad adquirida mediante el abuso de los recursos del planeta.
Cuando sobrevino el desenlace, ya fue demasiado tarde. Se había sobrepasado el tiempo concedido a la reflexión.
Hubo desesperados intentos de última hora, productos de su idolatrada tecnología, irrespetuosa con la Filosofía y la Ciencia pura, que aceleraron
... (... continúa)29/10/2005
Las carreteras no terminan en la hierba
no, no pueden conducir
autos a través de la noche,
que la casa no comienza en el aire
y su oleaje.
Y tal vez dicen bien, mi amor...
Pero es cierto y tú lo sabes:
que las carreteras no terminan en la hierba,
que bogan las lechuzas,
que se puede pisar el viento
y hacerlo crujir como pasto
mientras te desnudas y accedes,
tan guiado por la sombra,
hacia la casa,
hacia la muerte.
Montserrat Doucet. De El invierno de la rosa.Colección Abezetario.2003

