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CÁLCULOS DEL AIRE

La renacida

La renacida


            Aislarse, esconderse y zigzaguear dentro de la panza serrana de un enclave solitario, equivale a muchos momentos reunidos bajo la denominación de grandes y selectos. Todo, comenzó, desde la minúscula aldea de Semillas. Con el equipaje ligero aunque con el capazo de las expectativas en estado rebosante, recorro la principal vía de este poblado; espacio que ya, por su orografía, su aspecto, y el estado de conservación de las escasas viviendas tradicionales (edificadas con piedras, lajas, tosca pizarra), transmite al viajero una clara advertencia: atraviesas un territorio extático, ¡venéralo!

            Sólo cuatro personas fueron testigos de mi encuentro, tan sólo cuatro; tres ancianos y un joven pastor de aspecto más ruinoso que el de sus mayores. El resto de moradores me atrevo a pensar que ocultos  en sus viviendas, o laborando en actividades domésticas en este núcleo, felizmente ubicado, en una esfera nebulosa de mansedumbre etérea. En ese minutaje  de incursión tuve la fortuna de constatar que el silencio coloreó la bandera de ésta entidad onírica; que las refulgencias doradas de las casonas, que cimentan la arquitectura popular, acompañaron a las palabras escritas de un himno evocador e hipnótico que, no por silencioso,  deja de ser realidad y evidencia; que la ermita, y hasta el consultorio médico que tan discretamente se alojan en este vecindario serrano, perviven para nutrir los corazones de fe y salubridad a sus puros y afortunados ocupantes.

 Desde éste día me nació, (ignoro desde qué costado) una nueva certeza: mientras mis menudos huesos no conozcan otro remanso similar, Semillas pasará a designarse, desde la natura alibense, como “la renacida Shambala”.

 

 

Álibe ©

             
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