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CÁLCULOS DEL AIRE

Pasaje a la eternidad

Pasaje a la eternidad

Son fechas ajetreadas. A las reiniciadas consultas médicas se añaden los compromisos variados que debo lidiar, lo más acertadamente posible, en las próximas jornadas. Por encima de las actividades prosaicas que se asoman a la cabecera de la memoria, aún se mantiene en ella la estelar incursión efectuada el fin de semana por tierras alcarreñas. Y, desde luego, sin temor a la confusión, puedo asegurar que permanecerá conmigo mucho tiempo tan maravilloso recuerdo. Existen varios motivos muy fundamentados para expresarme tan categórico. 

 Para comenzar es la primera vez que contrato los servicios de la afamada agencia de viajes Arawak, y el resultado no pudo ser más óptimo. Se nota a la legua su experiencia, profesionalidad, su buena disposición con el cliente —cada vez más exigente en éstos tiempos de supuesto repunte económico— con una amplia gama de ofertas de rutas de múltiple formato 

Luego, otra causa de satisfacción fue el escenario elegido: la célebre y a la vez tan solitaria Alcarria. Es un escenario de ensueño; un territorio destinado a abrir los conductos emociones de cualquier alma sensible, curiosa, indómita que desee profanar el corazón de un espacio cubierto por el color de la autenticidad. Estrenar la primavera en éstos pagos ofrece vida, una nueva reconciliación (y no una más) con los pálpitos personales de cada cuál; supone abrir una frontera con la dimensión imperecedera del gozo con todavía el color de la esperanza, despuntando en un lento pero constante resurgir.  La ruta pedestre se inició en la pedanía de Ruguilla, perteneciente al municipio de Cifuentes, y ya, desde ese instante, llegó el influjo casi súbito de la fascinación. En tan sólo unos pasos, desde un ángulo de acceso a la aldea, se pudo contemplar su espigada torre del reloj junto a  las fachadas sobrias y recias ahumadas de un silencio pletórico y solemne; la Ermita de la Soledad, que, haciendo uso del apelativo, parece guarecerse en un esquinado aunque su orgullosa y atractiva estampa no consiga escabullirse de mi vista. Su planta y aspecto me seducen a las primeras de cambio. A posteriori, con el desarrollo de la expedición, vendrán la toma de contacto con angostísimos senderos, lomas fecundas de frescor y humedad, barrancos, una pléyade de plantas aromáticas, arboledas, rincones boscosos,  vestigios pétreos;  terrenos llanos, irregulares, escarpados que acompañan nuestra andadura en fila india, al modo de víbora con tendencia al zigzagueo. De todo el periplo destacaría sobre todo: las Tetas de Viana («son muchos los que las ven, muy pocos los que las maman»), las vistas panorámicas desde las incipientes alturas que cruzamos a ritmo de émulo de explorador; y las aldeas de Sotoca de Tajo y Huetos, ésta última centro de avituallamiento de la cuadrilla del día. 

Para concluir la exposición no puedo omitir la presencia y encuentro con Julia: una muchacha risueña, excelente conversadora, con una predisposición al conocimiento extraordinaria. Fue como un soplo refulgente que llegó para colocar una prolongada sonrisa a la aureola bondadosa del día; un aliento dulce y purificador en la platea de una jornada divina, catártica, tan necesaria… 

 

 

Álibe.


  

  

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