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CÁLCULOS DEL AIRE

La tormenta del siglo

La tormenta del siglo

Nos lo estaban avisando continuamente por todos los medios de comunicación. El cambio climático era un hecho real y sus consecuencias se empezaban a notar en todo el mundo. Primero dijeron los entendidos que la temperatura aumentaría varios grados y más tarde cambiaron de opinión, diciendo que el planeta se vería azotado por una glaciación. La verdad es que los científicos no tenían nada claro. El presidente de los Estados Unidos se hizo adalid en la defensa de la utilización de petróleo como mejor fuente de energía, y eso hizo que en toda la tierra se consumiera el crudo que él y sus socios vendían a precios cada vez mas desorbitados.

Los primeros síntomas empezaron a notarse en países tropicales y poco preparados para las catástrofes naturales como huracanes, tsunamis y lluvias torrenciales. Las temperaturas variaron y se produjo una alteración de las estaciones verano invierno.

La historia que voy a contar no sé si tiene algo que ver con todo esto, ya que nevadas caen muchas, pero que lo hagan en Seseña un 15 de julio, no es lo más normal. Pero como no hay nada demostrado, sobre el cambio de clima que cada cual piense lo que quiera.

Cuando entré a trabajar el calor veraniego atizaba con todo su ímpetu, hasta los lagartos, extasiados de calor, buscaban la sombra. Todo indicaba que sería una tarde normal del estío. Pero a la hora de la siesta, cuando más pegaba el sol, el cielo empezó a ennegrecerse, y densos nubarrones se desplegaron, como un ejército, por el vasto y azulado cielo. Una tenue llovizna empezó a caer sobre las áridas tierras, a la vez que un emergente frío hizo acto de presencia.

Estuvo toda la tarde lloviendo, hasta que se formaron unos torrentes de agua que arrastraban tierra desde un cerro cercano a las instalaciones de carga y descarga, mientras que las temperaturas fueron descendiendo cada vez más como si fuera pleno invierno, tanto que a media tarde el frío era insoportable para las pocas ropas de abrigo que llevábamos, y terminó cayendo del cielo una ligera agua nieve hasta que se convirtió en una copiosa y acogedora nevada.

Los copos caían como cristales ingrávidos mecidos por el gélido aliento de Zeus, para depositarse en el suelo y formar una insignificante capa de nieve. Horas más tarde lo que empezó como una anacrónica anécdota se fue convirtiendo en una nevisca cada vez más abundante que hacía peligrar la utilización de coches sin las pertinentes cadenas para evitar patinajes indeseados. Al anochecer, la nieve ya tenía un metro de espesor y nos dejó totalmente incomunicados a los trabajadores de la fábrica, incapacitados de poder utilizar nuestros vehículos, además sin luz ni agua corriente, ya que se habían congelado las tuberías. La necesidad sacó a relucir los instintos más feroces del ser humano y alguien reventó las máquinas expendedoras de refrescos, y más tarde, cuando apareció el hambre, también las de bocadillos, acabando en pocas horas con las escasas provisiones de las que disponíamos. Ni siquiera funcionaban los teléfonos móviles. Nada de nada, estábamos totalmente aislados del mundo. Rodeados de un interminable silencio blanco.

La noche se presentaba larga y con las esperanzas puestas en que cesara pronto el temporal y se derritiera la nieve, o en su defecto, que algún equipo de rescate fuera a buscarnos lo antes posible. Pero ante la incertidumbre de los acontecimientos, empezamos a prepararnos para pasar la noche todos juntos dentro de la fábrica. Hicimos varias fogatas con cartones y palés de madera, y alrededor de las hogueras, como si fuéramos druidas celtas, sentados con el rostro iluminado por las lenguas de fuego, empezamos a contar historias de todo tipo para pasar el rato, acurrucados unos con otros para darnos calor y arropados con plásticos y cartones.

Inevitablemente, la escena hizo que mis pensamientos volaran atrás en el tiempo, cuando de muchacho me iba con mis amigos de acampada a la montaña, con una tienda de campaña perdidos entre un sin fin de pinos, acompañados tan sólo por el repiqueteo de lo pájaros, disfrutando de las noches embaucados en los efluvios etílicos de la luna.

Pero ahora no era tan divertido, la tormenta no amainó, el día siguiente amaneció envuelto en nubarrones opacos y ventiscas alpinas prolongándose durante horas, que se convirtieron en días, haciendo de la nave una cueva troglodita calentada con fuego y carente de las comodidades de hoy en día.

Pasaron cinco días, y entre mis compañeros se fueron creando vínculos de amistad que en algunos casos llegó incluso a convertirse en amor, dando rienda suelta a sus instintos, perdidos entre las máquinas. La desesperación y la soledad fueron mermando la vanidad de algunos, y poco a poco, hasta los enemigos dejaron de serlo para convertirse todos los trabajadores en algo más que compañeros, en amigos, más aún, en hermanos, donde todo se compartía y todo el mundo se consolaba fraternalmente. Otros en cambio, agobiados por la incertidumbre del aislamiento, sucumbían a los encantos de la ira y la violencia se apoderaba de ellos hasta que el enfrentamiento verbal, y algunas veces físico, hacía acto de presencia. A dos de ellos hubo que separarlos entre varias personas porque embaucados en una discusión, no se sabe por qué motivo, se dieron de golpes hasta llenarse la cara de sangre que le manaba a uno de una brecha en la ceja, y a otro de un corte en el labio.

La escasez de víveres y el peso de la soledad nos llevó, inexorablemente a plantear una salida al exterior, en busca de ayuda o de algo que poder comer, quizá en alguna casa cercana todavía se encontraba alguien que no hubiera huido del temporal, o hallarían algunas latas de conserva para aplacar el hambre voraz que empezaba a hacer mella en los, cada vez más famélicos, cuerpos de los trabajadores.

Durante la gran borrasca salieron cuatro de los más valientes, ataviados con improvisados anoraks de cartón y corcho para protegerse de las bajas temperaturas. Deambularon por encima de la nieve hasta llegar a un pequeño bar de carretera cercano, pero no hallaron sino silencio y frío, la despensa vacía, y un horizonte nublado amenazante de nuevas precipitaciones. Fueron conscientes de que se encontraban en medio de un desierto de nieve inexpugnable que convertía su habitual puesto de trabajo en una cárcel de desahuciados.

El hambre cada día que pasaba se hacía más amenazante, transformando a los pobres condenados en unos voraces depredadores, capaces de comerse las asquerosas ratas que caían viciosas en las improvisadas trampas, incluso alguien planteó cocer una bota y comérsela, como hiciera Charlot en una de sus películas. Otro, quizá, retrotrayéndose a costumbres de sus ancestros, daba rienda suelta a pensamientos antropófagos, haciéndosele la boca agua con el deleite del sabor de una carne desconocida pero que para él sabría como el mejor de los asados, y al final avergonzado descartando tan horrorosa idea.

Empezaron a oírse lamentos, tristes como la amargura, de aquellos que se sentían solos, que echaban de menos a sus seres queridos. Unos pensaban en las suculentas comidas que preparaba su madre el fin de año, cuando se reunía toda la familia alrededor de una gran mesa, repleta de viandas. Otros pensaban en sus novias, en sus abrazos y sus besos, y se acordaban de cuando hacían el amor en el coche. También en los lamentos hay un hueco para las queridas esposas y las sonrisas de los hijos, algunos para la lascivia de sus amantes. Y todos con la mirada perdida en ninguna parte pensaban en cómo eran sus vidas y en lo mucho que lo echaban de menos, hasta las cosas más insignificantes.

Con el amanecer del séptimo día, las trompetas de los cuatro jinetes del Apocalipsis enmudecieron ante el fulgor de un resplandeciente sol. Las nubes se abrieron y el cielo creció, y del Olimpo bajaron los dioses para derretir la nieve y dar la bienvenida a la esperanza, al renacer de un nuevo mundo copado por el respeto a la madre tierra y a la racionalización en el huso de energías. El verde de la hierba emergió para dar cabida, en los vuelos de su clorofílica capa, a inmensidad de flores de mil y un colores que abrieron sus pétalos para dar la bienvenida a los moradores olvidados de la fábrica.

Fernando García de la Rosa

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