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CÁLCULOS DEL AIRE

Efecto Doopler

Efecto Doopler

-¿No me das un besito, nene? -Sugirió la voz al otro lado del aparato.

Entonces Mister Doopler no pudo evitar como muchas otras veces, dejarse llevar por su imaginación calenturienta. Cerró los ojos, abstrayéndose en ese mundo particular que se habría creado: un cuerpo sensual, unos labios jugosos, una lengua diabólica. No era como chatear en donde la incertidumbre de lo desconocido lo amendrentaba, era más el contacto sonoro de una voz femenina, melosa y ardiente, lo que verdaderamente le excitaba. Él no hablaba, sólo escuchaba. Formaba parte del acuerdo establecido, como el hecho primordial y sin el cual sí se daba el aliciente, de que podía efectuarse en cualquier momento. Ahora mismo.

-Te mando uno de esos que tú ya sabes. Mmmm...... Mmmm. Sientes ahora mi lengua acariciando tus labios, penetrándote -Susurraba la voz.

Mister Doopler, sentado en una esquina de la tarima presidencial junto a sus colegas en la ponencia, una video-conferencia nacional acerca de las Historia de las Telecomunicaciones, permanecía ensimismado con la mano pegada a la oreja, ajeno completamente  a todo, sólo viviendo plácidamente como poco a poco algo le ardía dentro del pantalón. Su pequeño periscopio emergía con timidez navegando por entre las aguas del boxer como espía alemán, con los torpedos en posición de disparo. El fuego le subía ahora por el estómago, rozándole los pulmones, oprimiéndole el corazón. Sintió una vez más aquella lengua lasciva dentro de su boca quemándole vivo.

-Te voy a comer enterito, lentamente, cómo a ti te gusta mi amor, ¿estás preparado? - Habló nuevamente el teléfono.

Mister Doopler no pudo contenerse ya más y comenzó a masturbarse frenéticamente sin piedad, justo en el momento en que anunciaban su turno en el estrado. Las cámaras le enfocaron sin poder creer lo que estaban viendo. ¿Esto qué es? Debían haber preguntado, pero no, un silencio sepulcral se apoderó de la pequeña sala antes de que nadie hablara. El país entero contempló durante breves instantes el singular espectáculo. Nadie estornudó. Sólo rompió ese momento en el tiempo...,el sonido constante y siempre alerta de un móvil.

 

 

Blanca Díez de Tejada Guevara

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