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CÁLCULOS DEL AIRE

Intimidad remota

Intimidad remota

Pastor de soledad, oigo la rueda,
el largo despertar, el desvalido
rumor del horizonte que retorna
del último sollozo.

Del último cristal exterminado,
del íntimo reflejo que no encuentro,
del momentáneo ruido, de unos ojos
mirándose o subiendo.

Resisto la profunda lejanía,
la pálida distancia que en mi centro
remotamente llora cosas muertas
y cesiones sin nombre.

De furia y de temblor, de angustia lenta
tengo un rebaño mudo. Dulcemente
pregunto al desamparo de los cielos
por mi eterna constancia.

Levanto desoídos pensamientos,
voces sin luz, arenas sin respuesta,
tristes concentraciones agraviadas
de mis pobres nociones.

Estoy ante el dolor y sus palacios,
montañas transparentes me sepultan;
no toco, no conozco, sólo adoro
y desoladamente amo.


J.E. Cirlot

Con otro rasero

Con otro rasero

Finada, y con el rastro aún perdido en el esquivo Guadalquivir, el caso de la joven Marta del Castillo, colea, indigna, estremece y abre los intestinos a los ciudadanos de un país ya demasiado acostumbrado al sufrimiento. Se aflige por sucesos irrumpidos con un grado de malevolencia tan superlativo y cruel como el pertrechado en la localidad hispalense; se conmueve hasta niveles insospechados por la debilidad y inoperancia de la justicia, (especialmente con la ley del menor), ante sucesos de estas características desde tiempos inmemoriales; se lamentan amargamente, centenares de familias españolas, que padecen el dolor de pérdidas y desapariciones de seres queridos con un seguimiento judicial y mediático muy inferior, o, incluso inexistente, en comparación con el caso que nos ocupa.
Desafortunadamente muchas “Martas del Castillo” permanecen a día de hoy en paradero desconocido y, lo que es peor, con finales tan siniestros, desdichados sin que los medios públicos realicen un mínimo seguimiento, ni repare en una equitativa atención. Tanto éstos como la justicia deberían ser derechos y bienes que ponderen con mayor eficacia sucesos de estas magnitudes. La dignidad de un pueblo bien la merece.


Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Amelie

Amelie

Si hay una pieza fílmica donde se conjugan precisa y armónicamente poesía, estética e ilusionismo moral, si hay un título capaz de proponer una narración certera al epigastrio de la conmoción sin caer en tópicos manidos y desgastados, aquí tienen a Amelie para que puedan compartir mi apreciación.
Jeunet, el director francés , no necesita recurrir a una historia truculenta, llena de argucias y técnicas basadas en un efectismo inmediato, sino que la potencia que emana esta comedia gala del 2001 supo granjearse el respeto y la admiración de críticos y espectadores en los certámenes en los que se presentó. Y, cómo era de esperar, arrolló sin paliativos. Amelie, la fémina protagonista de un París desorbitado y deliciosamente decadente, se fragua como una heroína juvenil enmarcada con el estigma de la virtud y la inteligencia, como ese ángel amparado en la generosidad y el altruismo que es capaz (por si mismo) de engendrar cambio; revolucionar las conciencias y provocar, a la postre, un espejismo de luces extraordinarias.
La parisina es forjada, por la mano de su creador, con el báculo de una honestidad esenciada en el amor y la lealtad, en el compromiso con sus vecinos de barrio que torpemente son incapaces de sospechar, someramente, el origen que les produce reanimación y entusiasmo. Existencias corales teñidas de un surrealismo delirante, extraño y cómico que engalana aún más este metraje francés realizado para entretener y trascender dentro del cine europeo contemporáneo.
Y si por si fuera poco lo expuesto cabe hacer una alusión notable: su espléndida estética. El discurso poético de la cinta es alimentado desde los inicios con una pulcritud meridiana, y el tratamiento de la imagen está cultivado desde un pictorismo meticuloso y diáfano, muy coherente al gusto cromático del responsable del film. Buena cuenta nos ofreció en películas anteriores, (especialmente en Delicatessen, 1991) donde los argumentos formales del color, la imagen y las luces configuran una “patente de corso” muy sólida en su quehacer cinematográfico.
Amelie es una pieza básica en la videoteca del buen sommelier cultural. No es posible concebir un listado de las más relevantes películas de nuestro continente de la última década, sin que la pizpireta Poulain de nuevo seduzca al espectador con sus melifluos candores y sorprendentes ocurrencias.
Apaguen luces, acomódense y déjense sucumbir, por enésima vez, a este deleite audiovisual. Nunca les defraudará.

Portuaria alicantina

http://es.youtube.com/watch?v=iMRG56rwTuE&feature=channel_page

Shin Jin Mei

Shin Jin Mei

1.- La verdadera Vía, la esencia de la Vía, no es díficil, pero no debemos escojer o dejar de amar.

2.- Si no odiamos y no dejamos de amar, la Vía aparece claramente, como la entrada de una cueva en la ladera de la montaña.

3.- Si se crea una diferencia del grosor de un átomo, ya una distancia infinita separa el cielo de la tierra.

4.- Para despertar aquí y ahora, hemos de liberarnos de lo exacto y de lo falso.

5.- Cuando lo exacto y lo falso combaten, el espíritu está enfermo.

6.- Si desconocemos la profundidad del origen, la conciencia se agota.

7.- La verdadera Vía es como el cosmos infinito, nada le falta y nada le es superfluo.

8.- Si dependemos de la ganancia o de la pérdida, no somos libres.

9.- No corramos tras los fenómenos, no nos entretengamos sobre el vacío.

10.- Si nuestro espíritu se mantiene tranquilo, en calma, en su condición original, se desvanece naturalmente, espontáneamente, como en el sueño.


Poema del Maestro Sozan

La tormenta del siglo

La tormenta del siglo

Nos lo estaban avisando continuamente por todos los medios de comunicación. El cambio climático era un hecho real y sus consecuencias se empezaban a notar en todo el mundo. Primero dijeron los entendidos que la temperatura aumentaría varios grados y más tarde cambiaron de opinión, diciendo que el planeta se vería azotado por una glaciación. La verdad es que los científicos no tenían nada claro. El presidente de los Estados Unidos se hizo adalid en la defensa de la utilización de petróleo como mejor fuente de energía, y eso hizo que en toda la tierra se consumiera el crudo que él y sus socios vendían a precios cada vez mas desorbitados.

Los primeros síntomas empezaron a notarse en países tropicales y poco preparados para las catástrofes naturales como huracanes, tsunamis y lluvias torrenciales. Las temperaturas variaron y se produjo una alteración de las estaciones verano invierno.

La historia que voy a contar no sé si tiene algo que ver con todo esto, ya que nevadas caen muchas, pero que lo hagan en Seseña un 15 de julio, no es lo más normal. Pero como no hay nada demostrado, sobre el cambio de clima que cada cual piense lo que quiera.

Cuando entré a trabajar el calor veraniego atizaba con todo su ímpetu, hasta los lagartos, extasiados de calor, buscaban la sombra. Todo indicaba que sería una tarde normal del estío. Pero a la hora de la siesta, cuando más pegaba el sol, el cielo empezó a ennegrecerse, y densos nubarrones se desplegaron, como un ejército, por el vasto y azulado cielo. Una tenue llovizna empezó a caer sobre las áridas tierras, a la vez que un emergente frío hizo acto de presencia.

Estuvo toda la tarde lloviendo, hasta que se formaron unos torrentes de agua que arrastraban tierra desde un cerro cercano a las instalaciones de carga y descarga, mientras que las temperaturas fueron descendiendo cada vez más como si fuera pleno invierno, tanto que a media tarde el frío era insoportable para las pocas ropas de abrigo que llevábamos, y terminó cayendo del cielo una ligera agua nieve hasta que se convirtió en una copiosa y acogedora nevada.

Los copos caían como cristales ingrávidos mecidos por el gélido aliento de Zeus, para depositarse en el suelo y formar una insignificante capa de nieve. Horas más tarde lo que empezó como una anacrónica anécdota se fue convirtiendo en una nevisca cada vez más abundante que hacía peligrar la utilización de coches sin las pertinentes cadenas para evitar patinajes indeseados. Al anochecer, la nieve ya tenía un metro de espesor y nos dejó totalmente incomunicados a los trabajadores de la fábrica, incapacitados de poder utilizar nuestros vehículos, además sin luz ni agua corriente, ya que se habían congelado las tuberías. La necesidad sacó a relucir los instintos más feroces del ser humano y alguien reventó las máquinas expendedoras de refrescos, y más tarde, cuando apareció el hambre, también las de bocadillos, acabando en pocas horas con las escasas provisiones de las que disponíamos. Ni siquiera funcionaban los teléfonos móviles. Nada de nada, estábamos totalmente aislados del mundo. Rodeados de un interminable silencio blanco.

La noche se presentaba larga y con las esperanzas puestas en que cesara pronto el temporal y se derritiera la nieve, o en su defecto, que algún equipo de rescate fuera a buscarnos lo antes posible. Pero ante la incertidumbre de los acontecimientos, empezamos a prepararnos para pasar la noche todos juntos dentro de la fábrica. Hicimos varias fogatas con cartones y palés de madera, y alrededor de las hogueras, como si fuéramos druidas celtas, sentados con el rostro iluminado por las lenguas de fuego, empezamos a contar historias de todo tipo para pasar el rato, acurrucados unos con otros para darnos calor y arropados con plásticos y cartones.

Inevitablemente, la escena hizo que mis pensamientos volaran atrás en el tiempo, cuando de muchacho me iba con mis amigos de acampada a la montaña, con una tienda de campaña perdidos entre un sin fin de pinos, acompañados tan sólo por el repiqueteo de lo pájaros, disfrutando de las noches embaucados en los efluvios etílicos de la luna.

Pero ahora no era tan divertido, la tormenta no amainó, el día siguiente amaneció envuelto en nubarrones opacos y ventiscas alpinas prolongándose durante horas, que se convirtieron en días, haciendo de la nave una cueva troglodita calentada con fuego y carente de las comodidades de hoy en día.

Pasaron cinco días, y entre mis compañeros se fueron creando vínculos de amistad que en algunos casos llegó incluso a convertirse en amor, dando rienda suelta a sus instintos, perdidos entre las máquinas. La desesperación y la soledad fueron mermando la vanidad de algunos, y poco a poco, hasta los enemigos dejaron de serlo para convertirse todos los trabajadores en algo más que compañeros, en amigos, más aún, en hermanos, donde todo se compartía y todo el mundo se consolaba fraternalmente. Otros en cambio, agobiados por la incertidumbre del aislamiento, sucumbían a los encantos de la ira y la violencia se apoderaba de ellos hasta que el enfrentamiento verbal, y algunas veces físico, hacía acto de presencia. A dos de ellos hubo que separarlos entre varias personas porque embaucados en una discusión, no se sabe por qué motivo, se dieron de golpes hasta llenarse la cara de sangre que le manaba a uno de una brecha en la ceja, y a otro de un corte en el labio.

La escasez de víveres y el peso de la soledad nos llevó, inexorablemente a plantear una salida al exterior, en busca de ayuda o de algo que poder comer, quizá en alguna casa cercana todavía se encontraba alguien que no hubiera huido del temporal, o hallarían algunas latas de conserva para aplacar el hambre voraz que empezaba a hacer mella en los, cada vez más famélicos, cuerpos de los trabajadores.

Durante la gran borrasca salieron cuatro de los más valientes, ataviados con improvisados anoraks de cartón y corcho para protegerse de las bajas temperaturas. Deambularon por encima de la nieve hasta llegar a un pequeño bar de carretera cercano, pero no hallaron sino silencio y frío, la despensa vacía, y un horizonte nublado amenazante de nuevas precipitaciones. Fueron conscientes de que se encontraban en medio de un desierto de nieve inexpugnable que convertía su habitual puesto de trabajo en una cárcel de desahuciados.

El hambre cada día que pasaba se hacía más amenazante, transformando a los pobres condenados en unos voraces depredadores, capaces de comerse las asquerosas ratas que caían viciosas en las improvisadas trampas, incluso alguien planteó cocer una bota y comérsela, como hiciera Charlot en una de sus películas. Otro, quizá, retrotrayéndose a costumbres de sus ancestros, daba rienda suelta a pensamientos antropófagos, haciéndosele la boca agua con el deleite del sabor de una carne desconocida pero que para él sabría como el mejor de los asados, y al final avergonzado descartando tan horrorosa idea.

Empezaron a oírse lamentos, tristes como la amargura, de aquellos que se sentían solos, que echaban de menos a sus seres queridos. Unos pensaban en las suculentas comidas que preparaba su madre el fin de año, cuando se reunía toda la familia alrededor de una gran mesa, repleta de viandas. Otros pensaban en sus novias, en sus abrazos y sus besos, y se acordaban de cuando hacían el amor en el coche. También en los lamentos hay un hueco para las queridas esposas y las sonrisas de los hijos, algunos para la lascivia de sus amantes. Y todos con la mirada perdida en ninguna parte pensaban en cómo eran sus vidas y en lo mucho que lo echaban de menos, hasta las cosas más insignificantes.

Con el amanecer del séptimo día, las trompetas de los cuatro jinetes del Apocalipsis enmudecieron ante el fulgor de un resplandeciente sol. Las nubes se abrieron y el cielo creció, y del Olimpo bajaron los dioses para derretir la nieve y dar la bienvenida a la esperanza, al renacer de un nuevo mundo copado por el respeto a la madre tierra y a la racionalización en el huso de energías. El verde de la hierba emergió para dar cabida, en los vuelos de su clorofílica capa, a inmensidad de flores de mil y un colores que abrieron sus pétalos para dar la bienvenida a los moradores olvidados de la fábrica.

Fernando García de la Rosa

Violencia doméstica

Violencia doméstica

Hoy he vuelto al mar con heridas nuevas,
las puñaladas certeras del miedo
y sus instantes traicioneros.
Compulsivas, las patadas de la ira,
dolorosos hachazos de soberbia,
crueles amputadores de tantas esperanzas.

Déjame descansar, carne irreverente.
Deja de destilar inmisericorde
la ira de lo ya extinto.

Basta de desgarrar con furia
los tapices coloridos de mi alcoba
y dame un poco de paz hipotecada.

No encontré agua para tanta sangre,
delatora y cobarde.

Pájaros miran y esperan
con su ronca algarabía de silencios.


Domingo Díaz

Esencias IX

Esencias IX

"Las personas vanas e indolentes afectan despreciar las letras; los hombres sencillos las admiran sin tocarlas, y los sabios las usan y las honran".

Barón de Verulam, Francis Bacon, filósofo y político inglés

"Un libro tiene que ser el hacha que rompa nuestra mar congelada".

Franz Kafka, escritor checo

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora".

Proverbio hindú

"La poesía no quiere adeptos, quiere amantes".

Federico García Lorca, poeta y dramaturgo español

El lince

El lince

LLegó el momento de decir adiós.
Sentir la zarpa de la lenta ausencia,
rendirse a tu fugada decadencia
en la vereda del postrero adiós.

Llegó el instante de pedir a Dios
que luz de tu mirada sea herencia
de un mundo que transpira en consciencia:
entreverado sueño en pos de vos.

No quedará camino por seguir,
ni matorral que soledades beba,
ni dunas de tu agónico morir.

Silencios rotos el mundo te deba
en esta nebulosa, el devenir,
sobre tu negra, desdichada prueba.


Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Tao

Tao

La bondad suprema es como el agua,
que favorece todo y no rivaliza con nada.
Al ocupar la posición que cualquier humano
desprecia,
se encuentra muy cerca del Tao.

Su posición es favorable.
Su corazón es profundo.
Su don es generoso.
Su palabra es fiel.
Su gobierno está en perfecto orden.
Ella cumple con su tarea.
Actúa a propósito.

Al no rivalizar con nadie,
es irreprochable.

La conjura de los necios

Pocas novelas occidentales y contemporáneas gozan de la virtud de provocarme estadíos de elevada sorpresa, de suscitarme una visión tan reveladora, crítica y mordaz como ésta que cayó fortuitamente entre mis manos. Ésta obra de Kennedy Toole, y su truculenta historia que derivó en su edición tras la muerte del autor, llega al seno de la literatura anglo-sajona de principios de los ochenta, como un puñetazo certero, de derecha, al mentón de una sociedad sureña estadounidense aún enferma y contagiada de conflictos éticos y raciales, de primer orden. La novela es un mosaico preciso de episodios donde el protagonista, Ignatius Really, outsider seboso, cargado de un paterismo superlativo y ensoñación quijotesca, fluctua por una Nueva Orleans caótica como un ciclón surrealista que asola y devasta todo lo que se le cruza a su encuentro. Sus relaciones personales con el entorno, desde la irreconciliable alianza y posición de poder con su doliente madre hasta con la conferenciante contracultural Mirna Minkoff, entre otros, son una continua y delirante muestra de un idealismo nihilista, trasnochado y esperpéntico magistralmente trazado por un escritor que tuvo el infortunio de dejarnos demasiado pronto. Las letras universales lamentable deuda contrajeron por ello.

K.O. con una destreza inusual en un joven de trayectoria literaria tan breve, recompone, mediante el acento de la comedia y la corriente del drama, un proyecto jugoso y válido para retratar el pulso urbano de una Lousiana sumida en las demandas y reformas legales, judiciales, donde la América de las libertades, de las posibilidades y del éxito de sus habitantes cae en una falacia irreal y dolorosa. John Kennedy con la sátira ácida, punteada en el filo de su pluma recorre, con su personaje brajo el brazo, el abismo y la hipocresía social que le contagia desde sus primeras imbricaciones con una realidad muy alejada de la que soñó algún día a partir de su graduacción universitaria, y ello, le acarreará, severas secuelas de indentidad.

La conjura de los necios es un título imprescindible, de culto para muchos, de extravagante guiño al humor y a la mediocridad existencial para otros. Para quién les acerca estas líneas es una de las narraciones más sugerentes, exquisitas, agridulces (como el alimento cantonés) más conmovedorass con las que he tenido el gusto de saciarme desde tiempos no cercanos. No sólo el discurso dialéctico de Ignatius resulta suficientemente atrayente para que el lector se sumerja hipnóticamente en él, sino la profundidad de pensamientos, reflexiones e interrelacciones frenéticas y disparatadas con los personajes encumbran por méritos propios el libro del que hoy enjuiciamos.

Para la posteridad estadística, honorífica quedará reflejado el Premio Pulitzer ganado en el año 1981; permanecerá el mito de un literato suicida que no gozó un ápice de de la repercusión de su obra. Para sus entusiastas admiradores siempre persistirá ese sagaz hilo de maestría en la madeja del ingenio.


Ángel Fdez. de Marco

Amor, dulce amor

Amor, dulce amor

Ni siquiera los melódicos trinos de los jilgueros, apostados en su ventana al amanecer, eran capaces de hilvanar los suficientes sentimientos felices, como para disponerse a disfrutar del nuevo día. Su vida se había convertido, con la sucesión de semanas sumido en el desasosiego, en una gran losa opaca que tan sólo dejaba pasar, por los requiebros de una grieta sumisa, un rayito de felicidad y esperanza, un resquicio de luz por donde se colaba el amor que sentía hacia una compañera de trabajo, un tragaluz que le mantenía vivo sólo si ella estaba a su lado, en la misma máquina que él, en la fábrica, en Mecaplast.

Claudia nunca fue una chica que embelesara el entendimiento masculino solamente con un embriagador perfume, o con una desoladora caída de ojos, pero para Juan el olor almizcleño junto con su sonrisa picasiana, le hacía caer mareado en el ocaso de sus pupilas, luchando por salir, como un ratón de la ratonera, del cautiverio que le provocaba su sola presencia. La extremada delgadez de la que hacía gala le asaeteaba con infinidad de pensamientos, donde se veía con ella abrazándola únicamente con el arco de su musculoso brazo.

Él tampoco era de los que levantaban pasiones entre las féminas, pero contrarrestaba la falta de emulación de Adonis con cierto gracejo y una verborrea desbaratada e imparable, que acrecentaba, por lo menos, la simpatía de sus compañeros.

Durante la jornada solían estar separados por un abismal espacio de escasos metros. Cada uno en una máquina, pero tan cerca que sus miradas caían en lo inevitable, cruzándose más de mil veces. Sin hablar, sin gestos, sólo con pequeños detalles creaban un mundo imaginario de amor y deseo, de esperanza. Se lo decían todo, se besaban, se abrazaban y yacían juntos en el mismo lecho, en un tálamo nupcial de sábanas perfumadas. Siempre al girarse, sus ojos se encontraban, era como si no hicieran otra cosa que mirarse las ocho horas. En la distancia se abrazaban, se amaban, pero a la vez, se esquivaban.

Sin embargo, cuando estaban solos uno al lado del otro, tomando un café en la zona de descaso, o en el comedor a la hora del bocadillo, los dos callaban su oculto y anhelado amor, distrayendo la mirada para evitar encontrarse, y en silencio para evitar herirse.

Él aprovechaba cualquier circunstancia para estar junto a su amada, para nadar en la fragancia marina de ella, para sentir el calor de su cuerpo a escasos centímetros del suyo, para oír cómo manaba un néctar de palabras de su boca de terciopelo. A veces, incluso inmiscuyéndose en conversaciones ajenas a sus ideales e intereses, sólo para entrelazar unas titubeantes palabras. Y cuando alguna vez se quedaban hablando en una buscada soledad, el interés del diálogo decaía a la vez que aumentaba el ensimismamiento electrizante de sus ojos, siendo imposible mirar a otro sitio que no fuera el cristal de los luceros de su cara.

En escasas ocasiones se rozaban las manos fugazmente, sintiendo una punzada de amor en el corazón. Pensando que el susurro silencioso del calor de la piel, era el principio de un mar de caricias, que inexorablemente se rompería en un mundo de besos y abrazos. Los dos sabían que se amaban, sentían la pasión del uno por el otro. Tan sólo con las miradas...

Pero el desalmado calvario llegaba al caer la noche, cuando entre las sombras de su habitación vislumbraba imaginariamente la sonrisa de ella, y sólo acudían a sus efímeros ojos un sinsabor de lágrimas contenidas. La simple evocación de su mirada le hacía debatirse entre dos mundos opuestos de incertidumbre y temores.

Y ante tanto dolor contenido, la rabia hacía acto de presencia cuando pensaba en el martillador recuerdo de haberla visto hablando con un compañero, guapo y simpático, por el que había mostrado alguna inclinación sentimental. La tortura le llegaba en forma de carcajadas cómplices cuando estaban los dos juntos, unos metros alejados, a la vez que entornaba los ojos desafiantes, sabedora que sus actos eran viles cilicios que martirizaban con certeza el corazón de él, que consumido por los celos, les daba la espalda para distraerse con otros banales quehaceres.

Un día, al salir de trabajar, en los albores del alba, el coche de ella empezó a agonizar y se negó en rotundo a arrancar. Él se acercó con decisión, aunque sin tener ni idea de mecánica, con el fin de arreglar el problema. Pero todo fue inútil, estaba claro que la vetusta batería había claudicado ante el furor marchito del paso del tiempo. Se ofreció caballeroso a llevarla hasta su casa, y ella aceptó encantada y nerviosa. Por el camino los dos se precipitaron en un torbellino de palabras, haciendo imposible el reinado del silencio, sumergiéndose en el abismo de una conversación intrascendental, haciéndoles soñar por unos instantes que hablaban como una pareja de enamorados.

Aquella noche, como tantas otras, el sueño no acudía a socorrerle, no podía dejar de pensar en ella, atormentado por el recuerdo de su perfume y bañado por el dulzor de su sonrisa. Se sintió feliz por unos instantes ante la evocación de los momentos compartidos, y a la vez desgraciado, porque los tan efímeros minutos no se hubieran convertido en algo eterno, llegando incluso más allá, cuando sus cuerpos se vieran reducidos tan sólo a cenizas.

Le quedaba la esperanza de dar el paso decisivo, declarando sus sentimientos con sinceridad y valentía. Pero ¿y si ella le rechazaba? ¿Y si le decía que estaba equivocado y que sentía por él la mayor de las indiferencias? Le embargaba el miedo de que tras la declaración de amor, ella ni siquiera le dirigiera la palabra, que le esquivase en el trabajo, que en definitiva, le hiciera sufrir más de lo que sufría ahora por no alcanzar a conseguir un hueco en su corazón. Probablemente tendría que abandonar el trabajo para no vivir con esa carga el resto de la vida. Sólo con verla y saber que entre ellos no podía haber nada, sería un tormento insoportable.

Intentó enamorarse de otras chicas, pero con resultados inútiles. Con una, incluso llegó a salir un par de meses, se divertían juntos tomando copas los fines de semana, y viendo alguna película en el cine. Pero al no haber sentimientos de fondo, la relación claudicó ante el imparable aburrimiento y la obsesión por Claudia, de la que no conseguía desprender sus más afectuosas pasiones.

Una tarde, ella sufrió un súbito desmayo. Cuando la vio, las zapatillas de Marte le dieron alas para acudir veloz a su lado, con el corazón reducido al mínimo, asustado por el atípico desenlace. Cuando estuvo con ella, se arrodilló para acoger la cabeza de muñeca entre sus brazos, descansando en su humilde regazo, dándole el calor del amor de su pecho. La sola observación del sueño que tenía abrazado le producía, por unos segundos interminables, un gran deleite, que al apartar con una mano los mechones de pelo que ocultaban sus ojos cerrados, el mundo de alrededor tomaba un carácter celestial. Lentamente, haciendo surcos de lágrimas por sus mejillas, acercó sus quebrados labios al corazón de su sonrisa dormida, hasta que, ante la mirada atónita del personal, depositó un suave y efímero beso sobre las carnosas líneas de su boca.

Nunca antes se había mostrado tanto amor con un gesto tan insignificante, y los observadores comprendieron que el amor era algo sublime que se les escapaba por los dedos.

Claudia, postrada sobre él, inconsciente cual Bella Durmiente, despertó de su pasajero letargo mostrando una impoluta sonrisa de cristal, tras unos instantes de desconcierto y confusión le asió la nuca con delicadeza y le atrajo hacia ella para, esta vez si, darse un fuerte y sellador beso con el que rubricarían el principio de una vida de amor.

Fernando García de la Rosa

Recital de Música y Poesía Hondureña

Recital de Música y Poesía Hondureña

Jueves 2 de octubre de 2008. 20.00 horas.

Centro Cultural Isabel de Farnesio de Aranjuez. Auditorio Joaquín Rodrigo.

Recitan: Cecilio Fernández

En representación del Grupo Aranjuez

(Ángel Fdez. de Marco y José Carlos Rodrigo Breto)

Música: Orquesta de Cámara de la Escuela Municipal de Música "Joaquín Rodrigo".

Dirección por José Antonio Jiménez.

Presenta: Montserrat Doucet.

Pasaron los días del frío

Pasaron los días del frío

Este brillo, esperanza por ser primavera,
 sangra a destellos el fuego de vida
 aunque naciera humedad y misterio.
 
-Brisas en fuga de otras nubes
 esperaron la mañana para huir
 y dejarnos tan solo su esencia-
  
Cae la lluvia que estalló sobre la hierba
 y su destino, que ha fecundado la tierra,
 poco a poco,
 gota a gota,
 y lentamente,
 sabe,
 seguramente sabe,
 que febrero ya pasó
 y que se cumplieron
 todos los días del frío,
 todos los tiempos del invierno.
 
 
Isabel Delgado

Recuerdo la mirada de lejos

Recuerdo la mirada de lejos

Recuerdo la mirada de lejos,
el viento hosco de aquellos días,
el paisaje y sus abiertos caminos
el aire de nubes, a tu espacio de vida.

¿Quién, mañana, dirá quién fuiste?
Sombra de ti es esta nostalgia,
vago polvo de palabras
que hoy se aventan al olvido.

Más allá de estos muros del tiempo,
de este desierto sin nombre,
más allá de mi mismo te hubiera mostrado
la posible, necesaria humanidad de otra vida.

Hoy aún me duele aquella vieja herida
cuando tras la ventana
miro la noche beber la distancia
de un sueño borrado, de un fuego dormido
en la fría y oscura dignidad del silencio.

Aurelio Campos

Miras cómo se alejan los días

Miras cómo se alejan los días

Miras cómo se alejan los días
como breves nubes pasajeras.
El paisaje se desvela en tus ojos
como claro designio de la luz de tu sueño
y te adentras hacia amados recuerdos
hacia esa música en que se abrazan los árboles
como nobles hijos de la paz de la tierra.
Ignorante de las atrocidades del mundo
respiras las horas, te laten los días,
detienes, un instante, tus pasos
ante la mirada azul del crepúsculo
-abierta sed de horizontes-
que acogen, en vuelo fugaz,la verdad de tu vida.


Aurelio Campos

Desde este apartado recinto. Por Aurelio Campos.

Desde este apartado recinto.  Por Aurelio Campos.

La exaltación de la naturaleza, la evocación de las vivencias inolvidables de la infancia, la nostalgia no desprovista de dolor en la contemplación de un mundo que se escapa tras las esquinas del tiempo, son algunas de las claves de este libro. El espacio vital del hombre vinculado en su quehacer cotidiano a los designios de la lluvia y la tierra, del sol y del agua en donde el gozo de sus frutos, a pesar de las duras condiciones que imponen para obtenerlos,deja su sello en un espíritu creador de valores humanos.
Tal experiencia cobra su mayor sentido cuando los medios o los orígenes se han desarrollado en un ámbito de escasez donde las primarias oportunidades que confiere la vida aportan,por otra parte, vivencias que trascienden las huellas de la memoria.
D.E.A.R. es un poemario que no se puede leer de un tirón sino que hay que paladearlo poema a poema hasta encontrar ese transfondo, esa hondura humana que trata de exponer el poeta. Un libro recomendable, lleno de sentir y de sentido cuyo efecto nunca nos podrá dejar indiferentes.


Heroica ibérica

Heroica ibérica

Al equipo nacional de fútbol
y a su encomiable triunfo en el Campeonato de Europa de 2008.


Venerada la heroica
en el campo de juego.
Campo y fervor amapolado
en millares de camisolas;
campo en broche de corinto
que a la grey nos conmueve
tras los jadeantes vítores.
Ultra-Coliseo
donde la sangre hispana brota
con destellos de Aldebarán.

Sois, gladiadores de la esfera,
artífices del gozo
en tiempos de la turbación;
disponéis de la quintaesencia,
del incógnito de la juventud
que nadie podrá descifrar.
Gozáis del venablo del júbilo,
del sortilegio del poder
y la dorada maravilla
que algún ídolo os otorgó.
¡Oh, caballeros del cuero,
minotauros di tappetino verde,
feligreses de la consumación!


Álibe

El tijeretazo

El tijeretazo

El temor y la incertidumbre se han enraizado hondamente en la conciencia individual y colectiva de todos los españolitos cuando nos referimos a la economía, al amplio término de la economía. Y no vamos a ceñirnos a la macroeconomía, que afecta a determinadas regiones del planeta o, ni siquiera, la que afecta a las arcas de nuestro singular Estado; vamos algo más lejos o cerca (según cómo se mire): la que sufre el ciudadano de a pie, aquel en el que se ven reflejado millones de individuos y le sirve como útil molde de comparación.

La realidad no deja lugar a la divagación y el sistema económico de bienestar se encuentra sumido en un terrible varapalo de consecuencias preocupantes y calamitosas. Con una subida del IPC muy superior a la sufrida en los últimos años en torno a los productos primarios, la economía doméstica de millones de familias transita por una precariedad notabilísima, y los síntomas de ahogamiento y endeudamiento de muchos son un verdadero síntoma de preocupación social. Y es que no es necesario leer sesudos informes llenos de cifras para constatar la problemática, basta con compromar que la cesta de la compra con el mismo importe cada vez se aligera, o que el depósito de combustible de nuestro automóvil en cada ocasión solicita más euros mientras se reposta para toparse, de bruces, con una dura cotidianidad que acontece sin remilgos.
Qué decir tiene que el incremento de los tipos de interes y el índice Euribor hasta los cinco puntos contribuyen a la asfixia generalizada de las clases medias y populares, suponiendo un frenazo en las felices expectivas de consumo que el ciudadano patrio sentía en fechas no lejanas.

¿Dónde quedaron los tiempos donde las vacaciones generalizadas eran mensuales, dónde el coche iba atiborrado de suegra, niños, bicicletas y dónde el descanso estival era más sagrado si cabe que el turrón de nochebuena? ¿Dónde quedó esa alegría plastificada en forma de tarjeta de crédito cuando el afán consumista de muchos se antojaba contagioso como la gripe o unas simples paperas? ¿Dónde quedó el gusto por la moda, la coquetería, el deseo enfermizo por las nuevas tecnologías o el de darse el gustazo de adquirir el nuevo modelo de utilitario para ser la “comidilla” principal del barrio durante unos días?

El hombre, en este caso el españolito común, de calle, es una de esas especies capaz y acostumbrada a cambiar de hábitos, de costumbres, a sufrir los reveses cuando los vientos giran en su contra con mayor estoicismo de lo que en un principio podría atribuirsele. Y prueba de ello es que de pegada anda bien sobrado, pese a que jure y perjure en arameo, propage sus penas a diestro y siniestro ante sus semejantes, y un simple: “¿Has visto cómo se están poniendo las cosas”? Le sea útil para departir resignaciones. Desde luego el dicho popular de: “siempre el mal compartido fue menos amargo” aquí dispone de total validez.

Entre tanto las noticias no cesan en comunicar informaciones poco halagüeñas para los meses venideros. Mientras que para unos la cuestión es aborbada bajo el vocablo de desaceleración económica, y para otros no hay duda en declararla como crisis galopante, acuciante y de magnitud, el día a día impone sentencia ante un considerable grupo de población que sufre los rigores de políticas económicas injustas y desproporcionadas, y que le viene al pairo los discursos semánticos y ambigüos de situaciones que atentan directamente sobre su poder adquisitivo.

Un ciclo borrascoco tiñe de dudas el bolsillo y la seguridad de muchos ciudadanos. Ante la inoperancia institucional sólo cabe, de momento, el buen criterio, la óptima administración personal y la esperanza de gozar de momentos más estables y desahogados. De momento, hagamos una nuevo agujero al cinturón aunque sea sólo para mejorar la silueta.


Ángel Fdez. de Marco

Oceanus

Oceanus

Sometimes I stand upon the shore
where troubles vault their effluence pour,
and troubled waters sigh and shrieck
of secrets that they dare not speak.
From nameless valleys far bellow,
and hills and plains no man may know,
the mystic swells and sullen surges
hint like accursed thaumaturges
a thousand horrors, big with awe,
that long-forgotten ages saw.
O salt, salt winds that bleakly sweep
across the barren heaving deep;
O wild wan waves, that call to mind
the chaos Earth hath left behind:
Of you I ask one thing alone;
Leave, leave your ancient lore unknown!


H.P. Lovecraft. Fungi from Yuggoth