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CÁLCULOS DEL AIRE

1 de noviembre

1 de noviembre

UNA VEZ MÁS, OTRA VEZ MÁS
me sorprendo mirando por la ventana. Una vez más, otra vez más, contemplo un derrotado parque. Una vez más, otra vez más, me sorprendo reflejado en los cristales. Ha sido entonces cuando he tomado la auténtica conciencia de que aquella pálida figura derrumbada ante mí era yo. Yo. Una vez más, otra vez más, yo. Una vez más, otra vez más, frente al ventanal. Una vez más, otra vez más, contemplo las miserables calles. La deleznable capa de hielo sucio de la fuentecilla central. Capa de hielo abandonada a su derretida fortuna. Hoy hace frío. Hoy me sorprendo mirando por la misma ventana la misma escena, el mismo reflejo agotado. Una vez más, otra vez más. Solo en la inmensidad de mi cuarto.


José Carlos Rodrigo Breto

Upanishads

Upanishads

¡Om!
Aquél es Plenitud.
Este es Plenitud.
La Plenitud nace de su Plenitud:
Todo lo que existe es Plenitud.
¡Om! Paz,Paz,Paz.

Estío

Estío

Un relincho de fuego
-prolongado, ululante-
fue la tarde.

Debiste ver del mar,
curvar su lomo antiguo,
como el de un gran centauro
desbordante de peces
bajo la fresca noche.

¡Qué sabia oscuridad!
El sol nos ciega más
que esta dulce niebla
tran grata al corazón.


Gloria Díez

Escollo en Ea (Santorini)

Escollo en Ea (Santorini)

No podría amarrar novicias lágrimas
en surgideros de sargazos y olas.

Apresar no podría, pese al ámbar,
con el nitrato de tu fresca boca
cuando va careciendo de sabor,
ni con tus cosmos tan turquesa, quién
alguien, quién algo... te brindó a solas.

Veo, como lluvia nómada, la fe
que jamás es refugio de taludes,
la braveza tomada de las viñas,
esa escollera que tapiza ecos
sobre los viejos hombros del vacío.

Y pese, a todo, sobre todo, inquiero:
¿será el pelícano y su ebria calina,
el ameno reflejo de la calma,
aquel velero derrotado en proa
quién susurra la inocencia de Ea?

Desearía cruzar por un estrecho
capitaneado por luz ventiscada
e irrumpida en dulzor de los luceros;
mancillar el perdido mineral
que fue origen de miles de quimeras.
¡Para qué, para qué sufrir sentencia!

Habita en mí la salitrosa roca
que combustiona los brumosos yodos.

La corriente navega adormecida
entre cardúmenes, tal vez micénicos.

Las gaviotas ondean piel de coral
bajo pulsos de azogue y espejismos.

No podría amarrar novicias lágrimas
en surgideros de sargazos y olas.

Es el momento de pedir cobijo
al telúrico tránsito al silencio.


Lito de Marco

Molinos del Río Cofio

Molinos del Río Cofio

Ruta primaveral, magnífica, espléndida, luminosa la que éste sábado, de finales de abril, espera para acometer con entusiasmo la trayectoria senderista a Las Navas del Marqués. Son las ocho y veinte minutos de la mañana y el bus, desde la madrileña calle de Leganitos, linde con Plaza de España, contempla a los seniles excursionistas acicalar sus equipamientos, preparar sus bártulos con esmero y cuidado antes de partir. Un ligero fresco matinal acompaña en los minutos previos. A las ocho y media el vehículo inicia su andadura rumbo a El Escorial donde un frugal desayuno permitirá almacenar algunas energías para acometer, después, el minúsculo desafío de la caminata. No es necesaria mucha espera pues la localidad, asomada sobre unas empinadas lomas de altitud considerable, se encuentra a una distancia reducida de la Sierra de Madrid con la que comparte hermosura, terreno abrupto, verdor impactante, vegetación rala a veces y de coníferas otras, junto al ganado bóvino que pace disperso en calma y libertad.

Una vez que el autobús atraviesa el pequeño municipio de Las Navas aparcando en las estribaciones de la ruta en ciernes, ésta queda inaugurada. Los veintidos integrantes del grupo, creo que todavía personas más maduras desde que salieron de la metrópoli, bajan los peldaños del vehículo permaneciendo en una explanada en la que de manera muy severa, profesional proceden a preparar sus bastones metálicos, a mudarse de botas, a suministrarse parsimoniosamente potingues solares en sus curtidos rostros, a iniciar una especie de rito iniciático, silencioso y cubierto con una expectación poco prevista por mí. Tras la tardanza de unas rezagadas mujeres finalizar su cambio de calzado, el grupeto, todo compacto, comienza la andadura liderado por el monitor José Murillo. Éste en un hombre en la cuerentena de la existencia, de altura, de complexión media, de cabello negro atizado por canas más que ocasionales, y de rostro redondeado, de mejillas abultadas que se asemejaban a las de un pachón navarro en su etapa aún de lozanía. Junto a él iniciamos todos juntos el camino aunque la intensidad de paso varía entre los expedicionarios. Llamativa sorpresa la que me acoge al comprobar que,ciertas personas de avanzada edad,se mantienen en una envidiable forma física y acomenten las ligeras dificultades de terreno con facilidad y decisión.

Los primeros kilómetros se ofrecen sencillos pues la senda que tomamos es un falso llano que apenas ofrece resistencia, eso sí, el sol cegador, claro, impetuoso ya se encarga de colocar un tono incordioso al trayecto; también el viento que a rachás cálidas como caricias sureñas que se perdieron en estas alturas se instala furtivo ante nuestra presencia.

Lo que se contempla no deja impasible a nadie: las hendiduras verdosas, las lomas que zigzaguean uniformemente a medida que el paraje va transformándose en altura, en color; las cárcavas y pedregales cercanos, y los aguiluchos y gerifaltes que al igual que centinelas aéreos en invisibles puestos de vigilancia parecen observar, con detalle, cada paso y torpeza de nuestra pérfida e imperfecta condición humana.

Calor y falta de agua se agregan a mi caminar. Horas antes apenas las había percibido pero el paso inexorable de las horas extraen de mi algunas limitaciones fisiológicas incapaces de olvidar. En las horas centrales del día se procede a realizar alguna pausa; por fortuna no surge en el seno del comando geriátrico conato alguno de fatiga, gracias a las bondades del relieve. Entre tanto, siento curiosidad y alguna impaciencia por contemplar de una vez por todas las sinuosas y angostas aguas del Cofio, río afluente del Alberche que tarda en mostrarse como receloso, como queriendo desafiar con soberbia la curiosidad de quién le implora remisión. Entre tanto nos topamos con los restos de un fortín que fue testigo protagonista de la contienda civil española.

Hasta casi la hora del almuerzo no se llega a contactar con el riachuelo. Tras acompañarlo en paralelo, durante un trecho no lejano, llegamos a una ribera desabastecida de arboledas, y una exigua pradera colindante invita al solaz y ocuparse del yantar.

Después de la necesaria pausa proseguimos hacia el último capítulo de “la peregrinación” de la jornada: el avistamiento de los molinos de río. Desperdigado, sobre juncales fluviales yace el primero en un estado de conservación precario, donde el tiempo impasible a las propiedades de la belleza empozoña la estética pasada de las obras del hombre, la huella inherente de su quehacer, el rastro real y confuso de sus actos. Los demás, un total de cuatro, se ubican a una distancia regular de dos o tres centenas de metros aunque su nivel de preservación es pésimo, y sólo la piedra, amontonada y alguna fachada aún no caída, testimonia lo que algún día fueron molinos de agua activos, bellos y productivos.

Todavía la tarde en su ocaso conserva luminosidad y sofoco. Aires serranos como abrazos de salud y honor aún se prestan a acompañarnos mientras el cansancio timídamente se manifiesta en la mayoría. El olor a tomillo, el canto de las núbiles calandrias, las deposiciones bóvinas y un poso de escozor en mi blanquecina piel por la austeridad del astro rey, pudieron colonizarme las sensaciones otra ocasión más. Un nuevo acceso a la franqueza de la naturelaza tuve el gusto de compartir. Sobre todo con mis desvanecidas ínfulas.


Ángel Fdez. De Marco (Álibe)

Popol Vuh

Popol Vuh

Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo.
Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal,pájaros,peces,cangrejos,árboles,piedras,cuevas,barrancas,hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.
LLegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron,pues,consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama Huracán.
El primero se llama Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Calculhá. El tercero es Raxa-Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.

-¡Hágase así! ¡Qué se llene el vacío! ¡Qué esta agua se retire y desocupe, que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Qué aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado. Así dijeron.

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: -¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas; y al instante crecieron las montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie.
Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo:

-¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá!

-Nuestra obra, nuestra creación será terminada, contestaron.

Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.
De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz terminación.

Descifrar el idioma de una mirada

Descifrar el idioma de una mirada cuesta tanto
como aprender a escuchar sin voz.


Esther

Testigo de luz

Testigo de luz

Mi cuerpo es testigo de luz,
pigmento de silencio.


Álibe

Visión fetiche

Visión fetiche

Anochece, y la piel calla cual muro de notas desvalidas en silencio. Al tanto, la noche se encuentra en posición de testigo. La piel femenina es una ínsula asolada de matorral y besos cuando la tormenta acecha, cuando la salina humedad del sexo segrega matices, brillos y lubricaciones bajo la sombría textura del milagro..., del milagro incierto. Cae el calor entre las carmesíes esquinas del placer. Dispone de una creciente porción de libido no consumida, mientras su naturaleza se imbuye bajo la alquimia del desconocimiento: jadeo fértil de sueños, materia impúdica frente a la luz, trémula algazara que oxigena sentidos; cuero y fusta en contacto con la primera virginidad del deseo.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)


La dulce armonía de Montse

La dulce armonía de Montse

Desde este rincón aliado de las letras deseamos felicitar la labor artística de una compañera y amiga sin igual: Montserrat. Sus trabajos caligráficos, realizados con una destreza, habilidad y sensibilidad extraordinarias, merecen con creces aparecer en primera plana de nuestra revista cultural. Numerosos premios, menciones y un trabajo persistente avalado por el criterio de cualificados especialistas de la caligrafía nacional, la avalan a una medievalista con corazón añejo pero con espítitu poético y esencia deslumbradora. En su página web (montse-lletresifotos.blogspot.com/) los internautas podrán gozar de su tarea creativa actualizada mes a mes. A partir de ahora los integrantes de Cálculos del aire nos congratulamos con incorporar un enlace permanente a su espacio en red y, de esta forma, iniciar un hermanamiento artístico de proyección y futuro.

Desde este apartado recinto. (Aurelio Campos)

Alejado de los círculos literarios, ajeno por circunstancias vitales a grupos y corrientes, el autor nos ofrece este poemario en donde el gozo de la visión del paisaje,la preocupación ética o existencial y la austeridad de la naturaleza sirven como transfondo a un quehacer elaborado pacientemente,riguroso, con cierta vinculación estética que exalta líricamente el espacio natural y el ser humano que lo habita.

Aurelio Campos (Colmenar de Oreja, 1958) ha bebido de la naturaleza el mensaje entrañable que depara la belleza de la puga por la vida: los árboles, las plantas, los animales, las aves, los cambios cíclicos de las estaciones y, junto a ello y en ello, todo el proceso vital del hombre que busca, en las huellas ya alejadas de la infancia, las claves poéticas que sugieren un determinado sentir o pensar que a todos nos alienta.

Esencias VIII

Esencias VIII

"La virtud es una especie de salud, de belleza y de buenas costumbres del alma."

(Platón)


"No hay belleza perfecta que no tenga alguna rareza en sus proporciones."

(Francis Bacon)


"La conciencia del hombre recto se ríe de los engaños de la fama."

(Ovidio)

"La soledad es el imperio de la conciencia."

(G.A. Bécquer)


"El hombre sabio incluso cuando calla, dice más que el necio cuando habla."


(Thomas Fuller)

Caballero Bonald: su poesía

Caballero Bonald: su poesía

Difícil definir un estilo de poesía pero quizás lo sea aún más en el caso de Caballero Bonald. La precisión de la palabra, la expresión adornada que parece tender hacia un cierto barroquismo hace profundizar en los entresijos de la realidad para lograr, de la visión subjetiva del poeta, una objetivación poética cargada de sentido. Su estilo nos lleva al deleite de la palabra,al poema comprendido como un todo expresivo que invita al lector a la meditación del silencio, al pulso indagatorio del poema en el que, como dice el autor "ocupe más espacio la poesía misma que el propio texto."


Aurelio Campos.

Invocación

Invocación

Y tú vendrás extrañamente,
con la fluidez plural de un río
en el resquicio de la eternidad.

Se hace fría la noche.

Podría alcanzar el verdadero límite,
el sueño que tú fuiste,
y contemplar el fuego sagrado
hasta nacer en la otra orilla.
Con la inocente certeza de quien busca
sin recordar el vértice del viento.


Almudena Urbina

¿Recuerdas?

¿Recuerdas?

En mi memoria siempre estarán presentes las vivencias de los años de niñez, que a lomos de una nebulosa azul con olor de golosinas y bañadas por un haz de chicles de fresa, vienen a mí para dejarme la mirada perdida en el infinito. Una infancia donde la noche de reyes era una de las más importantes del año. Donde si tenía suerte, al pie del árbol de navidad siempre había uno o dos regalos. No como ahora, que Melchor, Gaspar y Baltasar derrochan en las casas medio centro comercial.
Como ya soy mayor y me encuentro metido de lleno en esta sociedad consumista, los regalos navideños, hace tiempo que dejaron de ilusionarme. Por eso, el año pasado pedí a los Reyes Magos un deseo. Volver a ser niño, aunque fuera tan sólo por un día. Algo imposible, claro... O tal vez no.
Esa noche no pude descansar tranquilo, pensando en la idea de que tal vez, cuando despertara y me mirara en el espejo, me vería a mí mismo a la edad de siete u ocho años. Con el pelo revuelto por los remolinos y la boca mellada de dientes que se había llevado el Ratoncito Pérez. Sin embargo, desperté siendo hombre, sobresaltado por el estallido de la alarma del despertador, recordándome con toques de campana que me esperaba el trabajo en la fábrica.
Al llegar al tajo me llamó la atención que el aparcamiento estuviera desierto de almas y coches. También echaba de menos que en los vestuarios nadie dijera obscenidades ni comentarios machistas. Pero no pasaba de ser algo raro. Así que me fui hacia la puerta de entrada a la planta, abrí y pasé.
Ante mí se desplegó todo un mundo fabuloso de color, donde la tercera dimensión del espacio había volatilizado su existencia, y todo lo que me rodeaba era una película gigante de dibujos animados. La abigarrada vegetación, mucho más alta que yo, me envolvía por todas partes, abrazándome con un sin fin de flores y plantas. De una petunia añil asomó una cabecita que me resultaba familiar. Era la abeja Maya, y haciendo guardia al pie del tronco, el saltamontes Flip se echaba una siesta, protegiendo sus ojos de los rayos del sol con la chistera calada hasta la nariz.
Al verme, salieron asustados, escabulléndose entre la frondosa flora. Corrí azarosamente detrás de ellos, notando en mi cara los arañazos que me producían las ramas y hojas. El multicolor follaje se fue aclarando hasta llegar a convertirse en campo abierto, en un gran prado donde a lo lejos, se veía una extensa superficie de bosque espeso. Me encaminé hacia él, meditando sobre lo que me estaba ocurriendo, y llegué a la apabullante conclusión de que el deseo de reyes se me había cumplido en parte. No era niño, pero estaba inmerso en un mundo imaginario creado por los recuerdos de mi niñez, que no eran otros que dibujos animados.
En el parque arbóreo había una amplia variedad de animalillos, pero dos en especial llamaron mi atención, dos ositos pequeños, uno blanco y otro marrón, Yaqui y Nuca revolcándose juguetones por el suelo. Fugazmente vi a otros dos osos más grandes corriendo, uno de ellos con sombrero y corbata, y en la mano una cesta de mimbre, supongo que con suculentos emparedados. Era el oso Yogui, al que perdí de vista antes de que dijera con su voz característica “¡Vamos Bubu!”.
El suelo del bosque se fue convirtiendo en cuesta, el camino se hizo pedregoso y a mis piernas le costaban seguir con la ascensión. Las altas montañas nevadas se veían ahí, casi podías tocarlas con los dedos, y las cabras saltaban de piedra en piedra como si de un absurdo juego se tratara. Y más abajo, en un claro del valle, el cabrero Pedro cuidaba el rebaño, sosteniendo entre sus brazos con amor maternal a Copito de Nieve. Supongo que Heidi estaría en la cabaña con su abuelito, el viejo de los Alpes, el cual, nunca he sabido como se llamaba.

Decidí dejar pasar la ocasión de conocer a la niña de sonrosadas mejillas, puse rumbo hacia el pueblo que se veía abajo en la llanura, cientos de casitas con tejados puntiagudos, donde reinaban solitarias las chimeneas, dando bocanadas de humo hacia el cielo azul. Eran las calles de Génova, plagadas de gente, pero de entre toda la multitud me fijé especialmente en un niño, con la mismita carita de Heidi, pero con un mono blanco en el hombro. No me llevó mucho tiempo colegir que se trataba de Marco y Amedio, vagabundeando por los suburbios buscando a su mamá. Le di unos caramelos y entablamos una cierta amistad. Los dos juntos fuimos andando hasta el puerto. Él iba buscando la nueva remesa de pasajeros que bajaban de los barcos, atracados en el muelle, mientras que yo me quedé fascinado al ver un gran navío vikingo, donde desde la cofa del palo mayor, Vickie me hacía señas y me invitaba a embarcarme para vivir nuevas y excitantes aventuras.
Fui aceptado como miembro de la tripulación y zarpamos enseguida. No tardamos en estar en alta mar y desplegar las velas, mientras el capitán, el padre de Vickie, con un parche en el ojo y los dientes picados, daba órdenes a los marineros.
Se desató una fuerte tormenta, y el gran oleaje provocaba un zarandeo descomunal que acabó tirando por la borda a todos los marinos, excepto a mí. Los tremebundos rayos y truenos se amainaron un poco y dejaron paso a un espléndido sol, arropado por una ligera brisa, insuficiente para mover las velas. Yo estaba solo, en un barco vikingo, en algún lugar perdido del océano.
Creía que terminaría muriendo deshidratado como un papiro, pero de las aceitosas aguas emergió, volando hasta el cielo, un robot de titánicas dimensiones, Mazinguer Z. Volvió a descender hasta el mar, muy cerca de la nave, para cogerla con sus manos de acero e izarla hasta surcar la línea del horizonte. Pronto bajó hasta que la quilla del barco tocó suelo firme, en el jardín de una casa. Ya no era de dibujos animados sino de imágenes reales. Por un lateral de la vivienda vino una niña. Pelirroja, con dos coletas, pecosa y dientona, con un vestido mini y medias de rayas multicolor. Era Pippi Langstrump, montaba sobre su caballo, pequeño tío. Con el horripilante mono, y sus dos repelentes amigos, Tomi y Anica.
Me sobresalté cuando alguien me dio unos toquecitos en el hombro. Ladeé la cabeza hacia un lado para ver cómo unos dedos gordos y robustos, se posaban con escasa fuerza. No me hubiera dado miedo de no ser porque el color de la piel era verde. Me giré y allí estaba, con sus casi dos metros de altura, músculos anormalmente desarrollados y la ropa echa jirones. El Increíble Hulk me sonreía y me invitaba con la mano a que le siguiera. Por el camino fui testigo de su trasformación, de cómo iba menguando su volumen y su color esmeralda hasta convertirse en un ser humano normal, sin superpoderes ni nada. Llegamos a un barrio, Barrio Sésamo, por sus calles sólo había friquis y muñecos de gomaespuma. Vi a Don Pimpón y a Espinete, al viejo Julián con su kiosco y a Chema, el panadero farlopero. Estaba Epi y Blas, Coco, Triqui, y pegados a un muro de piedra, Caponata y Perezjil jugaban con un globo, dos globos, tres globos. Un poco más allá, estaba aparcada La Guagua, repleta de tigres y leones, que todos querían ser los campeones. Torrebruno, con su típico acento italiano, cantaba canciones de Parchís y los Payasos de la Tele.
Las notas de las melodías de mi infancia se mezclan con aquellas otras, que todas los tardes repetían unos niños antes de acostarse, y que decían “vamos a la cama que hay que descansar...”
Y así, con ese campanilleo en mi cabeza, me pierdo en un mundo soporífero de recuerdos. Y mezclados entre sueños, siento cómo la mano de mi madre me arropa con las sábanas y me da un beso en la mejilla, con el cariño que sólo ella me sabe dar.


Fernando García de la Rosa

Homenaje a José Hierro

Homenaje a José Hierro

Un nuevo año más, (y ya van nueve con éste), se celebrará el Recital de Poesía de la Asociación La Torre en la localidad madrileña de Ciempozuelos. Será el 2 de diciembre cuando tenga lugar su presentación, y el tema monográfico, en el que girará el evento, estará dedicado a la obra del extraordinario poeta José Hierro. Cómo suele ser habitual una variada y representativa nómina de autores de las más diversas generaciones y estéticas, protagonizarán el acto ofreciendo lectura de versos en la Sala Multifuncional. El Grupo Aranjuez participará en el recitado con la presencia de: Aurelio Campos, Montserrat Doucet y Ángel Fdez. de Marco.

El tercer ojo

El tercer ojo

Obra diáfana,cristalina,henchida de culto orientalista y místico la que Lobsang Rampa tuvo la certeza de escribir para deleite de millones de lectores de todo el planeta. El libro, vertebrado en primera persona a modo de memoria, narra las vicisitudes que el jovencísimo Lobsang atraviesa desde la salida del acomodaticio hogar familiar hasta su ingreso en la lamasería tibetana de Chakpori, y su ardua y sacrificada educación para consagrarse en un eminente lama.
Las trescientas diecisiéte páginas de este título suponen sumergirse en un delicioso cúmulo de experiencias, circunstancias personales e iniciáticas de singular atractivo. Producen un interés inusitado y gradual, a través de las vivencias del novicio, por discernir los planteamientos sociales, religiosos y culturales entre Oriente y Occidente, siendo capaces de generar una convulsión emocional en el lector con edificantes parajes, parábolas por las que el aprendiz-protagonista cruzará a lo largo de su trayectoria existencial.

Especialmente destacables se ofrecen los episodios donde el pequeño Rampa sufre las rigurosísimas pruebas de acceso antes de su admisión, o la apertura del tercer ojo que le permitirá gozar de las misteriosas e inaccesibles ciencias ocultas propias del Himalaya.

Son de valor notable los diálogos, las interacciones que surgen entre el Dalai y el muchacho, entre el guía Mingyar Dondup y su avezado discípulo ratificando, así, los abundantes aciertos narrativos que jalonan buena parte de este ejemplo literario. Apenas son visibles los excesos afectados, melindrosos en el seno de la intriga que restan un ápice de vigor y consistencia estilística al conjunto, al resto de la creación.

"El tercer ojo" dispone de la virtud de provocar en el descubridor de nuevos horizontes de pensamiento una eficaz muestra de actividades espirituales del budismo clásico del Tíbet. Ligeras, muy ligeras pinceladas de yoga, viajes astrales, levitaciones..., y de una larga serie de técnicas ocultas incitarán fervor y alegría en el apasionado por el género de la espiritualidad: esencia fantástica y genuina para el crecimiento y desarrollo individual.

Este "tratado de perfección" es un lindo alegato a la libertad, a la ejemplaridad, es un espléndido bocado que suscita un sabor puro, esperanzador y conciliador en la maltrecha y tantas veces vapuleada huella humana.

Lobsang Rampa en este hermosísimo testimonio de vida encumbra la bonanza y la enseñanza moral hacia elevadas cimas, siempre alejadas de la contagiosa, dañina mediocridad.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Contra el tiempo

Contra el tiempo

Contra el tiempo,
contra el tiempo,
contra el tiempo la memoria inocua del aire,
la hoja mártir que desciende el peldaño del otoño.

Contra el tiempo
el hedor que expide banalidades
en el túnel de la ignominia.

Contra el tiempo
tantos ocasos irreverentes que claman libertad,
sombras que dispersan miríadas de colores fatigados, vacíos.

Contra el tiempo
el eco de la piedra al contacto con la luz,
la voces dormidas bajo el umbral de la verdad,
el suelo que nos alza en vilo,
cada mito encumbrado sobre el altar de las tormentas,
el lodo que nos enfanga y cubre el camino.

Contra el tiempo
los tañidos de la tierra,
los nombres encadenados al destino,
los sentidos despojados de vanas impurezas...,
la sospecha humana.

Contra el tiempo
el fuego: instigador de cruzadas conspiraciones,
sueños en vía de perdición,
la brújula cuya aguja es extravío dolorido,
sinfonía de agua-nieve sobre tus oídos inquietos.

Contra el tiempo
el tupido velo de la conciencia,
el sepulcro y el armisticio de los vientos,
honor de honores fundidos al sol.

Contra el tiempo,
contra el tiempo,
contra el tiempo
un nuevo pulso al futuro,
un pálpito furtivo desde el lado oculto;
el misterio turbador del silencio


Ángel Fdez. de Marco


Poema recitado en la presentación de la I Antología "TIC TAC Poemas y cuentos contra el tiempo" Ed. Atlantis en el C.C. Isabel de Farnesio de Aranjuez, 11/10/2007

Tic Tac, cuentos y poemas contra el tiempo

Tic Tac, cuentos y poemas contra el tiempo

El próximo 11 de octubre en el Auditorio Joaquín Rodrigo del C. Cultural Isabel de Farnesio de Aranjuez, tendrá lugar la presentación de la 1ª antología de la Editorial Atlantis titulada: "Tic Tac, cuentos y poemas contra el tiempo". Autores de la talla de Luis Eduardo Aute, Espido Freire, Leopoldo Alas, Rafael Reig, junto a más de cincuenta autores de distinta procedencia y relevancia, participan en esta obra heterodoxa y de indiscutible valor. Del Grupo Aranjuez colabora en el proyecto: Ángel Fdez. de Marco.

Abducción

Abducción

Nunca olvidaré aquel verano de finales de la década de los 60, en el que después de trabajar en la fábrica durante toda la noche, al término de la jornada me esperaba la experiencia más extraña y paranormal de mi vida.
Eran las seis de la mañana cuando, como todos los días, aullaba la sirena del cambio de turno. Los que entraban tenían cara de haber dormido poco y apenas gesticulaban, con desgana plomiza, un saludo con los que salían. También soñolientos por el trabajo nocturno.
Me retrasé un poco charlando con un antiguo amigo que hacía años que no veía y que había empezado a trabajar a primeros de mes. Por lo animado de la conversación pasó el tiempo sin sentirlo y demoré mi salida casi media hora.
Ya fuera, en el exterior del recinto, el aire fresco reavivó mis pulmones, a la vez que un extraño sentimiento convergía en mi interior desembocando, inexorablemente, en los abismos del miedo. Las farolas, que solían iluminar el aparcamiento, esta vez no funcionaban y todo estaba sumido en una tenebrosa oscuridad. El resto de mis compañeros se había marchado en busca de sueños de placer. Yo era el único y solitario trabajador que permanecía allí, de pie, contemplando las estrellas y respirando profundamente, cada vez más deprisa.
Empecé a oír un imperceptible zumbido proveniente del gran cielo azabachado. Alcé la mirada y vi algo oscuro que empezaba a ocultar el brillo de los astros del cielo, convirtiendo la bóveda celeste en un gran vacío negro. Mis pupilas parecían atraídas, como por imán, hacia la extraña nube, impactadas por una mezcla de sensaciones, entre impresionadas y asustadizas. De repente, cientos de luces multicolores deflagraron de aquel, ya sin lugar a dudas, OVNI. Eran lenguas de luz de diferente intensidad y matices, que dirigían su luminosidad en todas las direcciones posibles. Con el resplandor policromado pude cerciorarme mejor de que no estaba soñando, y que se trataba de una nave con forma convexa y aplanada, como un plato vuelto al revés. La gran superficie, que abarcaba todo el aparcamiento y parte del tejado de la fábrica, se desplazaba con languidez enfermiza, proyectando desde el centro de la circunferencia de su base, un gran rayo azul de un metro de ancho, que temerariamente, se iba acercando hacia donde yo estaba.
Intenté salir corriendo, en una huida inútil de lo desconocido, pero un agudo zumbido se clavaba en mis oídos como alfileres, dejándome paralizado como una estatua, inútiles mis músculos, y con toda seguridad, perturbando mi entendimiento y raciocinio para el resto de mi vida. Cuando el haz de luz lapislázuli me envolvió en su neblina celestial, empecé a levitar sobre el suelo en ascensión perpetua, y como una insignificante mota de polvo fui volando hasta el interior del artefacto volante.
Cuando cesó el efecto de ingravidez también mi cuerpo cedió ante el fin de la paralización, devolviéndome a un estado de cordura y desentumecimiento de las articulaciones. Giré sobre mi persona y contemplé con asombro el singular habitáculo donde me encontraba. Era una sala circular, sin ventanas y carente de puertas aparentemente a la vista. Las paredes eran de color turquesa, sin ningún tipo de adorno ni ornamentación, lisas, frías, tristes. En el centro del ruedo había una camilla similar a la de los quirófanos de los hospitales, pero sin ningún tipo de aparato o utensilio alrededor que delatara tratarse de algo más que un mueble para el descanso.
Mientras miraba la mesa percibí una presencia anormal a mi espalda, notaba que me observaba, me giré y frente a mí descubrí, con asombro, a tres individuos que por la morfología que tenían sus cuerpos, no cabía duda de que eran seres de otro planeta. Se asemejaban a los humanos, pero resaltaba la extraordinaria altura, como de dos metros y medio, y evidenciaban un conjunto anormalmente delgado. Lo que más me llamó la atención fue el volumen desproporcionado de la cabeza y la excesiva longitud de los dedos de las manos. Los ojos eran negros y opacos y no dejaban ver, en ningún momento, hacia dónde dirigían sus miradas. Iban desnudos pero carecían de vello alguno o de algún órgano sexual que indicará si era femenino o masculino, lo más posible es que estuvieran tan evolucionados que no necesitaran sexo para reproducirse... o que no lo tuvieran a la vista, como comprobé más tarde.
Uno de ellos me apuntó con un artilugio que se parecía a una pistola, pero que en vez de cañón tenía una gran bola dorada. Vi que de la esfera salía un rayo de color rojo y que iba a perderse directamente en mi pecho, no sabía si era un láser o algo parecido, pero los efectos sí que los noté. Porque me quedé petrificado sin capacidad de realizar movimiento alguno. Mis manos, mis piernas, mi cabeza, todo estaba inmóvil. Podía oír y ver, pero nada más. Hablaban entre ellos con un chillido similar al que hacen las ratas y entre los tres me cogieron y me tumbaron en la camilla. Boca abajo.
Cortaron mis ropas con una especie de bisturí y me despojaron de cualquier tela que estuviera en mi cuerpo. Desnudo y en posición decúbito prono sólo podía ver el suelo, y así, con un campo de visión tan reducido, no me di cuenta cuando uno de los extraterrestres se subió encima de mí. Noté la frialdad de su cuerpo contra el mío, como si me acariciara un sapo. Y su aliento de cloaca me producía escalofríos en mi nuca. No podía moverme, pero lo noté. Algo frío entro en mi recto como un obús. Ni siquiera me inmuté, no sentía dolor, ni placer, pero sí rabia e impotencia por el atropello sexual al que me veía sometido. Ni tan siquiera podía gritarle que era un marciano hijo de puta. Nada. Sólo podía esperar a que terminara de meter y sacar aquello por mi ano. Aunque yo pensaba que eran asexuales, la silenciosa sodomización me indicaba lo contrario.
No sé en qué momento del acto sentí cómo un sopor se adueñaba de mi cuerpo, incitándole a perderse en un jardín de suaves olores y mullidos colchones de hojas, donde reposar mi espíritu y descansar mi alma. Me dormí. Un sueño embriagador y placentero fue relajando mis músculos inmóviles, hasta que el bienestar se adueñó de mis neuronas, sumiéndolas en un letargo inevitable.
Solitario y en cueros me abandonaron en aquella extraña sala oval. Cuando se pasaron los efectos del láser volví a ser consciente, me levanté para buscar una salida por la que escapar. Las paredes eran lisas, tan sólo un pulsador, parecido a las setas rojas que tenían las máquinas de la fábrica, para hacer paradas de emergencia. Tras darle un buen porrazo con la palma de la mano, como solía hacer en mi trabajo, una puerta oculta subió hacia arriba, enrollándose como una persiana. Tras despojarme de la duda de si seguir adelante o no, traspasé el umbral, desnudo como iba, en busca de una vía de escape. A través del pasillo desemboqué en una gran sala, me bastaron unos segundos en la estancia para hacer que flaquearan mis piernas, amenazando una rotunda caída. Por todas partes había gigantescos frascos de cristal, y en su interior, seres humanos, flotando en algún líquido para conservarlos, formol supongo. Había de todo, hombres, mujeres, niños. De todas las edades y razas. Y en el centro una mesa con probetas, pipetas y quemadores. Sin duda era el laboratorio donde llevaban a cabo sus experimentos, donde con toda seguridad pensaban llevarme a mí.
Absorto con la visión horrorosa que tenía delante, me sobresaltó oír tras de mí un pequeño chillido de rata, me volví y me encontré de frente a un alienígena. No sabía si era uno de los de antes, porque todos parecían iguales, pero me apuntaba con su pistola, y otra vez, un rayo rojo salió de la bola de oro y fue a fijarse en mi abdomen. Y al quedarme inmóvil empecé a pensar en una nueva violación o en algún experimento con mi cuerpo. Pero antes de saber nada, me dormí en un sueño profundo.
Me despertó el frescor de la mañana, acariciándome la cara con sus dedos de roció. Estaba solo en el parking, tumbado en el suelo, más bien tirado como un pañuelo usado. La consciencia fue haciéndose hueco en mi cerebro y me di cuenta de que todo había sido un sueño provocado por un desmayo involuntario, a causa de una bajada de tensión arterial, o algo así.
Me incorporé un poco y me senté. Estaba vestido con mi ropa gris de trabajar. Mi mano se dirigió hacia el antebrazo, atraído por un incipiente picor. Al mirar la causa del rascamiento, la sangre se me heló al comprobar que tenia un tatuaje que no sabia cómo había llegado hasta allí, era el dibujo de una mano, pero con los dedos corazón y anular separados, formando una V. Intentaba convencerme a mí mismo de que con la caída había perdido la memoria y no conseguía recordar cuándo me hice el Anagrama. Pero al levantarme y andar unos pasos, un dolor anal hizo que la pesadilla de los extraterrestres volviera a mi memoria, confirmándome que todo lo que había pasado no era una invención, y que verdaderamente, yo había sido victima de una abducción de los extraterrestres.


Fernando García de la Rosa