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CÁLCULOS DEL AIRE

MIEL Y ABSENTA

Reino Bimbache

Pieza Alfa                         

 

 

                          Yo sé que estuve aquí

                          desde el alud inmemorial

                          y su espacio indefinido.

                          Yo sé que me nutrí aquí

                          bajo el calostro no saciado

                          por un instinto

                          que yace más allá de la piel

                          y la tierra.

                          Ajeno al tráfago diario,

                          distante del aire

                          que despendren las hojas del tedio,

                          encontré el refugio original

                          de la llama,

                          encontré la cuna de Neptuno,

                          me topé con las agrestísimas

                          paredes de un planeta

                          que, en su estado larvario,

                          aviva el plasma de la vida.

                          Indicios tengo para creer

                          que la realidad herreña

                          no es una palinodia

                          que se gestó al azar;

                          que su existencia es un naipe,

                          por encima del símbolo,

                          que ejerce extraños efectos

                          en la luna.

                          Yo sé que el mar de nubes

                          llega a tu encuentro

                          como lenguaje fértil

                          sin poros de engaño;

                          que el fayal crece

                          sobre los montes saneados

                          de la avidez.

                          Por encima de la tarde

                          la nata de los cúmulos

                          canta silencios,

                          baila añejos folclores,

                          ofrece respiro

                          a los remolinos sin montura.

                          Yo sé que estuve aquí.

                          Los miradores del alma

                          te dirigen hacia la válvula mitral

                          de un conjuro amado.

 

 

Álibe

 

 

 

                          No hay preguntas

                          Ni raíces dolorosas

                          Que germinan de mi asiento

                          El viento constante maulla

                          Mientras las retamas

                          Ensalzan sus encajes de fiesta

                          Hoy nos solazamos

                          Bajo centenarias bardas

                          Que pugnan contra la ruina

                          Leo en voz alta a Sun Tzu

                          En formación los olivos

                          Me rinden tributo

                          En señal de cortesía

                          Hormigas con alas

                          Vadean

                          Sin pudor

                          Por el surco de la libertad

 

 Álibe

 

Abril de 2017.  Entre Aranjuez y Ontígola bajo la acogedora sombra de un almendro en su apogeo primaveral. 

Sobre piedras, mitos y fontanarios

Sobre piedras, mitos y fontanarios
FUENTE DE APOLO



Tamaña evocación
sólo puede ser geometría,
clemencia celestial,
fracciones etéreas,
húmeda clorofila
al contacto
con la canalización humana.

Definitivamente
la tierra cree
en promesas como hojas,
chorros de agua
refrescando el triunfo
de la espuma y el limo;
en aquellos afanes
que buscan, con inquina,
el viejo color de la inmortalidad.




ALIBE.

De "ESTIGMA" (Poesía Completa).




Placebo o la necrópolis

(...) una conversación un suceso instantáneo
trivial me provoca ineludiblemente
visitar el camposanto abandonado
el lugar de reunión y reencuentro
entre la existencia terrenal y el espacio
desconocido entre el mundo subterráneo
maldito de estalactitas marginales
y el de la cosmogonía de luces en ciclos
ondulatorios de voz cuando amanece sin más
el deseo vomita coágulos de hiel enredándose
en el desahogo de la pasión y en el profundo
estado del conocimiento destructivo
y de la experiencia adulterada emulando
el triste y despiadado sepelio de nuestra sombra
opaca vestida de oropel verde que roba
corazones hígados pulmones estómagos agrietados
al mejor postor como siempre
desde el ofrecimiento de la tortura más grata
hasta la grabación cerebral del último suspiro
de la niña de tres brazos de ojos luciferinos
desde la ingesta de aire piel y carne impura
hasta la del último reducto de polvo óseo
plantado en las piedras de lápidas ahogadas
y desde que pronuncié la palabra execrable
gritaré al azar:
- ¡Por fin noté su presencia!
Y cuando levante los brazos al aire
mirando al horizonte indolente
callaré y oprimiré mis latidos ciegamente
en el silencio de la noche las nuevas máscaras
deformes ocultan sus rostros impávidos
los movimientos frágiles del aire lucen gozosos
el entusiasmo contenido en el umbtal
de la razón.

 Sí, amigo mío, cuando la mandrágora del enemigo corra cristalizando tus venas acepta con honor el desenlace. Sólo, así, contemplaras, la verdadera dimensión que representa la sabia y vulnerable conjugación de la vida. 

 

 

Regreso fugaz

Llegó por fin el día en el que Gelucho pisó de nuevo su antiguo hogar, aquel en el que creció, se cultivó y vivió junto a su estirpe hasta el momento de sufrir el demoledor destierro.

Contempló, con gris veladura tras años de ausencia, el envejecimiento de los objetos, una atmósfera decorada con el barniz de lo rancio y lo mustio. La incorporación de nuevos enseres no incidió en eliminar esa mácula decadente de postalitas beatas, maderas y suelos ya ajados  como los bulbos existenciales de sus moradores, ahora ausentes.

Gelucho recorrió los ríos y afluentes de su vetusta vivienda; en ellos deseó navegar sobre recuerdos explorándolos con aquella singular fascinación de su alejada niñez. Allí, en esa travesía interna,  tuvo que contentarse con rescatar leves suspiros condenados a perderse en la madeja de la soledad.

 

Álibe

El pacto

El pacto

Algún día seré nuevo vasallo

del jinete príncipe de la muerte.

Algún día de impenetrable niebla

brindaremos, con tuétano en la copa,

por el fluir viscoso de la lealtad.

 

 

© Álibe

 

De la obra "Estigma: Poesía Completa".

Al albur del ululeo

¿Que qué se cruza ante nosotros además de la sangre del tiempo y los millones de reflejos conversos a una exigua humanidad? No mucho más que la pira delirante de vuestras dudas;no mucho más que la pulcra, colorida y siempre honesta posesión de vuestros sueños.

 

© Álibe

El Río de la Virtud

El Río de la Virtud

 

 

El Río de la Virtud surge y brota de la serranía del conocimiento y de los altos escarpes de la iluminada conciencia. Ninguna deidad lo concibió, y su extraña y dulce existencia es responsabilidad de los misterios absolutos que, pletóricos en enjundia y esplendidez, corren como vientos leales al deleite humano. El río, ajeno a medición, sustento y desarrollo, serpentea a través de la tierra para saciar la sed de sus moradores. Sólo, así, el mundo crece, se expande y tiene motivo para fecundar la carestía del silencio, del vacío”.

 

Álibe ©

 

 

Del libro  La certeza inmemorial.

 

Acróstico alibense

Acróstico alibense

 

                          Armonía que es izada en el aire

                          Libertad horizontal en alianza

                          Intuición del corazón cuando sueña

                          Voluntad sin quemaduras que asolen

                          Elocuencia de los tiempos arcanos

 

 

  Álibe  ©

 

 

Poema que extracta, en verso,  en forma de acróstico, los principios elementales que rigen la identidad  del logos alibense.  La métrica empleada en esta pieza es el endecasílabo de Álibe; verso cuyo acento rítmico recala en la 3ª, 7ª y décima sílaba.

Atanores

Atanores

Destilar el componente secreto, sublimar el elemento desconocido... ¡Qué elevada osadía cuando tus manos apenas son pólenes perdidos de un espacio sin sol!

 

Álibe

Existencia

Existencia

¿Dónde se esconde la torre del viento

cuando sus lágrimas muestran la alcurnia

y la corte alardea jugando diurna,

hacia el sol, con los fustes harapientos?

 

Álibe

 

Libro: Las cenizas del edén.

Exaltación romántica

Exaltación romántica

Sanguinolenta melancolía, la de quien contempla amarillear su juventud bajo las letales hebras de la desdicha.

 

(Álibe)

Perder la memoria como esa vibración de celofán sucio y ahogado por las entidades que nos vigilan, nos acechan, nos oscultan... bajo una lluvia retraída y desconfiada.

 

(Álibe)

El boceto impúdico

El boceto impúdico

Los pigmentos: hormigas efímeras que descargan las mandíbulas al aura mientras los rayos del atardecer se bañan con tu consentimiento.

 

La perspectiva: rincón por el que agasajamos la diagonal que nos impone el tiempo, la técnica exacta para componer arcos y su moralidad recluida en una atalaya de arena.

 

El plano: sucesión de guiños inalterables por gracia del hado. Tomarán temor a caer en el vacío de un vendaval colérico.

 

La textura: velos que tapizan el volumen de una ruina y fueron capaces de absorber los diámetros congelados de una figura. Puntos abstemios que se difuminan en el trazado de una idea.

 

El relieve: tacto que reflexiona sobre el sabor del collage, el calor del grafito al nacer, y la triste epístola de una pincelada contagiada de estupro.

 

Color: exacerbación de una amazona criolla tras la muerte de un oráculo en pie de guerra.

 

Luz: cabellos exfoliados que embellecen la inmortalidad de una expresión haciéndonos creer en la superioridad de Mefistófeles y su ciencia, y su conducta y su honestidad.

 

Una mancha: peccata minuta de un convicto eximido a ver la doble efigie de un talismán terriblemente flagelado.

 

Un contorno: el laberinto, el convoy y la corte de matices tiembla, perturba y decae cercano a un final imprevisible.

 

El modelo: es la molestia subordinada de los signos naturales y abocados a perderse. Podrían cultivar nuevos reflejos si el misterio añil no compareciera jamás.

 

Las figuras: pequeñas deficiencias que lanzan a una cuneta los vestigios espirituales de la planicie sin párpados a los que embalsamar.

 

Blanco: el pandemonium libera las flemas desde su morada. Acabarán agotándose si la revolución de un microcosmos guarda la anunciación de una tempestad.

 

 

Álibe. Del libro "Las cenizas del edén"

Ínsula

Ínsula

Ribetes de la suposición

Ribetes de la suposición
¿Por qué no subir al peldaño
de la burbuja añil
y probarse la máscara
de la cavilación surreal?

Empezemos a soñar
en el pentagrama de la claridad.

Si fuera aprendiz de luz,
un nogal de amatista,
un pomelo en la tarde,
un compás en V que sonríe:

el mar sería el legado
de las bondades ocultas.

Si fuera pirámide de miel,
maleza sobre los hombros del aire,
otro cardo hostigador de estrellas,
el mandil abierto y sin cruz:

la tierra volverá a germinar
entre miasmas de pureza.

Y si fuera espada de barro,
un círculo contraído,
la maza que golpea al poniente:

el fuego habitará, con vosotros,
con su lengua de sol y ceniza.

Y si fuera el triángulo justo,
la ballesta que apunta al lucero,
un rombito narcotizado:

La casa azul mutará su canto
entre susurros del desamor.



Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Ovillos rutilantes

Ovillos rutilantes


Así, fundirme, en la cerbatana que escupe labios letales hacia la presa mugrienta del vacío.

Álibe

Del libro, "Mis venas son murmullos de ámbar"

Los vampiros del Río

Los vampiros del Río


Narran las crónicas que por las recónditas tierras del Perú oriental subsisten unos personajes que, alejados del orden gubernamental, siembran el terror y el homicidio entre extraños rituales incas. Son los vampiros del río Huallaga que bajo un difuso barniz de fantasía o realidad revivirán, a perpetuidad, en el inconsciente popular.


Desde la espesa jungla del Huallaga
cuya niebla, hemanastra del sol,
recibe los dones de la llovizna,
se asoman las sombras incas del mal
junto a la epidemia de su nobleza.

Soberbios tucanes sobre los techos
las resguardan del limo misterioso,
mientras la noche, siempre, avizorada,
espera como si fuera proscrita.

¡Por fin!, una víctima ya recala
sobre el verde nido del no regreso;
confundiendo la luna con su andar,
enhebrando el aliento en la vereda.

¡Qué espanto padece la oscuridad!
Cuando ve la intención del bandolero
que afila su wincha al son de los grillos,
que apura su tabaco sobre el alcor
¿en quizás una última y cruel espera?

Aún las lianas se ven supirar
y beber de sus cercanas reservas,
y las siniestras plantas atrapar
insectos entre charcas y eucaliptos
pues esta tierra nació con olor
a sangre de hiena, a cocotero,
a traición rubricada en soledad.

El hombre siempre fue criminal punto
para el sílice helado de las venas.

Aún no sé el porqué del sacrificio,
el porqué del unto de las estrellas
que, como humanas, siempre palidecen
en los perversos umbrales del légamo.

Recuerdo aquellos versos que decían:
“Qué fácil es entrar por la portilla
del sol y perder la huella de salida”.

Allá, en esta tierra saboteada
por las férricas sombras de la sangre,
todo es enfermizo, ¡todo!, hasta el aire
con las copas y el rito de la ceibas,
y el terruño que yergue al campesino
al contacto con tantas impurezas.
Hasta el hilo vital se debilita
cual reguero de rocío que cava,
resignado, el musgo de su martirio.

¿Sabrá repicar mudeces el tiempo?
¿Podrá la tullida cría del cóndor
perdonar herejías sobre el nido
que, a mi vera, sucumbe de frío?

Todo rastro es convite al misterio.
Collares de pirañas sobre el río.
Por él ya no pululan negras larvas
en cambio, sí, puentes que confunden
la temperancia con la hostilidad.

Siempre ver la muerte de un hombre honrado
tendrá menos valer
que la mueca invisible de una incógnita.

Álibe