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CÁLCULOS DEL AIRE

MIEL Y ABSENTA

Exaltación romántica

Exaltación romántica

Sanguinolenta melancolía, la de quien contempla amarillear su juventud bajo las letales hebras de la desdicha.

 

(Álibe)

Perder la memoria como esa vibración de celofán sucio y ahogado por las entidades que nos vigilan, nos acechan, nos oscultan... bajo una lluvia retraída y desconfiada.

 

(Álibe)

El boceto impúdico

El boceto impúdico

Los pigmentos: hormigas efímeras que descargan las mandíbulas al aura mientras los rayos del atardecer se bañan con tu consentimiento.

 

La perspectiva: rincón por el que agasajamos la diagonal que nos impone el tiempo, la técnica exacta para componer arcos y su moralidad recluida en una atalaya de arena.

 

El plano: sucesión de guiños inalterables por gracia del hado. Tomarán temor a caer en el vacío de un vendaval colérico.

 

La textura: velos que tapizan el volumen de una ruina y fueron capaces de absorber los diámetros congelados de una figura. Puntos abstemios que se difuminan en el trazado de una idea.

 

El relieve: tacto que reflexiona sobre el sabor del collage, el calor del grafito al nacer, y la triste epístola de una pincelada contagiada de estupro.

 

Color: exacerbación de una amazona criolla tras la muerte de un oráculo en pie de guerra.

 

Luz: cabellos exfoliados que embellecen la inmortalidad de una expresión haciéndonos creer en la superioridad de Mefistófeles y su ciencia, y su conducta y su honestidad.

 

Una mancha: peccata minuta de un convicto eximido a ver la doble efigie de un talismán terriblemente flagelado.

 

Un contorno: el laberinto, el convoy y la corte de matices tiembla, perturba y decae cercano a un final imprevisible.

 

El modelo: es la molestia subordinada de los signos naturales y abocados a perderse. Podrían cultivar nuevos reflejos si el misterio añil no compareciera jamás.

 

Las figuras: pequeñas deficiencias que lanzan a una cuneta los vestigios espirituales de la planicie sin párpados a los que embalsamar.

 

Blanco: el pandemonium libera las flemas desde su morada. Acabarán agotándose si la revolución de un microcosmos guarda la anunciación de una tempestad.

 

 

Álibe. Del libro "Las cenizas del edén"

Ínsula

Ínsula

Ribetes de la suposición

Ribetes de la suposición
¿Por qué no subir al peldaño
de la burbuja añil
y probarse la máscara
de la cavilación surreal?

Empezemos a soñar
en el pentagrama de la claridad.

Si fuera aprendiz de luz,
un nogal de amatista,
un pomelo en la tarde,
un compás en V que sonríe:

el mar sería el legado
de las bondades ocultas.

Si fuera pirámide de miel,
maleza sobre los hombros del aire,
otro cardo hostigador de estrellas,
el mandil abierto y sin cruz:

la tierra volverá a germinar
entre miasmas de pureza.

Y si fuera espada de barro,
un círculo contraído,
la maza que golpea al poniente:

el fuego habitará, con vosotros,
con su lengua de sol y ceniza.

Y si fuera el triángulo justo,
la ballesta que apunta al lucero,
un rombito narcotizado:

La casa azul mutará su canto
entre susurros del desamor.



Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Ovillos rutilantes

Ovillos rutilantes


Así, fundirme, en la cerbatana que escupe labios letales hacia la presa mugrienta del vacío.

Álibe

Del libro, "Mis venas son murmullos de ámbar"

Los vampiros del Río

Los vampiros del Río


Narran las crónicas que por las recónditas tierras del Perú oriental subsisten unos personajes que, alejados del orden gubernamental, siembran el terror y el homicidio entre extraños rituales incas. Son los vampiros del río Huallaga que bajo un difuso barniz de fantasía o realidad revivirán, a perpetuidad, en el inconsciente popular.


Desde la espesa jungla del Huallaga
cuya niebla, hemanastra del sol,
recibe los dones de la llovizna,
se asoman las sombras incas del mal
junto a la epidemia de su nobleza.

Soberbios tucanes sobre los techos
las resguardan del limo misterioso,
mientras la noche, siempre, avizorada,
espera como si fuera proscrita.

¡Por fin!, una víctima ya recala
sobre el verde nido del no regreso;
confundiendo la luna con su andar,
enhebrando el aliento en la vereda.

¡Qué espanto padece la oscuridad!
Cuando ve la intención del bandolero
que afila su wincha al son de los grillos,
que apura su tabaco sobre el alcor
¿en quizás una última y cruel espera?

Aún las lianas se ven supirar
y beber de sus cercanas reservas,
y las siniestras plantas atrapar
insectos entre charcas y eucaliptos
pues esta tierra nació con olor
a sangre de hiena, a cocotero,
a traición rubricada en soledad.

El hombre siempre fue criminal punto
para el sílice helado de las venas.

Aún no sé el porqué del sacrificio,
el porqué del unto de las estrellas
que, como humanas, siempre palidecen
en los perversos umbrales del légamo.

Recuerdo aquellos versos que decían:
“Qué fácil es entrar por la portilla
del sol y perder la huella de salida”.

Allá, en esta tierra saboteada
por las férricas sombras de la sangre,
todo es enfermizo, ¡todo!, hasta el aire
con las copas y el rito de la ceibas,
y el terruño que yergue al campesino
al contacto con tantas impurezas.
Hasta el hilo vital se debilita
cual reguero de rocío que cava,
resignado, el musgo de su martirio.

¿Sabrá repicar mudeces el tiempo?
¿Podrá la tullida cría del cóndor
perdonar herejías sobre el nido
que, a mi vera, sucumbe de frío?

Todo rastro es convite al misterio.
Collares de pirañas sobre el río.
Por él ya no pululan negras larvas
en cambio, sí, puentes que confunden
la temperancia con la hostilidad.

Siempre ver la muerte de un hombre honrado
tendrá menos valer
que la mueca invisible de una incógnita.

Álibe

Un brebaje espirituoso llamado juventud

Un brebaje espirituoso llamado juventud

Yace pronto la losa del olvido.
Estrellas, cometas, antorchas frías
ya lo precesenciaron pese a la lluvia.

Nubes de miel solitarias ya vuelven
       para no perpetuar su espesa savia
       y rezumar ante su humana efigie.

       El tiempo, esa espiral embotellada,
       que vacía arena frente a los años,
       jamás tendrá el asedio del ardid,
       nunca cederá al báculo del mal
       mientras descifre la raíz del mundo
       ante lejanos carrizos y ocasos.

Pero qué breve el esplendor del aire
en medio de ventisca y frutal ciego,
qué nimio momento el de la lumbre
cuando se alberga en la cima de Dios
en el expolio final de la muerte.

Qué no podrá acaparar bendición
el torso clarividente del orbe
pese al rigor del erial y sus vetas.

Juventud, juventud de oscura librea:
¿Soñó la bóveda de tu insomnio
con la pilastra de la eternidad?
¿Cavó la primavera su pulso
bajo la flor ciega de tu cabello?
¿Leyó la tinta azul de aquel sembrado
con la trama de vanidad porosa?

Percibo que las palabras, los deseos,
las peticiones de los fuegos duermen
junto al abobe de la lucidez.
Aguadas y relieves del estaño
insisten en retraerme a los vestigios,
al origen amargo de la vida
cuando adora sin fingir lo perdido,
cuando padece sin nombrar vacíos.


Juventud,
...vasallaje, ascua, plata, fantasía
... Juventud

Ante ti soy astro errante de la piedra
que expira en el camastro de la nada,
soy lucero de cinchas y rastrojos
en la tartana de la incomprensión.



Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Dedicatoria

Dedicatoria A los anti-héroes que habitan padeciendo
en el enjambre del planeta,
pues ellos verán, antes que nadie,
las ascuas hipnóticas de la coacción,
los hierros candentes de la injusticia.



Del Libro: "Rictus Mortis". Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

El dulce rito de los objetos

El dulce rito de los objetos

Nunca supe si fue verdadero o no, pero aquel relato que me contó mi abuelo Tomás, junto a las brasas de la chimenea en aquella noche de invierno, me sirvió para olvidar que la melancolía del día transitaba hacia el final, y, para aprender, que la vida siempre puede concederte sorpresas muy agradables sin ser buscadas.

- ¡Cambia de cara, Fernando! - me exclamó con sus palabras graves y enérgicas mientras me acercaba a su silla contigüa.-

Para que te sientas mejor quiero contarte algo que ocurrió hace tanto, tanto tiempo que los poblados carecían de nombre, y que imagino que pudo gestarse en alguno de los más escarpados del valle.
Hubo una vez un niño pequeño y enfermizo que, siempre triste y solitario, solía ocupar el tiempo entre el aislamiento de su salón y sus pequeñas pertenencias del viejo huerto. En él apenas prestaba atención a juegos, o demás distracciones que tuviera alrededor, a excepción de un destartalado arca que contenía sus objetos más preciados. Jugaba a sacarlos una y otra vez, a alinearlos ordenadamente por tamaños, colores, y formas, a otorgarles funciones y utilidades del todo extrañas, muy distintas para los que fueron concebidos. De esta manera, el pequeño recobraba la ilusión, la alegría, el color del rostro y una luz de entusiasmo le conectaba, discretamente, con la alegría.
La secuencia de los días era idéntica en él, hasta que una tarde descubrió algo insospechado, muy alarmante: el arcón se encontraba arañado, abierto y, sin duda, saqueado. Ante las peores sospechas el niño se acercó a él corriendo, se agachó empezando uno a uno a extraer y contar todos los objetos allí guardados… El guiñapo de lana, el pergamino ocre, la pelota con piel de conejo, la brújula, las bolitas de ámbar encontrando las restantes piezas… bueno, la verdad Fernando, que todas, lo que se dice todas no permanecían, y tu amiguito bien que se dio cuenta con rapidez. Allí permanecían todos sus tesoros salvo su pluma de ganso, una arpa metálica de origen desconocido y un simple abrecartas. La desesperación no se hizo esperar en el tierno corazón de nuestro protagonista que, ante aquel escenario, irrumpió en lágrimas y angustia combatiendo en vigilia contra este terrible avatar. Aquellos momentos de ausencia fueron sin duda los más dolorosos e infelices de su corta vida.
Cuenta la leyenda que el niño durante tres días y tres noches se postró sentado al lado del arcón, sin hacer otra cosa que lamentarse y esperar pacientemente alguna respuesta. Al final, cuando las lágrimas dejaron de manar por su rostro, y sus fuerzas fueron minándole como un tibio azucarillo, el sueño apareció provocándole perder la partida.
A la mañana que despertó no existía ningún rastro de infortunio en su cuerpo, en su ánimo y lo más extraño: se sentía pleno y sereno, encantado y contento.
En su mano derecha sujetaba un papel donde aparecían varios dibujos que narraban una historia pintoresca: en el primero se reflejaba el arcón, el arcón del pequeño junto a una ardilla y los tres objetos perdidos: la pluma, el arpa y el abrecartas. En el segundo se contemplaba a la ardilla ofreciendo esos objetos a tres señores del poblado ( a un poeta, a un pastor y a un artesano). En el tercer dibujo se podía comprobar con mucha claridad como los gestos de tristeza de los hombres se transformaba en satisfacción y gozo. Y en el último como un niño dormido abría sus ojos y despertaba con sus objetos extraviados mientras una pequeña ardilla escapaba con sigilo y cuidado.

Te das cuenta Fernando, ¿eres capaz de apreciar la moraleja del cuento?

- Sí abuelo , claro, pues que hay niño tristes y solitarios que pueden llegar a ser felices con muy pocas cosas en su viejo arcón.

- Claro que sí, y que sobre todo durante unos días un poeta, un artesano y un pastor pudieron sentirse más risueños y encantados q las cenizas que nos calientan.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

De Melancólica semejanza

De Melancólica semejanza

Veo desembocar las líneas de mis manos
donde las tarántulas procrean


Álibe


Versos extraídos del poemario "El legado del fuego"

Portuaria alicantina

El lince

El lince

LLegó el momento de decir adiós.
Sentir la zarpa de la lenta ausencia,
rendirse a tu fugada decadencia
en la vereda del postrero adiós.

Llegó el instante de pedir a Dios
que luz de tu mirada sea herencia
de un mundo que transpira en consciencia:
entreverado sueño en pos de vos.

No quedará camino por seguir,
ni matorral que soledades beba,
ni dunas de tu agónico morir.

Silencios rotos el mundo te deba
en esta nebulosa, el devenir,
sobre tu negra, desdichada prueba.


Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Heroica ibérica

Heroica ibérica Al equipo nacional de fútbol
y a su encomiable triunfo en el Campeonato de Europa de 2008.


Venerada la heroica
en el campo de juego.
Campo y fervor amapolado
en millares de camisolas;
campo en broche de corinto
que a la grey nos conmueve
tras los jadeantes vítores.
Ultra-Coliseo
donde la sangre hispana brota
con destellos de Aldebarán.

Sois, gladiadores de la esfera,
artífices del gozo
en tiempos de la turbación;
disponéis de la quintaesencia,
del incógnito de la juventud
que nadie podrá descifrar.
Gozáis del venablo del júbilo,
del sortilegio del poder
y la dorada maravilla
que algún ídolo os otorgó.
¡Oh, caballeros del cuero,
minotauros di tappetino verde,
feligreses de la consumación!


Álibe

Escollo en Ea (Santorini)

Escollo en Ea (Santorini)

No podría amarrar novicias lágrimas
en surgideros de sargazos y olas.

Apresar no podría, pese al ámbar,
con el nitrato de tu fresca boca
cuando va careciendo de sabor,
ni con tus cosmos tan turquesa, quién
alguien, quién algo... te brindó a solas.

Veo, como lluvia nómada, la fe
que jamás es refugio de taludes,
la braveza tomada de las viñas,
esa escollera que tapiza ecos
sobre los viejos hombros del vacío.

Y pese, a todo, sobre todo, inquiero:
¿será el pelícano y su ebria calina,
el ameno reflejo de la calma,
aquel velero derrotado en proa
quién susurra la inocencia de Ea?

Desearía cruzar por un estrecho
capitaneado por luz ventiscada
e irrumpida en dulzor de los luceros;
mancillar el perdido mineral
que fue origen de miles de quimeras.
¡Para qué, para qué sufrir sentencia!

Habita en mí la salitrosa roca
que combustiona los brumosos yodos.

La corriente navega adormecida
entre cardúmenes, tal vez micénicos.

Las gaviotas ondean piel de coral
bajo pulsos de azogue y espejismos.

No podría amarrar novicias lágrimas
en surgideros de sargazos y olas.

Es el momento de pedir cobijo
al telúrico tránsito al silencio.


Lito de Marco

Testigo de luz

Testigo de luz

Mi cuerpo es testigo de luz,
pigmento de silencio.


Álibe

Visión fetiche

Visión fetiche

Anochece, y la piel calla cual muro de notas desvalidas en silencio. Al tanto, la noche se encuentra en posición de testigo. La piel femenina es una ínsula asolada de matorral y besos cuando la tormenta acecha, cuando la salina humedad del sexo segrega matices, brillos y lubricaciones bajo la sombría textura del milagro..., del milagro incierto. Cae el calor entre las carmesíes esquinas del placer. Dispone de una creciente porción de libido no consumida, mientras su naturaleza se imbuye bajo la alquimia del desconocimiento: jadeo fértil de sueños, materia impúdica frente a la luz, trémula algazara que oxigena sentidos; cuero y fusta en contacto con la primera virginidad del deseo.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)


Contra el tiempo

Contra el tiempo

Contra el tiempo,
contra el tiempo,
contra el tiempo la memoria inocua del aire,
la hoja mártir que desciende el peldaño del otoño.

Contra el tiempo
el hedor que expide banalidades
en el túnel de la ignominia.

Contra el tiempo
tantos ocasos irreverentes que claman libertad,
sombras que dispersan miríadas de colores fatigados, vacíos.

Contra el tiempo
el eco de la piedra al contacto con la luz,
la voces dormidas bajo el umbral de la verdad,
el suelo que nos alza en vilo,
cada mito encumbrado sobre el altar de las tormentas,
el lodo que nos enfanga y cubre el camino.

Contra el tiempo
los tañidos de la tierra,
los nombres encadenados al destino,
los sentidos despojados de vanas impurezas...,
la sospecha humana.

Contra el tiempo
el fuego: instigador de cruzadas conspiraciones,
sueños en vía de perdición,
la brújula cuya aguja es extravío dolorido,
sinfonía de agua-nieve sobre tus oídos inquietos.

Contra el tiempo
el tupido velo de la conciencia,
el sepulcro y el armisticio de los vientos,
honor de honores fundidos al sol.

Contra el tiempo,
contra el tiempo,
contra el tiempo
un nuevo pulso al futuro,
un pálpito furtivo desde el lado oculto;
el misterio turbador del silencio


Ángel Fdez. de Marco


Poema recitado en la presentación de la I Antología "TIC TAC Poemas y cuentos contra el tiempo" Ed. Atlantis en el C.C. Isabel de Farnesio de Aranjuez, 11/10/2007

De tu va a saber el cel

De tu va a saber el cel

De tu va saber el cel
que fores partícula natural del mite,
matèria astral de la virtud,
estela estovada en mel i serena.

Fora perill,
el cel conspira lloes y cúmuls,
veredes, turons, llums magenta:
el teu sucre poligonal en el temps.


Ángel Fdez. de Marco

Traducción al catalán:
Montserrat Melgosa