Blogia

CÁLCULOS DEL AIRE

Nicolás López Dallara

Publicaciones:

Revista Voces, número de Marzo 2007:
Poemas : Cinco Caracteres – La mar en calma
Relatos : Un hombre con sentimientos puros

Semifinalista del Concurso poético Amarga Hiel:
En cada letra te desnudas (Publicación en este próximo septiembre)
Revista cultural Baraka, Salamanca


La indignación (contra rosaledas)

La indignación (contra rosaledas)

La rosaleda alzó su verja y dijo:
-De mi vientre no saldrás.


Mi voz se había cerrado en cicatriz
de tanto amar de tantas alas
que le había dado a las palabras
laberinto de rosas y de heridas.
Ay, ayer
que mejor no fuera ay
que otra lengua aprendida
me dé fuerzas. Sí,
un sí como una escalera
un sí serpiente
que apriete enlazados nudos
anillos de realidad
que se sostengan
como la nube como la espina como el pájaro
como las vocales de los besos
alargadas siempre atadas
por un nexo, por un sexo
que sea
labrador de confidencias.

Nuria Rovira

Nuria Rovira

(Madrid, 1982). Dispone de estudios de Filología Hispánica por la UAM. Vive en Madrid y le gusta leer. Lleva gafas, tiene el pelo disparatado y escribe y dibuja sin parar. Ha sido premiada en dos ocasiones felices, ha enseñado español en Polonia, y ahora dirige una revista literaria “13Trenes”, mientras trabaja de editora.
Cree que es muy importante abolir las leyes tontas y repartir panes.
En fin, su propósito en la vida son los libros con ilustraciones y para niños.
Ah, y la poesía.

Nueva mirada al 27

Nueva mirada al 27

El próximo jueves 2 de agosto, a las 17:30 horas, se celebrará en el Centro Residencial San Juán de Dios, de la localidad madrileña de El Álamo, la Jornada Poética denominada “Nueva mirada al 27”. Con la presencia del poeta y escritor ribereño Ángel Fdez. de Marco y la coordinación de Creonaile Ramos, el evento surcará por las aristas creativas de una generación literaria de un valor incalculable, que continua siendo, a día de hoy, referencia vital e imprescindible para las letras contemporáneas de nuestro país.

Nocturno de Madrid

Nocturno de Madrid

Viejo Madrid,
de rejas como lanzas
y angostas callejuelas
amarillas.

Bajo impronta mora,
con mantón de seda,
A Francisco el santo
rezan Las Vistillas.

El silencio tiene textura
de sueño,
en la media vuelta
que al toro de sombra
le marca un farol.

Un diablo cojuelo
salta en cada esquina.
Se cubre los cuernos
con el capuchón.

La noche peina gasas
y en el cielo,
incierta luna errante,
como un débil quinqué
velado y vacilante,
se embosca
entre maltrechos
tejadillos.

Un soplo del ayer
impregna el aire,
trae un revuelo
de amorosos lances,
de pasos embozados
y de rezos,
grabados en la punta
del cuchillo.


Gloria Díez

Los siete pilares de la sabiduría

Los siete pilares de la sabiduría

Después de que Joyce y Dawnay se hubieran marchado salí de Aba el Lissan con Mirzuk. El día de nuestra partida prometía coronar el frescor primaveral de aquella elevada meseta. Una semana antes había soplado una furiosa ventisca y algo de la blancura de la nieve parecía haber pasado a la luz. El suelo tenía un aspecto vívido con la hierba nueva, y la luz del sol, que caía oblicuamente sobre nosotros pálida como la paja, suavizaba el agitado viento.
Con nosotros viajaban dos mil camellos del Sirhán que transportaban nuestras municiones y víveres. Por causa del convoy marchábamos sin prisa con la intención de llegar al ferrocarril después de oscurecer. Iban por delante algunos hombres a fin de inspeccionar la vía férrea a la luz del día y asegurar la tranquilidad durante las horas que aquellos dispersos efetivos tardarían en cruzarla.
Mi guardia personal estaba conmigo y Mirzuk tenía a sus ageyl junto con dos famosos camellos de carreras. La alegría del aire y la estación los cautivó.


T.E. Lawrence

Cálculos del aire

Cálculos del aire

Si eres creador literario, periodístico, si eres un entusiasta cultural, si deseas ampliar tu currículum y colaborar en un proyecto en red, divulgativo e internacional sin ánimo de lucro, mándanos tus textos, escritos.


Nuestro comité de lectura podrá acceder a incorporar tu obra en las distintas secciones de la publicación.Para más información puedes contactar en el nº de telf. 666 768 442

Ángel L. Fdez. de Marco

Foro Espiritual de Estella

Del 28 de Junio al 1 de Julio entusiastas, investigadores, maestros y acólitos de la espiritualidad tedrán una excelente cita en Estella (Navarra),donde el Foro Espiritual, un año más, ofrecerá cabida y atenciones a todos los participantes que intervengan en el evento.
Este año cabe mencionar la primera intervención del Grupo Aranjuez, que a través de recitados poéticos de marcado signo trascendentalista, amenizarán a los congregados en la Iglesia del Covento de las Madres Recoletas (Jueves 28, 21.00 horas).


La Leyenda de la Xtabay

La Leyenda de la Xtabay

Bajo la luna del Mayapan, en el abrigo de los templos de los itzaes, surge la leyenda que se refiere a la mujer Xtabay . Como joya de milagrería se conserva
para deleite de quien la oye o de quien la lee; historia que no se borrará jamás,
porque ha quedado escrita en los libros antiguos y en las páginas sagradas del
recuerdo maya.
Dice pues la leyenda que la mujer Xtabay era una mujer inmensamente bella
que solía agradar al viajero que por las noches se aventuraba en los caminos del Mayab. Sentada al pie de una frondosa ceiba del bosque, lo atraía con cánticos,
con frases dulces de amor, lo seducía, lo embrujaba y cruelmente lo destruía.
Los cuerpos destrozados de esos incautos enamorados aparecían al día siguiente con las mas horribles huellas de rasguños, de mordidas y con el pecho abierto por uñas como garras.
La mujer Xtabay nace de una planta espinosa, punzadora y mala y si aparece junto a las ceibas, es porque este árbol es sagrado para los hijos de la tierra del faisán y del venado y muchas veces en cobijo y sombra, se acogen bajo sus ramas, confiados en la protección de tan bello y útil árbol.
En un cierto pueblo de la península yucateca vivían dos mujeres; siendo el nombre de una de ellas la Xtabay, decían que estaba enferma de amor y pasión y que todo su afán era prodigar su cuerpo y su belleza que eran prodigiosos, a cuanto mancebo se lo solicitaba. La Xtabay tenia un corazón tan grande que la hacía socorrer a los humildes, amparar al necesitado, curar al enfermo y recoger a los animales que abandonaban por inútiles.
Su grandeza de alma la llevaba hasta poblados lejanos para auxiliar al enfermo y se despojaba de las joyas que le daban sus enamorados y hasta de sus finas vestiduras para cubrir la desnudez de los desheredados. Jamás levantaba la cabeza en son altivo, nunca murmuró ni criticó a nadie y con absoluta humildad soportaba los insultos y humillaciones de las gentes.
El nombre de la otra mujer era Utz-colel, vivía en una casa bien hecha, limpia y arreglada. Mujer virtuosa y recta, honesta y jamás había cometido ningún desliz ni el mínimo pecado amoroso. Pero era fría, orgullosa, dura de corazón y nunca jamás socorría al enfermo y sentía repugnancia por el pobre.
Y un día las gentes del pueblo no vieron salir de su casa a la Xtabay; supusieron que andaba ofreciendo su cuerpo y sus pasiones, transcurrieron los días y de pronto por todo el pueblo se esparció un fino aroma de flores, nadie se explicaba de donde emanaba tan precioso aroma y así, buscando, fueron a dar a la casa de la Xtabay a la que hallaron muerta.
Lo extraordinario, es que la Xtabay no estaba sola, varios animales cuidaban de su cuerpo del que brotaba aquel perfume que envolvía al pueblo.
A tener conocimiento la Utz-colel de lo ocurrido dijo que era una vil mentira, ya que un cuerpo corrupto como el de la Xtabay, no podía emanar sino podredumbre y pestilencia, más que si tal cosa era verdad, debía ser cosa de los malos espíritus y que así continuaba provocando a los hombres. Agrego la Utz-colel que si de una mujer como la Xtabay escapaba en tal caso ese perfume, cuando ella muriera el perfume que escaparía de su cuerpo seria mucho más aromático y exquisito.
La Xtabay fue enterrada y cuentease que al día siguiente, su tumba estaba cubierta de flores hermosas, tan tapizada como una cascada de olorosas florecillas desconocidas en el Mayab. Hoy la florecilla que naciera en la tumba de la Xtabay, es la actual flor Xtabentun que se da en forma silvestre en los caminos. El jugo de esta florecilla embriaga muy agradablemente, como debió ser el amor embriagador y dulce de la Xtabay.
Poco después murió la Utz-colel y a su entierro acudió todo el pueblo que había ponderado sus virtudes y cantando y gritando que había muerto virgen y pura.
Recordaron lo que había dicho en vida acerca de que al morir, su cadáver debería exhalar un perfume mucho mejor que el de la Xtabay; pero para asombro de todos, comprobaron que a poco de enterrada comenzó a escapar de la tierra floja, todavía, un hedor insoportable, el olor nauseabundo a cadáver putrefacto.
Tzacam nombre de cactus erizado de espinas y de mal olor, es la flor que nació sobre la tumba de la Utz-colel, florecilla sin aroma y a veces de olor desagradable, como era el carácter y la falsa virtud de la Utz-colel.
No es pues la Xtabay, la mujer que destruye a los hombres después de atraerlos con engaños al pie de las frondosas ceibas.
La mujer que aparece en las ceibas es la Utz-colel, que regresa al mundo de los hombres disfrazada de la Xtabay. Aun hoy vaga en las noches de luna llena por los caminos del Mayab, buscando hombres que no gozo en vida, para seducirlos, desgarrarles el pecho y robarles el corazón.
La conciencia dormida de nuestros antepasados se nos muestra en forma de apariciones. Ellos nos susurran desde los derroteros situados entre el sueño y la vigilia. Nos hablan de nuestros más secretos terrores y deseos, mostrándonos un mundo que aflora en la penumbra de los bosques, un mundo profundo, atado y anudado con lazos ancestrales.


Recopiló y opinó
Julio Emilio Torre Hernández
San Francisco de Campeche, México.

Esencias VII

Esencias VII

"Menos malo es agitarse en la duda que descansar en el error" (Mazoni).

"Visión es el arte de ver cosas invisibles" (Jonathan Swift).

"El orden es el más hermoso ornamento de la casa" (Pitágoras).

"La mitad de nuestras equivocaciones en la vida nacen de que cuando debemos pensar sentimos, y cuando debemos sentir pensamos" (Charton Collins).

"El sabio habla de la ideas, el inteligente de los hechos y el hombre vulgar de lo que ha comido" (Proverbio chino).

El artista

El artista

Una tarde, le vino al alma el deseo de dar forma a una imagen del Placer que se posa un instante. Y se fue por el mundo a buscar bronce, pues sólo en bronce podía concebir su obra.
Pero había desaparecido el bronce del mundo entero; en parte alguna del mundo entero podía encontrarse bronce, salvo el bronce sólo de la imagen del Dolor que dura para siempre.
Era él quien había forjado esta imagen con sus propias manos, y la había puesto sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida y había muerto había puesto esta imagen hechura suya, como prenda y señal del amor humano que no muere nunca, y como símbolo del dolor humano que dura para siempre. Y en el mundo entero no había más bronce que el bronce de esta imagen.
Y tomó la imagen que había formado y la puso en un gran horno y se la entregó al fuego.
Y con el bronce de la imagen del Dolor que dura para siempre esculpió una imagen del Placer que se posa un instante.


Oscar Wilde.

San Fco. de Campeche ( Estados Unidos Mexicanos)

San Fco. de Campeche ( Estados Unidos Mexicanos)

Es el día del asentamiento. Con la fiel compañía de mi estimada Ely decidimos, desde la media mañana, comenzar en la búsqueda de un alojamiento digno y económico en Campeche donde poder hospedarme durante la mayor parte de mi estancia americana. Después de preguntar en un hotel llega el momento más esperado: el avistamiento general de la ciudad.
Para empezar el rumbo cruzamos la carretera de El Malecón y, entre un no muy denso tráfico automovilístico, contemplamos unas desconcertantes aguas del golfo de México calmas, serenas, sin apenas encrespamientos, remansadas por una fuerza desconocida que configura un mar hipnotizado a la indolencia permanente. En la lejanía del horizonte se visualiza sin dificultad una plataforma petrolífera; desde luego toda una incontestable señal de florecimiento económico de los vecinos norteños y de amenaza ecológica a buena porción del litoral campechano.
Tras cubrir un tramo de El Malecón nos topamos de bruces con el baluarte amurallado de la población. Destaca de él su solidez, su complexión adusta, recia, amazacotada y sus combinaciones cromáticas de grises, pardos, gamas oscuras generadas por el clima sub-tropical de la región. Una vez perfilado a pie el bastión defensivo llegamos a la zona más noble de la localidad: el Zócalo, llamado el centro para los oriundos. Consta de unos muy cuidados soportales de fachadas de colores vivos, la siempre sugerente entrada al Museo de Arqueología, y, en el epicentro de la Plaza, un imponente quiosco de planta circular con turistas en su interior sentados al disfrute de refrescos y descanso.
Ya en el margen de la Plaza se erige la Catedral formando un interesante conjunto de Barroco español con dos elevadas torres y, que en su interior, conserva pinturas de los pasos de Cristo y elementos arquitectónicos simples que contrastan con las edificaciones religiosas y coetáneas de la Península Ibérica. Alejándose ligeramente del corazón urbano de la ciudad surge la Iglesia de San Francisco.
La primera valoración que puedo realizar del centro histórico es óptima donde el sabor campechano-yucateco brilla profusamente en el damero numérico de callejas tranquilas y vistosas que completan a esta provinciana capital.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Escalera al deseo

Escalera al deseo

Juan Terrero vivía en el centro de la ciudad, en un segundo piso del caserón antiguo cercano al ayuntamiento. Era un edificio del siglo pasado, con una fuente de cuatro caños en el centro del patio, donde no hace mucho, todavía bebían las caballerías de los vecinos. Surcaban los laterales de la corrala unas grandes vigas y pilares de madera, desde allí, las mujeres tendían la ropa en las cuerdas que estaban atadas a un clavo, de un extremo a otro de la platea. Llevaba poco más de un año viviendo allí y se había integrado, con discreción, en el pequeño mundo del vecindario. Con su carácter afable se había ganado la simpatía de los vecinos y mantenía una relación cordial con todos.
Con todos menos con una pareja de recién casados, treintañeros como él, con los que el trato era frío y distante. Parece ser que el marido, consumido de celos, le había reprochado en la escalera, ciertas miradas que Juan le dedicó a su sensual esposa.
Vivían en el piso anexo al suyo. Se había preocupado poco por ellos y no sabía casi nada de su vida, siempre estaban encerrados en casa o en el trabajo. Ella daba clases de algún idioma en un colegio, y él, bueno, él no sabía nadie dónde trabajaba.
Paloma Barrios, que así es como se llamaba la dama, llegaba a casa a la misma hora todos los días, a las tres. La misma que Juan después de una dura jornada trabajando en Mecaplast, una fabricucha ilegal del polígono industrial, a las afueras de la ciudad.
Muchos días coincidían en la entrada del inmueble o en la escalera, y tan sólo se decían un “hola” seco y algo titubeante. Pero en esos efímeros instantes, quizás las palabras estaban de más, porque se trasmitían con la mirada una retahíla de besos y abrazos prohibidos. Cada vez que se cruzaban, sus ojos reflejaban la sorpresa del encuentro, mezclado con un atisbo de alegría, para finalmente, perderse en una espiral de tristeza y resignación. Sin apenas hablar, se habían enamorado. Unos escasos minutos en común les era suficiente para alimentar sus necesidades de amor. Porque él en soledad, andaba parco en cariño. Y ella casada, pues también. Luego, cada uno en su hogar, se reprochaban el no haber hablado algo más, aunque fuera sólo por deleitarse con el sonido de la voz. Los pensamientos les martirizaban los sueños por no decirse claramente lo que sentían el uno por el otro. Y al final, los dos, llegaban a la misma conclusión. La causa de que estuvieran separados era su marido. Él era el principal impedimento para dar rienda suelta a su pasión y deseo.
Algunas noches, Juan Terrero, recostado en la calidez de su cama, sueña despierto con que Paloma Barrios algún día llame a su puerta. Se la imagina llorando en el portal, desesperada e indefensa. Esperando a que él, caballeroso y enternecido, arropado por una pátina de amor, le pase el brazo por los hombros para atraerla a su pecho y fundirse en un apasionado abrazo. Y así, con las pelvis oprimidas una contra otra, poco a poco, sus bocas se van buscando, hasta que se encuentran en un ansiado e interminable beso. Sin saber cómo, pronto se ven los dos desnudos, en la cama, arropados por una fina sábana que oculta, a los ojos del mundo, la infidelidad de los amantes. La noche transcurre haciendo el amor entre los hilos del deseo. Intentando recuperar los mil y un orgasmos que perdieron, Juan en soledad, y Paloma en los brazos de su marido.
Pero es sólo eso, un sueño. Porque ella nunca ha llamado. Las miradas en la escalera cada vez son más lujuriosas, más tristes también, pero la perfecta casada no se decide a llamar a la puerta de su vecino, tampoco él a la de ella.
Para Juan la situación se va tornando más dolorosa. A veces es despertado por gemidos que rasgan el silencio de la noche. Oye ruidos en la casa de al lado. La cabecera de su cama y la del matrimonio sólo están separadas por un estrecho tabique, y a través de él se puede oír el martilleo de la madera que golpea la pared, primero despacio y luego más deprisa, para finalmente detenerse en seco y dejar la casa en una completa calma. Juan, que se queda inquieto y pensativo, finalmente se duerme vencido por el cansancio y el placer de la masturbación.
Pero a pesar de que los ruidos nocturnos delatan una gran actividad conyugal, piensa que Paloma no lo hace con verdadero sentimiento, sino por una obligación adquirida ante el juez y ante la iglesia. Que con quien de verdad le gustaría compartir los secretos de su cuerpo es con él, pero que, encerrada por una promesa de fidelidad, le es imposible dedicarse a sus verdaderos deseos.
Una noche, a horas intempestivas, alguien llama al timbre y le hace descender del reino de Morfeo. Con legañas en los ojos va hasta la puerta y mira por la mirilla. Se aparta incrédulo para restregarse los ojos con las manos. Cuando cree que está suficientemente espabilado, vuelve a mirar. Al otro lado está su amada. Su sol. Con la bata medio abierta deja intuir que no lleva nada debajo. Los ojos trémulos y lacrimosos delatan las horas de llanto. De inmediato abre la puerta, y al verla tan decadente, la invita a pasar hasta el salón. Se sientan, los dos juntos, en el sofá de cuero azul, y ella, entre lágrimas, le cuenta el por qué de su inesperada visita.
Siempre al llegar a casa, después del trabajo, su marido la esperaba con la comida preparada en el plato. Pero ese día no estaba a la hora de comer, y le pareció muy extraño. Cuando pasó al dormitorio vio que los cajones de la cómoda, destinados a guardar la ropa de él, estaban vacíos. Miró en el armario para comprobar que sus trajes y abrigos tampoco estaban, y al desviar la mirada sobre el almohadón de la cama descubrió un papel doblado. Lo abrió y leyó lo que ya su intuición le delataba, que se había marchado dejándola sola. Estaba enamorado de una compañera de trabajo y los dos se iban a otra ciudad para vivir juntos.
La humedad del llanto fue desapareciendo de la cara de Paloma, ni tan siquiera una mueca triste se reflejaba vagamente en su boca. Todo lo contrario, la alegría era el sentimiento predominante. Y como si fuera un espejo, el rostro de Juan también estaba radiante. A solas, en el sofá, cogidos de las manos y sin desviar la mirada de los ojos, hundiéndose en un abismo de algo más que caricias, ella le mostraba sus labios entreabiertos, dejando vislumbrar entre la nieve de los dientes, el azúcar de la sonrisa.
Como un imán sus brazos se atrajeron y se fundieron en un interminable trueque de caricias enmarcadas por un beso, ansiado y cautivador, con el que sellaron un pacto de amor, y más tarde, en el improvisado tálamo, sellaron con la fuerza del primer orgasmo, la pleitesía y devoción que sentirían el uno por el otro, para siempre...


Fernando García de la Rosa.

De tu va a saber el cel

De tu va a saber el cel

De tu va saber el cel
que fores partícula natural del mite,
matèria astral de la virtud,
estela estovada en mel i serena.

Fora perill,
el cel conspira lloes y cúmuls,
veredes, turons, llums magenta:
el teu sucre poligonal en el temps.


Ángel Fdez. de Marco

Traducción al catalán:
Montserrat Melgosa

Reino de Nepal

Reino de Nepal

Permanencia-relampago en la cuna del Yeti, del Everest, en la de los trescientos treinta millones de dioses que, junto a Buda, habitan esta tierra de nieve y cordillera. Ya el hecho de sobrevolar por encima de sus albas alturas a la llegada de la capital, justifican con creces la visita a este reducto fronterizo entre sus dos colosales vecinos que la franquean respetuosamente.

Nepal, desde los primeros instantes me sabe a cielo natural, a tierra reverdecida por la generosidad divina, a culto silencioso, a guarida cristalizada en memoria ancestral donde el hombre aún conserva su linaje no herido por el paso del tiempo. Este lugar, sumergido todavía en el cultivo del alma, huele a inocencia, a sabios dones de paciencia y templanza, dónde se es capaz de proteger el sentido más íntimo de la vida a través de la sencillez de sus gentes y costumbres.
Es sintomática su atmósfera medieval en las ciudades, su cercana reverberación mística aglutinada en los valles, su cadenciosa calma en su azul y cerúlea mirada; este rincón tuvo que ser fecundado por alguien (desconocido u oculto) que se valió de una total y santa sabiduría para construir esta cautivadora patria a pies del Himalaya.
Quedan casi como anecdóticas (aunque diligentes y brillantes) referencias viajeras: Kathmandú,Patán, Swayambhunath, Bhakthapur, Pashupatinath y Boudanath.
Aquí la geografía no es el ópalo fundamental por el que gira el espíritu libre nepalí; todo lo contrario, es en ella donde comienza a germinar la esencia incorruptible de un pueblo pletórico en pensamiento, autenticidad y virtudes imperecederas.


Ángel Fdez. de Marco

Mis licores favoritos

Mis licores favoritos

Por la mañana y en ayunas
hidromiel "Alegría de tu nombre"
y el alba se apresura en ti
con insurgencias de tu voz,
resucitada de la noche.

Unas gotitas del licor
"Dulzura de tu risa"
en el primer café de la mañana
y las puertas del sielo se abren,
puntuales y gozosas.

Al mediodía el reconstituyente
"Fortaleza de tu palabra"
revuelve mis adentros,
me empuja con ansia a la calle,
a notariar la vida.

En la comida, vino,
un "Señorío de tus ojos",
reserva del cincuenta y nueve,
y dejarme arrastrar contigo
en su embriagador torbellino.

Un chorrito del aguardiente
"Melaza de tus labios"
en el café de sobremesa
y abandonarme todo
en el desasosiego de tu cuerpo.

Gotitas de angostura
"Milagro de tu voz"
en el obligado té de la tarde
disuelven la amenaza
cercana de la noche,
renombran las estrellas.

Vino, también para la cena, vino,
un crianza "Fuego de tu mirada"
y adiós a esa indeterminación
de lo oscuro, al salvaje
vínculo de la noche.

Ante el irrevocable final del día
el colutorio "Elixir de tu alma"
y a revolcarme febril en tu esencia.


Domingo Díaz

El espectro del genio

El espectro del genio

Inspirado en la obra y vida de Alen Ginsberg


Nunca dejarás de lado, compañero Ginsberg, el lado más grotesco y mezquino de tú América de hormigón y falacia.
Demasiado para tus huesos abandonar tú melonar yankee de muchedumbre multi-confesional, multi-orgásmica que cada día cae en mayor vergüenza para patriotas de medio pelo, vocingleros especuladores y cocksuckers californianos en extrema ocupación.
Siempre te verás inmerso en la sombría coagulación de la ciudad. Su noche, así, como todos los personajes que despiertan tu atención, (sobre todo cuando olvida narcotizarse) te harán cohabitar con las espectrales estadías
del llanto y la ruina, de la decadencia y de la miseria a la que te encargas de adulterar al libre antojo.
Ya nos quedó bien claro que no habrá más sol que el peyote que ayer ingeriste en un fumadero de Norfolk, que tampoco habrá más costa que las pustulantes miasmas de vómitos y ginebra que persiguen tus pasos.
Pudiste convencernos que Berverly Hills ya no forma parte del mito dionisíaco de rosas y carotenos; y, que tu pulso crítico, no pudo impedir que se convirtiera en coto bandoleril y zombie que azota, en los costados, la dignidad enfermiza de tu pueblo.
Ahora me parecen ver tus alas desfallecer bajo la sucia cornisa del Cine Hellman. Miro, de reojo, tu corazón ligero y alfeñique cuando sobrevuela sobre el viejo Alcatraz con no muy buenas intenciones; eres ese viento que alguien creyó identificar con gas mostaza y sin embargo yo lo asemejo a un pedo lorquiano.

Ya acabo compañero Ginsberg pues mis palabras no son santas como tus absurdas genialidades. Seguro que el ocaso y el antro infernal que te cobija bajo tierra pueden entenderme.
Bendiciones y maldiciones sé que te glorifican. Caléndulas urbanas en tu nicho de papel. Aún callejeo en tu cochambroso Cadillac los días soleados. Ese fétido hedor que continuas manando (jodido puerco) todavía me sulibella.

Voluntas omnia vincit

Álibe

Devoción a Yemayá

Devoción a Yemayá

Como eclosión de congas y quejidos
que simbolizan plegarias yorubas.
Al igual que destellos abatidos
por los raciales rostros de las turbas.

Danzan los sueños, los entes heridos
con melodía del ron en las cubas.
Gimen colores ebrios y prendidos
allí, en la balada, que todo incuba.

Tú Yemayá, vestigio en área acuática,
mácula en un tiempo sin ya destino,
prenda rugosa de línea dalmática.

Muéstranos el sol y el aire cetrino;
mándanos la ruta de tu nuevo Ática
con la venia que nos abra camino.

Ángel. Fdez Damarcus

La balada de los zombies

La balada de los zombies

En aquel día de enero, la veleta de la nostalgia guió mi paseo por las riberas del río Jarama. El sol era espléndido y corría un vientecillo fresco, que ayudaba a despabilar las calcáreas legañas de los ojos. Andaba sin rumbo, sin destino, y entonces recordé… como en un flash-back llegaron a mi cerebro un sin fin de vivencias de hace muchos años. Cuando no era un jubilado y la lozanía de un cuerpo joven, ahuyentaba de mí cualquier tipo de dolencia, no como ahora que me he convertido en un saco de enfermedades y dolores. Yo trabajaba en un gran complejo industrial dedicado a la transformación de plásticos, donde se producían y distribuían piezas para las innumerables marcas de coches, que por aquella época, eran de motor de combustión.
Siguiendo la estela de mis recuerdos fui a toparme, sin saber cómo, con la antigua fábrica, cerrada desde la época pasada y abandonada a los dominios del Rey Muerto. Me topé con las oxidadas puertas del parking, que el deterioro del tiempo o las exploraciones de los chavales habían sacado fuera de sus goznes, dejándolas colgando medio caídas sobre el suelo. Les di una patada, porque sí, y terminé con la bisagra que las mantenía en posición vertical, provocando un ruido al caer que me hizo daño en los oídos. Pasé por encima, con cuidado de no cortarme con salientes oxidados, y me detuve un momento a ver lo que se ofrecía a mis ojos. Los matojos secos poblaban el suelo del aparcamiento, salpicado en algunos lugares por árboles desplomados, los que permanecían en pie, vacíos de hojas y podridos, amenazaban con caer en cualquier momento. Alzando la vista se veía la nave central, que antaño era de paredes blancas y grandes ventanales, pero que ahora se había convertido en un muladar cochambroso de colores macilentos y cristales rotos, dejando al descubierto en algunos sitios, un esqueleto de acero y hormigón.
Pasé, igual que hace 30 años, por recepción, y desde allí al interior de la planta. Nada tenía que ver con los recuerdos que yo albergaba en mi memoria. Gigantescas telas de araña negras caían desde el techo hasta el suelo, simulando cascadas de espuma carbonífera que se esparcía en todas direcciones en forma de polvo, sedimentado allí con la tranquilidad de los años. Todo estaba intacto. Moldes a medio abrir, devorados por el óxido. Piezas esparcidas por el suelo. Papeles vapuleados por el viento. La estancia había quedado petrificada, como si la bruja mala de un cuento hubiera lanzado un maleficio, a la espera de que algún príncipe llegara con un beso salvador, para devolver el lugar al esplendor original. El reencuentro con el pasado era de una crueldad obsesiva, una y otra vez volvía a hacerme la misma pregunta que me he repetido el resto de mi vida ¿Por qué el personal de mantenimiento no hizo bien su trabajo?
Todos los días se paraba durante una hora para examinar el sistema de energía, que proporcionaba el reactor nuclear. Se miraba desde la turbina central hasta el cementerio de bidones de plutonio, en el subsuelo. Y una vez asegurados de las condiciones óptimas de seguridad, se empezaba a producir. Pero aquel fatídico día dieron el visto bueno a la revisión, y horas más tarde saltaron las alarmas que detectaban una fuga de radiactividad, teniendo que evacuar la zona de forma inminente, en un radio de tres kilómetros. Muchos huyeron despavoridos, pero otros se quedaron creyendo que era una falsa alarma, muriendo poco después. Todo quedó tal y como está ahora. Las autoridades precintaron las instalaciones, y cualquier objeto que hubiera dentro quedó contaminado y completamente inútil.
El hilo de mis pensamientos fue sesgado con brusquedad por un sobresalto efímero. Al fondo del pabellón me pareció ver que se movía algo con rapidez de centella. Podía tratarse de una rata, o de cualquier otro animal que se escondiera bajo el techo y refugio que proporcionaba el local. Pero no, era algo más silencioso, como si fuera otro ser humano, que correteando entre los pasillos se fuera escondiendo para no ser visto.
Un poco asustado, pero seguro de mí mismo, fui para inspeccionar qué podía ser lo que había visto. Mi valentía y entereza duró poco. Una de las inyectoras, envuelta en cenizas y mugre, empezó a funcionar sola, y un pavor indescriptible se adueñó de mi persona, como el veneno de una serpiente que deja inmovilizada a su presa. Me acerqué hasta la máquina, la 46, el robot cogía piezas del molde y las llevaba hasta la cabina de láser, donde era cortada. Todo funcionaba perfectamente, pero no había operarios que estuvieran trabajando. La producción salía sin parar y al final de la cinta transportadora, caía al suelo formando un pequeño montón.
Mientras miraba tan extraño suceso, una mano se apoyó en mi hombro desde atrás. El susto hizo que diera un salto, y al volverme, un estupor provocado por la visión que tenía delante, se adueñó de mí. Tenía enfrente a un ser que parecía sacado de una película de terror. De su cara putrefacta le colgaban cachitos de carne y la mandíbula le flotaba a medio caer, dibujando una gran carcajada grotesca. Las cuencas de los ojos estaban vacías, sin embargo, mantenía sobre un trozo de nariz, las gafas que antaño le sirvieron para corregir los defectos de la miopía. El pelo, alborotado, sin brillo ni flacidez, era extremadamente largo. Sus ropas, roídas por la polilla, dejaban intuir que pertenecieron a un cuerpo robusto con exceso de abdomen. Del nombre que solía tener bordado en la camisa, a la altura del pecho, sólo quedaba la letra inicial, una eme. Y la que en un tiempo fue barba, ahora era pelo estropajoso que se había desprendido en algunos sitios de la cara, dejando al descubierto el blanco de la calavera.
Por una calle lateral apareció otro espécimen de similar presencia. Con atavíos andrajosos, y parte de la carne de su cuerpo como desmenuzada por las ratas. A mi espalda apareció otro zombie. Y más allá, otro. Y otro. Y otro... hasta verme rodeado de una multitud de asquerosos muertos nauseabundos, que antes fueron compañeros míos de trabajo, y a algunos, todavía era capaz de reconocer por sus piercings o tatuajes, que también perduraban en sus cuerpos macilentos. Me rodeaban con los brazos extendidos y andaban muy despacio, tambaleantes se acercaban para tocarme, o quien sabe con qué oscuras intenciones. Horrorizado empecé a girar sobre mí mismo, buscando un hueco por donde escabullirme y salir de allí corriendo. Así que al verme rodeado y sin escapatoria le solté un puñetazo a un de ellos, y mi mano se incrustó en su cara gelatinosa. Cuando la retiré, decenas de gusanos blancos reptaban alegres por mi piel. Cayó al suelo desmembrándose entero, salté por encima abriendo la tijera de piernas todo lo que daban de sí, y corrí para buscar la puerta de salida.
En la zona de recepción me esperaba con los brazos abiertos y estáticos, para ofrecerme su cordial saludo, un zombie con traje de chaqueta, gordinflón y con gafas. A diferencia de los demás, éste tenía su indumentaria como recién sacada de la tintorería, sin polvo, ni manchas, y perfectamente planchada. Sin duda alguna, se trataba del antiguo preboste de la central. Sin embargo, la cara era tan vomitiva como la de los demás, gris y con la lengua colgándole hasta el pecho.
Dio un par de pasos vacilantes hacia mí y le esquivé con un movimiento ágil, apartándole con un empujón en el pecho y plantándome de dos zancadas en el umbral de la puerta de salida. Atropelladamente bajé los peldaños de las escaleras respirando profundamente un aire limpio y fresco que impregnó mis pulmones de vida. Salí corriendo sin mirar atrás, alejándome de aquel purgatorio de almas, que probablemente, estuvieran condenadas a vagar, por toda la eternidad, entre las máquinas de la fábrica.


Fernado García

Si levantara la cabeza

Si levantara la cabeza

Si hoy levantara la cabeza uno de nuestros más ilustres sabios, no tengan la menor duda de que volvería a esconderla. Si este sabio, viera que a pesar de los grandes avances tecnológicos conseguidos, seguimos en el fondo de los mares en cuanto a avance moral, se asustaría tanto que posiblemente enfermaría mentalmente ante el desfase, descuadre y retraso de nuestra sociedad.
Intenten adivinar quién puede ser, leyendo las pistas que el texto ofrece, no muy cuantiosas ni ingeniosas todo hay que decirlo, pero sí suficientes como para que aquél que no pertenece al ostracismo español pueda adivinarlo.
Bien pudiera ser un personaje del mundo de las letras, pues escritos no le faltaron y de gran calidad, bien pudiera ser un personaje de la ciencia, pues descubrimientos no le faltaron y de gran calidad, bien pudiera ser un personaje de la política pues ofrecimientos no le faltaron y de gran calidad, bien pudiera ser un personaje del arte, pues grandes obras no le faltaron y de gran calidad, bien pudiera ser un personaje de la fotografía pues instantáneas no le faltaron y de gran calidad, y pionero en ciertos aspectos de este campo por cierto, bien pudiera ser un personaje del humanismo, pues pensamiento no le faltó y de gran calidad.
¿Aún no saben quién puede ser?
Vino a decir un día algo así como que el problema del ser humano no es cometer errores, sino no reconocerlos ni aprender de ellos. Necesitaba ver y tocar para sentir, para comprender, para explicar, para dar forma a todo aquello que le rodeaba y darle sentido, que no le faltó a todo aquello que tocaba y trataba.
He de decir, en mi opinión, que este gran sabio, ha sido un accidente en España. Personajes como él, aparecen cada cien siglos, y en el caso de España, posiblemente más aún; sirva de ejemplo este caso, para agradecer y recordar a todos aquellos grandes sabios que España ha dado y que han hecho que el resto del mundo nos mire un poquito aunque sea de reojo, y no nos desprecie por toda la ignorancia y destrucción que la mayoría de otro tipo de personajillos han conseguido a lo largo de nuestra existencia en la Península.
Si en su época hubiera dispuesto del material que existe hoy, si se le hubiera reconocido, aparte de su obra, los méritos que tiene conseguir lo conseguido con los escasísimos medios que le ofrecían, hoy día las nuevas generaciones de este país valorarían más las cosas importantes de la vida, los verdaderos valores, sería una juventud mucho más madura y crítica y menos hipócrita. Pero no, vivimos en una sociedad consumista y capitalista que frena el avance del progreso mental para darle prioridad a la masa de marionetas en que nos convierte el poder para satisfacción de unos pocos. Estas palabras más que mías, estoy seguro que fueron suyas, y bien podría firmar este artículo sin ningún género de dudas.
Don… no levante la cabeza, que no se merece enfermar; bastante hizo ya por el mundo, y mire como el mundo lo agradece, mire como la sociedad ha dejado de ser crítica, pero sigue siendo hipócrita, porque critica pero se vende, critica pero no actúa, pone de moda manifestaciones y discursos para la foto, en vez de coger el toro por los cuernos y empezar a construir el verdadero avance.
Ya ve, hoy día, cualquiera que consiguiera la décima parte de los premios y logros que usted consiguió, se creería Dios; no vea cuantos dioses me encuentro cada día por la calle, en el trabajo, en cualquier lugar. Mi pregunta es, ¿si esos dioses dispusieran de los escasos medios, de los escasos apoyos por parte de su gobierno, de los escasos apoyos de su sociedad en general de los que usted dispuso, qué sería de todos estos endiosados?
¿Cómo alguien con tan poco consiguió tanto, y cómo tantos con tanto conseguimos tan poco? Posiblemente porque moralmente aún no hemos alcanzado la suficiente madurez como para permitirnos el privilegio de considerarnos seres humanos; baste echar una mirada al mundo que nos rodea para pensar en esto por muy fuerte y crítico que parezca.
Al decir que usted fue un accidente, no estoy diciendo que fuera una tragedia, sino todo lo contrario, fue un pico que nos encontramos en un camino plano, tan difícil de que se produjera en un tipo de país como éste, que hace conferirle un mérito imposible de describir, creado y construido de sí mismo, sin fuerzas externas, tan difícil imaginar que pudiera darse. Es por eso, que el asombro ante un sabio de esta naturaleza, es tan grande que no habría mundos suficientes en el Universo para rellenarlos de tal.
Es una pena que vivamos en un país donde sólo aparecen “accidentes”, ¡ojalá algún día dejásemos de ser marionetas para empezar a dejar de ser sólo accidentes! Y fuéramos un conjunto, una constancia, de la que poder estar orgullosos, y no meramente una masa que se mueve en virtud hacia donde le conviene que se mueva el personajillo de turno de las multinacionales y de los sillones de los parlamentos.
¿Saben ya de quién se trata?
Sí es así, enhorabuena, si no es así, se trata de Don Santiago.


Dr. Martín-Rubio