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CÁLCULOS DEL AIRE

Presentación del Grupo Aranjuez

Presentación del Grupo Aranjuez

El Grupo Aranjuez, heredero del movimiento literario trascendentalista, se presentará en sociedad el próximo martes 27 de Febrero en la Facultad de Bellas Artes del CES Felipe II de Aranjuez. Sus integrantes: Domingo Díaz, Montserrat Doucet, Mar García Tijeras, Ángel Fdez. de Marco, Maximiano Revilla y José Carlos Rodrigo Breto intervendrán dentro del 2º ciclo del Aula Poética “José Luis Sampedro”, en un evento donde el recitado de poemas y la divulgación de su revista cultural en red, amenizará a todos aquellos amantes del verso que deseen acudir.

…más no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía…

(Quevedo)


Cuando esta frágil barca en que navego
toque su tierra al fin, no habré dejado
amor en esta orilla recordando
que me haya consumido con su fuego.

Nada me llevo, ni el desasosiego
de saber que no dejo culminado
ningún deseo, ni un árbol sembrado,
que todo lo arrasó el destino ciego.

El huracán que arrastra esta mentira
ha arrancado de cuajo todo brote
que yo regara, absorto en mi quimera.

Pero todo lo ardido en esa pira
de la que he sido ofrenda y sacerdote
renacerá palabra en tu ribera.

Salvador Esteban Gallardo.

Danza de Yemayá

Danza de Yemayá

Sesgo vibrante. Eclosión rítmica entre conga y quejido. Aspas hipnóticas. Voces yorubas como signos candentes de plegaria y trance, de sacrificio y estío. Efigie que rueda bajo las fauces del éxtasis. Destello frenético, felino. Ventolera indómita donde la fe exhuma furor, furor álgido en el pudor de la manigua.

A ti Yemayá,
ser inherente al vestigio orisha,
alma percutida en sangre tribal
cuando la oscuridad cegó la conjuntiva del sueño,

muéstranos
la galanura constelar del cielo,

desvélanos
el albor caramelizado de la conciencia.



Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Varanasi

Varanasi

Niñez en clave onírica

Niñez en clave onírica


Niñez en clave onírica
¿Dónde escapó el dolor?
¿A dónde marchó el llanto
cuando los gemidos del agua
fueron aliados del cieno?

Niñez en clave onírica
¿A qué paso cayó el sol?
¿En qué modo silencio el día
tu descanso de miel,
tu algodonada ausencia,
tu blanco pálpito de sueño
cuando la muerte vistió
con levita de huracán,
fular oscuro y chaqué incierto?

Niñez en clave onírica
que navegas bajo un limbo raso
ahora testigo de la sombra,
mañana baliza de la ilusión:
¿podrás iluminar la cruz,
el sumidero, el Gólgota de horror
por el cual el azar fluye
en hemorragias de tinta
con achiques del viento?

Niñez en clave onírica,
préstamo único de la deidad.
¿Sabrá el tiempo mitigar
memoria y azote en nuestro orgullo,
razón y piel, deseo y estigma
sobre la riada de éste cadalso
de aviesas pretensiones?

Niñez en clave onírica,
estampa primordial de la virtud,
retoño seráfico del hombre.
Todas las preguntas recalan
en el interior de un enigma abierto.
Sólo la fantasía puede
atreverse a ocupar porciones
restringidas del gozo celeste.

Niñez en clave onírica
nada de lo que te rodea
nos produce más congoja que
observar tu vírico haz,
ya, en exceso contagiado,
por las secuelas del dolor.


Ángel Fdez. de Marco

Diccionario del diablo

Diccionario del diablo

Alianza, s. En política internacional, la unión de dos ladrones, cada uno de los cuales ha metido tanto la mano en el bolsillo del otro que no pueden separarse para robar a un tercero.

Amor, s. Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expende entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.

Belleza, s. Don femenino que seduce a un amante y aterra a un marido.

Caníbal, s. Gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época pre-porcina.

Entusiasmo, s. Dolencia de la juventud, curable con pequeñas dosis de arrepentimiento y aplicaciones externas de experiencia.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.


Ambrose Bierce

Esencias VI

Esencias VI

“El éxito en la vida consiste en seguir siempre adelante”
Samuel Johnson, literato inglés.


“Como el suelo, por rico que sea, no puede dar fruto si no se cultiva,
la mente sin cultivo tampoco puede producir”
Séneca, filósofo romano.

“Una espina de experiencia vale más que un bosque de advertencia.”
Robert Lowell, economista americano.


“La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce”.
Jean Jacques Rousseau, filósofo y escritor francés.

No permitiré...

No permitiré...

No permitiré a la noche
lanzar sus perros de presa sobre mi alma,
no permitiré, no,
ni admitiré a vacío alguno
secuestrar mi dicha con sus mentiras.

No permitiré a los miedos ajenos
sutilmente filtrarse traidores
por fisuras mentales reincidentes
para desvalijar mi casa,
recién amueblada de verdades nuevas.

Y no permitiré a la ira
y a su oculto ejército de látigos
envolverme en azules promesas
de venganzas edulcoradas.
No permitiré, no.

En esta compleja hora
de soberbias múltiples enmascaradas
aspiro no más a Ser
arqueólogo de humildes antiguas,
pedagogo de viejas trascendencias.


Domingo Díaz

Water

Water

"Water" es el título del film indo-canadiente que la autora indostaní, Deepa Mehta, dirigió en el 2005 para deleite de los amantes del cine independiente. Narra la historia de una niña que, a la temprana edad de nueve años enviuda, y los avatares de la vida la dirigen a un ghetto de mujeres estigmatizadas por la marginación social. Pronto la vida de la pequeña Chuyia se verá sometida a la crudeza y vileza de un entorno cubierto por la carestía de sentimientos, por la miseria más desoladora y por una desesperación existencial bien visible en cada rincón de la comunidad. Su camino iniciático de la vida pronto se topará con la precoz presencia de la injusticia, que le abrirá paso a la perdida de la inocencia y de la credulidad infantil.
El metraje de este cinta se encuentra agradablemente acompañado de composiciones musicales autóctonas, orientales, de muy aceptable ambientación; la fotografía, tomada con una sensibilidad costumbrista de un hiperrealismo inusual, conmueve y provoca el asombro incuestionable del espectador; y la interpretación de los personajes principales (en especial de la niña protagonista) bordea un nivel superior produciendo intensidad y vigor en el drama.
La señora Mehta, con esta película, continúa con la serie de producciones destinadas a contar, valorar con sentido crítico las tropelías y arbitrariedades que sufre todavía, hoy en día, en pleno siglo XXI, su amada India. Su óptica empleada no sólo se mantiene en la voluntad de impacto ante las indolentes mentes de las sociedades occidentales, sino en una propuesta alternativa a las graves desigualdades sociales que sufren millones de indios en todo el subcontinente. Su tacto tan próximo al tejido humano más desfavorecido (en este caso el de las mujeres viudas o de las castas inferiores) supone para el espectador internacional una membruda sacudida a las conciencias. Para conseguir estos efectos recurre a un guión sobrio, recio de diálogos directos, reales sin desmarques a la galería y una velocidad dramática serena, pero ajustada a los tramos narrativos.
Éste film una vez más testifica una realidad que por ya sabida no es desaconsejable olvidar: sin elevadísimos presupuestos pueden disfrutarse de versiones excelentes, bien confeccionadas, con la cenefa dorada de la calidad sobre sus hombros.
"Water" aporta al panorama cinematográfico actual un reflejo artístico amplio, completo, estético y singularísimo de ésta India presente: cúmulo de contrastes, seno civilizador de primer orden. Significa para el cine internacional de autor un excelente ejemplo de dignidad y compromiso social en el laberíntico y cada vez más crispado mercado independiente; significa una vista edificante y vitaminada en la nueva ventana del séptimo arte.


Ángel Fdez. Damarcus (Álibe)


Blanca Navidad

Blanca Navidad

Esta noche, es nochebuena. Grandes globos de felicidad, efímera y comercial, flotan pendiendo de un hilo, en los corazones de las personas de bien. La ciudad se ha convertido en una feria de caballitos donde hay colgado a todo lo ancho de la calle, esqueletos iluminados por miles de bombillas mientras que abajo, en los escaparates de las tiendas, el espumillón y las bolas de colores incitan al viandante a gastarse su dinero en las temibles e interminables compras navideñas. Las esquinas del barrio se animan con las llamadas de jóvenes disfrazados de Santa Claus, que como el mejor de los magos, hacen aparecer de la nada una sonrisa en los rostros helados de los transeúntes, y agitan su campana a la vez que reparten caramelos de naranja a los impresionados niños, dubitativos entre acariciar el suave tacto del traje de terciopelo rojo o acurrucarse bajo la protección de su madre. Los vecinos se saludan en el portal amablemente y se desean feliz navidad mientras el bochinche de los chiquillos con sus panderetas se les acercan a pedir el aguinaldo, pero no les dan ni una peseta. De algún bar sale un borracho con la nariz roja de alcohol y el aliento oliendo a vinazo, se escupe en la mano para tocar la zambomba y canta ininteligibles villancicos entre risas hilarantes. Parece ser que todo el mundo es feliz y disfruta del día tan especial donde reinan regalos, corderos y dulces.
Aunque algunos trabajan no es impedimento para celebrar la navidad. A Juan Terrero, vigilante jurado de una fábrica. Hoy le ha tocado guardia de veinticuatro horas y no saldrá hasta mañana de madrugada, casi al alba.
Por ser un día especialmente señalado y entrañable, su mujer y su hija de apenas dos años le han hecho una visita a su puesto, una caseta prefabricada situada en la entrada principal. Han ido a desearle buenas noches y a llevarle la cena consistente en un bocadillo de jamón, una manzana, una Pepsi, y como especial, envuelto en papel de aluminio, un poco de turrón blando. Hoy no podrá compartir el ágape navideño en compañía de la familia, ni va a ver por la tele el mensaje de Su Majestad el Rey, ni el especial de Martes y Trece.
Hoy en todos los hogares se pone la vajilla y la cubertería del ajuar de hace casi treinta años, cuando era el no va más, convirtiendo la mesa en un gran bazar de todo a cien donde las cabezas de las gambas insisten en perderse en las arrugas del mantel bordado. Hoy que hasta las gracias del cuñado imbécil nos hacen reír, hoy Juan está un poco triste y se siente solo en su garita.
Sobre su escritorio, al lado del gastado teclado del ordenador, tiene extendida una servilleta de papel a modo de tapete y encima, como si de un manjar de marajá se tratara tiene la humilde cena de navidad. Cuando acabe con las viandas hará la ronda de las doce y volverá a su puesto. Tendrá que abrocharse bien el tres cuartos porque esta noche el viento Eolo del norte está de farra por estos meridianos, dispuesto a enfriar hasta las lágrimas que caigan del cielo.
Pasan las horas y no puede dejar de pensar en su casa. Ya estarán todos dormidos y tal vez ahora Papa Noel se esté colando por una ventana para dejarle algún regalo a su hija, y por qué no, a él también, este año ha sido bueno y ha hecho méritos ante el abuelete del pijama carmesí.
Empieza a imaginar cómo será. Alto como un gigante y con una poblada barba plateada y arracimada de caracolillos. La voluminosa tripa que le salta por encima del grueso cinturón delata su desmedida afición a la cerveza, manteniendo una lucha por reventar los botones de su casaca roja. Hiende los cielos con su trineo de oro tirado por los fieles e incansables renos.
Mientras sus pensamientos se pierden en el horizonte de estrellas, el frío arrecia y Juan se acurruca un poco más en la silla, se sube las solapas hasta esconder la rosada nariz y se frota vigorosamente las manos. Las piernas hace rato que dejaron de dolerle, ahora ya no las siente.
De pensar en su hogar un calor tibio empieza a recorrerle todo el cuerpo. Y como si estuviera en el sillón del salón frente a la tele, con la antigua estufa de butano calentándole los pies, se queda profundamente dormido. Mientras en el exterior empiezan a caer perlas de nieve, lentas, esponjosas y heladas.
Cuando el alba se despereza y deja paso a su hermano sol, el esplendor del nuevo día deja ver que la nevada nocturna ha sido copiosa. Los coches que había aparcados en la calle están arropados bajo una sábana de copos blancos, impidiendo ver color o modelo alguno. Los tejados parecen hechos de azúcar glasé donde reposan somnolientos los pajaritos mañaneros, abajo las calles están desiertas a la espera de albergar una jauría de niños dispuestos a jugar a una guerra con bolas de nieve y a hacer grandes y gordinflones muñecos.
Todo indica que con semejantes ingredientes hoy se cocinará un maravilloso y soleado día invernal. Este año sí podremos decir, como en la canción, que es una blanca y dulce navidad.
El rey de los astros encuentra a Juan sentado en la silla, dentro de la caseta. Con el mentón apoyado en el pecho, ladeando un poco la cabeza. Su semblante es feliz y una sonrisa le cruza toda la cara como una nebulosa de azahar. En las pestañas brillan pequeños cristales de escarcha nacarada y de los labios, ya sin color, pende una finísima estalactita de agua congelada. Todo el pelo se le ha quedado endurecido y cubierto de hielo y el color de la piel se ha teñido de blanco azulado.
Los extensos campos de alrededor están cubiertos por una tupida capa argéntea y los conejitos corren por encima dejando a su paso una hilera de huellas. El frío de la noche ha sido atroz e implacable. Juan, solo y amodorrado en su refugio, también ha sucumbido a las crueles inclemencias de la noche navideña.

Fernando García de la Rosa.

Rebelión en la granja

Rebelión en la granja

Sátira lúcida, espléndida, mordaz con fustes irónicos es ésta obra del maestro Orwell, escrita a finales de la 2ª Guerra Mundial y que no ha perdido, hasta nuestros días, un gramo de frescura y contemporaneidad.
La fábula moderna "Rebelión en la granja" actúa como el escorzo de una patada efectuada en el vientre de la utopía humana, donde los planteamientos o nuevos sistemas morales, sociales y políticos fracasan en el vano intento de búsqueda de soluciones éticas en la condición humana.
El libro ficciona en la piel de los animales residentes en una granja inglesa que, contemplando el cúmulo de injusticias a las que son sometidos, derrocan sin compasión al propietario Jones, provocándole la huida definitiva de la alquería.
A partir de ese momento se fraguará, tras altercados violentos, un novedoso modelo de dominio en lo que aquello que recuerde y simbolice la mano del hombre será denigrado y abatido, ninguneado y boicoteado hasta niveles máximos. Como medida de control se instaurarán mandamientos que legitimarán el nuevo cambio de poder y regularizarán leyes y deberes a favor de su propia autonomía, en contra de la autoridad humanoide.
Todo el contenido de este libro es una abierta metáfora que abre las heridas y peligros del abuso de jurisdicción, que ilumina las sombras de la corrupción y de la potestad mal gestionada; es un claro ejemplo para evaluar las enormes dificultades que sufre cualquier sociedad para conseguir una armonización justa e igualitaria, sin verse coartados los derechos de los más desprotegidos: siempre los mayores perjudicados en la pirámide social.
Las concomitancias explícitas que refleja la novela con la implantación económica del modelo stalinista en la antigua Unión Soviética, y su posterior descomposición y decadencia, infringieron al autor no escasos litigios ni oposiciones a favor de la divulgación de la obra. Su fuerte carga política, su incapacidad para sumergirse en las templadas aguas de la hipocresía le produjeron enemistades en uno y otro lado del "telón de acero"; su parcialidad, le pasó factura.
Hoy en día cuando las alianzas mundiales han cambiado de punto cardinal y las amenazas este-oeste se difuminaron tras el fin de la guerra fría, nuevas suspicacias y recelos levantaron polvareda en nuestra aldea global.
Rebelión en la Granja se ha metamorfoseado en un clásico dorado de la literatura universal, razón convincente para creer que su mensaje circula por un torrente sanguíneo vivo, latente por encima de épocas y eventualidades pasadas.

Ángel Fdez. Damarcus (Álibe)

Mujeres poetas en el país de las nubes

Mujeres poetas en el país de las nubes

El Centro de Estudios de la Cultura Mixteca ha tenido de nuevo la oportunidad de seleccionar y editar, en este año 2006, un nuevo anuario con la presencia de más de ochenta mujeres poetas de América y Europa fundamentalmente. La región de Oaxaca (México) ha sido protagonista del Encuentro XIV donde Montserrat Doucet, en representación del Grupo Trascendentalista Aranjuez y el resto de autoras participantes, han podido imbuirse y abanderar la palabra en el seno de un colectivo indígena rico en tradiciones y raigambres históricas.
Un año más el evento sirvió para maridar vínculos culturales diversos, tonos y compromisos dispares y complementarios desde uno y otro margen del Atlántico, en una atmósfera armónica de extraordinario interés para la población aborigen: los mayores beneficiarios de éste evento de carácter internacional.
Del volumen publicado por el editor Emilio Fuego cabría destacar a cinco poetas que por determinadas actitudes, recursos y capacidades creativas merecen una mención especial en estas páginas.

Alicia Quiñones (México)

Es portadora de un mensaje social, contundente, mordaz contra el poder burócrata y establecido. Comulga con un yo poético con afeites transgresores, colocando en cobija de juicio, una voz desgarrada en búsqueda de la justicia y paz sociales. Canta y homenajea las bondades de la mujer mixteca con una plasticidad cautivadora y sugerentemente fresca.

Issa Martínez (México)

Autora de verbo grácil y porte lírico, muy estilizado. Sin impetuosidades, con un marco de composición remansado y de vestidura elegante, de recorrido preciosista, Issa Martínez supone para la poesía contemporánea una voz de luminosidad profunda y lucidez extraordinarias. El poema titulado "La pureza de las clepsidras" es una muestra compositiva donde la síntesis, el valor de sugerencia, la estructura y la riqueza imaginativa configuran un trabajo digno y notable en posibilidades líricas.

Jade Castellanos (México)

El universo sensorial, emotivo, de las percepciones intrínsecas del lado fuliginoso del alma, concurren en ésta poeta azteca. En sus creaciones dispone del don de encender la chispa del ensimismamiento. Para ello recurre a conjugar iconografías rurales junto a epítetos brillantes que producen sabor intenso y tensión precisa. La poesía de Jade es clara, estimulante, con breves y bien recibidos accesos barrocos en su lenguaje pero coherentes y firmes en el campo argumental de sus recreaciones literarias.
El poema Tarde provisto de sensualidad y fulgor es un buen ejemplo del quehacer de la autora:

Y tu voz frutal llega a mí /desde el aire que se aquieta, inmóvil,/el aire deteniendo su aleteo/ en el coágulo fugaz de nuestros labios.


María Elena Solorzano (México)

Significación de la síntesis, de la depuración formal, de una exquisita elaboración a base de elementos heredados del paisajismo y de recuerdos pretéritos con cenefas amorosas y pasionales. Su obra elegida, por su concisión, brevedad y exposición, nos retrotrae a las orillas del haikú japonés o del aforismo lírico.


Nicole Barriere (Francia)

El canto a la sedición de las conciencias podría ser uno los leitmotiv básicos de la obra completa de la poeta. Cargada de una enérgica y vehemente palabra que ahuyenta y abomina vacuidades artísticas, Barriere, se alinea en la lista de autores singulares, capaces de legarnos un cosmos creador libre, original y sano de prejuicios y contaminaciones pueriles. Se implica sin fisuras en las mediocridades sociales, en retazos históricos que le ayudarán para desmitificar y arrojar por el suelo las sinrazones de la contemporaneidad y la justicia. Técnicamente es amante del verso libre, extenso, no preciosista; prioriza la carga testimonial por encima de armazones fijos y herméticos.

Ángel Fdez. Damarcus (Álibe)


Samarkanda

Samarkanda

El Arcángel San Gabriel cabalga a lomos de la Historia. Su paso remueve una polvareda en las calles de colmillo de cobra. Las sombras de antiguos funcionarios, burócratas de la Sagrada Puerta, se ocultan en los vanos de las casas, bajo techumbres de adobe, en el interior de los fuertes de barro.
Desde el suelo resquebrajado se elevan alaridos de verdugos, dolorosos gritos de víctimas que yacen en nichos de vergüenza, condenadas por firmanes que otrora rubricó un emir de mano temblorosa.
El Arcángel San Gabriel toca su trompeta de fuego y, frente a las ruinas del serrallo, las cenizas advierten: las ciudades se desangran en el gota a gota de sus fuentes.


José Carlos Rodrigo Breto

Has salido a las afueras

Has salido a las afueras

Has salido a las afueras
donde te invocan abiertas las praderas de la tarde
y has contemplado, distante, las eras vacías,
el desolado viento del nadie.
Los días de la cosecha, la interminable sed
de los días vencidos, la combatida dureza
contra la primera materia
del sol, del viento, de la tierra,
del viejo fuego regenerador.
Te has alejado hasta hallarte frente al silencio
del mundo
y has preguntado de nuevo a Dios
el porqué del dolor, el porqué de unas manos que
preguntan
y sólo les contesta una más grande pregunta
del silencio universal,
del vacío abismal que el alma enloquece.
Ausente en el concierto de los árboles,
en el paso de las nubes, en los maduros tonos del otoño
has obtenido la antigua sabiduría
de la hierba recién regada por la lluvia,
del hombre conciliado con el mar y su destino
y has preguntado por la significación del existir,
de ser así, hermosamente
en la luz recién inaugurada
y has sentido en el aire libre desnudo el corazón
ligero como el vuelo de las aves
hacia esa bondad que conduce a la ternura del mundo.
Te invoca la frescura de la brisa
que viene a nombrar tus palabras
como racimos maduros entre bruñidas pámpanas
y tu pregunta es el bieldo que lanza al aire
las vivas semillas de una lejana esperanza.
Ahora sólo queda el tamo de los días derruidos
cuando ahora son desnuda luz
de los abiertos caminos a la primera libertad,
ahora puedes dejar, dejar pasar
cual manso río el fluir de sus aguas
el lastre de un tiempo ciego, de negados días
condenados, no vividos.
Ahora puedes empezar a recobrarte
más allá de la sorda mentira del mundo
y obtener al fin esa ternura que es sabiduría,
hermosa paz de tu otoño
que vendrá a abrazar tu frente de estrellas
y tu dolor combatido.


Aurelio Campos

Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Apasionado estudioso de la literatura, novelista, biógrafo, traductor, ensayista, crítico literario, antólogo de otros poetas y poeta como se define a sí mismo, poseedor de diversos y cuantiosos premios, el autor Luis Antonio de Villena fue escuchado para placer de los oyentes en la Universidad Felipe II de Aranjuez.
Inscrito dentro de la estética de los novísimos (ruptura radical con la generación del 50) en una de las primeras antologías que de él realiza Antonio Prieto, las palabras más sobresalientes que destacan en su actividad poética son: decadentismo, esteticismo y culturalismo.
El culturalismo se enunció primero como unos de los rasgos característicos de rotura estética de la nueva poesía, para posteriormente desplazar a aquella por un entronque con la tradición.
Así los temas más recurrentes de esta tendencia son el dandismo, la búsqueda de una creación depurada en donde generar arte de la vida o vida del arte, un universo propio y rico en sugerencias; lugar en el que el espíritu no caiga en contradicción con los sentidos… dualidad que busca la unicidad, la fusión de la poesía y la vida. El tiempo es en de Villena el principio de decisión imprescindible para saciar su inquietud existencial o su pathos lírico.

La convicción segura (no hacen falta argumentos)
de que todo es inútil y todo caedizo…
de que vivir es sólo haber vivido, y es ahora mentira.


Aurelio Campos

Jaipur - Unión India

Jaipur - Unión India

Día de relax, de tránsito, relajado. Desde las primeras horas de la mañana reinicio el itinerario con, esta vez, un número reducido de visitas. En primer lugar, el Palacio de los Vientos, donde bajando muy rápidamente del auto y en medio de un monumental atasco, disparo un par de instantáneas a su rosácea fachada. Más tarde, nos dirigimos en ascensión a la localidad de Amber a lomos de elefante, para por fin llegar al palacio del marajá por una escarpada rampa de acceso, de una dificultad no demasiado excesiva para los sufridos paquidermos. La fachada del monumento es despanpanante, espléndida, luminosa, altiva, indicándonos a todos, que el interior aún nos deparará mayores tesoros. En efecto, la intuición no falla. Su estructura comprende varios niveles y, mientras vamos inflintrándonos por sus decoradas galerías, la emoción y el goce nos embarga como ese regusto que insólitamente rodea de misterio en el ánima poroso del viajero. Me gustaría destacar: un lucido soportal de arcos lobulados y un par de estancias con espejos y celosías en una planta intermedia.
Regreso de Amber a Jaipur. Tiempo para la visita a un taller de alfombras y tapices. Posteriormente llegada al Observatorio Astronómico de la ciudad. Erigido desde hace trescientos años, destaca más que por su sofisticación, estética o ubicación, por la sencillez de instrumentos construidos en una época donde la ciencia aún caminaba con escaso desarrollo.
Palacio del marajá de Jaipur. Fachada filigranesca, repleta de arcos,mármoles,relieves de muy distinta naturaleza. Dentro mencionar la completa colección del vestuario y armas del rajá y su séquito.


Ángel Fdez. Damarcus (Álibe)

Aula de Poesía

Un nuevo ciclo poético del Aula de Poesía “José Luis Sampedro” fue inaugurado en la ciudad de Aranjuez, el pasado 10 de octubre. Félix Grande (Premio Adonais en el 1963 y Premio Nacional de Literatura en el año 1978, entre otros) tuvo la ocasión de deleitar a los oyentes con poemas y anécdotas de su dilatada obra creativa.
En posteriores fechas se darán cita en la Facultad de Bellas Artes del CES Felipe II, autores de la valía de Luis Antonio de Villena y Almudena Guzmán.

La Plaga II

La Plaga II

Un verano de tórridos atardeceres se estaba colando a codazos en los verdes y cristalinos días de primavera. El sol, inmisericordioso y lacerante, caía a plomo sobre la superficie de la tierra, abrasando los prados de hierba esmeraldina y calentando como una sopa el caldo espeso de las charcas, en las afueras de los pueblos, donde vivían inquietos, dedicando su vida a una constante reproducción, anfibios, reptiles y crujientes insectos.
También en sitios acotados por el cemento y el hierro se dejaba colar la plúmbea calidez veraniega. Y en los polígonos industriales, atiborrados de grandes fábricas aportando su parte de energía calórica al medio ambiente se notaba, más que en ningún sitio, los dementes estragos de las altas temperaturas.
Una de ellas, perfilada en el industrial paisaje como una gigantesca mole de ladrillo con exageradas chimeneas, vomitaba una interminable columna de humo blanco y pastoso que se desperdigaba por los alrededores, sumiéndolos en una eterna niebla londinense. En ella se fabricaban tornillos y tuercas para maquinaria pesada y los robots hacían casi todo el trabajo dejando muy poca iniciativa a los empleados. Los pocos que quedaban, resignados ante la intratable fuerza de la subida del mercurio en los termómetros, siempre tenían sus pensamientos revoloteando por las refrescantes y eróticas playas litorales, que en breve, serían el lugar destinado para pasar el periodo vacacional. Otros operarios, abstraídos del mundo que les rodeaba, tenían a todo su ejército de neuronas concentrado en el quehacer diario, monótono y rutinario, de colocar las piezas metálicas en una caja de cartón, todas con la cabeza hacia abajo y perfectamente alineadas, como si de un ejército de hierro se tratara. Y todos, en general, esperaban a que llegara la hora de irse a casa.
Uno de estos artesanos de la rosca fue el primero en atisbar, entre la jungla de cables, moldes y mangueras, a uno de los que más tarde sesgaría los más humildes proyectos estivales, sembrando una mortífera pesadilla.
Lo encontró posado sobre una encimera repleta de herramientas. Era un mosquito de dimensiones desorbitadas, inusual en tan pequeño ser vivo. Tenía ojos opacos y enrejados como una celosía, una pequeña trompa peluda enrollada en una espiral que estiraba, de vez en cuando, como una serpentina. Las patas eran como finísimos sarmientos que soportaban el peso de un cuerpo translúcido y hemoglobino, enclenque pero capaz de picar y chupar la sangre de un hombre con un peso mil veces mayor que el suyo hasta adquirir el doble de su corpulencia. Sus alas eran grandes como pétalos de rosa, pero de un color gris quemado y mortecino.
- ¿Has visto eso, Pablo?- Comentó Luis, un trabajador del turno, a otro de su sección- da miedo mirarle, debe haberse alimentado con hormonas del crecimiento.
- He oído decir en el telediario que hay una plaga de no sé qué que viene de África y que son muy dañinos para el campo.
- Pues este me parece que no va ir muy lejos y se va a quedar aquí con nosotros. Para siempre.
El impulso animal y verdugo que todos llevamos dentro, hizo sucumbir al insecto bajo la brusquedad del acero de la mano del hombre.
Al día siguiente, otro vampiro con alas gigantes fue el causante del titánico picotazo asestado al encargado del turno, provocándole una hinchazón sonrojada en la zona de piel afectada. Más tarde y según iban pasando las horas, la presencia de los pequeños seres aumentaba al igual que el número de víctimas. En el ocaso de la tarde la presencia de los chupópteros disminuía, ocultándose en escondrijos invisibles, y ya entrada la noche, no se veía a ninguno revoloteando por el aire viciado. Todo el mundo creía que habían desaparecido misteriosamente, o bien se habían convertido en el manjar de algún depredador. Y así, en paz, pasaron unos días hasta llegar el fin de semana, sin rastro de mosquitos, y curiosamente ningún otro bicho raro como arañas o moscas.
El lunes, después del merecido descanso, el primer trabajador que llegó a la fábrica, aparcó su coche en el hueco preasignado en el aparcamiento, todavía vacío. En el trayecto hacia la entrada se encendió un cigarrillo y ya le llamó la atención el terrorífico zumbido que manaba del interior del recinto. Si él era el encargado de llegar antes que nadie para encender el alumbrado, ¿quien podría estar haciendo ese ruido?
“Probablemente sean las tuberías de ventilación que están obstruidas”, se decía a sí mismo para tranquilizarse. “Aunque tal vez debería esperar a que llegue algún compañero, pero si no es nada pensará que soy un cobarde, así que lo mejor es que entre yo solo”.
Era un susurro atronador que paralizaba los sentidos y arrugaba el alma. El camino hasta la zona de recepción se le hizo eterno, haciendo cábalas y promesas. Abrió la puerta y entró. Allí el insólito murmullo era aún más desconcertante y bullicioso. Se dirigió titubeante hacia la entrada de acceso a la planta de fundición con el corazón luchando por salir a borbotones por su garganta. Agarró el picaporte y lo giró con pereza, temeroso ante lo que pudiera encontrar al otro lado. Lo que vio le dejó petrificado y sin control para reaccionar, con las pupilas dilatadas y la boca inmovilizada en una mueca de horror. Se encontraba ante las puertas de un terrible reino infernal. El de los mosquitos.
Una gran túnica cenicienta en constante movimiento lo cubría todo. Millones de insectos hacinados por el suelo, paredes y techo, esperaban expectantes la llegada de algún ser vivo con que alimentar sus hambrientos cuerpecitos. Cuando vieron entrar al operario una buena cantidad de ellos se abalanzaron sobre él arropándolo como si de una manta mortuoria se tratara. Cubrieron su cuerpo en pocos segundos y le derribaron contra el suelo debido al peso que suponía la unión de toda la manada. Los asquerosos bichos se le metían en los ojos impidiendo parpadear y clavándole sus aguijones en la convexidad del iris. Ascendían por la pernera del pantalón y por las mangas de la camisa en busca de zonas más extensas de piel donde poder adherir sus patitas pilosas, causando un insoportable cosquilleo y dándose un opíparo festín de picaduras que no cesaban de causarle dolor. El insoportable tormento le obligó a revolcarse por el suelo, rodando como un cilindro sobre sí mismo en un intento, desesperado e inútil, de librarse de la mortífera carga que le había caído encima. Los diminutos asesinos se colaron en las oquedades de su nariz y en la cúpula de su faringe, robándole el aire reconstituyente necesario para evitar asfixiarle y dejarle muerto sobre la alfombra de dípteros. Los alaridos se ahogaban en el mullido enjambre mientras las uñas de sus dedos abrían surcos de impotencia sobre el impenetrable hormigón del suelo. La agonía fue decreciendo en la misma proporción que aumentaban sus posibilidades de morir asfixiado. Minutos más tarde el cuerpo del trabajador yacía inerte, oculto bajo la voracidad del holocausto.
En la zona más tropical de África, rodeado de selvas en continua anarquía arbórea, las ciénagas albergan en su seno a un tipo de mosquito, el Cíclope Antracitus, que tras las mutaciones sufridas durante miles de años han hecho del insecto un terrorista contra animales de otra especie. Conviven en enjambres de millones de individuos y se alimentan exclusivamente de sangre caliente. Muchas han sido las expediciones de científicos y aventureros que han viajado en busca de sabiduría o de tesoros ocultos en los meandros de los ríos salvajes, y todas sucumbieron ante el poder destructor del rugido de la plaga. Nadie volvió a la civilización para descubrir a la humanidad los ocultos secretos de la gran masa mortífera.
Sin embargo, una hembra de la especie, ensimismada por el placer que le supone el succionar el plasma sanguíneo se quedó asida como una ventosa a un primate, el cual fue capturado por un grupo de expedicionarios en busca de especies protegidas para traficar con ellas. Así pues, el mono y su parásito fueron embarcados en un avión rumbo a una ciudad importante de Europa.
En la gran urbe fue donde, una vez abandonado el cuerpo del simio, fue volando, ya borracho de sangre, hasta el calor de una fábrica de fundición donde depositó sus huevos, creando así el germen de una pesadilla. La misión de las larvas recién nacidas sería alimentarse y reproducirse hasta el infinito, con el fin de dominar bajo una dictadura de picotazo a otras familias de vertebrados.
La plaga ya se había adueñado del solar y en su trampa maldita iban cayendo, uno por uno, el resto del personal que acudía al trabajo. La voracidad del enjambre se saciaba, únicamente, con la hematosucción de los cuerpos de los trabajadores.
Hasta que uno de ellos, atemorizado por el murmullo de la turba, decidió no entrar y mirar por una pequeña ventana que, si bien no estaba a gran altura, sí era necesario buscar alrededor algún utensilio con lo que auparse hasta el alféizar, y lo encontró no muy lejos. Era un contenedor de basura que arrastró hasta debajo de la cristalera para subirse a contemplar el espeluznante banquete que se estaban dando los bichos homicidas. Inmediatamente frenó el paso del resto de sus compañeros y buscando en su agenda del teléfono móvil llamó a unos expertos en exterminación de plagas que conoció durante las vacaciones. Cuando llegaron fumigaron el interior del local a través de los aireadores del techo y de los conductos de ventilación, pasado un tiempo prudencial el diagnostico de los exterminadores fue que eran inmunes a su veneno. Más tarde se presentaron en el lugar los bomberos y declararon que si las cicutas y los pesticidas no podían con ellos, sólo el infierno de las llamas, que ellos conocían tan bien, podría difuminar su poder hasta convertirlo en cenizas. Convertirían la fábrica en su horno crematorio a base de bidones de gasolina y llamas.
Se asperjó con líquido inflamable todos los alrededores del recinto y uno de los bomberos, como antítesis de su trabajo, prendió la llama que llevaría al edificio a convertirse en una gran pira de sacrificios a dioses paganos. El color anaranjado y azul de las soflamas arropaba, con un cálido y mefistofélico abrazo de formas variables, al cartón y al plástico almacenado, convirtiéndose en el detonante de una gran explosión. El torrente de humo, en su atropellada y serpenteante huida hacia el cielo, dibujaba efímeras y macabras siluetas de diablos obesos con movimientos voluptuosos. La factoría se convirtió en un gran bosque de lenguas de fuego, donde ardió castigada, la plaga de mosquitos.
Pero todavía hoy, en las zonas más internas de África, permanece dormida la gran amenaza que acecha a nuestro planeta Tierra. Cuando decidan expandir su dictadura de chupasangre, la humanidad estará perdida y todos nosotros yaceremos muertos en los confines del Tártaro.

Fernando García Critilo

Samarkand

Samarkand

Samarkand, Samarkand... esfinge terrestre, caravana de hematíes... silencios. ¿En qué tormenta cayó tu prolijo legado? ¿En qué joyel fermentaron, hegemónicos, los dátiles de Dios, las madrasas del absoluto bajo el cónclave de lo incierto?

Ancestrales voces escucharon recitarte bajo sulfúreos hedores de cautiverio. Ahora, el polvo me degrada. Y mis manos, mis ajadas manos, son como el rejoj de arena que perdió poder de antiguos mecenazgos.

Samarkand, Samarkand... esmegma herido, humanizado, piel de cordero bendecida, vesania copulativa y montaraz, transita por las estepas del albor; accede al canónico, crepuscular salmo de la verdad. Jamás inhumes tu decadente, asolada sombra… en espiga de olvido.


Ángel Fdez, Damarcus (Alibe)

El amo de la plantación

El amo de la plantación

Dentro De La Oscuridad


He abrazado la oscuridad de la muerte y he vuelto a nacer. Jugué una partida con la locura y perdí, de mi no queda más que la sombra que proyecta la oscuridad de un alma perturbada. Sin remedio, he caído en las garras de la desesperación, pero por algún motivo me quedan fuerzas suficientes para intentar renacer.
He encontrado la forma de permanecer lúcida escribiendo este diario. No estoy segura de que estas líneas sean mi pasaporte para recuperar de nuevo mi cordura, pero he de intentarlo, para de nuevo formar parte del mundo de los vivos. No quiero permanecer en este nicho frío, esperando a que los gusanos animados por el hedor de la muerte se den un banquete a mi costa, llenando sus grasientos y pequeños estómagos.
Debo respirar fuerte, dejar que el aire penetre por mi nariz, recorra mis pulmones buscando la fuerza necesaria, la que necesito para comenzar a hurgar en mis entrañas hasta llegar a los puntos más oscuros de mi ser. Una vez que he respirado profundamente y he abierto mi herida, esa que parece que cada día que pasa supura más, la que yo sé que no se curará hasta que la halla limpiado de todos los gérmenes que la envenenan y cuyo olor pestilente forma parte mi ser tanto que a veces he deseado arrancarme la misma carne para librarme de tanto pesar.
Ahora sé que es el momento de terminar con el cáncer que me ha consumido toda mi vida. Sí quiero volver a caminar sin mirar atrás, sin tener miedo de lo que los demás digan o piensen de mí, este es el momento. Quizás no tenga otra oportunidad para reunir el valor y bajar a las cloacas de mis recuerdos. Si no lo hago ahora permaneceré enterrada viva en esta oscuridad, en compañía de mi única amiga, la locura.
Miro las hojas de papel que sostengo en mi mano, son de un blanco tan intenso que parecen desafiarme a un duelo a muerte, mirándolas puedo adivinar lo que parecen pensar sobre mí. Creen que no podré trazar ni una pequeña línea en su inmaculada superficie, piensan que soy una perdedora y que nunca he hecho nada ni lo haré.
Pero no debo escucharlas, he de mantener la mente en blanco para comenzar a escribir las primeras palabras que me liberarán de mi propia tortura mental. De nuevo respiro hondo y comienzo a relatar lo que será mi pasaporte a una vida mejor, sin miedos ni pesadillas a media noche que me mantengan alerta como un soldado de élite, y que por fin pueda dormir, sólo dormir, eso es lo que quiero.


Carmen Sant-Omer