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CÁLCULOS DEL AIRE

Molinos de viento

Molinos de viento

Para amoldarse a los incipientes tiempos que corrían, donde el reciclaje de residuos y el ahorro en las energías no renovables son las mejores herramientas para no embargar el futuro del planeta, la directiva de Mecaplast decidió construir una nave anexa a la principal de producción, donde revestimientos de plástico defectuosos se tratarían convenientemente para volver a utilizar el material de que estaban hechas.
El nuevo almacén era como una caverna de estalactitas donde las piezas emergían de todos los lados formando columnas, que en un intento infructuoso de abrazarse con las telarañas del techo se desmoronaban por el suelo esparciendo sus trozos por doquier. Había unos grandes contenedores de cartón, y cada uno albergaba en su interior los productos rechazados, seleccionadas convenientemente por colores y tipo de material reciclable. Al fondo, en un recodo de ruido, el run run de una máquina imponente e intimidatoria dejaría sorda a una manada de elefantes. Se trataba, indudablemente, del molino.
El diabólico artefacto era una caja opaca de hierro con una gran boca que devoraba todo lo que le echaran. Tenía metro y medio de alzada y a sus pies había una plataforma para subirse a ella y así ponerse más a la altura del triturador. Dentro, un complicado compendio de engranajes y cuchillas de acero, giraban con un movimiento mareante para despedazar cualquier objeto que cayera en sus entrañas. Podía reducir un simple cenicero de plástico a miles de partículas. Luego estos trocitos se volvían a utilizar mezclándolos con material nuevo para producir las distintas partes del automóvil.
Y al frente de todo este mecanismo estaba Juanito. Sabía siempre qué moler de las distintas referencias. La cantidad exacta en las mezclas, el tipo de componentes de cada pieza. Era el mejor. Bruñido en profusos años de experiencia, se tomaba su trabajo muy en serio. De edad madura, se acercaba con peligro de perder la juventud al horizonte de los cuarenta. Sus brazos eran un mapa de tatuajes protesta, rúbricas de un pasado tormentoso, que llegaban incluso al pecho desparramándose por una gran panza hinchada probablemente por el exceso de alcohol. Pero todo el mundo le quería y la prueba más fehaciente era que le seguían llamando cariñosamente por el diminutivo de su nombre.
El 4 de julio, glorioso día de la independencia estadounidense, Juanito había realizado, como siempre, sus quehaceres diarios con ahínco y devoción, cuando a media mañana el encargado que le tenía bajo su mando, un señor serio y con bigote, tras buscarle por toda la fábrica no consiguió encontrarle por ningún lado.
Escudriñó por todos los departamentos de oficinas, en la nave de logística, en la zona de los filtros, en todas partes, pero ni siquiera la estela de perfume caro que desprendía Juanito se podía olfatear por ningún lado.
Albergando en su interior una preocupación mal disimulada, fue preguntando a los trabajadores si alguien lo había visto. Conforme la vela del tiempo se iba consumiendo el desconcierto anidaba en todo el personal que no dejaba de preguntarse dónde estaría Juanito. Nunca antes se habían hecho tantas investigaciones para encontrar a una persona en la fábrica, casi cuatro horas, aunque con frecuencia la gente desaparecía por un largo periodo de tiempo, era algo pasajero que no pasaba de ser un simple escaqueo.
Mientras, en la planta de producción, un suceso extraño empezaba a surgir. Algo iba mal. Saltaban las alarmas de las máquinas y las piezas eran fabricadas con falta de llenado o con ráfagas de otro color. Los mecánicos modificaban parámetros y datos pero no conseguían dar con una solución acertada al problema. Poco a poco la fábrica va parando prácticamente entera. Los técnicos de calidad se ponen de inmediato a estudiar el fenómeno y uno de ellos, al inspeccionar el octavin de materia prima, descubre trocitos de partículas desconocidas. Hay gránulos de plástico manchados de una sustancia roja ennegrecida, parecen coágulos sangrientos.
El laboratorio se convierte en un frenesí de pruebas y análisis, y finalmente los expertos llegan a una horrorosa conclusión. Tras analizar la mayor parte del material, no hay duda de que está mezclado con pelos, huesos, sangre y carne pertenecientes a un ser humano.
Se trataba, sin lugar a dudas, de un asesinato. Por lo tanto, los hechos se pusieron en conocimiento de la policía, que las primeras pesquisas las realizó reclamando el visionado de la cinta de video grabada por la cámara de circuito cerrado de vigilancia de la nave de reciclaje, para ver cómo llegó el cuerpo al octavin de material y lo más importante, saber de quien se trataba, aunque todos podían intuirlo.
La proyección de la película tuvo lugar en las mismas instalaciones, junto al inspector estaba el director de la fábrica y el jefe del molino, ya saben, un señor serio y con bigote. La grabación desprendía un horror que inundó la sala por la crudeza de los hechos. Y dejó abierta la pista para una necesaria y minuciosa investigación sobre lo acaecido en la fábrica.
La cámara, situada en un ángulo superior del techo, abarcaba con su ojo escudriñador la mayor parte del recinto, en una esquina situado en mitad de la nada un amenazador y estático artefacto metálico rugía con sus fauces abiertas. Lo que parecía un gigante no era otra cosa que el molino, que igual que a Don Quijote en su aventura de los molinos de viento, imponía y acobardaba a cualquiera.
Por allí deambulaba Juanito, después de hacer el cambio de turno, hablando con el operario saliente y entreteniéndose con papeleos inútiles. A lo largo de la mañana, ausente del mundo real, se enfrascaba de lleno en su trabajo, perdido entre plásticos de colores. De vez en cuando aparecían otros trabajadores que le llevaban un poco de compañía y cientos de piezas que él, cortesanamente y con celeridad, ubicaba en el sitio adecuado.
Pero una de las visitas hizo mucho más que entregarle el material. Como prueba de amistad y compañerismo se subió encima de la plataforma para ayudarle a echar piezas. Y en un descuido, de improviso, el visitante, al que todavía no se ha identificado, le cogió por los tobillos e izándolo con una facilidad hercúlea le metió de cabeza por la boca del molino, y sin quedarse a ver el desenlace de su mezquina acción, salió corriendo.
Pronto el desaforado movimiento de las piernas de Juanito en un intento baldío por escapar, cesó. Y la máquina antropófaga fue engullendo, con brevedad, el cuerpo inerte. Poco a poco, con parsimonia y deleite se veía cada vez menos piernas, luego desaparecieron los muslos, los gemelos, los tobillos y finalmente los pies se hundieron en el abismo de engranajes y cuchillas. Para formar parte del material de recorte.
Del asesino, nada se sabe, pues la calidad de la cinta está defectuosa y no se distingue con claridad el rostro del trabajador, pero todos los indicios apuntan a que fue el aprovisionador de materia prima. Pero no se descarta que fuera su jefe, un señor serio y con bigote, por líos de faldas e infidelidades. Pero eso, ya es otra historia.

Fernando García.Critilo

Julieta Dobles: académica de la Lengua

Estamos de enhorabuena en las filas de nuestra publicación. Julieta Dobles, nuestra querida y entrañable compañera, ingresó el pasado 24 de agosto en la Academia Costarricense de la Lengua. La Sesión Extraordinaria tuvo lugar en el Instituto Cultural de México, de San José, donde la poeta tuvo la ocasión de intervenir y exponer el tema: "El poema como búsqueda interior". Desde nuestras trincheras lingüísticas le envíamos nuestras más sentidas felicitaciones.


Dirección

Evocación de principios

Evocación de principios

El loco, de Jalil Gibrán

El loco, de Jalil Gibrán

“Fue así que enloquecí. Y en mi locura hallé la libertad y la seguridad; la libertad de estar solo y la seguridad de no ser comprendido...”


Reza Gibrán con esta aseveración en el principio de su obra “El loco”. El libanés, autor místico de principios del siglo XX, aborda en el libro una búsqueda irrefrenable de luz, verdad, justicia y virtud que producirá al lector una apertura cándida y visionaria llena de sutilezas, a modo de relatos concisos, muy breves. Con una estética e imaginería sencilla, pero variada (que nos familiariza cercanamente con la tradición orientalista de “Las mil y una noches”, o la línea filosófica de Jayyam), el texto permite atisbar un preciso recorrido sobre las esferas concéntricas del espíritu humano o, en su mayor particularidad, en las estaciones cíclicas de su conducta. La mezquindad, la vanidad, la ambición, la envidia, el engaño ocupan implícitamente las acciones que los personajes desarrollan en los melifluos relatos que la pluma de Jalil expone; siempre con el sello no boicoteado de la belleza transparente, lírica, de gran intensidad. En conseguir esos efectos se sirve de una estructura narrativa similar a la de la fábula donde los protagonistas en forma de individuos, animales e incluso entes étereos e inanimados (“Los siete egos”, “las tres hormigas”), ofrecen a título coral normas y pareces éticos en un afán en que el lector elija y se involucre en el que considere más acorde a sus principios morales.
Jalil Gribrán se nutre de la experiencia de Dios, del estudio de las realidades teológicas con un cierto especticismo latente ya visto en otras de sus insignes obras. Testifica contra las sombrías ramificaciones del hombre para luego, más tarde, facilitarle las claves esenciales del conocimiento; guía al humano con las antorchas de la cordura en el intento de reconducirlo por los márgenes de la certeza y la bondad; se inmiscuye en la esperanza, posiblemente tardía de la razón, contra la superchería heredada que tanta perturbación ha ocasionado a través de los tiempos y civilizaciones.
El escritor aquí, no realiza tan sólo las veces de un mero transcriptor de leyendas orales, escrituras virtuosas y consagradas, es mucho más: ejerce no oficiosamente como baluarte de un ethos natural, tolerante y aceptado que proclama junto la aceptación del yo, el culto a la armonía social.
Las múltiples máscaras que nos ocultan el verdadero esplendor del rostro, nuestro rostro y la divinidad que lo recubre, son las que Gibrán nos invita a despojarnos con dulce apacibilidad.

“Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.”

Ángel Fdez. Damarcus. (Álibe)


10.000 motivos de alegría


Nuestra singladura en "Cálculos del aire" se enorgullece de cumplir tramos, recorridos, vericuetos de las más diversas naturalezas desde que nació en Abril de 2005. No han sido pocas las aportaciones que han tenido cabida durante este tiempo; y con dedicación y voluntades de peso, todos esperamos que continúe sin agotamientos a lo largo de los próximos años. Gracias a los narradores, poetas y colaboradores-amigos es posible que este "milagro cultural" permanezca, humildemente, con la misma intención didáctica y promotora del compromiso artístico con el que surgió. Ahora, estamos a punto de celebrar la llegada del visitante 10.000; circunstancia que nos satisface y nos muestra que la labor desempeñada es fructífera, correspondida con agrado, no en vano. Por esta razón nuestros agradecimientos sinceros a cada uno de los lectores que, con entusiasmo, han recibido nuestra propuesta abanderada con la insignia de la confraternidad y el espíritu libre de creación.

Recibid un abrazo entrañable.


La Dirección.

Cáncer

Cáncer

¿Cáncer?
¿Pero qué dice doctor?
¿Cómo es posible?
¿Cómo no lo vieron antes?
Pero operando hay solución, ¿verdad?
¡Dios mío!

Preguntas y expresiones como estas son frecuentemente escuchadas en los hospitales cuando se transmite la noticia a los familiares o en otros casos al propio paciente cuando así lo desea, sobre la presencia de un proceso patológico irreversible en la mayoría de los casos: el cáncer.
El cáncer, “la enfermedad por excelencia”, la más mortal una vez se presenta, y que tantos quebraderos de cabeza ha dado a miles y miles de familias en el mundo; y a cientos y cientos de científicos y médicos. Aún no se posee el remedio definitivo, y quizás tengan que pasar muchos años para conocerlo, ¡o siglos!, si es que llega, pues a pesar de los grandes avances alcanzados durante finales del siglo XX y por supuesto continuados durante el siglo XXI, tenemos que tener los pies en el suelo. Sí, los pies en el suelo, porque no se crean que estamos luchando contra una simple infección, ni siquiera contra una entidad como el Sida, cuya curación es cuestión de aplicar unos cuantos billones para curarla definitivamente, máxime cuando ya se ha conseguido convertirla en una enfermedad crónica que bien tratada no tiene porqué tener un desenlace fatídico, al igual que ocurría en tiempos pasados con la infección por el virus de la hepatitis B, enfermedad totalmente controlada hoy en día.
Luchamos contra un ser abominable, mucho más terrible de lo que ya aparenta ser ante los ojos de la sociedad; las claves de su origen, desarrollo e hipotética curación se encuentran en su genética, en su “núcleo”, mucho más ardiente que el propio núcleo terrestre o que el propio sol; ¡se dan cuenta contra lo que nos enfrentamos!
Aquí no sólo es cuestión de dinero, que bien hace falta, y mucho, sino cuestión de tiempo, de mucho tiempo. Son infinitas las combinaciones que se necesitan descifrar para ver un poco de luz, y eso no sólo depende de la economía, sino del segundero, o mejor dicho, del anuario.
Con frecuencia, las familias, desbordadas por lo terrible del proceso, y desesperados por encontrar una posible solución rápida, acuden a centros de indudable prestigio, con el objetivo de empezar a encender la luz de la esperanza, la cual dista años luz, valga la redundancia. No dudan ni por un segundo en invertir hasta el último céntimo para sufragar los gastos de los costosos tratamientos y operaciones que en la mayoría de los casos sólo sirven para aumentar más la penuria y sufrimiento de un proceso o película cuyo final se conoce, ¡nunca un guión se rayó tanto!, no es preciso por tanto escuchar el mismo disco tantas veces. Eso, por no hablar del escalón mágico o farsante, el curanderismo milagroso.
Pero no todo ha de ser desesperanza, acabemos este artículo dejando una puerta abierta al futuro, al fin y al cabo dijimos que era cuestión de tiempo; el cuando no lo sabemos, y seguro que serán otras generaciones las que se aprovechen de la “buena nueva” que algún día llegará, pero también rompamos una lanza por la vida nuestra de hoy día, respetémosla, no demos oportunidad a esa lacra maldita que nos invade, usemos al menos los recursos que ya poseemos, entre ellos los de la prevención y hagamos que muchos de los cánceres que aparecen debido a la influencia de hábitos tóxicos pasen a la historia, para luchar sólo contra aquellos que dependen de otros factores.
Hagamos todos que el cáncer no sea más que un signo del zodíaco, ¡un bonito signo!

Dr. Martín-Rubio


La montaña mágica

La montaña mágica

Ella le acarició dulcemente con la mano los cabellos cortados al rape en la nuca.
-Pequeño burgués-dijo-. Lindo burgués de la pequeña mancha húmeda.¿Es verdad que me amas tanto?
Y exaltado por este contacto, ya sobre las dos rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:
-Oh, el amor, ¿sabes...? El cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es la enfermedad y la voluptuosidad, y es el que hace la muerte;sí, son carnales ambos, el amor y la muerte, ¡y ése es su terror y su enorme sortilegio! Pero la muerte, ¿comprendes?, es, por una parte,una cosa de mala fama,impúdica, que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne y majestuosa (mucho más alta que la vida risueña que gana dinero y se llena la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos)porque es la historia y la nobleza,la piedad y lo eterno,lo sagrado, que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies... De la misma manera, el cuerpo también, y el amor del cuerpo,son un asunto indecente y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espasmo y vergüenza de sí mismo.¡Pero también es una gran gloria adorable,imagen milarosa de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y belleza, y el amor por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo...!¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible,llena de secreto febril de la vida y de la podedumbre!¡Mira la simetría maravillosa del edifico humano, los hombros y las caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro,en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre los muslos! Mira los omóplatos cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la colunma vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca da las nalgas, y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas, y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas bajo sus almohadillas de carne!¡ Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo humano!¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento!¡Si Dios mío, déjame sentir el olor de la piel de tu rótula,bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo!¡Déjame tocar devotamente con mi boca la Arteria femoralis que late en el fondo del muslo y que se divide,más abajo,en las dos arterias de la tibia!¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba,y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!


Thomas Mann.

Esencias V

Esencias V

"No hay oscuridad; sólo ignorancia".
William Shakespeare (1564-1616); poeta y dramaturgo inglés.


"El porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños".
Anatole France (1844-1924); escritor francés.

"La sabiduría, después de todo, no es otra cosa que la experiencia".
Marun Abbud (1886-1962); crítico, literato y filósofo libanés.

"Por los defectos de los demás el sabio corrige los propios".
Publio Siro (Siglo I a. C.); poeta latino.


"Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura".
Eugene Ionesco (1912-1994); dramaturgo francés de origen rumano.

Vestiduras Testimoniales

Vestiduras Testimoniales

ALGODÓN) La trama del color, mustia y frágil como la pinza rota de la ilusión, regresó para concedernos inverosímiles sorpresas.


POLIÉSTER) No llega la bocanada de la fantasía al epicentro del cerebro. No mana la frescura de la sangre por los intersticios de la piel. Tampoco llegan a fundirse las células del delirio con el flujo enardecido de la osadía,... de la osadía vital.


SEDA) Aquel jalón es fruto de la memoria de un pueblo. Nadie supo cómo conservó, hasta hoy, su mineralizada dignidad.


VIGORÉ) ¿Quién conoce la apariencia real de su propia sombra? ¿Quién es consciente del lavado de su aureola cuando brilla o enmudece en la peor arbitrariedad? ¿Quién aprendió a calcular el peso de sus despojos desde la aventura del nacimiento?


LINO) Por más tersura que muestre el secreto carmesí de tu rostro, acabará posándose en el tejido incoloro del silencio, en la simétrica geometría de la muerte.


VILLELA) La anatomía del sonido, esquiva e ilusoria como la enajenación de los vientos, regresó en su afán; no de conquista, sino de irremisible sumisión.

Ángel Fdez. Damarcus (Álibe). 2006

Exodus

Exodus

Cómo pétrea noche que gime
velará el tiempo su cristal
bajo las sombras del rocío.

Cómo ingrávidas formaciones
las especies: señuelos del misterio,
huirán, huirán
al letargo mismo de un túnel
que trenzados va modelando
con patrón exclusivo de la muerte.

Cómo neófito humo que nace
y aligera su mayor ciencia,
como rayo que brinda dones
al limo, a la ova de la ría,
las especies cavarán fosa
para entrar y nunca avisar
en la esfera levítica del sueño.

Como agónica luz, distante,
donde vibran las sensaciones,
avatares y manuscritos
las especies emprenderán,
¿un atajo siquiera firme?
Hacia las grutas extraviadas
con sitiales llenos de musgo,
¡Sí!, de musgo … purgado en vida.

Cómo brote que osó a renacer
en sus últimas instancias,
como aliento encorajinado
con certezas sin madurar,
cumplirán los seres sentencia
en quebrados y óseos acantos
cuyas voces palidecieron.

Ángel Fdez. Damarcus (Álibe).


Escrito en Aranjuez. Junio 2006.

Ahora que ya ...

Ahora que ya ...

Ahora que ya
no guardo prisas,
ni azares de primera mano,
ni cumbre a plazo fijo,
ni coartada idiota,
o amuleto feliz
contra el olvido,
ni besos desayuno,
ni graffitis de amor
sobre muros de trigo.

Justo cuando
se duerme mi desánimo
la siesta del domingo
y el carrusel de insomnios
se abstiene de sortijas,
ahora que mi rencor
anda descalzo,
que las nueces son mucho más
que médicos y ruido.

En este tiempo
en que las bienvenidas
tiemblan en los espejos
y el pasado nos pica
como un cuervo de exilio.

Precisamente ahora
en que ya no soy huésped
debajo tu piel,
ni miel bajo tu ropa,
me afiebra el horror cotidiano,
mientras aguardo turno
en la antesala del miserable destino.

Recién en esta tarde
de muelle sin pañuelos,
silencio sin conjuros,
plumas huérfanas,
ojos sin deseo,
acupuntura torpe
contra el miedo,
mayo sin poesía,
soledad y trapecio.

En esta hora
que no transmite nada,
este rato perdido,
sin cuerda en el reloj,
pantano de las emociones,
arena y espejismo..

Esta calle desolada,
este latir sin sangre,
esta hiel y este frío.

Acabo de descubrir
una paloma sin rumbo
que me anida en la puerta,
un caracol de lluvia,
reproduciendo el eco
de un dolor repetido.


Sergio Manganelli

Resumen de El Vaso Canope, de José Carlos Rodrigo Breto

Resumen de El Vaso Canope, de José Carlos Rodrigo Breto

Alejandro Castellano, catedrático de historia contemporánea, recibe una carta de su colega rumano, Dan Bumbescu, en la que se le apremia a reunirse con él en Bucarest. Una vez allí, descubre la existencia de una presunta correspondencia entre las amantes de Hitler y Mussolini. Con la intención de certificar la autenticidad de las cartas ambos historiadores emprenderán un viaje a través de distintos países que les llevará por una buena parte de la Europa del Este y Central, además de a Italia y Egipto, mientras son perseguidos por un grupo de neonazis que también pretenden hacerse con los documentos.
El Vaso Canope retrata sucesos, lugares y personajes relacionados con la Segunda Guerra Mundial, refleja las historias de los regímenes totalitarios y aporta la visión cotidiana de Hitler y Mussolini vistos por sus amantes mientras, de fondo, se mueve el drama de la contienda que desembocará en la tragedia.
La obra hurga en la carne de la Historia y es, así, reflexión sobre el poder y los principales males que azotaron el siglo XX, nazismo y fascismo –sin olvidar el comunismo-, y cómo la sombra que proyectan nos afecta en la actualidad.

Chorrera de San Mamés

Chorrera de San Mamés

Pálpito de cansancio en los costados del aliento. El empinado sendero que espera ser acometido enmudece, ahoga el tiempo bajo un alud de quietud, conspira con la calina serrana mientras nuestros pies inician el periplo desconocido de la aventura. Coníferas en cuerpo de abeto inundan los rincones panorámicos que, bendecidos con la tacha de la belleza, reconfortan los sentidos, sólo y aquellos sentidos humanizados por el influjo de una divinidad esquiva e irreal en muchos mortales. Se inicia la subida. La pista apunta erguida sin notables desniveles como permitiéndonos así unificar y normalizar en criterio común percepciones, impresiones, el conjunto de gratificaciones que gradualmente vamos adquiriendo a medida que avanza el recorrido.
Un crisol paisajístico es incapaz de impedir sobre este talud curiosidad y asombro. Al cardumen arbóreo vislumbrado se añade, al fondo, la presencia de un espacio acuático en forma de embalse, y al igual que la tierra, y la ligera brisa montaraz, y al igual que el cielo, y su lozana capa de salud y fertilidad, comportan un juego de armonías y ritmos en perfecta consonancia.
En las capas superiores, en el punto más álgido de esta etapa esperarán lajas repartidas a modo de caramelos sobre la estela del caminante; esencias arbustivas, blasonadas con el amarillo y el púrpura en un afán innato al verbo de la seducción... y ¿Cómo no? La chorrera de nuestros delirios, la de San Mamés, en un alegato a la exaltación espiritual a través de la luz y el sonido.
Su brazo en caída sobre el frente rocoso, los metros de ese cuerpo alargado y argentino en su espigada verticalidad me conceden una amplísima bocanada de brillo y meditación, de color e ingravidez propias de un cuerpo incandescente que se originó en quién sabe micro-espacio del cosmos.
Han pasado ya fechas desde aquella cita. Aún, por la noches, una febril sacudida súbita y espontánea acelera mi pulso, produciéndome un despertar angustioso y desesperado. A veces para mitigar estos indeseables efectos me levanto, paseo por las instancias de mi hogar hasta que se produce el apaciguamiento; en otras ocasiones, tumbado en el lecho, proyecto mi mente sobre la frescura láctea de aquellas aguas que, cómo un Jordán augusto, me bañan en eterna placidez.


Ángel Fdez. de Marco. 2006

Cita en la Embajada de Bulgaria


El día 8 de Junio tuvimos la fortuna de presenciar un doble evento de extraordinario interés: la presentación de Neverland Ediciones y, a su vez, la publicación del libro de relatos "La Transformación", del autor búlgaro Khristo Poshtakov. La embajada de Bulgaria en Madrid a través de su máximo representante, el Excelentísimo Señor Vassiliy Hristov Takev, tuvo la gentileza de invitarnos en un día donde los rigores del calor se ensañaron en la capital de España.
Agradecer a los responsables de la edición, (J.D. Álvarez) y al director de la Colección Nostromo (Daniel Moreno) su generosa acogida, deseándoles magníficos augurios para el devenir de la firma.

Sobre poesía, por Aurelio Campos

Sobre poesía,  por  Aurelio Campos

Hace ya muchos años, siglos, algún milenio, alguien llegó hasta aquí, subiendo el cauce del río, siguiendo el curso sinuoso de los árboles agrupados a lo largo de su transcurso, cruzando bosques de multitud de especies vegetales en donde a fuerza de períódicas crecidas fue dejando a lo largo de los siglos un margen lleno de limo y arcillas generosamente fértil. Probablemente llegara a caballo y así llegaron los primeros asentamientos y roturaron la tierra y construyeron viviendas e hicieron pueblo y así ese primer habitante un día, una tarde se sentara a contemplar el entorno, los árboles, lo animales, los pájaros, la tierra, los niños jugando. A partir de ese instante supo contemplar la hermosura de la vida describiendo, escribiendo su impresión gozosa sobre todo lo que veía, sobre tolo lo que vivía, sobre todo lo que amaba y así se creó el primer poema.
Podemos así decir que la poesía es algo intrínsecamente humano, trata las cuestiones más vitales de la humanidad y como la Filosofía es una forma de pensamiento pero a diferencia de esta viene acompañada de la estética o belleza de la palabra. No es fácil entender la poesía no ya porque algunos autores escriban en un lenguaje clave sino porque su misión es expresar lo inefable, su intención es dilucidar a golpes de humanidad la razón o sinrazón de la existencia humana. Así en la Antigüedad los poetas eran venerados como a pequeños dioses y el poderoso de turno les agasajaba con privilegios y regalos y les ponía la corona de laurel como signo de ciudadanos excelentes y venerables.
Leer poesía es entrar en un viaje espiritual que no nos puede dejar indiferentes, bien es cierto que se puede enfocar desde diversos puntos de vista, desde diversas ideas y fundamentos pero todas responden a la fe entrañable del hombre por el bien, por el sentido total de la existencia. Por esto mismo solo los grandes sobreviven al paso del tiempo y quedan como verdaderos adalides o profetas de la humanidad y quizá solo un nombre en este sentido bastaría decir, por ejemplo Walt Whitman entusiasmado cantor de la Democracia en su más extenso e intenso sentido en donde el hombre en su variadísima diversidad cultural solo es semejante a sí mismo.
Quién, en algún momento de su vida no ha esrito un poema, todos de alguna forma o medida podemos hacerlo pero adentrarnos en el lenguaje, profundizar en el simbolismo o mensaje de sus textos parece ser que sólo está reservado a unos pocos y que al contrario como pretendiera en su momento Blas de Otero (... es a la inmensa mayoría) o Gabriel Celaya (poesía necesaria como el pan de cada día) la poesía como pronosticara Juan Ramón Jiménez sigue siendo de uso y disfrute de minorías pues parece ser que el gozo íntimo de la excelencia de la palabra, la interiorización del mensaje poético y diversos aspectos de le ética y la cultura moral no está reservada para grandes masas sociales. Pero si para algo "sirve" la poesía es para exponer las razones de la humanidad, si alguna función tiene es dilucidar las cuestiones más profundas o trascendentales de la existencia humana en donde el pensamiento, el corazón, el espíritu muestren el camino en el quehacer íntimo, individual y a la vez universal del hombre. La poesía viene a poner y exponer nuestro lugar en el mundo.
Y como la música tiene que elevarnos, penetrarnos, enriquecernos. Informarnos y formarnos en donde el desarrollo de la libertad no aboque finalmente en el esbozo de una preciosa utopía o sueño irrealizable sino que nos muestre a todas claras la ciencia y la conciencia de la humana realidad, la que nos afirma en la vida y no se rinde ante ningún nihilismo en donde la ignorancia, el dolor y la guerra se empeñan en ser el lastre sempiterno de la humanidad, la negación de la civilización, del pensamiento, del espíritu en definitiva, los valores eternos del hombre.

Lesbos

Lesbos

Parecía que yo andaba de suerte.
El doctor había concluido, tras dos horas, que no había conclusión posible.
Además, estaba realmente afectado por su anterior metedura de pata, debida a la precipitación.
Y prefirió recoger los datos de los que simplemente había estado verificando su integridad, y retirarse a la universidad, dijo, para analizar aquel galimatías en detalle, antes de enviarnos en una expedición sin objetivo claro.
Lo que yo le agradecí, interiormente.
Su retirada, no la proyectada expedición, he de aclarar.
Eugene no pareció tan molesta como yo hubiera supuesto.
También había rebajado su excitación.
Habló vagamente de continuar con su tesis, cosa que me sorprendió, porque pensé que aquello era otro de sus cuentos.
No me dio la gana preguntarle por el tema de su tesis.
Tampoco se la veía con aspecto de comentar mucho.
Cuando por fin ambos se marcharon, yo me hice a la idea de tratar de adelantar en mi novela, más considerando que de momento la tenía económicamente hipotecada, sin haber llegado ni a la mitad. Empecé a re-situarme mentalmente.
Ginger: Había cambiado algo de carácter, pero era sustancialmente la misma.
Le daría algunos toques exóticos, sin más.
La verdad es que me apetecía menos que al principio retomar el argumento donde lo dejé.
Pero al fin y al cabo era mi obligación laboral.
Hubiera preferido continuar las exploraciones por los alrededores de A, en compañía de Eugene.
Pero ella sólo mencionó que me llamaría.
Salieron los dos, cada uno hacia su destino.
Y yo me dispuse a desordenar un poco el medio ambiente, porque mi “habitat” de trabajo necesitaba el desorden para ser eficaz, y Eugene parecía en cambio propensa a dejar todo en su sitio, o inventar un sitio para cada cosa, lo que me tenía bastante desorientado, aunque no me atreví a comentárselo.
El doctor había vuelto a vaciar el ordenador.
Quizá temía mi curiosidad.
Quizá fuera necesario o una precaución elemental.
La idea de alguien persiguiéndonos o vigilándonos que Eugene había tratado de inculcarme no había tenido gran eficacia sobre mí.
Recordé, mientras desparramaba por el suelo un par de capítulos inacabados, como me había mirado el doctor cuando le comenté lo accesible que era mi vivienda, hasta el punto de que la llave se había convertido en un estorbo.
Comprendí su precaución.
Pero ¿Quién que no fuera Eugene, o él mismo, podía tener interés en buscar algo en mi apartamento?
Ni siquiera mi novela, a la que lógicamente valoraba mucho, podía perderse por completo en las entrañas de la máquina, ni en forma accidental, ni intencionada.
Ángel, a requerimiento de mi editor, me había proporcionado un sistema que de forma automática, sin la intervención de mi despreocupada mano, se ocupaba de hacer copias que pasaban, vía telefónica, a un disco duro remoto que era sencillo de recuperar: Como ya había tenido oportunidad de verificar en alguna ocasión, debido a mi torpeza ofimática.
Y la mayoría de los muebles pertenecían a mi casera, que no había gastado mucho en ellos.
Tampoco tenía nada de valor, salvo el propio ordenador portátil, que era propiedad de mi editor.
Jamás tuve la más mínima preocupación por este asunto.
Mientras cavilaba sobre todos estos detalles paranoicos, me di cuenta de que, lo que realmente me pasaba, es que la echaba de menos, media hora después de que se hubiera ido.
La cosa parecía grave.
Necesitaba un tratamiento de choque.
Recordé que, al salir de mi casa, en Madrid, había olvidado recoger algunos apuntes.
No es que fueran importantes..., bueno, sí lo eran.
Lo que pasa es que eran anotaciones que yo podía recordar de memoria casi en su integridad, y mi primera intención era evitar, por cualquier motivo, abandonar mi refugio.
Pero de mi primera intención quedaba muy poco.
Por otro lado, había delatado mi cercanía tanto a Ángel como a Marta, por lo que la ficción de las rías bajas no tenía ya ninguna utilidad.
Y las intenciones, buenas o malas, de que está empedrado el camino del infierno, me condujeron a la ruptura.
Sobre todo, intentar demostrarme a mí mismo que podía prescindir de Eugene,...
Tenía esa necesidad imperiosa, tanto más cuanto que la melancolía había tardado tan sólo media hora en aparecer.
No había terminado de hacerme este auto análisis cuando ya había recogido en mi bolsa de viaje lo imprescindible y me dirigía con decisión, tras cerrar con llave la puerta, hacia la estación.
El plan era simple:
Me acercaría a Madrid, tres cuartos de hora de tren, a mi casa, media hora, recogería los papeles, comería en alguno de los restaurantes de Latina, y volvería tranquilamente, sin saludar a nadie.
Estaría de vuelta temprano.
Sin tomar el autobús que llevaba a la estación de A, que no era muy frecuente en sus horarios, y ligero de equipaje, tan sólo añadía unos veinte minutos más de agradable paseo camino de la estación, bajo la sombra de los plátanos, que filtraban el sol matinal.
Desde que me subí al tren de cercanías, pareció como si hubiera desaparecido de A y retornado del sueño a la vigilia rutinaria.
Nada más dejar atrás el río, los últimos árboles, las últimas huertas de la vega y desembocar en la terrible estepa castellana, entré en una especie de sopor automático que hizo que apenas recuerde como pasé las siguientes cinco horas.
Me consta que cumplí mi programa porque las anotaciones para la novela estaban en mi bolso.
Y recuerdo haber comido el plato del día por la zona de Encomienda en un local que me era desconocido, aunque se parecía a tantos otros, donde tocaba cocido.
Tuve cuidado de no ir a ninguno de mis comedores habituales, donde pudiera tropezarme con algún conocido.
Poco después, y renunciando de nuevo al autobús que me llevara desde la estación a A, declinando el día, volvía a mi apartamento.
No había curado mi melancolía, pero me sentía algo más dueño de mí:
Había logrado algo de distancia con respecto a la profundidad de mis sentimientos...
(...)
Sé que no debiera haberme quedado, por respeto a su privacidad.
Pero primero la sorpresa me paralizó, después me poseyó el demonio de la perversidad.
Finalmente, dudo de mis propios sentimientos.
Cuando llegué, evidentemente no era esperado.
Tampoco esperaba yo encontrar la puerta abierta, si bien no era tan raro porque el resbalón, ya lo había experimentado otras veces, desgastado por el uso, no cerraba bien si no te tomabas mucho interés en que lo hiciera.
Incluso, estoy seguro, podría ser abierto de un empujón aunque se hubiera aparentemente encajado correctamente.
El caso es que la puerta estaba entornada, yo no era esperado y no hice ruido o no fui escuchado.
A juzgar por la concentración que observé, prefiero pensar que no me oyeron.
Mi primera intención al verlas fue hacerme notar, pero algo inconsciente me frenó.
Aseguro que estuve un tiempo razonable de pie, en el marco de la puerta de mi habitación, sin hacer nada por ocultarme, con la boca entreabierta para pronunciar un saludo que nunca salió.
No era extraño, en principio, que hubiera entre Eugene y Mila suficiente efusividad y confianza como para abrazarse, como prefieren las hembras, en lugar del frío apretón de manos del macho; pero la situación derivaba en otra conclusión, por la duración del abrazo, el silencio obligado de labios contra labios, la exploración del cuerpo contrario con manos ávidas.
De espaldas a mí la silueta inconfundible de Eugene, para mí ya tan familiar, era investigada en toda su extensión por las manos de Mila, que no podía haberme visto porque primero su cara desaparecía tras la redonda cabeza de Eugene y después, cuando rozaba con los labios cuello y lóbulo de la pequeña oreja de Eugene, porque tenía los ojos cerrados.
En este punto, yo ya no tenía vuelta atrás:
O desaparecía discretamente como persona civilizada, o me hacía notar en tono que quisiera ser casual, o permanecía allí, al amparo de la oscuridad del pasillo guiado de morbosa curiosidad.
Cuando la mano derecha de Mila, sobre la cintura de Eugene, empezó a desnudar despacio su espalda, yo ya no podía elegir, ni tener dudas acerca de lo que estaba pasando.
Me siento obligado a explicar, por otro lado, que entre los muchos sentimientos que me inundaban en aquellos momentos, mientras daba un paso atrás hacia el pasillo, no figuraron los celos al principio:
Estaba más bien asombrado.
La camiseta de Eugene comenzó a ser arrastrada espalda arriba, mostrando la depresión de su espina dorsal, hasta hacer asomar el cierre del sujetador que extrañamente vestía, contra su costumbre.
Quizá por aquel antiguo axioma de que la mujer se viste más cuanto más dispuesta está a desnudarse.
Mientras tanto, Eugene no había permanecido inactiva sino que, acariciando la nalga izquierda de Mila con su mano derecha, hasta la entrepierna, había provocado que ésta elevara su muslo y rodeado con su pierna las nalgas de Eugene, para intentar contactar más directamente su pubis con el de ella, en equilibrio inestable, presión que Eugene aprovechó para elevar sus brazos y permitir que su camiseta sin hombros se deslizara con facilidad sobre su cabeza, dejando su torso tan solo con el sujetador blanco, talla ochenta, que se apresuró, una vez la camiseta cayó a sus pies, a desabrochar ella misma, manipulando con sus dos manos sobre el cierre, bajo sus omóplatos, en contorsión que le obligaba a cerrar sus nalgas y presionar aún más su vientre sobre el de Mila.
Al deshacerse Eugene del sujetador, que cayó, apenas un copo, sobre su camiseta, echó la cabeza hacia atrás, en un gesto como si quisiera apartar su pelo de su cara, siendo que no existía tal cantidad de pelo, lo que me llevó a pensar por un instante cual sería su imagen con pelo negro largo, en lugar de la redonda cabeza que yo siempre había conocido.
Medite vagamente que conocía hasta el último rincón de su cuerpo pero, evidentemente, no la conocía a ella, concluí, con cierta tristeza.
Y tengo que volver a insistir en que mis sentimientos, algo contradictorios, estaban respondiendo de una forma que yo, en otras circunstancias, no consideraría “normales”.
Echó su cabeza hacia atrás, manos sobre los hombros de Mila, en forma que ésta pudiera descender por su fino y largo cuello hasta sin duda perderse en sus pequeños y turgentes senos, sin duda pezones erectos elevándose a derecha e izquierda, por efecto de sus brazos levantados:
Aquellos pequeños senos que yo no veía, pero que tan bien conocía, redonda y pequeña aureola, rectos y largos pezones, la marca, lunar, o lo que fuese...
Aunque yo no lo había advertido, (por momentos veía con la imaginación más que con los ojos) al bajar sus brazos ahora Eugene debió entretenerse en desabotonar la ceñida camisa de lino que apenas contenía las formas redondas y sensuales de Mila, que yo había imaginado alguna vez, mientras Mila maniobraba con el cierre de su propio sujetador, talla noventa, que se aparecía negro, sobre el azul oscuro de la camisa, que, con rapidez inusitada, en estudiada contorsión, nueva presión vaginal, se deslizó, tropezando en su muslo, aún elevado, hasta el suelo, al lado contrario de la ropa de Eugene.
Curiosamente, aunque yo no supe cómo, esto lo hizo sin deshacerse de la camisa, que sin embargo no cubría su pecho.
En la oscuridad del pasillo, yo apenas respiraba, fuertemente excitado, sin embargo.
Uno de los exuberantes senos de Mila, el izquierdo, dejó asomar por el costado de Eugene, bajo su axila, su aureola redonda, marcada y amplia, donde destacaba un pequeño pero erecto pezón que había escapado bajo la presión, torso contra torso, aunque por algún extraño motivo Mila no hacía intención de deshacerse de la ligera camisa. Mila, ligeramente más baja que Eugene, lo recuperó, tratando de elevarlo, sin duda para contactar con los pequeños senos de Eugene, para aprisionarlos entre los suyos, dentro de su camisa.
Ambas echando un poco la cabeza hacia atrás, la cara de Mila se levantó un instante, ojos cerrados, negras y largas pestañas, indefinida expresión en su boca entreabierta, labios rojos y húmedos, leve suspiro, para hundirse de nuevo entre los senos de Eugene, en lento y laborioso descenso, mientras recuperaba el apoyo de sus dos piernas, bajando su muslo parsimoniosamente y sin perder un segundo de contacto con la pierna de Eugene, y más abajo, abriendo las piernas para poderse flexionar, en cuclillas, hasta perder su cabeza a la altura de la cintura de Eugene, que ladeaba lentamente su cabeza, derecha e izquierda, por lo que pude averiguar, de refilón, que sus chispeantes ojos avellana permanecían también cerrados.
Mila, ahora de rodillas, había desabrochado los jeans de Eugene, y pugnaba por hacerlos bajar, con dificultad,...
(...)

Juan Antonio Pizarro.

Ferroviales

Ferroviales

Vanas estrías
la de la senda virgen
mientras late.

Vulcanizado
el traqueteo del día.
Alta nebreda.

Compartiremos
litera mi razón
y otros lamentos.


Corre desnudo
epitelio precoz
sobre las vías.


Toma conciencia
el viaje de mi latir.
Claro Presagio.


Dragón tumbado
que posas mientras paces
óxido y yerba.

Todo trayecto
es tuba de color,
acorde limpio.

Ángel Fdez. de Marco. 2006.

Delhi - Unión India

Delhi - Unión India

Primera jornada del viaje. Inicio del circuito en la mezquita Jama Masjid. Conjunto arquitectónico interesante de arenisca roja, cúpulas de bulbo y fachada ampulosa en un barrio atestado de bullicio popular. Los rickshaws circulando muy próximos al cuerpo, miles de personas cobrizas bajo un sol castigador, olores incisivos y muchedumbre desparramada sobre un pandemonium caótico, protagonizan mi primera salida. No escasean tampoco mendigos, leprosos,mercaderes harapientos, turistas flemáticos, desperdigados con suma tibieza proliferando por las inmediaciones del recinto.
A continuación marcha breve hacia el mausoleo de Gandhi. Es un espacio ajardinado, libre, poco arbóreo, de pequeñas dimensiones donde las cenizas de este líder espiritual reposan ante el culto incesante de peregrinos y curiosos de toda la nación. Con posterioridad y, antes de almorzar, me introduzco en el templo sij de Bangla Sahid. Allí es curiosísima la estampa multitudinaria que se puede observar; en los aledaños la de una marabunta de fieles que se dirigen en un aparente desorden hacia la entrada, el patio y el interior del templo. Dentro de él la de una legión de devotos arrodillados sobre una extensa moqueta escuchando salmodias y postrados en un aparente estado de trance. Al final de la visita dedico, en el libro de visitas, unas palabras de agradecimiento a la comunidad religiosa que gentilmente me ha recibido.

Instantáneas fugaces montado en auto al templo de Birla. De pie, en la acera, advierto algo sorprendente pero cierto: la existencia de un encantador de cobras atosigándome sin cesar, que ante su insistente atosigamiento, decido donarle unas monedas para recobrar de nuevo la serenidad.

Vistas lejanas al Parlamento Nacional. Los últimos sucesos terroristas acaecidos en la institución, en fechas muy recientes, me impiden acercarme al bello edificio como hubiera sido mi deseo inicial.

En el horario vespertino dirigo los pasos hacia la primera mezquita musulmana de la ciudad de Delhi. ¡Qué encantador resulta merodear en sus verdes praderas salpicadas de enanas ardillas rayadas!, ¡comtemplar la colosal imagen de la torre islámica envaneciéndose entre árboles ashoka y naim! La tarde no da más de si. Me despide orgullosa con la satisfación de haberme saciado una curiosidad nutrida desde el asombro perenne.


Ángel Fdez. de Marco. 2006

Lecturas para minutos

Lecturas para minutos

Religión e Iglesia


- No debes añorar una doctrina perfecta, sino la perfección de ti mismo. La divinidad está en ti, no en conceptos y en libros.

- Cualquier religión es aproximadamente tan buena como las demás. No hay ninguna en la que no se pueda llegar a ser un sabio, ni ninguna que no pueda ser practicada como la idolatría más tonta. Pero en las religiones se ha acumulado casi todo el saber real de la humanidad, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es "errónea" cuando la contemplamos desde otro punto de vista que no sea el de la piedad; pero cada una de ellas es una llave para el corazón del mundo. Cada una sabe de los caminos que sirven para hacer de la idolatría al yo un servicio religioso.

- Todas las respuestas conducen a lo mismo; la vida admite su sentido sólo a través del amor. Es decir: cuanto más capaces somos de amar y de entregarnos, tanto más sentido adquiere nuestra vida.


Saber y Conciencia


- No hay metas definitivas para el conocimiento; el progreso del conocimiento no es más que una diferenciación de los planteamientos.

- Después del ansia de experiencia el hombre quizás no tenga otra ansia más fuerte que la de olvidar.

- Una verdad de veras, auténtica, debe soportar el que se la invierta. Lo contrario de lo verdadero también tiene que poder ser cierto. Pues toda verdad es una fórmula abreviada para mirar el mundo desde un polo determinado, y no hay polo sin su opuesto.


Hermann Hesse.

Día del Libro

Día del Libro

El día del libro (no podría ser de otro modo) también goza en el calendario de su estelar espacio de honor. Libreros, entusiastas lectores, editores, toda la parafernalia de la edición se congrega en algarabía para rendir culto unos y cuentas, resultados otros, del objeto devocional impreso por Gutenberg. Y es que el libro en estos tiempos de tecnologías imperiosas no quiere ceder privilegios ante las amenazas a las que se ve sometido. El tirón,la incidencia del libro en toda su variedad y temática sigue siendo para millones de personas el soporte ideal de formación, conocimiento y entretenimiento preferidos; y es capaz de convivir amistosamente en un mercado amplio y recurrente, pero a la vez más selectivo y exigente con los contenidos ofertados. El mayor acceso de educación de los jóvenes junto a la mejora de los canales de distribución deberían ser suficientes para lograr alcanzar mejores niveles de calidad en la producción; cuestión harto debatible en el panorama librero español.
Ya es tópico comprobar que se vende una "salud" editorial en España, según los fríos datos estadísticos óptima respecto a Europa, que con una cifra de más de 75.000 volúmenes en el año 2005, trata de enmascarar las severas deficiencias que el sector lastra como de forma indefinida. Amplias y no sencillas de solucionar.
Aún los sistemas de distribución son precarios, la participación estatal en la edición se antoja muy reducida con un índice inferior al 12 %, y el apoyo a las jóvenes promesas de las letras es insuficiente y muy deficitario por más becas y subvenciones que las instituciones públicas alardeen en tal cometido. Todavía hay mucha leña que cortar y, me temo, que aún más pendiente por recoger.

El libro, todo el sector que comprende, la veneración y gratitud que muchos de nosotros le rendimos en pleitesía ha escogido un día del almanaque para lucir su mejor estampa. Quizás una puesta en escena demasiado frívola y mercadeada a mi gusto, pero necesaria y gozosa para los amantes al volumen tradicional.

Ángel Fdez. de Marco