Ovillos rutilantes
Así, fundirme, en la cerbatana que escupe labios letales hacia la presa mugrienta del vacío.
Álibe
Del libro, "Mis venas son murmullos de ámbar"
Así, fundirme, en la cerbatana que escupe labios letales hacia la presa mugrienta del vacío.
Álibe
Del libro, "Mis venas son murmullos de ámbar"
Narran las crónicas que por las recónditas tierras del Perú oriental subsisten unos personajes que, alejados del orden gubernamental, siembran el terror y el homicidio entre extraños rituales incas. Son los vampiros del río Huallaga que bajo un difuso barniz de fantasía o realidad revivirán, a perpetuidad, en el inconsciente popular.
Desde la espesa jungla del Huallaga
cuya niebla, hemanastra del sol,
recibe los dones de la llovizna,
se asoman las sombras incas del mal
junto a la epidemia de su nobleza.
Soberbios tucanes sobre los techos
las resguardan del limo misterioso,
mientras la noche, siempre, avizorada,
espera como si fuera proscrita.
¡Por fin!, una víctima ya recala
sobre el verde nido del no regreso;
confundiendo la luna con su andar,
enhebrando el aliento en la vereda.
¡Qué espanto padece la oscuridad!
Cuando ve la intención del bandolero
que afila su wincha al son de los grillos,
que apura su tabaco sobre el alcor
¿en quizás una última y cruel espera?
Aún las lianas se ven supirar
y beber de sus cercanas reservas,
y las siniestras plantas atrapar
insectos entre charcas y eucaliptos
pues esta tierra nació con olor
a sangre de hiena, a cocotero,
a traición rubricada en soledad.
El hombre siempre fue criminal punto
para el sílice helado de las venas.
Aún no sé el porqué del sacrificio,
el porqué del unto de las estrellas
que, como humanas, siempre palidecen
en los perversos umbrales del légamo.
Recuerdo aquellos versos que decían:
Qué fácil es entrar por la portilla
del sol y perder la huella de salida.
Allá, en esta tierra saboteada
por las férricas sombras de la sangre,
todo es enfermizo, ¡todo!, hasta el aire
con las copas y el rito de la ceibas,
y el terruño que yergue al campesino
al contacto con tantas impurezas.
Hasta el hilo vital se debilita
cual reguero de rocío que cava,
resignado, el musgo de su martirio.
¿Sabrá repicar mudeces el tiempo?
¿Podrá la tullida cría del cóndor
perdonar herejías sobre el nido
que, a mi vera, sucumbe de frío?
Todo rastro es convite al misterio.
Collares de pirañas sobre el río.
Por él ya no pululan negras larvas
en cambio, sí, puentes que confunden
la temperancia con la hostilidad.
Siempre ver la muerte de un hombre honrado
tendrá menos valer
que la mueca invisible de una incógnita.
Álibe
ANIMALES
Desempeñan un papel de suma importancia en el simbolismo, tanto por sus cualidades, actividad, forma y color, como por su relación con el hombre. Los orígenes de la simbología animalística se relacionan estrechamente con el totemismo y con la zoolatría. En clave masónica hay una gran cantidad de animales (muchos de ellos vinculados con las tradiciones egipcia y hebrea) que representan, generalmente, cualidades que ha de observar el iniciado. A continuación se exponen algunos principios y su correspondencia animal que aparecen en la masonería simbólica: el Gallo, la vigilancia; el Pavo Real, la vanidad; la Corneja, la longevidad; el Búho, la observación; la Abeja, el orden y la laboriosidad; el Pelícano, el sacrificio; el Toro, la constancia...
ÁRBOL
Es un símbolo universal que toma muchas y complejas significaciones según las diferentes tradiciones y por la constitución de cada variedad.
Para los antiguos, los árboles poseían energía divina que podía ser utilizada por los iniciados en los misterios; y el bosque representaba el refugio de quien se alejaba de lo profanado. Así para los celtas el roble era sagrado y bajo su sombra se realizaba la iniciación; los griegos consideraban el saúco sagrado para Pan, la hiedra para Baco, la adelfa para Apolo y el laurel para Dionisos; los egipcios consagraban el tamarisco a Osiris; los romanos tenían el roble como emblema de Júpiter; la higuera es para los budistas símbolo de Iluminación.
Resulta extraño no verlo junto a los cofres de la Estación Once, con su cajón de lustrar y esa respiración asmática que lo castigaba en los inviernos, pero nunca logró estropearle la sonrisa. Hace cuarenta y tantos, dicen los más veteranos de su selecta clientela de obreros, quinieleros, buscas y correteadores de putas. A mí me constan al menos treinta agostos, desde cuando tenía su modesto salón de lustre, frente a los antiguos baños de la terminal ferroviaria. En esos días de mi infancia, algunas mañanas pasaba mal dormido y peor alimentado, rumbo a una escuela tan lejana como breve y ahí estaba El Pulpo, revoleando cepillos y deshilando paños entintados, por la alegría de la moneda ganada con oficio. Luego pasé a formar parte de la nueva generación de clientes y nos hicimos casi amigos.
El Pulpo nunca supe su nombre, aunque vi crecer a sus hijos y a él venirse viejo y previsor del frío, que se lo terminó llevando puesto no era tan solo un lustrabotas: sino un artista. Tenía el orgullo y la seguridad de saberse profesional, pero ante todo, esa dedicación apasionada de quienes aman lo que hacen. Ponía el corazón en cada lustre y todo lo hacía con una precisión y una seriedad admirables. Sus hijos aprendieron, sus nietos incluso, pero nadie, nadie lustra como El Pulpo. Eso lo saben todos, como todos sabíamos de su mesura, educación y buen trato, que contrastaban con la rusticidad del ámbito y lo hacía blanco de bromas despiadadas, de las que se escudaba en el silencio de su timidez provinciana.
Pasó media vida lustrando en el ingreso al hall, hasta que el progreso le tiró al volquete la plataforma con sus sillas de apoya pies de bronce y ocupó el espacio, para la vidriera de un moderno local a treinta mil la llave. Le prometieron respetar los años resignados a la ventisca y al perfume a orina de los baños públicos: ya viene el arquitecto para diseñarle un localito que va a ser la envidia; mañana el gerente de la concesión verá de dejarle una esquinita para que acomode sus huesos y pomadas; pronto se desocupa la cuadrilla y va a ver qué lindo el lugar que pensaron para que trabaje. Estamos esperando la orden de arriba, pero todo está dispuesto. Así corrieron años, de más frío y vanas esperanzas, pero El Pulpo nunca dejó de creer que se acordaban de él. Hay que esperar dotor me decía, haciéndome usurpar el título y concediéndome el honor son buena gente los ingenieros, pero están muy ocupados, una obra grande..qué le parece.. pobres, tanto trabajo. Pero todo llega en la vida. Uno siempre tiene que ser agradecido y tener paciencia. Gran corazón y mucha sabiduría la del pulpo, todo llega en la vida, inclusive la muerte. Los pulmones no le dieron más y antes que se le marchitara la voluntad se recluyó en su casa.
Esta mañana, Juan uno de sus hijos, de los que vi crecer cepillo en mano me hizo saber que se acabó la magia del brillo acharolado, la filigrana de cerdas en el aire, el restallar de paños entibiando el cuero y la franca sonrisa del maestro. Ya no más el oído atento y sobrio de confesor laico. No más ilustradas palabras de un hombre sin escuela. Ni su lección de felicidad llana, que valía muchísimo más de tres monedas.
Si Dios existe y no está tan ocupado verá que finalmente le hagan su merecido saloncito, para que sigan lustrando sus hijos y sus nietos, así, El Pulpo sabrá desde lo alto que su sueño llegó, como todo en la vida, o un poquito después.
Sergio Manganelli
Hace calor. La gente va al mercado como si fuera una fiesta (sucede allí, pero podría suceder en cualquier lugar del mundo). Entonces, picando de aquí y allí, la cocinera va eligiendo la fruta basándose en estrictos criterios de lo que le da la gana. La multitud se mantiene detrás de ella apretujada y se relame.
Ahora todos se reúnen en la plaza del pueblo. Y la cocinera empieza a llenar lo vasos. De pronto, todos se quedan petrificados, no se oye el ruido de una mosca, claro, porque las moscas también se han quedado petrificadas, hasta los niños se han quedado quietos.
Al cabo de un rato, varias personas empiezan a sonreírse; les hace gracia que el tiempo se haya detenido.
Aun así el local se va inundando de aromas de primavera y de verano, de mango y canela, de papaya y limón, de melón y naranja, y (¡qué extraño!) también de fresón americano.
Eso sin embargo no es lo más curioso: de repente, en un par de vasos, el zumo amarillo empieza a anaranjarse, y en un rincón dos enamorados se besan por casualidad, ¿qué está sucediendo?, ¿por qué tarda tanto la cocinera?, ¿se habrá puesto como siempre a bailar?, ¡vaya costumbre!
Pero no es así, la cocinera está sencillamente rebosante de amor, a lo mejor demasiado alegre para cocinar, no ha podido sustraerse al colorido y a la fresca fragancia de la fruta recién cortada.
¡Por fin! Se han llenado las bandejas y se han llevado al salón, el sol abre de pronto todas las ventanas, y la brisa se pasea por allí como si estuviera en su casa. Tan sólo el alcalde , que ha de mantener la compostura, evita sonreír. Y mientras beben, ya nadie sabe distinguir entre un suspiro y una carcajada.
Julio Cordal
Fue en los albores de agosto de hace muchísimos años. El calor del tórrido verano atacaba con crueldad la ya por entonces, maltratada corteza terrestre. Era la temperatura ideal para extraer petróleo de las entrañas de la tierra. Irak, en aquellos años, era una inmensa balsa de ansiado crudo que proporcionó dinero a unos pocos dirigentes políticos, y guerra y miseria a miles de ciudadanos.
Yo ni siquiera tuve el privilegio de ver las áureas saetas que irradiaba el astro sol. Pasé de mi aceitosa cuna azabache a través de unos oleoductos, cruzando el país hasta la costa del golfo, donde me hacinaron y encarcelaron, junto con millones de litros más, en unos grandes barcos petrolíferos de tres capas de seguridad para evitar que escapáramos al océano y contamináramos todo a nuestro alrededor. Aun así, en aquel buque de acero se hablaba que de otro carguero del mismo jeque, bautizado en su día como Prestige, habían conseguido escapar por unas grietas, unos pequeños hilillos que llegaban en su ascensión hasta la superficie marítima, esparciéndose por cientos de millas, muy cerca de la costa gallega.
Atracamos en el puerto de Valencia, atestado de gentes y enormes buques, y nos depositaron en grandes aljibes de mercancías peligrosas, pertenecientes a un convoy de vagones de tren con destino a Puertollano, una especie de Hollywood del petróleo, donde te podías codear con los mejores hidrocarburos del mundo. La factoría abarcaba varios miles de metros cuadrados. Lo que más me llamó la atención y despertó en mí grandes temores fueron unas grandes chimeneas y en lo más alto de ellas un gran fuego a modo de llama olímpica en el gran estadio de atletismo. También había unos gigantescos depósitos con forma esférica que más tarde supe que albergaba fluidos inflamables, y que hacía de aquel campo de concentración un terrorífico amasijo de hierro y fuego.
Me introdujeron en una gran turbina donde mis moléculas estallaron en mil pedazos, para que, una vez estabilizadas y solidificadas me convirtiera en una pequeñísima bolita de polipropileno, carente de vida, que formaba parte, junto con millones de bolas más, de un cargamento de cientos de octavines de mil kilos. Hacinadas en su interior, sin movernos y asfixiadas por la falta de oxigeno, nos apilaron en el vagón de un tren de mercancías con destino a un centro logístico de Ocaña. El viaje fue insoportable en condiciones vejatorias, sin espacio y en un clima húmedo que tan mal sentaba a nuestros organismos, de nada sirvió que imploráramos clemencia a nuestros guardianes, porque ellos, en su desconocimiento de nuestro idioma, no entendían nuestras peticiones.
En la inmensa y destartalada nave, plagada de estanterías y paquetes de mil tamaños, se apilaban, unos encima de otros, cientos de octavines, en muchos de ellos seguramente había bolitas como yo, con sus raíces provenientes de Irak, otras vendrían de Venezuela, o de Brasil, una potencia emergente que terminó gobernado el mundo. A cada una de nosotras nos esperaba un destino diferente, en plantas especializadas seríamos transformadas en distintos utensilios y piezas de polipropileno. Un día como otro cualquiera, silencioso y oscuro entre las paredes de mi casa de cartón, un camión articulado vino a por nosotros y nos llevaron por carretera hasta Mecaplast, el Olimpo del plástico, donde obtendría mi transformación definitiva.
Primeramente el chico aprovisionador de materia prima, un joven apuesto que denotaba una inteligencia sublime, tuvo a bien meterme en unos enormes contenedores cilíndricos y metálicos donde me secaría y calentaría a 80º C. Desde ahí sería conducido a través de canalizaciones en forma de tubo hasta la potente máquina de inyección. Allí las altas temperaturas a las que fui sometido, casi 300º C, hicieron que me fundiera junto con mis compañeros hasta crear una sustancia líquida, cientos de bolitas que formarían parte de un todo que sería inyectado al molde con fuertes y numerosos bares de presión. El pequeño espacio era un sitio claustrofóbico donde faltaba el aire y donde nos convertíamos de nuevo al estado sólido, enfriado por corrientes de agua que circulaban por los circuitos interiores, pero nuestras moléculas ya formaban parte de una gran pieza, y quien sabe si alguna vez volveríamos a ser un fluido libre. Ya como objeto sólido nos envolvieron en plástico de pluma y nos embalaron en una caja de cartón con destino a Vitoria. Aunque allí dentro no podíamos ver nada, creo que nos llevaron en camión porque el vaivén que se producía en el interior al tomar las curvas era fácilmente reconocible, puesto que yo, ya me había convertido en un experto viajero en distintos tipos de transporte.
Cuando me sacaron de la caja fue para ensamblarme en la carrocería de un coche nuevo y formar parte del lujoso salpicadero. Mi tonalidad era gris argénteo y daba al interior del habitáculo luminosidad y confort. Poco tiempo después de la fabricación fui vendido a un banquero, y gracias a él pude pasearme por mansiones de lujo y fiestas privadas cargadas de sexo y cocaína. A veces servía de improvisado tálamo donde mi dueño se recreaba con jóvenes y bellas señoritas ávidas de buena cartera, dejando en el vehículo un agrio y dulce aroma a caro perfume y flujos vaginales.
Finalmente se cansó de mí, encaprichado por un coche más lujoso, y fui puesto a la venta en un concesionario, en ese gran escaparate me vendieron a un matrimonio con dos hijas, unas pequeñas brujitas que no paraban de tirar migas de pan, Cheetos y pequeños objetos que desperdigaban por todo el habitáculo, como pelotas o muñecas de varios tamaños. Incluso alguna vez vomitaron sobre la tapicería de los asientos traseros, impregnando todo el interior de un olor amargo e insoportable.
Por fin volví al concesionario y fui adquirido por un joven veinteañero. Donde día si y día también me llevaba por todas las discotecas del reino hasta altas horas de la madrugada, buceando en los submundos de la noche y el bakalao electrizante.
Un día, la alta graduación del whisky, inusualmente esa noche adulterado, hizo que el organismo se viera abocado a alteraciones de los sentidos, principalmente todo lo concerteniente al equilibrio y a la visión, produciendo un estado lamentable de su persona con el gran peligro que suponía ponerse al frente de volante. Aceleró despacio y salió rumbo a su casa esquivando los imaginarios obstáculos de su cerebro. En cada curva que daba se salía un poco de la calzada y pisaba la zona de grava. En una de ellas, más cerrada que las anteriores, el coche primero se puso sobre las dos ruedas laterales y luego volcó dando vueltas sobre si mismo hasta ir a parar a un lago cercano a la carretera.
Flotaba sobre el agua como si fuera una gran gota de aceite, sin hundirse, inmóvil y silencioso, pero lentamente el agua iba entrando en el habitáculo, y cada momento que pasaba era más difícil mantenerse en la superficie. Primero fueron los pies los que se le mojaron, mientras que la puerta estaba atascada y era imposible de abrir. Luego le llegaba el agua a las rodillas y golpeó los cristales con la mano en un intento inútil de romperlos.
En pocos minutos la inundación le llegó al cuello y ya la desesperación y el miedo le hacía gritar en horrorosos lamentos. Por fin el coche se hundió y con él su inquilino, y yo. Pero cuando estaba todo perdido el cristal de la luna delantera estalló y una mano desconocida entró a gran velocidad para tirar del joven conductor hacia fuera.
Supongo que salvaron su vida porque yo sí que me fui hundiendo cada vez más hasta que las ruedas se posaron sobre el fangoso lecho del lago. Y allí en la más absoluta oscuridad y soledad descanso desde hace cien años, y definitivamente no viajaré más ni seré transformado como otras veces. Y reposaran mis restos hasta la eternidad de los días...
Fernando García de la Rosa.
El azar, los números combinatorios, la causística o vayan ustedes a saber permitieron que , el viernes 27 de noviembre, los asistentes a la sala Yemaya de Madrid tras presenciar el acto de Fdez. de Marco, se llevaran a sus casas una sorprendente impresión de una velada poética. Y es que el cavilador, autor y organizador del evento, para su goce o martirio gasta en vena sangre con unos peculiares glóbulos que moldearon tal sensación.
Su libro "Rictus Mortis", cercanamente editado por Visión Libros y rescatado del confinamiento voluntario, se transformó en un invitado extra al encuentro de la versificación viéndose inmerso en una vorágine discursiva que, como reflejos de vida, gotearon cadenciosamente hacia un espacio y un público deseoso de emociones. Las metáforas, las métricas, los giros y recursos, sus lazadas conceptuales hacia temáticas predilectas y obsesivas fueron aconteciendo con naturalidad, con la medida necesaria, con el tono sobrio pero cálido y circundante característico del poeta de Aranjuez. Poemas como Niños de Tucumán, Prisioneros sin cargos, Ciandú o su Oda al Álibe pudieron ser recitados a sorbo lento mientras el ambiente melódico componía el cuadro para ofrecer el cromatismo idóneo que iba reclamando la noche; la noche donde el verso venció e hipnotizó el aliento, el aroma, la sutil dermis de los presentes.
Entre otros no quisieron desaprovechar la ocasión de abrigar la voz del bardo creadores, amigos y entusiastas del compromiso cultural como:
Marlene Cruz (Cuba.- Promotora cultural)
Montserrat Doucet (España.- Poeta y Directora del Grupo Trascendentalista Aranjuez).
José Carlos Rodrígo Breto (España.- Novelista.- Miembro del Grupo Aranjuez).
Gloría Díez (España.- Poeta.- Miembro del Grupo Aranjuez).
Isabel Delgado (España.- Poeta y Escritora).
Gilda Lobatón (Perú.- Poeta.)
Julio Cordal (España.- Escritor).
Carlos Ramírez (México.- Poeta)
Orlis Pineda (Cuba.- Músico).
Mercedes Hérnandez (España.- Pintora).
Julia Gaytán (México.- Escritora).
Evy Melia (Indonesia.- P. Cultural)
El próximo destino donde el autor declamará su obra será en su patria chica: el Real Sitio. Mientras la fecha acontece: lean, conmuevanse, padezcan, consuman la siempre nutritiva pócima de la poesía, con moderación o sin ella. Sus niveles de satisfacción bien por seguro se sentirán agradecidos.
Yace pronto la losa del olvido.
Estrellas, cometas, antorchas frías
ya lo precesenciaron pese a la lluvia.
Nubes de miel solitarias ya vuelven
para no perpetuar su espesa savia
y rezumar ante su humana efigie.
El tiempo, esa espiral embotellada,
que vacía arena frente a los años,
jamás tendrá el asedio del ardid,
nunca cederá al báculo del mal
mientras descifre la raíz del mundo
ante lejanos carrizos y ocasos.
Pero qué breve el esplendor del aire
en medio de ventisca y frutal ciego,
qué nimio momento el de la lumbre
cuando se alberga en la cima de Dios
en el expolio final de la muerte.
Qué no podrá acaparar bendición
el torso clarividente del orbe
pese al rigor del erial y sus vetas.
Juventud, juventud de oscura librea:
¿Soñó la bóveda de tu insomnio
con la pilastra de la eternidad?
¿Cavó la primavera su pulso
bajo la flor ciega de tu cabello?
¿Leyó la tinta azul de aquel sembrado
con la trama de vanidad porosa?
Percibo que las palabras, los deseos,
las peticiones de los fuegos duermen
junto al abobe de la lucidez.
Aguadas y relieves del estaño
insisten en retraerme a los vestigios,
al origen amargo de la vida
cuando adora sin fingir lo perdido,
cuando padece sin nombrar vacíos.
Juventud,
...vasallaje, ascua, plata, fantasía
... Juventud
Ante ti soy astro errante de la piedra
que expira en el camastro de la nada,
soy lucero de cinchas y rastrojos
en la tartana de la incomprensión.
Ángel Fdez. de Marco (Álibe)
El autor ribereño Ángel Fdez. de Marco tiene el placer de invitarles el próximo viernes, día 27 de noviembre, a la presentación del libro poético "Rictus Mortis". El evento tendrá lugar en la madrileña sala Yemaya, situada en la calle Calatrava nº 16, metro Puerta de Toledo. Versos,temáticas descarnadas, métricas y costuras líricas quebradas y clásicas cohabitarán en una noche inolvidable.
Sala Yemaya. 21,00 hrs. 27 de noviembre
Calle Calatrava, nº 16 [m] Pta. de Toledo
MADRID
No tengo miedo.
Ya sé que entre nosotros hay fractales
encendidos, como cuarzos de fuego,
que se expanden, se multiplican,
estallan y rebotan
en esquinas imposibles de espirales de luz.
El tiempo y el espacio
se han fundido en tres secretos
que estallan en la música
que besa y nos arroja hasta el vacío.
Pero tú y yo
buscamos cada rastro en el azul.
No tengo miedo, porque estás tú.
Isabel Delgado. Del libro: "Pentagramas de agua".
A los anti-héroes que habitan padeciendo
en el enjambre del planeta,
pues ellos verán, antes que nadie,
las ascuas hipnóticas de la coacción,
los hierros candentes de la injusticia.
Del Libro: "Rictus Mortis". Ángel Fdez. de Marco (Álibe)
"Pentagramas de Agua" es el título de estreno con el que la poetisa madrileña, Isabel Delgado, se dispone a ofrecer a la concurrencia sibarita del verso. Mundos oníricos revestidos con los ecos dulces de la memoria, reflexiones líricas amparadas en la lucidez contemplativa, y un fino aroma de yodos y arenas festoneados en melodía son las sabrosas viandas con los que la autora se brinda, amistosamente, a compartir. El viernes 18 de septiembre tuvo lugar en La Casa del Libro de Madrid su presentación. Desde aquí la deseamos el mayor de los fortunios.
Pentagramas de Agua. Vitruvio Ediciones 2009. Isabel Delgado
ABISMO
Toda forma abisal posee en sí misma una dualidad fascinadora de sentido. De un lado, es símbolo de la profundidad en general; de otro, de lo inferior. Precisamente, la atracción del abismo es el resultado de la confusión inextricable de esos dos poderes. Como abismo han entendido la mayoría de pueblos antiguos o primitivos diversas zonas de profundidad marina o terrestre. Entre los celtas y otros pueblos, el abismo se situaba en el interior de las montañas; en Irlanda, Japón, Oceanía, en el fondo del mar y de los lagos; entre los pueblos mediterráneos, en las lejanías situadas más allá del horizonte; para los australianos, la Vía Láctea es el abismo por excelencia.
De Diccionario de Símbolos. J.E. Cirlot
El alumbramiento llegó a su consecución con final feliz. El poemario "Rictus Mortis", para regocijo del autor, vio luz y reposo, sintió la brisa saludable de la primicia literaria el pasado martes 14 de Julio. Visión Libros cumpliendo con los márgenes acordados, se comprometió exitosa y satisfactoriamente en la entrega de los ejemplares que, tras la finalización del verano, serán presentados y distribuidos para la adquisición de los lectores. Ángel Fdez. de Marco, en esta célula poética, nos invita de nuevo a circundar el mundo de la alegoría histórica junto a textos donde la crítica social y los acordes introspectivos de su psique destilan miel y árnica en proporciones sugestivas, inquietantes...
Rictus Mortis. Visión Libros. Pág. 76. Ángel Fdez. de Marco (Álibe)
Nunca supe si fue verdadero o no, pero aquel relato que me contó mi abuelo Tomás, junto a las brasas de la chimenea en aquella noche de invierno, me sirvió para olvidar que la melancolía del día transitaba hacia el final, y, para aprender, que la vida siempre puede concederte sorpresas muy agradables sin ser buscadas.
- ¡Cambia de cara, Fernando! - me exclamó con sus palabras graves y enérgicas mientras me acercaba a su silla contigüa.-
Para que te sientas mejor quiero contarte algo que ocurrió hace tanto, tanto tiempo que los poblados carecían de nombre, y que imagino que pudo gestarse en alguno de los más escarpados del valle.
Hubo una vez un niño pequeño y enfermizo que, siempre triste y solitario, solía ocupar el tiempo entre el aislamiento de su salón y sus pequeñas pertenencias del viejo huerto. En él apenas prestaba atención a juegos, o demás distracciones que tuviera alrededor, a excepción de un destartalado arca que contenía sus objetos más preciados. Jugaba a sacarlos una y otra vez, a alinearlos ordenadamente por tamaños, colores, y formas, a otorgarles funciones y utilidades del todo extrañas, muy distintas para los que fueron concebidos. De esta manera, el pequeño recobraba la ilusión, la alegría, el color del rostro y una luz de entusiasmo le conectaba, discretamente, con la alegría.
La secuencia de los días era idéntica en él, hasta que una tarde descubrió algo insospechado, muy alarmante: el arcón se encontraba arañado, abierto y, sin duda, saqueado. Ante las peores sospechas el niño se acercó a él corriendo, se agachó empezando uno a uno a extraer y contar todos los objetos allí guardados
El guiñapo de lana, el pergamino ocre, la pelota con piel de conejo, la brújula, las bolitas de ámbar encontrando las restantes piezas
bueno, la verdad Fernando, que todas, lo que se dice todas no permanecían, y tu amiguito bien que se dio cuenta con rapidez. Allí permanecían todos sus tesoros salvo su pluma de ganso, una arpa metálica de origen desconocido y un simple abrecartas. La desesperación no se hizo esperar en el tierno corazón de nuestro protagonista que, ante aquel escenario, irrumpió en lágrimas y angustia combatiendo en vigilia contra este terrible avatar. Aquellos momentos de ausencia fueron sin duda los más dolorosos e infelices de su corta vida.
Cuenta la leyenda que el niño durante tres días y tres noches se postró sentado al lado del arcón, sin hacer otra cosa que lamentarse y esperar pacientemente alguna respuesta. Al final, cuando las lágrimas dejaron de manar por su rostro, y sus fuerzas fueron minándole como un tibio azucarillo, el sueño apareció provocándole perder la partida.
A la mañana que despertó no existía ningún rastro de infortunio en su cuerpo, en su ánimo y lo más extraño: se sentía pleno y sereno, encantado y contento.
En su mano derecha sujetaba un papel donde aparecían varios dibujos que narraban una historia pintoresca: en el primero se reflejaba el arcón, el arcón del pequeño junto a una ardilla y los tres objetos perdidos: la pluma, el arpa y el abrecartas. En el segundo se contemplaba a la ardilla ofreciendo esos objetos a tres señores del poblado ( a un poeta, a un pastor y a un artesano). En el tercer dibujo se podía comprobar con mucha claridad como los gestos de tristeza de los hombres se transformaba en satisfacción y gozo. Y en el último como un niño dormido abría sus ojos y despertaba con sus objetos extraviados mientras una pequeña ardilla escapaba con sigilo y cuidado.
Te das cuenta Fernando, ¿eres capaz de apreciar la moraleja del cuento?
- Sí abuelo , claro, pues que hay niño tristes y solitarios que pueden llegar a ser felices con muy pocas cosas en su viejo arcón.
- Claro que sí, y que sobre todo durante unos días un poeta, un artesano y un pastor pudieron sentirse más risueños y encantados q las cenizas que nos calientan.
Ángel Fdez. de Marco (Álibe)
Hacía pocos meses que se había mudado a su nueva casa, una vieja mansión del siglo XIX, no muy grande, sombría, pero con un magnífico jardín victoriano y una piscina. Ya desde el primer día se dio cuenta de que allí había algo extraño. Sobre todo llamaba la atención un sepulcral silencio que lo invadía todo, tanto que parecía que estuviera totalmente deshabitada. Y soplaba continuamente el viento céfiro en todo su gélido esplendor, arrastrando las hojas secas que estaban esparcidas por doquier. Incluso en verano la casa parecía estar sumida en una sombría infinita que acongojaba el corazón.
Gustavo vivía solo. El caserón era enorme y aunque en sus tiempos de apogeo necesitaba de unos cuantos sirvientes para mantener todo en orden, ahora había decidido no contratar a nadie por temor a que pudieran alterar la paz que necesitaba para vivir. Apenas de vez en cuando se acercaba una pareja de la guardia civil para comprobar que todo estaba en orden. O algún chalado atraído por las historias de sus viejas piedras, ya que se decía en el pueblo que estaba habitado por un fantasma que se aparecía en las temporadas de plenilunio.
Con la llegada de las sombras nocturnas sucedió un acontecimiento muy extraño. Estaba leyendo en un sillón del salón, junto al crepitante fuego que manaba de las maderas de encina que ardían en la chimenea, cuando alguien golpeó en los cristales de la ventana. No eran tiempos de estar bajo las estrellas porque el frío del invierno estaba golpeando como hacía años que no recordaba. Cuando la abrió no había nadie al otro lado, instintivamente lo achacó a que en realidad el ruido fue causado por el azote del viento, o quizá una rama de los árboles cercanos que golpeó en los cristales. Volvió a sentarse en el mullido sillón, y otra vez volvió a oír los ruidos, esta vez sí fueron claros, y no cabía duda de que alguien llamó con los nudillos. Tuvo que comprobar que nadie se encontraba en el exterior, en el jardín dónde las sombras de la noche le envolvieron en un terrorífico paseo que le hizo ver monstruos donde sólo había arbustos. No encontró a nadie, vivo ni muerto. Tan sólo vio un pequeño montoncito de arena en el quicio de la ventana, como dejado ahí adrede para mandarle algún mensaje, pero no hallando una explicación racional a cómo podía haber llegado hasta allí, lo limpió con la mano sin darle mayor importancia y se refugió en el calor de la casa.
Unas horas más tarde, mientras dormía, unos ruidos insólitos de ultratumba le despertaron de su pacificador sueño. Alguien lloraba en alguna parte de la casa, o más bien gemía, de dolor quizá. O de tristeza. Al intentar dar la luz comprobó que no funcionaba, así que tuvo que coger un antiguo candelabro que estaba lleno de polvo de una mesita cercana para encender sus velas. Al salir de la habitación, la oscuridad del pasillo lo atraía como hipnotizado y se fue iluminado tan sólo por el pequeño haz de luz que desprendían las candelas. Cuando llegó al enorme salón, de donde provenían los lamentos, las luces se encendieron de repente, no sólo las del lugar donde se encontraba, sino las de toda la casa. Las fue apagando una a una, no sin haber dejado paso a un emergente miedo que se estaba adueñando de él como una mala hierba.
Cuando apagó la última luminaria sus ojos se fueron como un rayo hacia un montoncito de arena que había en el suelo, exactamente igual al del quicio de la ventana.
En los días sucesivos no pararon de suceder cosas paranormales. Puertas que dejaba cerradas amanecían abiertas, otras veces se cerraban bruscamente como azotadas por una gran tormenta. Los antiguos relojes de péndulo que había desperdigados por toda la casa solían dar las campanadas sin coincidir con el número que marcaban las manecillas, o daban cambiados los cuartos y las medias. A veces se oían ruidos psicofónicos, era como el rumor de las olas cuando rompen en un acantilado, como el sonido que produce el hueco de una caracola. Pero lo más inexplicable de todo es que siempre unido a estos fenómenos, en algún lugar de la casa aparecía un montoncito del mismo tipo de arena y en la misma cantidad.
Un día, cuando las sombras del ocaso cubrieron el horizonte oyó un monumental alboroto en la biblioteca. Ruido de peleas y gritos. Corrió hacia la sala pero no encontró a nadie y el bochinche había cesado, pero estaba todo desperdigado por el suelo. Los libros habían caído de sus estanterías y estaban esparcidos por todos los lados haciendo una alfombra de incunables. Misteriosamente un antiguo manuscrito cayó de las estanterías superiores hasta sus pies, no se sabe cómo, quizá algo o alguien lo empujó para que lo leyera y descifrara algún mensaje oculto. Cogió el códice entre sus manos y se recostó en un sillón para leerlo, pudiera ser que entre la tinta de sus páginas encontrara las respuestas a todos los fenómenos que se estaban dando en la casa.
En el epítome se contaba que hace tiempo, una pareja de enamorados que vivía en un pueblo costero de España, llamado Mecaplast, se subieron a un gran barco con destino al nuevo mundo, a los Estados Unidos, un país emergente donde sobraba trabajo y el oro abundaba en las lechos de sus ríos, todo el mundo lo llamaba el país de las oportunidades. Desgraciadamente durante la travesía el casco del barco chocó con un iceberg y se hizo una brecha por la que empezó a entrar agua a raudales, haciendo inevitable la tragedia, afectando a la estabilidad del crucero. Cuando se fue a pique sólo unos pocos afortunados consiguieron salvarse en los botes salvavidas.
El joven enamorado vio como en el fulgor de la devacle su amada subía a la barcaza con las mujeres y los niños, ella insistió en quedarse a su lado pero al soltarse de su mano se vio engullida en un torbellino de gente colerizada que la empujó hacia la pequeña embarcación.
Él se quedó en la cubierta con lágrimas en los ojos, sabiendo que su destino se separaba ahí mismo, porque ya no había más balsas y el barco estaba siendo absorbido por las fauces del gélido océano. De pronto el casco del buque se partió en dos y el hundimiento se hizo más precipitado. Sus pasajeros intuyendo el fatal desenlace se fueron todos a la proa del barco porque esa sería la última parte en hundirse. Pocos minutos después no quedaba nada del trasatlántico, tan sólo miles de objetos flotando aquí y allí esperando inútilmente ser rescatados por sus genuinos dueños.
El joven enamorado, loco de amor y de ira se precipitó en la vorágine de aguas en busca del dios Neptuno para pedirle que le devolviera a la vida y así poder estar con su amada. Le encontró en su morada submarina, una gruta enorme donde había multitud de peces de inverosímiles colores y criaturas del fondo de los mares desconocidas para él. Las sirenas, hijas del Dios eran bellísimas, y sus cantos te llenaban de paz y felicidad. Ya en el salón principal el Dios de las aguas tuvo a bien dar una oportunidad al desdichado, conmovido por su gesto de amor, le dijo que no volvería a verla sin hacer nada a cambio. Le retó a una prueba. Si ganaba conseguiría vivir, si perdía, tendría que cumplir un terrible castigo.
El Dios le dijo que todas las noches la luna se paraba en algún punto de su inmenso imperio, pero por más que lo había intentado, nunca consiguió tocarla. Por lo tanto, esa era su prueba, le tenía que conseguir la luna. Y tenía un mes para hacerlo.
Pasado ese tiempo volvió a la gran sala del reino, desolado porque no había conseguido atrapar a la luna, por lo que Neptuno le impuso un castigo.
Le condenó a vagar eternamente por el mundo de los vivos. Y sólo hallaría descanso cuando encontrara a su amada. Y en esa búsqueda su destino estaría unido al de la luna, puesto que sólo al decaer las luces del día y con la salida del satélite podría convertirse en hombre, pero en hombre de arena.
Por eso cada semana de luna llena aparece por la noche en las casas para buscar a su querida novia, y así poder los dos encontrar el descanso eterno, juntos hasta el fin de los días.
Y después de leer esta historia, cerró el libro y lo depositó en su estantería correspondiente. Le pareció un cuento horrible y muy cercano. Entonces comprendió. Se echó las manos a la cara para intentar frenar el llanto de lágrimas que inundaba su cara. Al apartarlas vio con tristeza cómo sus manos se iban convirtiendo en arena, y cómo todo su cuerpo se convertía en arena. Y recordó con nostalgia los días felices que pasó con su novia, y dio por zanjada la búsqueda en este viejo caserón abandonado desde el siglo XIX.
Fernando García de la Rosa
Del 1 al 3 de Junio fue celebrado en La Casa Encendida de Caja Madrid, el Seminario de Poética Performance a cargo de la poeta estadounidense Anne Waldman. Allí un nutrido grupo de jovenes autores tuvimos la grata ocasión de compartir actividades, creaciones y ejercicios múltiples ligados con la tarea multidisciplinar y objetual que propone y desarrolla la autora de New Jersey. Su inspiración budista, su fiel compromiso con la experimentación y la generación beat (profunda amistad con Allen Ginsberg,) y la búsqueda del plano sensorial a través de los objetos, reafirman la patente de corso de esta profesora distinguida de la Universidad de Naropa (E.E.U.U)
Innumerables años después de su primera puesta de largo, aguarda el nacimiento de una nueva publicación poética de Ángel Fdez. de Marco. El poemario "Rictus Mortis" fermenta minuciosa, sagrada, canónicamente en los aposentos editoriales de Visión Libros donde acapara brillo,afila imagen, pule forma, alisa su caoba literaria con mimo y candor. Estas primeras semanas de gestación son intensas, llenas de gozo y del todo expectantes, tras la decisión final de continuar con el proyecto hasta sus últimas consecuencias. Pese a las dificultades técnicas surgidas con la logística informática, la motivación del autor se mantiene inquebrantable y el deseo, que éste título pueda deleitar a los lectores amantes del verso, se incrementa con el discurrir diario. Les seguiremos informando.
Veo desembocar las líneas de mis manos
donde las tarántulas procrean
Álibe
Versos extraídos del poemario "El legado del fuego"
Igual que roca o rosa, renacemos
y somos como aroma o sueño tumultuoso
en incesante amor por nuestro duelo;
fugitivos sin fin que el rostro guardan,
mudos cadáveres precipitados
a una impasible tempestad;
y morimos en nuestras propias manos,
sin saber de agonías,
caídos descuidados al abismo,
a través de catástrofes en nuestro corazón dormidas,
así tan simplemente, que al mirar un espejo
hallamos dentro sombras silenciosas
o una paloma destrozada.
Porque nada delata que existamos
en esta soledad del pensamiento,
y el olvido desciende hacia la tierra
como un equívoco de Dios,
dormida imagen donde en sueños
se martiriza por saberse bello;
porque es inútil la embriaguez
que nos cubre de olvidos contra el mundo
cuando es la lentitud
y el sentirse arrojados sobre el lecho,
como el cesar y el impedir,
lo que alimenta nuestro amor
y el incansable continuar entre los hombres,
del dolor de la carne enamorados.
Igual que rosa o roca:
crueles cadáveres sin agonía.
Alí Chumacero