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CÁLCULOS DEL AIRE

Democracia

Democracia


"La bandera avanza hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el tambor.
"En los centros alimentaremos la prostitución más cínica. Aplastaremos las revueltas lógicas.
"¡En los países de pimienta y destemplanza! - al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares.
"Adiós a los de aquí, a cualquier sitio. Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz; ignorantes para la ciencia, taimados para el bienestar; que reviente el mundo que avanza. Ésta es la verdadera marcha. Adelante, ¡en camino!"

Arthur Rimbaud

¡Bienvenido, 2011!

¡Bienvenido, 2011!

2011 llega a nuestro calendario con la cicatriz de la incertidumbre y las ansias de evolución, progreso, mejora. Inmersos en un vórtice de desconcierto y desasosiego, sólo podemos desear que vuestros estímulos y voluntades para este lapso anual no cedan, ni mermen, ni flaqueen sobre la debilidad y la duda. Que la armonía y la consciencia de bien os acompañen, fielmente, como vías de apoyo y concordia tan necesarias para alegrar y festejar nuestro espíritu, tantas veces desvitaminado. Que la bendición del nuevo año os ilumine.

 

 

Álibe

Desde la otra orilla

Desde la otra orilla

Cuatro poetisas, cuatro, de apariencia frágil y estela mayestática de la poesía latinoamericana del siglo XX: Alfonsina Storni, Juana Ibarbourou, Gabriela Mistral y Delmira Agustini regresaron a la Sala Multifuncional de Ciempozuelos, Madrid, para rendir tributo al arte lírico. Con una exitosa presencia de público, el grupo "La Torre", un año más, y con éste van doce, conformó un evento completo, atractivo y extenso donde el acervo versístico brilló con el entusiasmo de los colaboradores y asistentes. Todo un reto con la escarapela de la calidad. 

Divisa manchega

Divisa manchega

Rememorando la meseta de la luz, la ancestral armonía de los vientos cuando tejen capitulaciones y ausencias. Almidonando soledades bajo las aspas de un ofrenda crepuscular llamada: flor de memoria. 

 

Álibe

El boceto impúdico

El boceto impúdico

Los pigmentos: hormigas efímeras que descargan las mandíbulas al aura mientras los rayos del atardecer se bañan con tu consentimiento.

 

La perspectiva: rincón por el que agasajamos la diagonal que nos impone el tiempo, la técnica exacta para componer arcos y su moralidad recluida en una atalaya de arena.

 

El plano: sucesión de guiños inalterables por gracia del hado. Tomarán temor a caer en el vacío de un vendaval colérico.

 

La textura: velos que tapizan el volumen de una ruina y fueron capaces de absorber los diámetros congelados de una figura. Puntos abstemios que se difuminan en el trazado de una idea.

 

El relieve: tacto que reflexiona sobre el sabor del collage, el calor del grafito al nacer, y la triste epístola de una pincelada contagiada de estupro.

 

Color: exacerbación de una amazona criolla tras la muerte de un oráculo en pie de guerra.

 

Luz: cabellos exfoliados que embellecen la inmortalidad de una expresión haciéndonos creer en la superioridad de Mefistófeles y su ciencia, y su conducta y su honestidad.

 

Una mancha: peccata minuta de un convicto eximido a ver la doble efigie de un talismán terriblemente flagelado.

 

Un contorno: el laberinto, el convoy y la corte de matices tiembla, perturba y decae cercano a un final imprevisible.

 

El modelo: es la molestia subordinada de los signos naturales y abocados a perderse. Podrían cultivar nuevos reflejos si el misterio añil no compareciera jamás.

 

Las figuras: pequeñas deficiencias que lanzan a una cuneta los vestigios espirituales de la planicie sin párpados a los que embalsamar.

 

Blanco: el pandemonium libera las flemas desde su morada. Acabarán agotándose si la revolución de un microcosmos guarda la anunciación de una tempestad.

 

 

Álibe. Del libro "Las cenizas del edén"

Hiladuras profanas

Hiladuras profanas

Ya voy presintiendo el epílogo salino de la corriente literaria que me ocupa y me transforma. A pocas leguas, a escasas brazadas, me fundiré con su estuario cristalizado en aristas de incertidumbre, en recodos de ventura.

 

 

Álibe

Marginalismos

Marginalismos


"ISMOS": APOGEOS DEL AYER, MARGINALISMOS DEL MAÑANA

Según el academicismo linguístico que le otorga la RAE, una de las acepciones de la palabra tendencia es la de: " valor, pauta por lo general temporal con rasgos afines que caracteriza un estilo dentro de una corriente social, económica, política o artística". Si retraemos la memoria casi un siglo atrás contemplamos como la incidencia artística de vanguardia se encontraba jalonada por una pléyade de movimientos (en realidad tendencias) que suministraron gloria y reconocimiento a sus avezados creadores. Casos de los dadaístas y surrealistas Tristán Tzara, André Bretón, Apollinaire entre otros fueron ejemplos vigentes de realidades pasadas tocadas con la varita mágica del éxito con la escala de la medición sobredimensionada. Tendencia y éxito forman un dúo indisoluble, un binomio apto para acaparar prestigio y florecimiento pecuniario bajo el foco de la temporalidad y la novedad. A veces, y no en escasas ocasiones, la eclosión de ésta última viene refrendada por un deseo de ruptura con lo establecido, con unas tinturas de aparente libertad germinadas para estimular al público unas necesidades que sólo la propuesta es capaz de solventar o, al menos, acaparar. Muchas veces esas ansias de innovación fingen vestirse con las finas vestiduras de la originalidad cuando apenas hablamos de vulgares hiladuras cosidas con remedos del pasado y de matices propios de otras telas, ya en uso. Lo vital aquí es el fruto de la apariencia, nunca el proceso de la gestación: el color, el brillo siempre por encima de la idea y el aparente don del talento.
Pues bien, después de lo argumentado, llego a la conclusión que los ismos (factorías de tendencias emocionales) se encuentran en declive, o mejor dicho, en decrepitud irrefutable. Hoy en día el que alza su bandera con vigores trasnochados, con ímpetus aún visibles y con ámbitos de influencia todavía candentes es el nacionalismo político, y su amplio canal propagandístico del que extiende sus brazos y recoge bríos. El ismo, muy al contrario de los de carácter creativo, religioso no sólo no cede su preponderancia en el seno del cuerpo político de algunos enclaves administrativos, sino que conserva acometividad, empuje insuflando aliento y transgresión “manierista” a la armonización social, ciudadana del que los habitantes bien son merecedores.
También el nacionalismo, cómo tendencia, dispone de su pestaña de caducidad. Y si no será capaz de extinguirse definitivamente como una simple llama al contacto con el viento, si será sometido a los deseos y voluntades de los hombres y mujeres de las nuevas generaciones; seres provistos de necesidades acordes a su contemporaneidad y que se verán por fortuna privados de las herencias ideológicas que tanta crispación y resentimiento alimentaron sus antecesores.
El nacionalismo, al apostre, caerá en el marginalismo. Nada es eterno, nadie es perdurable; los muros de contención de las ideas son incapaces de resistir, indeterminadamente, los continuos embates de la sociedad. Los conceptos de estado, de nación, de patria serán afluentes secundarios de otros mayores, o, a lo sumo, de pasto de olvido para el aire y las conciencias.
Nuestro mundo gira orbitando hacia movimientos imprevisibles para el hombre contemporáneo. Nuestra tecnocracia se encargará de desmantelar cual arena de duna cada asomo nostálgico de la historia, de aquella de la que hemos fraguado nuestra imagen y signatura existencial. Al igual que un cúmulo de polvo o materia no representa nada relevante para la posteridad, con el fluir del tiempo, su exigua presencia podría entrañar repercusiones trascendentales y, desde luego, desconocidas para nuestro conocimiento finito.
Ismos, ismos, ¿de qué hablamos?, ¿quizás de naturalezas lacradas, dignidades rotas, sueños furtivos?


Ángel Fdez. de Marco, "Álibe"

El experimento

El experimento

 

Cuando desperecé los ojos, no sabía cuanto tiempo llevaba inconsciente ni el motivo de mi desvanecimiento, me encontraba en el interior de una especie de aeronave, sentado en una gran silla acolchada y sujeto con cinturones de seguridad, frente a mí había un cuadro de mandos como los de los submarinos que solía pilotar pero con muchas más lucecitas de colores y con palancas de diferente grosor y longitud. El habitáculo medía unos dos metros de ancho, en forma circular y con varios ojos de buey que permitían ver perfectamente todo lo que había en el exterior.

Mirando a través de las ventanillas descubrí que me encontraba rodeado de un líquido rojo como… como si fuera… sangre. El vertiginoso torrente me llevaba flotando en alguna dirección desconocida para mí, aún no recordaba cómo había llegado hasta allí y lo único que podía hacer era dirigir el avión, o lo que fuera, por el cauce principal, más ancho y cómodo que las canalizaciones adyacentes, que continuamente salían a ambos lados y que sabe Dios adónde iban a parar.

De pronto se me plantea una encrucijada existencial cuando el camino se bifurca en dos, ¿izquierda o derecha? Elijo la diestra y de momento todo sigue igual, pero poco a poco el túnel carmesí se va achicando y apenas coge la nave. Y cada vez se hace más pequeño hasta que desemboca en una especie de caverna donde el aire insufla y sufla rítmicamente, a veces lo que entra es una gran nube de humo blanco, si estuviera dentro del cuerpo humano pensaría que me encuentro en los pulmones. Pero me parece una idea absurda que no puedo tener en consideración.

Vuelvo a meterme por una pequeña oquedad que desemboca en un nuevo río rojo. Cada vez que el canal se hace mas grande va aumentando la velocidad y me siento como absorbido por una fuerza desconocida que me impide controlar el vehículo. Veo como llego hasta una especie de compuerta que se abre y cierra a un ritmo constante. Y suena un grave zumbido que me deja cada vez más sordo. TOC, TOC, entonces es cuando lo veo claro y empiezo a recordar. Estoy a punto de entrar en el corazón de un cuerpo humano.

Hace un año las deudas dinerarias me acosaban como lobos a una oveja, sin trabajo y sin atisbar un rayo de luz a mis problemas. Todo se me hacían penumbras hasta que leí en el periódico un anuncio donde se necesitaban pilotos de submarinos en una empresa de investigación farmacológica. Me aceptaron el curriculum y fui citado para hacerme unas pruebas físicas y psicológicas. Cuando hubo terminado el examen me dijeron que había sido aceptado y que formaría parte de un experimento científico llamado Mecaplast B58.

Debería pilotar un minisubmarino y adentrarme dentro de un cuerpo humano para localizar y destruir un virus mortal que estaba creando una apocalíptica pandemia en la humanidad, el H1N1.

Para ello sería reducido, junto con el sumergible, a una millonésima parte de mi tamaño para poder inyectarme directamente al torrente sanguíneo. Las consecuencias de la reducción eran desconocidas puesto que solo se había probado en conejos, y estos acababan perdidos en las arterias de sus hermanos.

En el corazón todo se precipita, entro de la aurícula izquierda al ventrículo y de ahí salgo por la arteria Aorta a una velocidad vertiginosa hacia nuevos territorios. A través de diferentes canalizaciones no tardo en llegar a lo que creo que es el hígado puesto que me encuentro rodeado por un líquido viscoso y verde, que es igual a la bilis que vomitamos después de una buena borrachera.

De ahí consigo escapar y pongo rumbo a los riñones en busca del tan mortífero virus, pero en los filtros nefrones solo encuentro piedras calcáreas que le tienen que provocar más de un dolor a mi portador.

No tardo en llegar al estómago donde en una especie de mar ácido se desintegran todos los alimentos que llegan. Yo activo los motores que convierten mi medio de transporte en un potente avión, con el que me permite esquivar la muerte que acecha abajo, en el lago corrosivo. Me adentro en un gran torrente donde no deja de caer una finísima lluvia mortífera, mientras grandes turbulencias me zarandean de un lado a otro del abdomen, me acerco a otra compuerta que se llama píloro, antesala del fascinante mundo de los intestinos.

En el delgado parece que recorro kilómetros, aunque apenas son seis metros. De pronto noto cómo la nave es sacudida y golpeada con lo que a mí me parecen pedradas. Al asomarme a la ventanilla descubro que estoy rodeado por cientos de pequeños seres peludos y con largos colmillos, y una mirada diabólica que denota que no vienen con buenas intenciones. La hostilidad de los atacantes me lleva a la conclusión de que es el virus que venía buscando.

Puesto que la batalla es inevitable, abro las escotillas de los torpedos con las vacunas que debía probar, la N68, y les envío el primero. Las bajas causadas son numerosas pero al instante reemplazadas por nuevos virus, al disparar el segundo y causar el mismo desenlace empiezo a dudar de mis posibilidades de supervivencia. Pero una ayuda inesperada acude a fortalecerme en la cruenta batalla, miles de glóbulos blancos atacan a mis enemigos con sofisticadas armas que al hacer blanco en el objetivo desintegran al instante al individuo. Poco a poco las huestes enemigas van mermando en número y en virulencia.

Cuando ya lo teníamos todo ganado aparecen una cantidad de virus imposible de contar, millones tal vez, aparecen filtrándose a través de las paredes del intestino, sin saber de dónde vienen. Los leucocitos son derrotados y me quedo yo solo ante el peligro. Tengo que tomar una firme decisión sin saber cuales serán las consecuencias.

En el laboratorio de ensayo la llamaron “bomba atómica”, por la cantidad de medicamentos y de extraños componentes con los que hicieron la vacuna. No se sabía si además de matar al virus también podría dañar a otros órganos, pero ahora era el momento de descubrirlo. Deposité mi mano sobre el interruptor rojo y lo presioné con fuerza hasta el fondo. Durante unos instantes no pasó nada, pero una gran explosión dio paso a un agobiante temblor con el que dudé de salir vivo de allí. Fueron unos minutos de angustia, y cuando por fin llego la calma, a mí alrededor todo era vacío. Se habían volatilizado, los virus, los glóbulos blancos, restos alimenticios, todo. Sólo estaba mi querida nave sanguínea y un gran túnel de intestino, que me atraía y me asustaba como la gruta de una montaña. La vacuna había sido todo un éxito.

Avancé en solitario por la serpenteante galería intestinal, y a medida que avanzaba un olor escatológico, fácilmente reconocible, empezaba a filtrarse en el interior del habitáculo. Me acercaba al intestino grueso, más ancho y espacioso aunque el conglomerado de una sustancia viscosa y nauseabunda en continuo movimiento, hacía más difícil mi circulación. A ambos flancos se formaban remolinos y turbulencias, nubes tóxicas quizá, que al ser analizados por los sensores de la nave me diagnosticaban que era gases flatulentos.

En un desliz de tripulación me metí dentro de una de estas grandes nubes y ya no pude salir, me atrapó en sus fauces ponzoñosas, y me vapuleó de un lado para otro en inmensidad de volteretas, hasta llegué a pensar que me quedaría allí para siempre.

Conseguí vislumbrar a lo lejos una pequeñísima luz que me iluminó los ojos de esperanza, pero yo no era dueño de los mandos y me movía al capricho del tifón, que se iba acercando a esa pequeña abertura. La fuerza de la tormenta se hizo cada vez más agresiva y como si una eclosión de dinamita fuera, salí catapultado hacia el exterior, envuelto en una nube de gases y mal olor.

Desgraciadamente toda la salpicadura se quedó pegada en la tela de la ropa interior. Ya he mandado un mensaje al laboratorio para que me rescaten de este refugio contaminante. Y están haciendo todo lo posible para encontrarme en este nido inmundo.

 

Fernando García de la Rosa

Articulario

Articulario

"Las empalizadas de las ideas se verán incapaces de resistir, indeterminadamente, con los continuos embates de la sociedad".

 

De 'Ismos: apogeos del ayer, marginalismos del mañana" - Ángel Fdez. de Marco

El misterio de las catedrales

El misterio de las catedrales

Sabiduría: semilla que aún sin germinar provoca, en el hombre, esquejes de esperanza.

Hablar y sondear someramente "el Misterio de las Catedrales" de Fulcanelli significa internarse, premeditadamente, en un turbio, farragoso, pero excitante, desconcertante laberinto de aristas y recovecos con la propiedad impresa de la extraña fascinación. Y es que todo lo concerniente a este escritor (medio pensador, medio alquimista de la Francia y España de principios de siglo XX) se asoma al calificativo de lo insólito, lo enraizadamente extravagante -si me permiten la expresión-, y cada dato bio-bibliográfico del que se pueden exhumar razones, refrendan la particularidad y erudición a la que el autor se alía sin paliativos.
El libro traza un florido estudio de algunas muestras ejemplares de la arquitectura gótica francesa, y la del norte de España; hasta aquí, nada extraordinario bajo la impronta del sol. Aunque si a ello añadimos una descripción de los conjuntos escultóricos, vidrieras, pórticos, bajorrelieves, esculturas, sepulcros en clave alquímica, donde el simbolismo hermético (origen de las pasiones y debilidades del estudioso) desborda lirismo y asombrosas interpretaciones de las ciencias ocultas, el poso del libro no deja de despuntar brillo y peculiaridad: un rara avis con plumaje multicolor y canto críptico de resonancias hermosas.
Si el lector advenedizo se siente atraído por opúsculos en los que calarse, hasta el fondo, con las mallas del conocimiento histórico, y, se siente acomodado, en los meandros de la especulación ocultista, este volumen le producirá deleite hondo. Por el contrario, si sus pretensiones son la toma absoluta de las riendas del rigor positivista, es muy probable que el texto le ocasione una aridez desbordante de dimensiones notables, un incómodo tránsito en el que podría sentirse molesto por permanecer en su área de influencia.
"El misterio de las catedrales" soporta en sus hombros el sello de la polémica. Y es que tratándose de Fulcanelli, cada palabra e idea, cada recodo que le ampare, cada conjetura que le abrigue no puede inscribirse en otro subterfugio que no sea el de la controversia directa. Autores como Jacques Bergier, conocido por su libro "El retorno de los brujos", ya diseccionaron interesantes pasajes del autor galo y, al igual que él, se asomaron a los ventanales de la eternidad con obras de efectivo impacto.
Todavía hoy el legado del alquímico cobra vigencia con el paso del evo. Seguro que sus adeptos añoran el panorama esplendoroso de trabajos que, como los de su maestro, pudieron socavar con maestría los infinitos matices del patrimonio histórico del que se mostró un rutilante apasionado, un baluarte excepcional del conocimiento esotérico.


Álibe

Los rosáceos misterios de la frivolidad

Los rosáceos misterios de la frivolidad

 

¿Cómo fue a parar allí? ¿Quién la propuso el viaje? ¿Para qué acometerlo en solitario y en aquel momento? Las razones en la vida siempre florecen como cardillos pasiegos en las lindes del camino, salvo las de Fresita Mallory, siempre coloreadas entre los maullidos de Hello Kitty y las fiestas de graduación.

¿Cómo se produjo su repentino cambio? ¿Cómo su dorada cabecita renovó sus mechas frívolas por el color de la reflexión?

De aquel suceso sólo nos fue legado una copa medio consumida de Bloody Mary sin el labial de la sandez.

 

 

Álibe

Conjuro para seguir siendo nunca los mismos

Conjuro para seguir siendo nunca los mismos

Desandar a tientas la gramática

de tu escala en Sol menor.

Cambiar lo cotidiano.

 

Elegir noche metálica de pétalos de mosca.

 

Remover con estremecimiento en la locura.

 

Dejar macerar con ungüento de sobredosis

la resaca del último orgasmo.

 

Viajar con los pies a ras del cielo

los próximos mil años.

 

Reposar.

 

Hacer acopio de estrellas fugaces.

 

Tatuar con tinta invisible en tu pecho

o a estribor del presente en tus pupilas

la palabra fin.

 

 

Alfonso Gálvez Gómez

La otra acera

La otra acera

Para contrariar la costumbre, nuestros gobernantes han decidido que las calles de esta ciudad no tengan más que una acera. De manera que, invariablemente, tendremos que desplazarnos siempre por el mismo lado.
Se podría esperar que dicha medida provocara grandes escándalos y que suscitara uno que otro levantamiento entre nuestros conciudadanos, pero no ha sido así. Con buen ánimo, cada uno de nosotros ha sabido habituarse a la particularidad de estas calles.
Como una muestra cabal de nuestro respeto por las leyes (se equivoca quien hable de sumisión), hemos comenzado por suprimir ese ligero movimiento de levantar la mano y saludar a quien camina en frente.
Con el correr del tiempo y llegado el momento de escribir la historia, no habrá quien recuerde que un día, todos a una, acordamos de buena gana suprimir también ese brazo que nunca más volveríamos a levantar. Después de todo, no era más que una extremidad inútil que ya no tenía cabida en el paisaje de nuestra amada ciudad.

 

Carlos Adolfo de la Hoz Albor

Mundo Simbólico

Mundo Simbólico

CALAVERA

En un sentido general, es el emblema de la caducidad de la existencia, cual aparece en los ejemplos literarios del Hamlet y del Fausto. Sin embargo, como la concha del caracol, es en realidad "lo que resta" del ser vivo una vez destruido su cuerpo. Adquiere así un sentido de vaso de la vida y del pensamiento. Multitud de actos supersticiosos, rituales o derivados de la antropofagia provienen de este sentimiento.


CASA


Los místicos han considerado tradicionalmente el elemento femenino del universo como arca, casa o muro; también como jardín cerrado. El simbolismo arquitectónico tiene en la casa uno de sus ejemplos particulares, tanto en lo general como en el significado de cada estructura o elemento. La fachada significa el lado manifiesto del hombre, la personalidad, la máscara. Los distintos pisos conciernen a las dimensiones de la verticalidad y el espacio. El techo y el piso superior corresponden, en la analogía, a la cabeza y el pensamiento, y las funciones conscientes y directivas. Por el contrario, el sótano, corresponde al inconsciente y los instintos. La cocina, como lugar de transformación de los alimentos, puede significar el momento de una transformación psíquica en el estrato alquímico. La escalera es el medio de unión de los diversos planos psíquicos. Su significado depende de que se vea en sentido ascendente o descendente.

Ínsula

Ínsula

Ribetes de la suposición

Ribetes de la suposición


¿Por qué no subir al peldaño
de la burbuja añil
y probarse la máscara
de la cavilación surreal?

Empezemos a soñar
en el pentagrama de la claridad.

Si fuera aprendiz de luz,
un nogal de amatista,
un pomelo en la tarde,
un compás en V que sonríe:

el mar sería el legado
de las bondades ocultas.

Si fuera pirámide de miel,
maleza sobre los hombros del aire,
otro cardo hostigador de estrellas,
el mandil abierto y sin cruz:

la tierra volverá a germinar
entre miasmas de pureza.

Y si fuera espada de barro,
un círculo contraído,
la maza que golpea al poniente:

el fuego habitará, con vosotros,
con su lengua de sol y ceniza.

Y si fuera el triángulo justo,
la ballesta que apunta al lucero,
un rombito narcotizado:

La casa azul mutará su canto
entre susurros del desamor.



Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Perseguido

Perseguido

Por el horizonte dorado, sorteando las impresionantes moles de piedra de Monument Valley un jinete cabalga con paso lánguido sin apenas levantar polvo a su paso. Sin embargo, todas sus ropas de vaquero están blancas por el vómito arenoso del desierto de Arizona. Va mascando tabaco para saciar la sed de varios días racionando el contenido de la cantimplora y sin saber cuando encontrará el próximo pozo donde repostar agua.
Tira de las riendas de su caballo Bucéfalo y se dirige, esperanzado, a lo alto de una loma para divisar qué hay al otro lado, desde allí descubre cómo al pie de la ladera se alza un pequeño pueblo de apenas veinte o treinta casas de madera, que se diluyen en la nada a ambos lados de una calle que lo atraviesa por el medio.
Cuando llega, un gran tablero clavado en un poste reza el nombre de Mecaplast City. Se adentra por la polvorienta travesía, casi desierta, a no ser por un perro pulgoso o por los ancianos, quizá buscadores de oro retirados, que se sientan en las mecedoras a las puertas de sus casas, bajo la techumbre, a esperar a que se ponga el sol. Aunque el pueblo es pequeño, tiene su humilde iglesia, los establos que albergan a las escasas cabalgaduras y el granero que almacena el trigo y otros cereales. Y por supuesto, como en todo el oeste, un hotel y el saloon.
Clint, que así se llama el pistolero, se para frente al bar, baja del caballo y sube las traviesas de la entrada haciendo sonar las espuelas de sus botas. Se detiene unos instantes frente a las puertas abatibles, pensando si debe pasar o debe seguir su camino, pone sus manos sobre la madera, empuja y entra, en el mismo momento se hace silencio en el local y todas las miradas se dirigen a él. Tras la pausa todo vuelve a la normalidad, los jugadores al póker y el pianista al piano. Clint se acerca al mostrador y pide un whisky, podría pedir agua después de cabalgar por el yermo desierto, pero son muchas millas de abstinencia y necesita un trago, luego llenará su calabaza vinatera, y seguirá viaje sin rumbo fijo. Se lo bebe despacio, mirando hacia el fondo de la barra, sin girarse a ver qué clase de gente se encuentra en el local, porque sabe que son más o menos como los de todos los salones del oeste.
Desde una mesa cercana se levanta un hombre elegantemente vestido e invita al forastero a echar una partida al póker, el héroe solitario deniega la invitación porque ya está curtido en mil partidas y sabe que los tahúres de la timba son unos tramposos.
De un vistazo vio cómo se hacían señas unos a otros y cómo escondían los naipes por la boca de la manga. Por un momento, piensa que podría jugar con ellos y ganarles hasta las botas de montar pero el turbio pasado le cruza como un rayo, y no quiere jaleo, se ha propuesto cambiar de vida y llevar sus pasos por el buen camino. Para ello debe huir hacia otro territorio donde no esté en busca y captura, vivo o muerto, y donde no le persigan los cazarecompensas, aunque ha matado a muchos, cada vez son más jóvenes y más rápidos que él disparando con el revolver.
Se le acerca una bella señorita, con un vestido de seda negro y encajes rojos, al andar asoma por la raja de la falda una pierna interminable enfundada en una media de rejilla negra sujeta con un liguero rojo a juego con los encajes. Intenta insinuársele pero él sólo está de paso, ha venido al pueblo a tomar un trago y luego a continuar su camino. La fulana desiste vencida y se aleja hacia el negro que toca el piano para ver, desde su atalaya privilegiada, cómo se levanta un hombre con la ropa desaliñada y síntomas de estar borracho. Se acerca hasta donde está ella y le endilga una monumental bofetada por haber intentado tratos con el forastero.
Clint que lo ve todo, aprieta las mandíbulas y hunde su cara en el vaso de whisky, lo apura de una vez y enseguida pide otro. Hace un ademán al camarero para pedir la cuenta con la intención de pagar e irse. No quiere jaleos.
Desde que pasó al local, hay un hombre sentado solo en una mesa que lo mira intentando recordar por qué le suena su cara. Tal vez lo haya visto en un cartel donde pone que es buscado por la justicia. O quizá es un compañero itinerante de borrachera en algún pueblo perdido del oeste.
Decide entablar conversación con él. Al levantarse relucen las puntas de su estrella dorada que tiene en la solapa de su chaqueta. Es sheriff del condado. Se ajusta un punto más el cinturón y se coloca las cartucheras con las pistolas, dos Colt del 45.
Clint al ver que se acerca y que probablemente le ha reconocido, apura la copa, se cala bien el sombrero y hace un intento de marcharse pero el sheriff Wyatt le pone la mano en el hombro y lo detiene para invitarle a otro whisky.
Se niega con rotundidad a compartir barra con él, porque es un héroe solitario y ya nunca bebe con nadie, teme que el representante de la ley quiera entretenerle para apresarle y acabar con sus andanzas confinado en el calabozo, o tal vez directamente le cuelgue de la soga atada a un árbol. Wyatt se pone pesado e insiste en tomarse el chupito ya al borde de las malas maneras y la intimidación.
El forastero, que no quiere jaleos, acepta la invitación. Ve con parsimonia cómo le sirve el camarero otro lingotazo de whisky y tras entrechocar el cristal de su vaso con el del sheriff, brindan por la salud, y le apura de un trago. Le ofrece otro, pero Clint lo rechaza porque empieza a sentirse un poco ebrio y a calentársele el labio, no quiere terminar beodo perdido cayéndose al suelo a cada paso que dé. Su oponente no acepta el rechazo y empieza a levantar la voz insultando al hombre solitario que tan sólo baja la cabeza y aprieta los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de la manos. De súbito y con una rapidez incomprensible el sheriff saca el revolver y lo apunta al pecho, separándose de él unos pasos, en parte por miedo a ese pistolero del cual le suena su cara.
Clint se queda inmóvil mirando de soslayo cómo toman posiciones los secuaces, uno a la espalda de Wyatt y el otro unos metros a su derecha, los dos con la mano apoyada en la culata de la pistola. Él se ha sumido en un penetrante silencio absorto por el discurrir de los acontecimientos, a la espera de que suene un disparo y el cuerpo de uno de los dos quede en el suelo. Los duelistas se miran a los ojos, con miedo ante la inminente presencia de la muerte, relajados como sólo los asesinos saben hacer. Afuera el sol ya ha empezado a ponerse y deja sumido el pueblo en tinieblas, el saloon se oscurece, en la calle un perro callejero ladra y Wyatt desvía la mirada un momento, alterado por los ladridos, unas décimas de segundo quizá. Suficiente para que lo aproveche su oponente, que desenfunda, y ¡bang! , le dispara al corazón, dejándolo fulminado. Sus dos matones sacan sus pistolas, pero demasiado tarde, porque una bala se les aloja en el cerebro dejándolos muertos al instante, primero uno y luego otro, sin saber por donde han llegado los tiros. Dejando un olor a pólvora y a muerte.
Y así, con el revolver soltando humo por el extremo del tubo, mira en silencio a los presentes que le observan boquiabiertos. Vuelve a enfundar y deposita sobre la barra unas monedas, más que suficientes para pagar los whiskys, da media vuelta sobre sus talones y empuja las puertas de vaivén, cuando sale a la calle el poco sol de la media tarde le pega en sus vidriosos ojos, reconfortado por el calor del alcohol, monta sobre su caballo y tira de las riendas en dirección al otro extremo de la travesía por donde llegó. El destino es aún desconocido. Pero tiene claro que hay veces que no puede huir de los jaleos.


Fernando García de la Rosa

Una manzana de luz

Una manzana de luz

Una manzana de luz se reparte en heridas de cristal.
Los días lucen desterrados.
Todo aquí es génesis.
Azogada pradera, si no sombra de diluvio, ¿qué eras
cuando los días no se marchaban?
En estos espacios la claridad me lleva de la mano bajo
aves ligeras.
Este es el sitio que la arena sepultó en la siesta
del tiempo.
Aquí el verdor reconquista el reino de los encantadores
de neblina.
Por las vértebras de sal de la noche bogan los mendigos.
Los transeúntes buscan sus almas solos.
Por entre árboles morados ángeles negros tocan la noche
de cuero de cocodrilo. El cielo se pega a la costra de los
vegetales. Un pueblo aplastado por las pezuñas de la luna
desentierra voces sepultadas por marejadas de exilio.
Un adolescente oscuro mira desde un trono de luciérnagas
el paso de las cebras como cordón de brasas. Pasa un
elefante herido.
Bajo este cielo de cerámica, ritual, sólo un espejo de
arena donde se miran ojos cenicientos de víctimas inútiles.


Rafael Cadenas

Pasaron por aquí - Hans Christian Andersen

Pasaron por aquí - Hans Christian Andersen

Por Ricardo Lorenzo

En un frío otoño, Hans Christian Andersen, paseó por Aranjuez

El 2 de abril de 1806, en Odense, nació Hans Christian Andersen, el autor danés más universal, el padre de "La sirenita" y otros cuentos infantiles inmortales. Su propia vida parece un cuento escrito por él. Hijo de una familia muy humilde, a los once años queda huérfano. A los catorce viaja a Copenhague e intenta fortuna como actor. El director del Teatro Real, James Collins, ve algo especial más allá de su estrafalaria figura de adolescente gigante y desgarvado con cara de ave, y le paga los estudios en una prestigiosa academia. Allí, voraz, se lo lee todo. Se enamora de Shakespeare y se embeleza con Schiller.
Hans Christian Andersen (1806-1875) ha pasado a la historia de la literatura como un magnífico cuentista para niños. Sin embargo su obra es mucho más amplia y abarca la poesía, la novela y los libros de viaje. Andersen fue un gran viajero en una época en que muy poca gente viajaba. Realizó largos viajes por toda Europa y visitó España en dos ocasiones. La primera vez, entre septiembre y diciembre de 1862, y la segunda, en 1866, camino de Portugal. De su primera visita nació "Viaje por España", una narración entusiasta, adobada con la fina ironía que le caracterizaba.
En dicho libro Aranjuez aparece en dos ocasiones. La primera, entrevista apenas, al anochecer, desde el tren que lo lleva a Madrid desde Alcazar de San Juan: "... Se hizo la oscuridad y de repente ésta aumentó al meternos por un túnel de matorrales y árboles entrando en Aranjuez, oasis del desierto de la provincia de Madrid. Naturalmente, nos vino al punto a la memoria la frase del ´Don Carlos`de Schiller: ´Los días gloriosos de Aranjuez han tocado a su fin`. Nos detuvimos un par de minutos en la estación; vimos proyectarse la luz del farol sobre los raíles, reverberar en los canales, y los minutos en Aranjuez se pasaron. De nuevo volaba el tren hacia Madrid, en una hora estaríamos allí".
En Madrid Andersen pasará frío, mucho frío, un frío que le recuerda el soneto de Gongora: "El aire de Madrid es tan sutil/ que mata a un hombre/ y no apaga un candil". Pero, aparte del frío, la lluvia y el lodo, Madrid le regala las maravillas del Prado y la amistosa camaradería con gente como el Duque de Rivas, Eugenio Hartzenbush o Cánovas del Castillo.
En Madrid permanece tres semanas y decide partir hacia Toledo con parada en Aranjuez (Ventajas de la época de Andersen en las que se podía ir en tren a Toledo desde Aranjuez y no como ahora):"En el tren de la mañana salimos de Madrid... A la luz del día corríamos por la dilatada comarca, cuya fisonomía es mejor que su fama; no hay tanto desierto como dicen; es como un enorme pastizal, pero parte de él está ya bajo cultivo y mucho más va a ser cultivado. Llegando a Aranjuez, la zona muestra un parecido notable con Dinamarca: hay grandes árboles de tupida fronda y abundante maleza, y un parque cruzado por canales y rodeado de pequeños lagos; lo vimos a la luz de un frío otoño nórdico. La pequeña y edificada villa, con su palacio, su plaza delante del mismo, y su parque, parecía estar falta de gente; todo ello tenía un aspecto agradable, pero solitario y olvidado, como una finca abandonada por sus dueños. Bajo aquellos añosos árboles había pasado Felipe II sus ´días dichosos`. Aquí, en la darsena de los pequeños lagos había tenido Felipe IV su juguete, una diminuta armada."
Andersen pasa unas pocas horas en Aranjuez, las suficientes para percibir la atmósfera especial que la cubre de melancolía en los otoños fríos. Ahora le tocaba salir del oasis, subirse al tren y partir: "Saliendo por la vía de hierro de Aranjuez hacia Toledo, en seguida cambia el aspecto del paisaje; diríase que nos habíamos transportado a los alrededores de Roma, pues el amarillento Tajo se asemeja aquí sobremanera al Tiber. Pasamos corriendo por delante de caseríos solitarios y chozas abandonadas; en cada estación (Castillejos, Algodor) se agrupaba una abigarrada multitud. Al parecer, por todo este tramo del ferrocarril, las guardianas eran mujeres, empleadas en esta función. A cada momento veíase una madre, de pie, rodeada de chiquillos que le tiraban de la falda, mientras ella desplegaba la banderilla, blandiéndola en la dirección del tren".