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CÁLCULOS DEL AIRE

Trazos oníricos

Garabateo sueños a golpe de trazos que se difunden y pierden tras la escamosa neblina del desaliento.

 

Álibe

Ovillos de razón inquieta

Ovillos de razón inquieta

2

 

Ven a mi encuentro. Los milagros de la luz revelada fertilizan al núcleo de lo que nunca es aparente. Te materializas en un destello que nunca fue aceptado; te fundes en un haz de coloreadas especulaciones a través de los pernos de la belleza.

Más lejos de la inexplorada mística de los mares se esconde un cofre no envilecido.

Ahí, abajo, una ciudad submarina vela —a pesar de mi ceguera— los añorados corales de la libertad.

 

 

Álibe

Máscara renacida

Máscara renacida

                          Mientras el aire emponzoñado
                          cultive las alas del miedo
                          un espacio furtivo habrá
                          cerca de la inminente luz.

 

                          Donde el manglar enmarañe
                          el sueño y las algas del mal

                          conquisten sin patente
                          el respiradero de la vida,
                          un raso abierto de esperanza
                          se nos abrirá
                          desde los arrecifes
                          de las incordiosas tormentas.

 

                          Entre tanto
                          me incorporo,
                          camino a sorbo lento,
                          abro el ventanuco
                          que me comunica al útero
                          de la descarnada realidad;
                          puedo cruzar baldosas
                          de confusión,
                          me acerco a las esquinas
                          deseosas de solazarse
                          entre acertijos y oráculos;
                          convoco a las vestales;
                          arrojo al cráter
                          arteras profecías
                          que solo expelen sombra,
                          visión velada,
                          fuego fatuo condenado
                          a ser arlequín en el cadalso.

 

                          Dejadme renacer.

 

                          Quizás, —un día cualquiera—,
                          volveré a descerrejar
                          el vientre de las palabras
                          con el permiso de la lluvia.           

                   

 

Álibe

El bosque de los malditos

El bosque de los malditos

Si existe un espacio que deseo compartiros donde la leyenda y el capacho del misterio aglutinan una alianza poderosa y fidedigna es: el bosque de Aokigahara (Japón). Muy por encima de su indudable exuberancia paisajística—muy próxima a la cumbre del monte Fuji—predomina en él un halo formidable de atmósferas que concitan al desasosiego, y a la desesperanza, al recelo y al profundo malditismo que produce que cada año el número de suicidas que deciden finiquitar sus vidas, allí, aumente exponencialmente. Hasta tal punto se ha desarrollado tan alarmante hábito en los más de 35 km2 de extensión del parque, que las autoridades niponas se ven impotentes e inoperantes para colocar freno a tan siniestras estadísticas. Diversos investigadores mencionan que no es extraño toparse en su intrincada red de senderos con carteles disuarorios a los posibles senderistas con intenciones desesperadas; incluso en alguna entrada al bosque voluntariamente se emiten músicas de estilo heavy metal , a gran volumen y audibles a gran distancia, con la intencionalidad de romper con la paz anestesiante y abominada que parece expeler gran parte del recinto.

A continuación, como producto de la abundante literatura forjada en este rincón asiático, os ofrezco un breve poema de creación propia que intenta disponer de los caracteres sombríos y  lúgubres por los que esta floresta ya ha pasado a formar parte del imaginario colectivo de la humanidad.

 

 

 

Aokigahara

(El bosque de los malditos)

 

En el archipiélago de Cipango,
cuna oriental del sol,
bajo el esbelto monte Fuji
se extiende un mar esmeralda
de resonancias neblinosas.

Cuenta la leyenda que el mal
se emponderó en su cuerpo
y que un gran requero de víctimas
desfiló por sus fatales arterias.

Dicen que cuando el bosque te habla
la voluntad se desmorona,
la conciencia se muda,
un impulso te conduce a morir
dentro de la confusa arboleda.

Yo no sé qué voces escuchan
ni qué vientos glaciares les castigan;
yo, en la fresca madrugada,
cuando el sortilegio del búho
me ofrece su reclamo
entumezco el espíritu,
desvanezco sin levadura
que me brinde luz de sus ojos.

 

Álibe

A Ken Loach

A ti, viejo saurio

de las clases proletarias,

efigie marginalia

de los desarrapados del mundo

sometes al escrutinio de la cámara

el alquitrán de la injusticia,

el hedor de la desigualdad,

la bilis no libertaria.

 

Sabes, que, al anochecer,

en la duermevela de tus achaques

tu ajada bandera carmesí

prevalece

sobre la irrevencia del silencio.

 

 

Álibe

 

Texto nacido tras el visionado de la película "Sorry, we missed you" del director Ken Loach en los cines Golem de Madrid.

 

Pasaje a la eternidad (Brihuega y Atienza)

Pasaje a la eternidad (Brihuega y Atienza)

Con unas sorprendentes y benignas condiciones climáticas, Brihuega, la villa alcarreña, me recibe con su decoroso conjunto arquitectónico en una jornada enfundada con el sayo de la festividad. Olivia, como consumada y agradable acompañante, me guía y dirige durante un trayecto plácido, sereno, jubilosamente relajado; la niebla aparcelada bajo las orografías inferiores regalan una atmósfera reconfortante a lo largo del mediodía.

Mi desconcierto con la vestimenta es amplio y notorio; mientras en la ribera del Tajo el frío y la humedad se cebaban con virulencia sobre mis huesos, aquí, los rayos  del sol bendicen con generosidad mi salubridad, hasta el humor.

En Brihuega todo expele medievalismo. Sus calles, sus pulcros rincones meticulosamente restaurados en aras de una uniforme y deslumbrante estética, inunda este tablero erigido para la conservación de un trazado que sorprende y seduce.

Serpenteamos el casco histórico. Observamos, desde miradores puntuales, panorámicas excelsas que solicitan ser plasmadas en lucidos lienzos; atravesamos arcos de imponente factura; nos congraciamos con la Real Fabrica de Paños en la que jóvenes promesas de la pintura ejercitan su pasión con una fervorosa entrega.

En la hora del almuerzo decidimos enfilar el mascarón de proa hacia la coqueta localidad serrana de Atienza. Al llegar a ella me topo con un pueblecito pletórico de rubíes monumentales que, desde luego,  supera con creces mis expectativas iniciales.

Crear un inventario patrimonial sería muy osado por mi parte (atendiendo sobre todo al poco tiempo que permanecí) aunque destacaría: su plaza porticada de irregular estructura, el fastuoso Arco de Arrebatacapas y los blasones y fachadas que en impoluto estado forjan un aspecto de evidente reclamo visual.

Como no todo puede catalogarse como supremo, la contrapartida atencina llegó de la mano o del brazo del restaurante en el que decidimos cumplir nuestras necesidades alimentarias. El servicio de la terraza resultó precario, la gelidez del espacio me congelaba más que el cráneo alopécico, y los platos requeridos tal vez serían aptos pero únicamente para la nutrición de una piara de medio pelo.

De sorpresas supinas se encuentra saciado el reino de los avatares y los sueños. En esta ocasión tocó cubrir el espectro de las bienaventuranzas domésticas con el venerado sello de la antidisplicencia en pagos de alto relumbrón. Álibe dixit.

 

Ovillos de Agua

Ovillos de Agua

Cuando abandones el perturbador tumulto y emprendas marcha hacia los alcores del silencio, cuando sepas desprenderte de los superfluos atavíos que la vida -con insano regusto te otorgó-, podrás cruzarte con el hálito al que me someto sin temor cercano. Despósate con las luces enemigas del recelo; las campanas de los estímulos repicarán bajo la llegada de una nueva estación.

 

Álibe 

Los Nuba

Los Nuba

 

                          Como resplandor que combate

                          a la impúdica lluvia;

                          como brecha, aún abierta,

                          ante el rudo y traidor zarpazo;

                          como árida hambruna, orquestada,

                          por la milicia sudanesa

                          resiste… pueblo NUBA:

                          un cordón de jade os protege.

 

                          Nadie os negará

                          un nuevo amanecer

                          en el perdido Otaro Hills,

                          vuestras antiguas luchas

                          resonarán bajo el milagro

                          de las llanuras,

                          y, quien perturbe vuestra voz

                          acabará cual bocado de hienas.

 

                          Prestadme por un día

                          la máscara del sol

                          bañada en dignidad.

 

Álibe

 

 

* Del poemario "El eunuco impenitente"

Pelahustán

Pelahustán

Recalando de nuevo frente al volante, sumido en el impulso del descubrimiento y la chispa de la sorpresa viajera, regreso, un domingo más, al cubil real de los sueños cotidianos. Con la legaña matutina aún inserta mientras los rayos atmosféricos perpetran su misión diaria, mi mente —aún embotada por las numerosas actividades pasadas— se cimbrea entre los juncos de la luz y la aparente ansiedad. Tal circunstancia no será obstáculo para emprender la vestidura del atrevimiento y encaminarme hacia la Serranía de San Vicente (próxima a la celebérrima y gloriosa Sierra de Gredos).

Otra vez deseo pasar el rastrillo por la intencionalidad exploradora. Me obceco en creer que tal predisposición se sustenta mucho más lejos de una sólida tendencia al encuentro natural, a la singular contemplación de elementos arquitectónicos tradicionales, a la búsqueda y posterior embelesamiento de espacios que parecen etiquetados con la placa de lo exclusivo, insólito; considero que existen elementos que derivan de un sentimiento de liberación al acometer los trayectos que se dispersan como balines de escopeta veraniega por la España rural y de interior.

Sea cual fuere el ángulo primordial de las escapadas es irrefutable que me esperan sinuosos recorridos que parecen indemnes a los vaivenes de la actualidad; una naturaleza radiante que, en este epílogo primaveral especialmente molesto por los malditos pólenes, comienza a agostarse; sé que me ofrecerán su venia silencios capitulares; caminos, sendas y veredas que se muestran seguros e insobornables ante las limitaciones del observador peregrino.

Más allá de la belleza, más allá de la acción desafiante que supone cruzar laberintos geográficos sobre el tablero hispánico del olvido, fluye un plano de imprecisos límites. Siempre que bordeo un territorio desconocido, a veces cuando atravieso minúsculos poblados de extraño nombre, se refleja, en mi rostro, un destello que me conmina a perseguir nuevas sombras que puedan aliviar la desazón de los días; siento la necesidad de participar en un juego donde la pureza y la verdad forman los principales puntos cardinales del mismo.

Entre cauces metafísicos y demás componendas de hondura vuelvo a coleccionar nuevas estampaciones en mi álbum de recuerdos. Impregnados en la retina del cuore permanecerán las vitales masas boscosas que nutren el horizonte, los mastodónticos falos pétreos que gobiernan poéticamente a las villas de Pelahustán y Castillo de Bayuela, la presencia energética de la piedra y el seductor aislamiento, las gratas y apacibles conversas mantenidas con la otra parte del miniequipo de ruta.

A estas alturas concibo viajar como abrir una amplia red que nos conceda capturar estímulos ante el espejo de la redención.

 

 

Álibe

Yakushima

Yakushima

Detrás de la impronta musgosa

que impregna al feliz Jomonsugi¤

todo habita en verde roqueda.

Los riachuelos son sangre libre;

guareciéndose de la lluvia

observo a un ingenuo cervato.

 

En el interior de las brumas

cual extraño hechizo ancestral

el arco Torii echa raíces,

la humedad de los pensamientos

toma la senda de la noche,

dos figurillas de papel

alzan el vuelo sin destino.

 

¤Jomonsugi: arbol gigantesco y milenario de la isla nipona de Yakushima

 

 

Álibe

De Paraísos de bolsillo.

Método alibense

Método alibense

(Filtro 3)

 

Como luces del viento que afloran

en las rojizas lomas de la memoria,

 

como escalofríos crespusculares que laten

sobre los océanos del tiempo

subyace el dolor,

la agonía,

             la apología del color,

el conjunto de desavenencias

cuyas sombras son monolitos

adscritos al perfume de las nubes.

 

Nada permanece anquilosado.

La rueda del molino golpea

con fuerza. Un tibio aguacero

comienza a desbordarme

desde la cruz de los sentidos.

 

Álibe

 

   Pieza nacida, proyectada y moldeada en el seno de la actividad medusiana: "Los Librocidas" y que tuvo el honor de originarse bajo la laureada sombra del poeta español Jorge Manrique. En su eterna e imperecedera memoria.

 

La Morada de Álibe.  09/02/19.  Aranjuez.

Pasaje a la eternidad

Pasaje a la eternidad

Aunque la noche no fuera lo reconfortante que hubiera deseado y, el sueño, escaso, apenas haya sido lo reparador que uno hubiese querido, el calendario, en rojo, perfectamente marcado, no dejaba ningún género de dudas: tocaba salir a una nueva ruta dominical. El caserío de Villamanrique de Tajo esperaba.

Sobre las 10:30 la Sra. Ciurea y servidor iniciamos el viaje, y como viene siendo habitual, tras algún que otro despiste de carretera ocasionado por la densa congestión de brumas y nieblas matinales, llegamos a este pueblito limítrofe entre la provincia de Madrid y Toledo y que tan insospechadas emociones vendrían a generar durante las siguientes horas de descubrimiento.

Y es que —¡cuántas veces lo he podido advertir en propias carnes!— no es necesario que un enclave rebose magnanimidad, belleza superlativa, un extenso elenco monumental e histórico para que un paraje marque con hierro candente en el capacho emocional de uno; para ejemplo aquí les ofrezco a nuestra diminuta localidad de hoy.

La esencia villamanriqueña no es esencialmente exultante, ni mucho menos dispone de los atributos que la hagan acaparadora de un seguimiento turístico…, pero es portadora de hechizo, de embrujo, de dulzura engendrada bajo los parámetros de la sencillez, la sobriedad, la austeridad, la tibieza y un halo magnético que se desprende ya desde las primeras incursiones a pie.

Las viviendas, muchas de ellas resplandecientes y encaladas, nidifican parsimoniosas en unas callejuelas modestas, que se recorren cómoda y fácilmente. Atravesándolas es un deleite respirar la humorosa fragancia de chimeneas cercanas; la casi inexistencia presencia humana (pensando que la escasa población aún se mantenga remoloneando en sus casas en una húmeda y fresca mañana de domingo otoñal), y comprobar que el viajero, siempre bisoño aunque ávido en las aventuras de la vida, profana el aislamiento de la villa.

Un punto muy destacable de ella es su Área Recreativa. Cruzando su puente de madera sobre el amoroso río Tajo, gozamos de un parque natural saciado de verdor, de aparatos gimnásticos diseminados por el amplio espacio, cuyos tarays y pinos y zarzamoras y adelfas y sendas —bien delimitadas— permiten paseos libres, amables, gentiles, con el acompañamiento de los cantos voladores que amenizan un cielo que flirtea entre las nubes y un débil sol.

Después, para completar el menú de degustación, vendrá la silueta argéntea de la Iglesia: templo que me hace recordar las directrices estéticas empleadas por los arquitectos del antiguo Instituto de Colonización, y nuevas calles, y escasos rincones más que colocan y acotan brida a un lugar que en su pequeñez y jubilosa candidez reúne sus mayores aportes.

Excelente sabor dejaste, Villamanrique. Ten por seguro que regresaré. Tal vez la intuición de las aves migratorias que atraviesan el cortejo de los telares celestes puedan predecir, con resolución, algo al respecto.

 

 

Álibe.

Expediciones fluvio-literarias a la vera del Tajo. 

 

 

 


Horadaré
el túnel escarlata.
Dulce fricción.


Álibe

Entre rejas

Entre rejas

Recuerdo los vanos intentos del ocaso en deshilachar las fibras desgastadas del día. Con el estómago perforado por una madeja repleta de nervios, y la pesadez plúmbea de mis huesos en estas tardías horas de la jornada, el imponente portalón del presidio me espera. Antes de entrar en él no siento grandes necesidades; ninguna preocupación personal se cruza como espesa barbotina por mi mente. Mi cuerpo, mi organismo –también la parte correspondiente al ámbito no físico, corporal –parece diluirse en una fragancia laxa, de desgana, se divide y debilita en múltiples partículas que osan desembocar en un colorido territorio, lleno de desconocimiento.

En estos momentos no sufro ningún ápice de culpabilidad. La justicia desea ejecutar su cometido y, asumo los cargos delictivos que se me imponen, con un grumoso estoicismo hasta la fecha irreconocible.

Ahora que mi cabeza merodea por cierto nivel de abotargamiento, en el inicio de lo que se supone será mi mayor calvario vital, me pregunto: qué resortes dispone el metal de la ley para no errar; dónde coloca las balizas de la equidad (pero aquella, la verídica, que no siempre coincide con la rubricada); qué parámetros emplea para ser tendidos sobre las cuerdas de lo ejemplarizante; qué razones garantes prioriza ante tantos casos contagiados por el desacierto y la equivocación.

Es curioso: obvio todo aquello que afecta a mi persona, sin embargo me alerta, me daña, me produce desazón sospechar de tan innúmero de dictámenes que recalan, en el mundo entero, en la panorámica de la impunidad.

Pensar en la imperfección humana me aterra, cavilar sobre las nocivas consecuencias que muchos sufren por la artera condición del poder me enerva, me regurgita la bilis tras el tapiz del silencio.

Tan solo unos metros me separan para enmohecer mi cuerpo bajo el caparazón protector de mamá Estado. Mi conciencia, fruto parejo de realidad y ensoñación, se sumerge en el fluido viscoso de la catalepsia. Conmigo un nuevo maniquí homicida será fresco cebo para el moscardón del hastío.

 

Reflejos de tinta azul.

Álibe

 

El santuario de las mariposas

 

Humedal de Ontígola

 

 

Autómatamente, con los pies y la mente encallados hacia la diáspora de la imaginación, se dirige el doncel al humedal de los sueños.

Antes de su llegada confunde pasos, desorienta el trazado que le bendecirá, consulta a un ente solitario el medio para alcanzar el santuario con el que coaligar con la luz.

Una vez dentro del tupido laberinto, se preguntará…

 

1.- Qué sientes maleza cuando repueblas de vida a los lepidópteros que preparan, de nuevo, su carnaval primaveral.

2.- Qué se siente junco cuando velas por la salud del embalse sin más apoyo que la asimétrica generosidad de los espíritus.

3.- Qué se siente mariposa al contemplar como un simple mortal se empeña en codificar tus piruetas, y, bien sabes, que fracasará en el intento.

4.- Qué se siente atalaya en tus vertiginosas poses, en el consumo amaderado del tiempo, en el perezoso latido de una lluvia que confunde su salto al vacío.

5.- Qué se siente lagarto, qué se siente tábano en tu harén de heces cuando la colmena humana os ignora éste cónclave de fertilidad y aislamiento.

 

No todas las sendas te veneran, santuario. Me encaramo desde la nube. Gira la rueca de las horas. Una garza planea sobre los renglones agrestes del destino.

 

 

Álibe

 

De apátridas

Alcarreñas (Pieza 2)

Alcarreñas  (Pieza 2)

                          De nuevo, enarbolados,

                          se hacen visibles,

                          los cánticos de tierra inhóspita.

                          Ni el lascivo verdor,

                          ni los huecos fosilizados

                          del deleite,

                          ni las vigas del lavadero

                          podrán silenciar

                          nuestros ditirambos de infancia.

 

                          Por encima del instante

                          irrumpen recias campanas,

                          las huellas vernáculas de un hombre

                          libre y atónito.

                          En un instante

                          fui obsequiado con una caracola

                          consignada a la ausencia.

 

 

Álibe

 

De El eunuco impenitente.

 

                          Furibundo arde el palacio.

                          Su techumbre se derrite

                          como melaza al soplete.

                          Se derrumba su cubierta,

                          así como el bargueño de un rostro

                          hastiado de termitas y mezquindad.

                          1764.  La Avenida te vio nacer

                          en la diagonal simbiótica

                          de la perfección y la metáfora;

                          ahora, tu noble anatomía,

                          se convierte en fatal herida que recorre

                          la vía dolorosa de tus vecinos.

                          Recuerdo a Farinelli,

                          il piu famoso castrato della storia

                          con su virtud de rizo neoclásico

                          y sus arias de mármol y fantasía

                          entre doseles de placidez.

                          ¡Cuán lejos quedáis imágenes!,

                          cuando hoy, os toca bailar

                          con la grotesca partenaire de la derrota.

                          Brasas del atardecer,

                          teas que sólo obedecen

                          a la batuta de Hefesto;

                          humos y espirales tóxicas

                          a punto de esposarse con el mal

                          conforman la pugna

                          contra el sortilegio de la belleza.         

         

 

                        Álibe

 

                       El eunuco impenitente

La Graciosa

La Graciosa

Yace bermeja, la envoltura

vitalicia que empondera

el clamor de la cumbre.

En el puerto, mis pasos,

imanes festoneados

con el polo de la dicha,

callan,

no reflexionan,

tan sólo acaban tumbándose

sobre la hamaca de los sueños.

 

 

Álibe

 

De "Paraísos de bolsillo"

 

 


Apátridas

Apátridas