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CÁLCULOS DEL AIRE

Pasaje a la eternidad. Estío 2021.

  • Viernes, 20 de agosto

 

Otra vez enfilo la daga literaria hacia el cuerpo del diario. Sin atenerme a la racionalidad regreso a él como ese movimiento involuntario que se desarrolla más por hábito que por intención, más por confort y nostálgica que por sentido responsable y ordenado.

Posiblemente traspaso sus lindes para aplacar las tensiones generadas por las inoperancias del estío, para solicitar al albur mayores dosis de riesgo y apasionamiento; quizás, también, para recrearme, de nuevo, en el sueño de fantasía del que aún no deseo apearme.

Continúo con la necesidad de cambio vivencial. La búsqueda de otro espacio geográfico en el que orbitar los quehaceres comunes y mis proyectos creativos toma un valor esencial, mayúsculo, primordial que no cesa de litografiarse en mi cerebro. Horas diarias empleo en el cometido. Internet debe permanecer hasta el gorro  conmigo: dale a vistazos,  vistazos… para, al final, no tomar decisiones concluyentes. De momento al menos.

Otra de las obsesiones que se han forjado en los últimos meses es la querencia hacia el mundo de las estilográficas. Cosmos rico, variado, muy curioso, estético e idealista, romántico —sin perder su obvia funcionalidad— con un componente cultural y asomado al pasado muy firme que, hoy en día, parece disfrutar de una segunda juventud.

Casoplón maldito - Al final de la escalera.

Casoplón maldito - Al final de la escalera.

Deleite para los cinéfilos sumergirse en esta producción ya mítica de los 80. Y es que esta creación audiovisual, encabezada por la excelente pericia de Peter Medak, nació para ser banderola de un cine que combinaba como ninguno la calidad artística con el éxito de taquilla.

El título es arropado por una trama bien gestionada; con un ritmo sólido no trepidante pero incapaz de diluirse a medida que el metraje transcurre. La ambientación y la tensión se tejen con sincronía a través de una adecuación musical extraordinaria a cargo de Rick Wilkins.

Es curioso percibir cómo el subgénero de las Casas Encantadas y lo Sobrenatural en esta muestra alcanza un nivel tan elevado —a mi juicio un escalón por debajo de títulos como “El Resplandor” y “Poltergeist”— y que luego generaría en la proliferación de filmes que copiaron clichés y elementos dentro de una mediocridad apabullante.

Para los amantes de este cine, están de enhorabuena con la degustación de la cinta. Se mantendrán atentos en el goce de un clásico que tolera perfectamente el enmohecimiento del tiempo, sin (eso espero) demasiadas pesadillas.

 

Álibe

El soñador

El soñador

Apenas asoma la luz. Unas débiles insinuaciones nubosas predicen que la energía del día canalizará, pronto, al cubículo del sueño. El hombre recostado sobre su maduro cansancio tan solo edifica cálculos mentales de su insípida jornada, turbias añoranzas que le cercan la garganta, tan solo compone temores que arremolinados planean a través de sus venas de confusión. Las ruinosas columnas —revestidas de sarna atemporal— le contemplan, le contemplan como ese ser que a punto está de ser derrotado en la partida final de los espejos.

No hay relojes que midan la cadencia de su pulso, tampoco veletas que intuyan donde el céfiro pronosticará nuevas agonías durante el otoño. Hay silencio, tamujos, árboles púberes que aún se avergüenzan de su desnudez, la mano de Friedrich cuando palpita con la magnitud poderosa del bermellón, indicios que los posos de la incertidumbre escalan con libertad a través del muro.

¿Quién se atrevió a predecir que los arcos de la virtud esconden el secreto de viejas civilizaciones? ¿Quién escondió la pócima de la verdad? ¿Qué tesoros nos fueron usurpados cuando pestañeamos a través del mirador de la imaginación?

Hombre, desenreda tus pasos. Regresa por el sendero que te otorgó los dones que jamás sospechaste. Retorna al hogar. Debes saber que ya cruzó el cernícalo que robó el sello de tu mirada.

 

Álibe

 

*  Prosa poética generada a través de la inspiración, observación e interpretación literaria del cuadro "El soñador", del pintor alemán Caspar David Friedrich. En homenaje a la escuela romántica, cuna y espejo primodial del que la imagineria alibense se siente fraternalmente deudora. 


El cementerio de los idiomas

El cementerio de los idiomas

Nada escapa al inexorable paso del tiempo. También los idiomas —como vehículos lingüísticos, funcionales y culturales de la condición humana— nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren como cualquier organismo vital conocido y por conocer. El final de los lenguajes no entiende de criterios históricos, hegemónicos, de cualquier prevalencia sobre sus coetáneos o predecesores; al final, todos, acabarán en el osario de las lenguas fallecidas con mayor o menor fortuna.

Los factores son múltiples y en ocasiones se combinan varios de ellos para facilitar el desarrollo del evento:

 

  • Muda o relevo lingüístico de un idioma original a otro importado o en proceso de gestación.

 

  • Transformación lingüística del mismo al grado de perder, totalmente, su naturaleza esencial.

 

  • Fallecimiento de los últimos hablantes nativos del idioma.

 

 

            En este último caso, me gustaría destacar el testimonio poético y desalentador de Johnny Hill, de Parker, Arizona, uno de los últimos habitantes de la lengua amerindia chemehuevi: “Nuestro idioma es como contemplar diariamente a un pájaro que pierde las plumas. Cuando ves pasar una de ellas, frente a ti, azotada por el viento, es como despedirse de una palabra que jamás volverá”.

 

Como es evidente existe una extensísima relación de lenguajes que han sucumbido a lo largo de la historia; no hay que retrasar demasiado las manecillas del reloj para retraernos a esas clases de latín y griego que algunos disfrutamos en las aulas y, que hoy, parecen remedos de un pasado alojado en el lecho del ostracismo.

Basta por ejemplo con mencionar algunas lenguas desaparecidas en la última década para constatar que el proceso es irreversible, y que la velocidad de destrucción de las mismas se incrementa a un ritmo acelerado y vertiginoso.

 

Las conclusiones que pueden extraerse de este fenómeno son tan variadas como complejas y la formulación de aspectos que generan esta hemorragia cultural, —por encima de las concernientes al legado lingüístico— ahondan en una fractura emocional de enormes proporciones que embarga al conjunto patrimonial de la humanidad.

 

Si bien, como manteníamos en el encabezado, el proceso idiomático tiende a debilitarse en el 90 % de la paleta dialectal del planeta, y existe una responsabilidad institucional evidente que, en muchas ocasiones, peca de laxa y relajada frente a esta situación.

A pesar de todo la voluntad de los pueblos ofrece actuaciones de interés como es el trabajo que se acomete con el hebreo, quechua, sánscrito, náhuatl; lejos de perder fuelle se les intenta brindar con programaciones divulgativas y educativas que les produzca cosechar frutos, resultados ventajosos a largo plazo.

Si existe un elemento, un rasgo, una manifestación que nos acompaña desde la noche de los tiempos es la existencia de los idiomas, las lenguas, los dialectos que se dispersan como vuelo de libélula a lo largo de la tierra.  Muchas veces no ser testigo de sus pompas fúnebres no nos exime de cierto grado inconsciente y falto de compromiso.

Alianzas del aire

Alianzas del aire

                          Uno puede dormir tranquilo
                          cuando las amapolas alzan
                          su canto en la bahía del recuerdo;
                          cuando la arena de mis pies
                          vela armas,
                          y el pesado cofre de la alcoba
                          languidece.

                          Tanto rumor de la noche
                          sacia cualquier sed vital
                          en las ruginosas ventanas
                          del abandono.

                          Uno es abatido por las flechas
                          mientras el exterior orbita
                          con el paso cambiado
                          y confuso en el avance;
                          mientras los rayos del altozano
                          juegan frescos, jubilosos
                          en la infinitud del campo;
                          cuando las fronteras
                          deciden derribar
                          sus amenazantes torreones
                          ante la llegada del cierzo.

                        

                         Reposan los brazos

                          como arroyos solo visibles
                          por el grafito de la memoria.

                          Se diluyen los ojos
                          en nubes de amatista,
                          en las simas de un corazón
                          que perdió cicuta y blindaje.

                          Rehuyen las manos;
                          se fuga la mente:
                          marea entre dos fuerzas
                          que, hoy, cercenan tu nombre.

                          Uno puede dormir tranquilo.

                          Lirios de acero restauran

                          alianzas del aire.

 

 

 álibe

 

 

 

Otra vez regresa el satén de la lluvia para dejarse de nuevo seducir. Desde el interior de mi madriguera la contemplo, la revivo, la custodio como ese elemento familiar que se ausenta por largas temporadas de casa y, que, en su llegada, se hace merecedor de múltiples afectos y muestras de cariño.

De nuevo retorno al cajón del diario para rellenar esos renglones de la memoria que empezaban a destilar olor a naftalina. Desconozco el motivo pero, da igual: permanezco fiel al impulso del vómito de las reflexiones, la misma fidelidad de un niño que reclama su ingente porción de protagonismo a los progenitores.

Otra vez conecto con la escritura para alejar el llanto, para cubrir de arenisca la bóveda de los dañinos pensamientos. Otra vez me acerco a ella para destetarme (si fuera posible) de esas ubres de la enmohecida realidad que recala, cada día, con un brío y una rotundidad imperativa y tiránica.

Hastiado de las funestas noticias de la pandemia, de la crispación política que merma mi apego a las señas más representativas del Estado… asomo con descaro el hocico tanto al universo de la fantasía como al terreno de los proyectos más prosaicos y lucrativos. La idea de reconducir el oficio de las letras al panorama del marketing toma fuerza a medida que los meses se dilapidan.

Hay una pequeña escama que merodea cerca de mí: la falta de equilibrio entre el deseo y la obligación; o sea, la de cumplir mis pasiones literarias con las de conjugar mis responsabilidades textuales con los clientes. Siento que son dos fuerzas agregadas, opuestas, dos cabezas de Medusa que van a su libre albedrío y que tratan de dominar la una a la otra. En esa situación debo aparecer en el escenario en el papel de reconciliador, pacificador, mediador, servir de árbitro que con buen tino, paciencia y acierto sepa ponderar a ambas fieras.

Mientras la lluvia apenas deja rastro en las ventanas del hogar el frío, el frío personal, se presenta y se instala en el despacho mientras aporreo el teclado. Normal, cuando el silencio que atraviesa cada poro de mi anatomía es preludio de una melancolía que ya es patrimonio genérico y compartido con el resto de habitantes del planeta.

A estas alturas no sé que puede asolar más: si la patología infecciosa o la hondonada emocional que sufre el humano durante estos tramos temporales tan aciagos.

Al tanto, aún hoy, las fuerzas me permiten alzar la divisa verdosa del consuelo. Mañana que el destino interceda y, que mi mano pueda liberarse, una vez más, de los amenazantes grilletes del temor.

 

 

Álibe

Publisuites

Aborigen

Aborigen

Trazos oníricos

Garabateo sueños a golpe de trazos que se difunden y pierden tras la escamosa neblina del desaliento.

 

Álibe

Ovillos de razón inquieta

Ovillos de razón inquieta

2

 

Ven a mi encuentro. Los milagros de la luz revelada fertilizan al núcleo de lo que nunca es aparente. Te materializas en un destello que nunca fue aceptado; te fundes en un haz de coloreadas especulaciones a través de los pernos de la belleza.

Más lejos de la inexplorada mística de los mares se esconde un cofre no envilecido.

Ahí, abajo, una ciudad submarina vela —a pesar de mi ceguera— los añorados corales de la libertad.

 

 

Álibe

Máscara renacida

Máscara renacida

                          Mientras el aire emponzoñado
                          cultive las alas del miedo
                          un espacio furtivo habrá
                          cerca de la inminente luz.

 

                          Donde el manglar enmarañe
                          el sueño y las algas del mal

                          conquisten sin patente
                          el respiradero de la vida,
                          un raso abierto de esperanza
                          se nos abrirá
                          desde los arrecifes
                          de las incordiosas tormentas.

 

                          Entre tanto
                          me incorporo,
                          camino a sorbo lento,
                          abro el ventanuco
                          que me comunica al útero
                          de la descarnada realidad;
                          puedo cruzar baldosas
                          de confusión,
                          me acerco a las esquinas
                          deseosas de solazarse
                          entre acertijos y oráculos;
                          convoco a las vestales;
                          arrojo al cráter
                          arteras profecías
                          que solo expelen sombra,
                          visión velada,
                          fuego fatuo condenado
                          a ser arlequín en el cadalso.

 

                          Dejadme renacer.

 

                          Quizás, —un día cualquiera—,
                          volveré a descerrejar
                          el vientre de las palabras
                          con el permiso de la lluvia.           

                   

 

Álibe

El bosque de los malditos

El bosque de los malditos

Si existe un espacio que deseo compartiros donde la leyenda y el capacho del misterio aglutinan una alianza poderosa y fidedigna es: el bosque de Aokigahara (Japón). Muy por encima de su indudable exuberancia paisajística—muy próxima a la cumbre del monte Fuji—predomina en él un halo formidable de atmósferas que concitan al desasosiego, y a la desesperanza, al recelo y al profundo malditismo que produce que cada año el número de suicidas que deciden finiquitar sus vidas, allí, aumente exponencialmente. Hasta tal punto se ha desarrollado tan alarmante hábito en los más de 35 km2 de extensión del parque, que las autoridades niponas se ven impotentes e inoperantes para colocar freno a tan siniestras estadísticas. Diversos investigadores mencionan que no es extraño toparse en su intrincada red de senderos con carteles disuarorios a los posibles senderistas con intenciones desesperadas; incluso en alguna entrada al bosque voluntariamente se emiten músicas de estilo heavy metal , a gran volumen y audibles a gran distancia, con la intencionalidad de romper con la paz anestesiante y abominada que parece expeler gran parte del recinto.

A continuación, como producto de la abundante literatura forjada en este rincón asiático, os ofrezco un breve poema de creación propia que intenta disponer de los caracteres sombríos y  lúgubres por los que esta floresta ya ha pasado a formar parte del imaginario colectivo de la humanidad.

 

 

 

Aokigahara

(El bosque de los malditos)

 

En el archipiélago de Cipango,
cuna oriental del sol,
bajo el esbelto monte Fuji
se extiende un mar esmeralda
de resonancias neblinosas.

Cuenta la leyenda que el mal
se emponderó en su cuerpo
y que un gran requero de víctimas
desfiló por sus fatales arterias.

Dicen que cuando el bosque te habla
la voluntad se desmorona,
la conciencia se muda,
un impulso te conduce a morir
dentro de la confusa arboleda.

Yo no sé qué voces escuchan
ni qué vientos glaciares les castigan;
yo, en la fresca madrugada,
cuando el sortilegio del búho
me ofrece su reclamo
entumezco el espíritu,
desvanezco sin levadura
que me brinde luz de sus ojos.

 

Álibe

Pasaje a la eternidad (Brihuega y Atienza)

Pasaje a la eternidad (Brihuega y Atienza)

Con unas sorprendentes y benignas condiciones climáticas, Brihuega, la villa alcarreña, me recibe con su decoroso conjunto arquitectónico en una jornada enfundada con el sayo de la festividad. Olivia, como consumada y agradable acompañante, me guía y dirige durante un trayecto plácido, sereno, jubilosamente relajado; la niebla aparcelada bajo las orografías inferiores regalan una atmósfera reconfortante a lo largo del mediodía.

Mi desconcierto con la vestimenta es amplio y notorio; mientras en la ribera del Tajo el frío y la humedad se cebaban con virulencia sobre mis huesos, aquí, los rayos  del sol bendicen con generosidad mi salubridad, hasta el humor.

En Brihuega todo expele medievalismo. Sus calles, sus pulcros rincones meticulosamente restaurados en aras de una uniforme y deslumbrante estética, inunda este tablero erigido para la conservación de un trazado que sorprende y seduce.

Serpenteamos el casco histórico. Observamos, desde miradores puntuales, panorámicas excelsas que solicitan ser plasmadas en lucidos lienzos; atravesamos arcos de imponente factura; nos congraciamos con la Real Fabrica de Paños en la que jóvenes promesas de la pintura ejercitan su pasión con una fervorosa entrega.

En la hora del almuerzo decidimos enfilar el mascarón de proa hacia la coqueta localidad serrana de Atienza. Al llegar a ella me topo con un pueblecito pletórico de rubíes monumentales que, desde luego,  supera con creces mis expectativas iniciales.

Crear un inventario patrimonial sería muy osado por mi parte (atendiendo sobre todo al poco tiempo que permanecí) aunque destacaría: su plaza porticada de irregular estructura, el fastuoso Arco de Arrebatacapas y los blasones y fachadas que en impoluto estado forjan un aspecto de evidente reclamo visual.

Como no todo puede catalogarse como supremo, la contrapartida atencina llegó de la mano o del brazo del restaurante en el que decidimos cumplir nuestras necesidades alimentarias. El servicio de la terraza resultó precario, la gelidez del espacio me congelaba más que el cráneo alopécico, y los platos requeridos tal vez serían aptos pero únicamente para la nutrición de una piara de medio pelo.

De sorpresas supinas se encuentra saciado el reino de los avatares y los sueños. En esta ocasión tocó cubrir el espectro de las bienaventuranzas domésticas con el venerado sello de la antidisplicencia en pagos de alto relumbrón. Álibe dixit.

 

Ovillos de Agua

Ovillos de Agua

Cuando abandones el perturbador tumulto y emprendas marcha hacia los alcores del silencio, cuando sepas desprenderte de los superfluos atavíos que la vida -con insano regusto te otorgó-, podrás cruzarte con el hálito al que me someto sin temor cercano. Despósate con las luces enemigas del recelo; las campanas de los estímulos repicarán bajo la llegada de una nueva estación.

 

Álibe 

Pelahustán

Pelahustán

Recalando de nuevo frente al volante, sumido en el impulso del descubrimiento y la chispa de la sorpresa viajera, regreso, un domingo más, al cubil real de los sueños cotidianos. Con la legaña matutina aún inserta mientras los rayos atmosféricos perpetran su misión diaria, mi mente —aún embotada por las numerosas actividades pasadas— se cimbrea entre los juncos de la luz y la aparente ansiedad. Tal circunstancia no será obstáculo para emprender la vestidura del atrevimiento y encaminarme hacia la Serranía de San Vicente (próxima a la celebérrima y gloriosa Sierra de Gredos).

Otra vez deseo pasar el rastrillo por la intencionalidad exploradora. Me obceco en creer que tal predisposición se sustenta mucho más lejos de una sólida tendencia al encuentro natural, a la singular contemplación de elementos arquitectónicos tradicionales, a la búsqueda y posterior embelesamiento de espacios que parecen etiquetados con la placa de lo exclusivo, insólito; considero que existen elementos que derivan de un sentimiento de liberación al acometer los trayectos que se dispersan como balines de escopeta veraniega por la España rural y de interior.

Sea cual fuere el ángulo primordial de las escapadas es irrefutable que me esperan sinuosos recorridos que parecen indemnes a los vaivenes de la actualidad; una naturaleza radiante que, en este epílogo primaveral especialmente molesto por los malditos pólenes, comienza a agostarse; sé que me ofrecerán su venia silencios capitulares; caminos, sendas y veredas que se muestran seguros e insobornables ante las limitaciones del observador peregrino.

Más allá de la belleza, más allá de la acción desafiante que supone cruzar laberintos geográficos sobre el tablero hispánico del olvido, fluye un plano de imprecisos límites. Siempre que bordeo un territorio desconocido, a veces cuando atravieso minúsculos poblados de extraño nombre, se refleja, en mi rostro, un destello que me conmina a perseguir nuevas sombras que puedan aliviar la desazón de los días; siento la necesidad de participar en un juego donde la pureza y la verdad forman los principales puntos cardinales del mismo.

Entre cauces metafísicos y demás componendas de hondura vuelvo a coleccionar nuevas estampaciones en mi álbum de recuerdos. Impregnados en la retina del cuore permanecerán las vitales masas boscosas que nutren el horizonte, los mastodónticos falos pétreos que gobiernan poéticamente a las villas de Pelahustán y Castillo de Bayuela, la presencia energética de la piedra y el seductor aislamiento, las gratas y apacibles conversas mantenidas con la otra parte del miniequipo de ruta.

A estas alturas concibo viajar como abrir una amplia red que nos conceda capturar estímulos ante el espejo de la redención.

 

 

Álibe

Yakushima

Yakushima

Detrás de la impronta musgosa

que impregna al feliz Jomonsugi¤

todo habita en verde roqueda.

Los riachuelos son sangre libre;

guareciéndose de la lluvia

observo a un ingenuo cervato.

 

En el interior de las brumas

cual extraño hechizo ancestral

el arco Torii echa raíces,

la humedad de los pensamientos

toma la senda de la noche,

dos figurillas de papel

alzan el vuelo sin destino.

 

¤Jomonsugi: arbol gigantesco y milenario de la isla nipona de Yakushima

 

 

Álibe

De Paraísos de bolsillo.

Método alibense

Método alibense

(Filtro 3)

 

Como luces del viento que afloran

en las rojizas lomas de la memoria,

 

como escalofríos crespusculares que laten

sobre los océanos del tiempo

subyace el dolor,

la agonía,

             la apología del color,

el conjunto de desavenencias

cuyas sombras son monolitos

adscritos al perfume de las nubes.

 

Nada permanece anquilosado.

La rueda del molino golpea

con fuerza. Un tibio aguacero

comienza a desbordarme

desde la cruz de los sentidos.

 

Álibe

 

   Pieza nacida, proyectada y moldeada en el seno de la actividad medusiana: "Los Librocidas" y que tuvo el honor de originarse bajo la laureada sombra del poeta español Jorge Manrique. En su eterna e imperecedera memoria.

 

La Morada de Álibe.  09/02/19.  Aranjuez.

Pasaje a la eternidad

Pasaje a la eternidad

Aunque la noche no fuera lo reconfortante que hubiera deseado y, el sueño, escaso, apenas haya sido lo reparador que uno hubiese querido, el calendario, en rojo, perfectamente marcado, no dejaba ningún género de dudas: tocaba salir a una nueva ruta dominical. El caserío de Villamanrique de Tajo esperaba.

Sobre las 10:30 la Sra. Ciurea y servidor iniciamos el viaje, y como viene siendo habitual, tras algún que otro despiste de carretera ocasionado por la densa congestión de brumas y nieblas matinales, llegamos a este pueblito limítrofe entre la provincia de Madrid y Toledo y que tan insospechadas emociones vendrían a generar durante las siguientes horas de descubrimiento.

Y es que —¡cuántas veces lo he podido advertir en propias carnes!— no es necesario que un enclave rebose magnanimidad, belleza superlativa, un extenso elenco monumental e histórico para que un paraje marque con hierro candente en el capacho emocional de uno; para ejemplo aquí les ofrezco a nuestra diminuta localidad de hoy.

La esencia villamanriqueña no es esencialmente exultante, ni mucho menos dispone de los atributos que la hagan acaparadora de un seguimiento turístico…, pero es portadora de hechizo, de embrujo, de dulzura engendrada bajo los parámetros de la sencillez, la sobriedad, la austeridad, la tibieza y un halo magnético que se desprende ya desde las primeras incursiones a pie.

Las viviendas, muchas de ellas resplandecientes y encaladas, nidifican parsimoniosas en unas callejuelas modestas, que se recorren cómoda y fácilmente. Atravesándolas es un deleite respirar la humorosa fragancia de chimeneas cercanas; la casi inexistencia presencia humana (pensando que la escasa población aún se mantenga remoloneando en sus casas en una húmeda y fresca mañana de domingo otoñal), y comprobar que el viajero, siempre bisoño aunque ávido en las aventuras de la vida, profana el aislamiento de la villa.

Un punto muy destacable de ella es su Área Recreativa. Cruzando su puente de madera sobre el amoroso río Tajo, gozamos de un parque natural saciado de verdor, de aparatos gimnásticos diseminados por el amplio espacio, cuyos tarays y pinos y zarzamoras y adelfas y sendas —bien delimitadas— permiten paseos libres, amables, gentiles, con el acompañamiento de los cantos voladores que amenizan un cielo que flirtea entre las nubes y un débil sol.

Después, para completar el menú de degustación, vendrá la silueta argéntea de la Iglesia: templo que me hace recordar las directrices estéticas empleadas por los arquitectos del antiguo Instituto de Colonización, y nuevas calles, y escasos rincones más que colocan y acotan brida a un lugar que en su pequeñez y jubilosa candidez reúne sus mayores aportes.

Excelente sabor dejaste, Villamanrique. Ten por seguro que regresaré. Tal vez la intuición de las aves migratorias que atraviesan el cortejo de los telares celestes puedan predecir, con resolución, algo al respecto.

 

 

Álibe.

Expediciones fluvio-literarias a la vera del Tajo. 

 

 

 


Horadaré
el túnel escarlata.
Dulce fricción.


Álibe

Entre rejas

Entre rejas

Recuerdo los vanos intentos del ocaso en deshilachar las fibras desgastadas del día. Con el estómago perforado por una madeja repleta de nervios, y la pesadez plúmbea de mis huesos en estas tardías horas de la jornada, el imponente portalón del presidio me espera. Antes de entrar en él no siento grandes necesidades; ninguna preocupación personal se cruza como espesa barbotina por mi mente. Mi cuerpo, mi organismo –también la parte correspondiente al ámbito no físico, corporal –parece diluirse en una fragancia laxa, de desgana, se divide y debilita en múltiples partículas que osan desembocar en un colorido territorio, lleno de desconocimiento.

En estos momentos no sufro ningún ápice de culpabilidad. La justicia desea ejecutar su cometido y, asumo los cargos delictivos que se me imponen, con un grumoso estoicismo hasta la fecha irreconocible.

Ahora que mi cabeza merodea por cierto nivel de abotargamiento, en el inicio de lo que se supone será mi mayor calvario vital, me pregunto: qué resortes dispone el metal de la ley para no errar; dónde coloca las balizas de la equidad (pero aquella, la verídica, que no siempre coincide con la rubricada); qué parámetros emplea para ser tendidos sobre las cuerdas de lo ejemplarizante; qué razones garantes prioriza ante tantos casos contagiados por el desacierto y la equivocación.

Es curioso: obvio todo aquello que afecta a mi persona, sin embargo me alerta, me daña, me produce desazón sospechar de tan innúmero de dictámenes que recalan, en el mundo entero, en la panorámica de la impunidad.

Pensar en la imperfección humana me aterra, cavilar sobre las nocivas consecuencias que muchos sufren por la artera condición del poder me enerva, me regurgita la bilis tras el tapiz del silencio.

Tan solo unos metros me separan para enmohecer mi cuerpo bajo el caparazón protector de mamá Estado. Mi conciencia, fruto parejo de realidad y ensoñación, se sumerge en el fluido viscoso de la catalepsia. Conmigo un nuevo maniquí homicida será fresco cebo para el moscardón del hastío.

 

Reflejos de tinta azul.

Álibe