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CÁLCULOS DEL AIRE

LA ALCUZA DE ÁLIBE

Recóndito

Recóndito

El embalse de Beleña

El embalse de Beleña

 

Han pasado unos días de la última incursión pedestre y la satisfacción asoma, todavía, de oreja a oreja. Prueba de ello son las constantes visitas a las fotografías tomadas, mi predisposición a la escritura creativa junto a un afán por documentar y acaparar cada área descubierta. El embalse de Beleña bien merece conocerse y cantar sus espectaculares atributos.

Sus aguas, enmarcadas en unos paisajes que bien podrían ubicarse en latitudes nórdicas, adormilan la conciencia. Gran parte del escenario natural donde permanecen está cubierto por imponentes y abundantísimas coníferas; por lo visto  ni mucho menos son autóctonas del lugar consiguiendo enflaquecer protagonismo a las especies oriundas como robles, encinas y jaras.

La Mancomunidad de Aguas del Sorbe goza de unos afeites singulares, originales en la provincia de Guadalajara: santo y seña de devoción a la que impongo, desde hace meses, un seguimiento casi litúrgico.

De nuevo algunas localidades liliputienses salpican con brillo la ruta del caminante; de nuevo, y, agradecido, una grácil fémina aviva el impulso vital del merodeador de senderos para aliviar la fatiga y dulcificar el rictus del día; de nuevo las ganas de ensoñación se multiplican como las plantas aromáticas que parecen mantenerse alerta ante nuestra tropa carpetovetónica, tan poco dada al silencio y al traje de la discreción.

Ésta primavera me alzó en sus brazos con amplitud. Me dignifica con las amistades medusianas, me levanta los párpados con los proyectos literarios para acabar regalándome bocanadas de energía, nada cuestionable, con encuentros paisajísticos de altísimo valor.

Espero que nadie ose zarandear mi pequeña burbuja de placidez.  

 

 

Álibe

 

Extraído de la obra en prosa Pasaje a la eternidad

Pasaje a la eternidad

Pasaje a la eternidad

Son fechas ajetreadas. A las reiniciadas consultas médicas se añaden los compromisos variados que debo lidiar, lo más acertadamente posible, en las próximas jornadas. Por encima de las actividades prosaicas que se asoman a la cabecera de la memoria, aún se mantiene en ella la estelar incursión efectuada el fin de semana por tierras alcarreñas. Y, desde luego, sin temor a la confusión, puedo asegurar que permanecerá conmigo mucho tiempo tan maravilloso recuerdo. Existen varios motivos muy fundamentados para expresarme tan categórico. 

 Para comenzar es la primera vez que contrato los servicios de la afamada agencia de viajes Arawak, y el resultado no pudo ser más óptimo. Se nota a la legua su experiencia, profesionalidad, su buena disposición con el cliente —cada vez más exigente en éstos tiempos de supuesto repunte económico— con una amplia gama de ofertas de rutas de múltiple formato 

Luego, otra causa de satisfacción fue el escenario elegido: la célebre y a la vez tan solitaria Alcarria. Es un escenario de ensueño; un territorio destinado a abrir los conductos emociones de cualquier alma sensible, curiosa, indómita que desee profanar el corazón de un espacio cubierto por el color de la autenticidad. Estrenar la primavera en éstos pagos ofrece vida, una nueva reconciliación (y no una más) con los pálpitos personales de cada cuál; supone abrir una frontera con la dimensión imperecedera del gozo con todavía el color de la esperanza, despuntando en un lento pero constante resurgir.  La ruta pedestre se inició en la pedanía de Ruguilla, perteneciente al municipio de Cifuentes, y ya, desde ese instante, llegó el influjo casi súbito de la fascinación. En tan sólo unos pasos, desde un ángulo de acceso a la aldea, se pudo contemplar su espigada torre del reloj junto a  las fachadas sobrias y recias ahumadas de un silencio pletórico y solemne; la Ermita de la Soledad, que, haciendo uso del apelativo, parece guarecerse en un esquinado aunque su orgullosa y atractiva estampa no consiga escabullirse de mi vista. Su planta y aspecto me seducen a las primeras de cambio. A posteriori, con el desarrollo de la expedición, vendrán la toma de contacto con angostísimos senderos, lomas fecundas de frescor y humedad, barrancos, una pléyade de plantas aromáticas, arboledas, rincones boscosos,  vestigios pétreos;  terrenos llanos, irregulares, escarpados que acompañan nuestra andadura en fila india, al modo de víbora con tendencia al zigzagueo. De todo el periplo destacaría sobre todo: las Tetas de Viana («son muchos los que las ven, muy pocos los que las maman»), las vistas panorámicas desde las incipientes alturas que cruzamos a ritmo de émulo de explorador; y las aldeas de Sotoca de Tajo y Huetos, ésta última centro de avituallamiento de la cuadrilla del día. 

Para concluir la exposición no puedo omitir la presencia y encuentro con Julia: una muchacha risueña, excelente conversadora, con una predisposición al conocimiento extraordinaria. Fue como un soplo refulgente que llegó para colocar una prolongada sonrisa a la aureola bondadosa del día; un aliento dulce y purificador en la platea de una jornada divina, catártica, tan necesaria… 

 

 

Álibe.


  

  

Monumentalidad seguntina

Monumentalidad seguntina

Espacio nacido para la formidable degustación de medievalistas o de simples turistas furtivos con claros regustos históricos. Sin conocer a qué categoría pertenezco –ni mucha voluntad por salir de la disquisición -lo primero que consigue cautivarme es su sístole urbana, su núcleo histórico, su capacidad de seducción hacia todo foráneo que incide en penetrar gozoso por su pintoresco entramado de piedra. Sus casas de piedra, las calzadas tan vetustas como gratificantes a la luz y al sentido, los arcos de entrada (donde interactúo con unos jovenzuelos vecinos de la localidad en la hora del comer), sus portales adintelados de canto y guijarro junto a nobles maderas en las puertas medievales conforman una tipología de estilo muy apacible, muy sobria (como fiel villa castellana que se precie).

Climatológicamente hablando la jornada resulta muy agradable. Pese a encontrarnos a mediados del mes de agosto el calor en la localidad es moderado, incluso una sorpresiva y minúscula tormenta añade a mi almuerzo frente al castillo una pincelada de atracción, de misterio, de bendición sugerente en una soledad casi completa. Las vistas que se contemplan desde la base de la ladera que sustenta toda la colosal fortaleza resultan magníficas. Son minutos que los desarrollo bajo el gabán de la observación, con calma y poco pensamiento; el nivel de embelesamiento al final me transporta a épocas pretéritas recreando con los amenazantes nubarrones sobre mi cabeza, en fase de delirio mental poco evitable, ficciones de capa y espada en tiempos de asedios y disputas cristiano musulmanas.

Mi estancia en éste fabuloso centro de La Alcarria serrana es breve, por no decir efímera. La travesía, el trasiego peatonal que desempeño en Sigüenza se resume en unas muy escasas horas con un equipaje mínimo aunque con un entusiasmo de aventuras y descubrimientos como en mis espléndidos años de juventud. Por fortuna la salud y el cuerpo me responden, tras los achaques de salud pasados, y el grado energético del que hago acopio es el suficiente para gozar de un día que sueño con no abandonar en la probeta memorística de mi persona. Qué así sea.

Oreja: emoción de juventud.

Oreja: emoción de juventud.

Desde edad juvenil el magnetismo, el impacto que me causó la torre desvencijada de Oreja y aldea fueron considerables. Rebobinando en el archivo de la memoria regresan, a la luz de la actualidad, incursiones nocturnas hacia aquellos parajes en compañía de amigos poetas en una actitud de encuentro y veneración. A pesar del rápido transcurrir del tiempo  éstos pletóricos enclaves continúan alimentándome de historia, de poética,  de pespunte esotérico y, celebro, con grata nostalgia,  que entidades culturales de Aranjuez rescaten del olvido un espacio tan repleto de fascinante simbología.  A continuación, como producto de la idealización ensoñadora de Oreja, un poema gestado por la mente creadora de Alberto Lominchar.  Es una maravilla percibir que aquellas experiencias pudieron nutrir llamas reveladoras, muy longevas de fantasía y amistad.

 

Aurelia en Ruinas

 

                              Atardece:

                         Formas y sonidos se combinan,

                         hacen de esta calma

                         refugio para el visitante.

                         Entre lienzos derruidos,

                         descansan en el tiempo

                         quehaceres y personajes

                         tenues hitos que se hunden

                         en el mar de las leyendas;

                         Aquí,

                         el silencio certifica

                         lo fútil de las batallas,

                         de los esfuerzos,

                         de los imperios,

                         de tanto vano intento de alcanzar significado.

                         En un marco de abandono,

                         tres amigos analizan

                         el paisaje de la historia;

                         Tres poetas que perciben en las sombras

                         el austero murmullo de los días,

                         la silente agonía del olvido.

                         Mirad:

                         Sus sentidos embriagados permanecen

                         cual si captados por el aura

                         de un esplendor ya distante;

                         Pero la noche progresa, y,

                         mientras las brasas del ocaso aún refulgen,

                         el trío de bardos va regresando a sus lares,

                         llevando entre sus recuerdos

                         paz,

                         armonía

                         y reposo:

                         Devolviendo al dios silencio

                         el dominio de esta plaza.

 

 

                         © Alberto Lominchar Pacheco

                         © ERRÁTICO ALBOR 

Diario monzónico

Diario monzónico

Nong Khiau  (RDP de Laos)

 

 

Tras una prolongada travesía ahíta de incomodidades por las adversas condiciones de la carretera, llegamos a una joya pequeña, de cuerpo resplandeciente, de fisonomía impactante y que asombra, enmudece, libera y ensancha la emoción hacia alturas vertiginosas: la palpitante Nong Khiau. Éste rincón permanece asombrosamente tendido por las arcillosas y abundantes aguas del río Nam Hou, y, su generoso puente que lo cruza, con orgullo panorámico dona al visitante con un presente único, étereo, poderoso, subyugante y excepcional en esta privilegiada esquina del sudeste asiático.

Los titánicos farallones que, como verdosos centinelas de la tierra, se yerguen con brío; la niebla que sobre sus descollantes cabezas se proyecta fantasmagóricamente; y los reflejos del elemento fluvial crean la postal deseada, la imagen fantástica, el originario sabor de un enclave moldeado por una mano omnipotente en búsqueda de reconciliación estética y sentido de la abundancia.

Nong Khiau ha recalado en mi persona como una estampa que intentó emparentarme con las amistosas fragancias de la sugestión y del sueño; como un frágil germen de bambú que, fue tan osado, para movilizarme, razonablemente, la válvula fértil y no sangrante de la afectividad. 

 

 

Álibe

 

La renacida

La renacida


            Aislarse, esconderse y zigzaguear dentro de la panza serrana de un enclave solitario, equivale a muchos momentos reunidos bajo la denominación de grandes y selectos. Todo, comenzó, desde la minúscula aldea de Semillas. Con el equipaje ligero aunque con el capazo de las expectativas en estado rebosante, recorro la principal vía de este poblado; espacio que ya, por su orografía, su aspecto, y el estado de conservación de las escasas viviendas tradicionales (edificadas con piedras, lajas, tosca pizarra), transmite al viajero una clara advertencia: atraviesas un territorio extático, ¡venéralo!

            Sólo cuatro personas fueron testigos de mi encuentro, tan sólo cuatro; tres ancianos y un joven pastor de aspecto más ruinoso que el de sus mayores. El resto de moradores me atrevo a pensar que ocultos  en sus viviendas, o laborando en actividades domésticas en este núcleo, felizmente ubicado, en una esfera nebulosa de mansedumbre etérea. En ese minutaje  de incursión tuve la fortuna de constatar que el silencio coloreó la bandera de ésta entidad onírica; que las refulgencias doradas de las casonas, que cimentan la arquitectura popular, acompañaron a las palabras escritas de un himno evocador e hipnótico que, no por silencioso,  deja de ser realidad y evidencia; que la ermita, y hasta el consultorio médico que tan discretamente se alojan en este vecindario serrano, perviven para nutrir los corazones de fe y salubridad a sus puros y afortunados ocupantes.

 Desde éste día me nació, (ignoro desde qué costado) una nueva certeza: mientras mis menudos huesos no conozcan otro remanso similar, Semillas pasará a designarse, desde la natura alibense, como “la renacida Shambala”.

 

 

Álibe ©

             

Divisa manchega

Divisa manchega

Rememorando la meseta de la luz, la ancestral armonía de los vientos cuando tejen capitulaciones y ausencias. Almidonando soledades bajo las aspas de un ofrenda crepuscular llamada: flor de memoria. 

 

Álibe

Los rosáceos misterios de la frivolidad

Los rosáceos misterios de la frivolidad

 

¿Cómo fue a parar allí? ¿Quién la propuso el viaje? ¿Para qué acometerlo en solitario y en aquel momento? Las razones en la vida siempre florecen como cardillos pasiegos en las lindes del camino, salvo las de Fresita Mallory, siempre coloreadas entre los maullidos de Hello Kitty y las fiestas de graduación.

¿Cómo se produjo su repentino cambio? ¿Cómo su dorada cabecita renovó sus mechas frívolas por el color de la reflexión?

De aquel suceso sólo nos fue legado una copa medio consumida de Bloody Mary sin el labial de la sandez.

 

 

Álibe

Molinos del Río Cofio

Molinos del Río Cofio

Ruta primaveral, magnífica, espléndida, luminosa la que éste sábado, de finales de abril, espera para acometer con entusiasmo la trayectoria senderista a Las Navas del Marqués. Son las ocho y veinte minutos de la mañana y el bus, desde la madrileña calle de Leganitos, linde con Plaza de España, contempla a los seniles excursionistas acicalar sus equipamientos, preparar sus bártulos con esmero y cuidado antes de partir. Un ligero fresco matinal acompaña en los minutos previos. A las ocho y media el vehículo inicia su andadura rumbo a El Escorial donde un frugal desayuno permitirá almacenar algunas energías para acometer, después, el minúsculo desafío de la caminata. No es necesaria mucha espera pues la localidad, asomada sobre unas empinadas lomas de altitud considerable, se encuentra a una distancia reducida de la Sierra de Madrid con la que comparte hermosura, terreno abrupto, verdor impactante, vegetación rala a veces y de coníferas otras, junto al ganado bóvino que pace disperso en calma y libertad.

Una vez que el autobús atraviesa el pequeño municipio de Las Navas aparcando en las estribaciones de la ruta en ciernes, ésta queda inaugurada. Los veintidos integrantes del grupo, creo que todavía personas más maduras desde que salieron de la metrópoli, bajan los peldaños del vehículo permaneciendo en una explanada en la que de manera muy severa, profesional proceden a preparar sus bastones metálicos, a mudarse de botas, a suministrarse parsimoniosamente potingues solares en sus curtidos rostros, a iniciar una especie de rito iniciático, silencioso y cubierto con una expectación poco prevista por mí. Tras la tardanza de unas rezagadas mujeres finalizar su cambio de calzado, el grupeto, todo compacto, comienza la andadura liderado por el monitor José Murillo. Éste en un hombre en la cuerentena de la existencia, de altura, de complexión media, de cabello negro atizado por canas más que ocasionales, y de rostro redondeado, de mejillas abultadas que se asemejaban a las de un pachón navarro en su etapa aún de lozanía. Junto a él iniciamos todos juntos el camino aunque la intensidad de paso varía entre los expedicionarios. Llamativa sorpresa la que me acoge al comprobar que,ciertas personas de avanzada edad,se mantienen en una envidiable forma física y acomenten las ligeras dificultades de terreno con facilidad y decisión.

Los primeros kilómetros se ofrecen sencillos pues la senda que tomamos es un falso llano que apenas ofrece resistencia, eso sí, el sol cegador, claro, impetuoso ya se encarga de colocar un tono incordioso al trayecto; también el viento que a rachás cálidas como caricias sureñas que se perdieron en estas alturas se instala furtivo ante nuestra presencia.

Lo que se contempla no deja impasible a nadie: las hendiduras verdosas, las lomas que zigzaguean uniformemente a medida que el paraje va transformándose en altura, en color; las cárcavas y pedregales cercanos, y los aguiluchos y gerifaltes que al igual que centinelas aéreos en invisibles puestos de vigilancia parecen observar, con detalle, cada paso y torpeza de nuestra pérfida e imperfecta condición humana.

Calor y falta de agua se agregan a mi caminar. Horas antes apenas las había percibido pero el paso inexorable de las horas extraen de mi algunas limitaciones fisiológicas incapaces de olvidar. En las horas centrales del día se procede a realizar alguna pausa; por fortuna no surge en el seno del comando geriátrico conato alguno de fatiga, gracias a las bondades del relieve. Entre tanto, siento curiosidad y alguna impaciencia por contemplar de una vez por todas las sinuosas y angostas aguas del Cofio, río afluente del Alberche que tarda en mostrarse como receloso, como queriendo desafiar con soberbia la curiosidad de quién le implora remisión. Entre tanto nos topamos con los restos de un fortín que fue testigo protagonista de la contienda civil española.

Hasta casi la hora del almuerzo no se llega a contactar con el riachuelo. Tras acompañarlo en paralelo, durante un trecho no lejano, llegamos a una ribera desabastecida de arboledas, y una exigua pradera colindante invita al solaz y ocuparse del yantar.

Después de la necesaria pausa proseguimos hacia el último capítulo de “la peregrinación” de la jornada: el avistamiento de los molinos de río. Desperdigado, sobre juncales fluviales yace el primero en un estado de conservación precario, donde el tiempo impasible a las propiedades de la belleza empozoña la estética pasada de las obras del hombre, la huella inherente de su quehacer, el rastro real y confuso de sus actos. Los demás, un total de cuatro, se ubican a una distancia regular de dos o tres centenas de metros aunque su nivel de preservación es pésimo, y sólo la piedra, amontonada y alguna fachada aún no caída, testimonia lo que algún día fueron molinos de agua activos, bellos y productivos.

Todavía la tarde en su ocaso conserva luminosidad y sofoco. Aires serranos como abrazos de salud y honor aún se prestan a acompañarnos mientras el cansancio timídamente se manifiesta en la mayoría. El olor a tomillo, el canto de las núbiles calandrias, las deposiciones bóvinas y un poso de escozor en mi blanquecina piel por la austeridad del astro rey, pudieron colonizarme las sensaciones otra ocasión más. Un nuevo acceso a la franqueza de la naturelaza tuve el gusto de compartir. Sobre todo con mis desvanecidas ínfulas.


Ángel Fdez. De Marco (Álibe)

San Fco. de Campeche ( Estados Unidos Mexicanos)

San Fco. de Campeche ( Estados Unidos Mexicanos)

Es el día del asentamiento. Con la fiel compañía de mi estimada Ely decidimos, desde la media mañana, comenzar en la búsqueda de un alojamiento digno y económico en Campeche donde poder hospedarme durante la mayor parte de mi estancia americana. Después de preguntar en un hotel llega el momento más esperado: el avistamiento general de la ciudad.
Para empezar el rumbo cruzamos la carretera de El Malecón y, entre un no muy denso tráfico automovilístico, contemplamos unas desconcertantes aguas del golfo de México calmas, serenas, sin apenas encrespamientos, remansadas por una fuerza desconocida que configura un mar hipnotizado a la indolencia permanente. En la lejanía del horizonte se visualiza sin dificultad una plataforma petrolífera; desde luego toda una incontestable señal de florecimiento económico de los vecinos norteños y de amenaza ecológica a buena porción del litoral campechano.
Tras cubrir un tramo de El Malecón nos topamos de bruces con el baluarte amurallado de la población. Destaca de él su solidez, su complexión adusta, recia, amazacotada y sus combinaciones cromáticas de grises, pardos, gamas oscuras generadas por el clima sub-tropical de la región. Una vez perfilado a pie el bastión defensivo llegamos a la zona más noble de la localidad: el Zócalo, llamado el centro para los oriundos. Consta de unos muy cuidados soportales de fachadas de colores vivos, la siempre sugerente entrada al Museo de Arqueología, y, en el epicentro de la Plaza, un imponente quiosco de planta circular con turistas en su interior sentados al disfrute de refrescos y descanso.
Ya en el margen de la Plaza se erige la Catedral formando un interesante conjunto de Barroco español con dos elevadas torres y, que en su interior, conserva pinturas de los pasos de Cristo y elementos arquitectónicos simples que contrastan con las edificaciones religiosas y coetáneas de la Península Ibérica. Alejándose ligeramente del corazón urbano de la ciudad surge la Iglesia de San Francisco.
La primera valoración que puedo realizar del centro histórico es óptima donde el sabor campechano-yucateco brilla profusamente en el damero numérico de callejas tranquilas y vistosas que completan a esta provinciana capital.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)

Reino de Nepal

Reino de Nepal

Permanencia-relampago en la cuna del Yeti, del Everest, en la de los trescientos treinta millones de dioses que, junto a Buda, habitan esta tierra de nieve y cordillera. Ya el hecho de sobrevolar por encima de sus albas alturas a la llegada de la capital, justifican con creces la visita a este reducto fronterizo entre sus dos colosales vecinos que la franquean respetuosamente.

Nepal, desde los primeros instantes me sabe a cielo natural, a tierra reverdecida por la generosidad divina, a culto silencioso, a guarida cristalizada en memoria ancestral donde el hombre aún conserva su linaje no herido por el paso del tiempo. Este lugar, sumergido todavía en el cultivo del alma, huele a inocencia, a sabios dones de paciencia y templanza, dónde se es capaz de proteger el sentido más íntimo de la vida a través de la sencillez de sus gentes y costumbres.
Es sintomática su atmósfera medieval en las ciudades, su cercana reverberación mística aglutinada en los valles, su cadenciosa calma en su azul y cerúlea mirada; este rincón tuvo que ser fecundado por alguien (desconocido u oculto) que se valió de una total y santa sabiduría para construir esta cautivadora patria a pies del Himalaya.
Quedan casi como anecdóticas (aunque diligentes y brillantes) referencias viajeras: Kathmandú,Patán, Swayambhunath, Bhakthapur, Pashupatinath y Boudanath.
Aquí la geografía no es el ópalo fundamental por el que gira el espíritu libre nepalí; todo lo contrario, es en ella donde comienza a germinar la esencia incorruptible de un pueblo pletórico en pensamiento, autenticidad y virtudes imperecederas.


Ángel Fdez. de Marco

Varanasi

Varanasi

Jaipur - Unión India

Jaipur - Unión India

Día de relax, de tránsito, relajado. Desde las primeras horas de la mañana reinicio el itinerario con, esta vez, un número reducido de visitas. En primer lugar, el Palacio de los Vientos, donde bajando muy rápidamente del auto y en medio de un monumental atasco, disparo un par de instantáneas a su rosácea fachada. Más tarde, nos dirigimos en ascensión a la localidad de Amber a lomos de elefante, para por fin llegar al palacio del marajá por una escarpada rampa de acceso, de una dificultad no demasiado excesiva para los sufridos paquidermos. La fachada del monumento es despanpanante, espléndida, luminosa, altiva, indicándonos a todos, que el interior aún nos deparará mayores tesoros. En efecto, la intuición no falla. Su estructura comprende varios niveles y, mientras vamos inflintrándonos por sus decoradas galerías, la emoción y el goce nos embarga como ese regusto que insólitamente rodea de misterio en el ánima poroso del viajero. Me gustaría destacar: un lucido soportal de arcos lobulados y un par de estancias con espejos y celosías en una planta intermedia.
Regreso de Amber a Jaipur. Tiempo para la visita a un taller de alfombras y tapices. Posteriormente llegada al Observatorio Astronómico de la ciudad. Erigido desde hace trescientos años, destaca más que por su sofisticación, estética o ubicación, por la sencillez de instrumentos construidos en una época donde la ciencia aún caminaba con escaso desarrollo.
Palacio del marajá de Jaipur. Fachada filigranesca, repleta de arcos,mármoles,relieves de muy distinta naturaleza. Dentro mencionar la completa colección del vestuario y armas del rajá y su séquito.


Ángel Fdez. Damarcus (Álibe)

Chorrera de San Mamés

Chorrera de San Mamés

Pálpito de cansancio en los costados del aliento. El empinado sendero que espera ser acometido enmudece, ahoga el tiempo bajo un alud de quietud, conspira con la calina serrana mientras nuestros pies inician el periplo desconocido de la aventura. Coníferas en cuerpo de abeto inundan los rincones panorámicos que, bendecidos con la tacha de la belleza, reconfortan los sentidos, sólo y aquellos sentidos humanizados por el influjo de una divinidad esquiva e irreal en muchos mortales. Se inicia la subida. La pista apunta erguida sin notables desniveles como permitiéndonos así unificar y normalizar en criterio común percepciones, impresiones, el conjunto de gratificaciones que gradualmente vamos adquiriendo a medida que avanza el recorrido.
Un crisol paisajístico es incapaz de impedir sobre este talud curiosidad y asombro. Al cardumen arbóreo vislumbrado se añade, al fondo, la presencia de un espacio acuático en forma de embalse, y al igual que la tierra, y la ligera brisa montaraz, y al igual que el cielo, y su lozana capa de salud y fertilidad, comportan un juego de armonías y ritmos en perfecta consonancia.
En las capas superiores, en el punto más álgido de esta etapa esperarán lajas repartidas a modo de caramelos sobre la estela del caminante; esencias arbustivas, blasonadas con el amarillo y el púrpura en un afán innato al verbo de la seducción... y ¿Cómo no? La chorrera de nuestros delirios, la de San Mamés, en un alegato a la exaltación espiritual a través de la luz y el sonido.
Su brazo en caída sobre el frente rocoso, los metros de ese cuerpo alargado y argentino en su espigada verticalidad me conceden una amplísima bocanada de brillo y meditación, de color e ingravidez propias de un cuerpo incandescente que se originó en quién sabe micro-espacio del cosmos.
Han pasado ya fechas desde aquella cita. Aún, por la noches, una febril sacudida súbita y espontánea acelera mi pulso, produciéndome un despertar angustioso y desesperado. A veces para mitigar estos indeseables efectos me levanto, paseo por las instancias de mi hogar hasta que se produce el apaciguamiento; en otras ocasiones, tumbado en el lecho, proyecto mi mente sobre la frescura láctea de aquellas aguas que, cómo un Jordán augusto, me bañan en eterna placidez.


Ángel Fdez. de Marco. 2006

Delhi - Unión India

Delhi - Unión India

Primera jornada del viaje. Inicio del circuito en la mezquita Jama Masjid. Conjunto arquitectónico interesante de arenisca roja, cúpulas de bulbo y fachada ampulosa en un barrio atestado de bullicio popular. Los rickshaws circulando muy próximos al cuerpo, miles de personas cobrizas bajo un sol castigador, olores incisivos y muchedumbre desparramada sobre un pandemonium caótico, protagonizan mi primera salida. No escasean tampoco mendigos, leprosos,mercaderes harapientos, turistas flemáticos, desperdigados con suma tibieza proliferando por las inmediaciones del recinto.
A continuación marcha breve hacia el mausoleo de Gandhi. Es un espacio ajardinado, libre, poco arbóreo, de pequeñas dimensiones donde las cenizas de este líder espiritual reposan ante el culto incesante de peregrinos y curiosos de toda la nación. Con posterioridad y, antes de almorzar, me introduzco en el templo sij de Bangla Sahid. Allí es curiosísima la estampa multitudinaria que se puede observar; en los aledaños la de una marabunta de fieles que se dirigen en un aparente desorden hacia la entrada, el patio y el interior del templo. Dentro de él la de una legión de devotos arrodillados sobre una extensa moqueta escuchando salmodias y postrados en un aparente estado de trance. Al final de la visita dedico, en el libro de visitas, unas palabras de agradecimiento a la comunidad religiosa que gentilmente me ha recibido.

Instantáneas fugaces montado en auto al templo de Birla. De pie, en la acera, advierto algo sorprendente pero cierto: la existencia de un encantador de cobras atosigándome sin cesar, que ante su insistente atosigamiento, decido donarle unas monedas para recobrar de nuevo la serenidad.

Vistas lejanas al Parlamento Nacional. Los últimos sucesos terroristas acaecidos en la institución, en fechas muy recientes, me impiden acercarme al bello edificio como hubiera sido mi deseo inicial.

En el horario vespertino dirigo los pasos hacia la primera mezquita musulmana de la ciudad de Delhi. ¡Qué encantador resulta merodear en sus verdes praderas salpicadas de enanas ardillas rayadas!, ¡comtemplar la colosal imagen de la torre islámica envaneciéndose entre árboles ashoka y naim! La tarde no da más de si. Me despide orgullosa con la satisfación de haberme saciado una curiosidad nutrida desde el asombro perenne.


Ángel Fdez. de Marco. 2006

Sierra de Guadarrama - Cercedilla

Sierra de Guadarrama  -  Cercedilla

Un imperioso sol vino nuevamente a instalarse en una jornada predestinada a la incursión naturalista. El cielo despejado, de un otoño en declive, vendría a configurar un sábado quizás con menos protagonismo que otros; la ociosidad de tantos días festivos tuvo sin dudas mucho que ver en esta apreciación. Tal como fuese, se estimó que sería el óptimo para acudir a la Sierra de Guadarrama, y paladear hondamente rutas y senderos de brillante interés. Por supuesto que los excelentes pronósticos no defraudaron a nadie. Un breve resumen del itinerario escogido para la ocasión fue el siguiente:


* Partida desde la Calzada Romana de Cercedilla.

Inicio de la ruta a través de una pista asfaltada que daría lugar, un par de hectómetros después, a un abrupto pavimento lleno de lajas, piedras y rocas enclavadas por una senda en progresivo ascenso. La marcha se efectuó tranquila, a buen ritmo, en silencio, con miras en ascender por unas escarpaduras llenas de recodos y parajes singulares.


* Subida a la cumbre del Puerto de la Fuenfría.


En las últimas rampas de acceso a la cumbre surgió el hielo como peligro y dificultad añadida. A pesar de las aún pírricas precipitaciones en nieve por las inmediaciones del alto, las superficies heladas nos crearon alguna complicación para mantener, a buen recaudo, el centro de gravedad.


* Camino Schmid.


Travesía, senda forestal de baja dificultad donde el paraje atiborrado de pinares y vegetación de montaña nos recreó la vista, nos encandiló el espíritu y nos dispersó en un asueto físico, muscular.


* Mirador de la Reina.


Alto, punto álgido de nuestra ascensión. Altura aproximada: mil doscientos metros. El mirador consta de una muralla pétrea levantada sobre peñascos de solemne espectacularidad. Las vistas desde allí merecen casi contener la respiración durante segundos para nutrir con acopio el lado místico, esplendoroso de este magnánimo rincón.


* La Pradera.


Espacio abierto, amplio, de verdor lascivo y encolado, provisto de sólidas composiciones de piedras que invitaban a recordar pequeños menhires y dólmenes ¿quién sabe si para desarrollar en alguna lejana época sacrificios rituales, sagrados?


* Mirador de Vicente Aleixandre. Mirador de Luis Rosales.


En estas estancias mejor dar pie a la meditación, a la observación serena y alejada de cualquier perturbación ordinaria, mejor tomar aire, neutralizar cualquier pensamiento sombrío, y lanzar a vivo pulmón un grito de libertad hacia el conjunto de panorámicas laderas.
Esquina de poetas, de bandoleros, de maquis, de épicos convites en diversas fases de la historia que, con fiabilidad, verían la luz por las cercanías de estos “nidos del paraíso”.


* La ducha de los Alemanes.


Gracioso conjunto de piedras y deshielos, armoniosa composición acuática de frescor y estampa otoñal.

El resultado combinado de la ruta pudo catalogarse de exitoso. A la bonanza climática se le añadió el aceptable estado físico de los excursionistas, y el disfrute visual alcanzado en las horas empleadas en cubrir los tramos.
Nadie podrá predecir si regresaré algún día por estos fulgurantes horizontes; eso sí, nadie podrá eliminar de mi bitácora existencial este pequeño capítulo saboreado con la devoción de un sommelier.


Ángel Fdez. de Marco (Álibe). 2005

P.N. Cañón del Río Lobos

P.N. Cañón del Río Lobos Amaneció el día desconcertante. Con la presencia de un cielo cubierto, oscuro, muy amenazador de lluvia, chubascoso, se originó un nuevo trayecto; esta vez hacia la localidad de San Esteban de Gormaz. Allí nuestro grupo de Madrid se las vería con la facción pucelana para descubrir las inmediaciones de esta población soriana de evidente atractivo otoñal. El viaje resultó cómodo, plácido donde las conversaciones y el buen humor entre nosotros (los tres expedicionarios del foro) acapararon buena parte del recorrido. Sorprende y esperanzador resultó comprobar que los pronósticos acuosos se diluyeron por completo tras atravesar el puente de Somosierra: tras él, la llanura castellana se divisaba con grandes claros a medida que el auto acercábase hacia territorios menos abruptos y elevados.
Una escasa hora y media vino a ocupar el tiempo empleado en llegar a San Esteban. El silencio tibio y melancólico, el color ocre de las arboledas colindantes a un Duero mayestático pero sereno, y una ausencia de vecinos casi completa, a esas horas de la media mañana, fueron los principales elementos con los que se nos ofreció la bienvenida.
Bordeando el río llegamos al denominado Museo del Románico, lugar esencial de la ruta del día, aunque después de varias deliberaciones se decidió posponer la visita –aprovechando la bonanza climática – en beneficio del Cañón del Río Lobos y paladear así “el gusanillo” de la caminata senderista.
Nueva puesta en marcha. En Burgo de Osma esperaría el grueso del grupo. Al estacionarnos en la villa descubrimos que la entidad municipal que nos acogió rezumaba encanto y sentido estético, una vestidura medieval lozana y rumbosa poco disimulable en contraste con el marchamo de sobriedad que atesora el arte castellano-leonés. Destacaba el recinto amurallado consecuentemente restaurado de las heridas temporales y una esbelta y sólida torre sobresaliente del edificio de la Catedral.
Al abandonar Burgo de Osma, esta vez todos agrupados en sus respectivos vehículos, esperaba el Parque Natural del Cañón, un terreno por completo ignorado, desconocido para mi persona.
Cruzamos Ucero y tras tomar una pista asfaltada en rampa que nos dirigía al núcleo de entrada, comenzaba lo realmente jugoso, lo realmente esplendoroso y gratificante: la armoniosa sintonía de un enclave lleno de atributos extraordinarios.
Las lluvias registradas en las últimas fechas llegaron para resaltar aún más la belleza del sitio con verdor fresco y luminoso. El camino emprendido a pie era llano, con ligeras irregularidades; ninguna dificultad impedía ser conscientes de este panorama edénico en plena serranía soriana. Poca distracciones humanas en forma de ciclista ocasional o transeúnte dominguero se cruzó en demasía, tan sólo ligeras corrientes de aire y el filtro de la luz jugando como al escondite con las nubes conformaron el conjunto de factores inmiscuidos en la andadura.
Llegamos a una ermita románica. Detrás de ella se alzaban descomunales paredes de roca y las agigantadas bocas de grutas que guarecían algo de presencia humana.
La acuarela paisajística no podría prometer más; a las generosas praderas se les agregaba las sabinas, los robles, los juncos, los nenúfares, los arroyuelos festinados de aguas transparentes y piedras blancas, relucientes; las comunidades de buitres leonados que como ángeles dantescos en penitencia planeaban en sincrónica libertad.
Después del almuerzo, chispeante, hilarante emprendimos dirección hacia el Puente de los siete ojos aunque la distancia que nos separaba de él, nos aconsejó retomar la dirección de vuelta ante las pocas horas de luz disponibles.

Cañón del Río Lobos: Espacio abierto nunca amedrentado por la figura del hombre y su vulgar alineación. Cuna del mestizaje rupestre de la naturaleza con el milagro de la existencia... Abrevadero perenne de color, unción y errática turbación.


Ángel Fdez. de Marco (Álibe).2005

Valladolid - Ciudad Rodrigo - Sierra de Francia

Valladolid - Ciudad Rodrigo - Sierra de Francia A la entrañable Mar,
por su generosa acogida.

Un nuevo compromiso con la adicción exploradora cayó sobre mi idolatrada pasión por el descubrimiento de lugares dignos de peregrinar. En esta ocasión la propuesta viajera se dispendió maravillosamente y, en primer lugar, por la ciudad de Valladolid (festiva, frenética, embargada de algazara y vitalidad por las fiestas patronales) y, al día siguiente, en un trayecto compartido por varias amigas pucelanas, por la Sierra de Francia entre paisajes luminosos, frescos y villas de indudable sosiego y sabor montañés.
Vayamos por partes. La llegada ya nocturna a Valladolid llegó con el acompañamiento de un cierto gustillo a aturdimiento –ni qué decir tiene a estas alturas que esta percepción ya es ahíto conocida por mis seres más cercanos – que no se disipó hasta bien entrada la noche. Parte de “culpa” en encontrar ese punto de normalidad la tuvo mi cicerone Mar; sus conversaciones aportando toques culturales, apuntes gastronómicos y temas de las más variadas estirpes compusieron una velada amena, inspiradora de recuerdos perdurables ante una concurrencia con ganas de disfrute y diversión.
Entre tapas y diálogos cercanos, entre recorridos por la urbe y frescor por mi errónea indumentaria transcurrió la noche. Imposible serán de olvidar (necio de mi si osara llegar a ello), las anatomías arqueológicas de la Iglesia de Santa Mª la Antigua con su original torre románica, la fachada de la incompleta Catedral ofreciendo un duelo singular de originalidad frente a las archiconocidas góticas de León y Burgos; también la Plaza Mayor y la fachada de la Universidad se mostraron en todo su apogeo ante mi asombro, siempre en estado de alta actividad.
Sólo el cansancio acumulado de los últimos días pudo imponer freno a mi particular degustación histórica. El día siguiente esperaba la serranía de Francia; convenía encontrarse renovado, fresco para preludiar la incursión.
A primeras horas del día se levaron “anclas” con rumbo a La Alberca. Sorprendente fue advertir, durante fragmentos del viaje, densos nubarrones que advertían entrar en acción, y bancos de nieve que, conjurados sobre vastos campos de cereal, prejuzgaban nuestras inmensas carestías orientativas. Buena prueba de ello pudo comprobarse cuando involuntariamente accedimos a Ciudad Rodrigo tras perder la pista del destino estipulado. En la localidad salmantina, la vetusta Mirobriga, decidimos apearnos para desentumecer músculos, incentivar frugalmente los estómagos; el resultado de la parada: una fascinante sorpresa con la belleza medieval que derrocha en pleno este burgo. Recorriendo el núcleo urbano no fue difícil avistar imponentes casas señoriales todas ellas recamadas por vistosos blasones nobiliarios. La Plaza Mayor, hermosa en cuánto a su irregularidad, nos concedió el regalo de observar el porticado ayuntamiento donde se nos prestó, con amabilidad, todo tipo de recomendaciones turísticas. Ya desandado el camino, dirección al auto, no pudimos impedir la tentación de entrar en la Catedral (conjunto interior que atesora un amplio retablo, varios sepulcros y poderosa sillería) dando por finalizado y bendecido el curioso desvío.
Por fin se llegó al territorio de Las Batuecas. El poblado de La Alberca vino a colgarnos, a los cuatro tripulantes de la travesía, el medallón de alto rango de la persistencia sólo concedido a aquellos moradores que no claudican con facilidad al desaliento. Todo el trazado de las calles permanecía con un aceptable número de curiosos; la mayoría cautivados por las florales fachadas de las viviendas y la maravillosa atmósfera de ese día, despejado y saludable. Escapar de allí se antojó como una pequeña desconsideración a los espacios apuestos; el viaje debería continuar.
A muy pocos kilómetros distaba la más humilde y desconocida villa de S. Martín del Castañar. En ella me topé con una arquitectura popular similar a la de sus vecinos pero con menos afeites, con menos brillos y destellos en forma de restauraciones. En cambio su plaza taurina, su fuente del humilladero, su castillo-necrópolis con línea amurallada y extraordinarias perspectivas de la Sierra de Béjar no encontraron parangón en la comarca inmiscuida por nuestra curiosidad.
El balance final del viaje fue notable, excelente. Cómo en tantas ocasiones este último causó, al igual que otros conservados en pócima de recuerdo, un efecto revelador de dimensiones incalculables.

Ángel Fdez. de Marco (Álibe)