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CÁLCULOS DEL AIRE

ÓRBITA DIVULGATIVA

Queja

Queja

¿A quién quieres quejarte tú, corazón? Siempre rehuido 

se tuerce tu camino a través de los humanos

imcomprensibles. Quizás más en vano todavía,

ya que mantiene el rumbo,

mantiene el rumbo hacia el porvenir,

hacia el porvenir perdido.

 

Antes. ¿Te quejabas? ¿Qué era? Caída

baya del júbilo, todavía no madura.

Pero ahora se me parte el árbol de mi júbilo,

se me parte en la tormenta el lento

árbol de mi júbilo.

El más hermoso en mi paisaje

invisible, oh tú, que me hiciste

más perceptible a los ángeles, invisibles.

 

 

Rainer María Rilke

 

 

 

Las sombras de palacio

Las sombras de palacio

La radiodifusión ribereña goza de un motivo alegre por el que concederse una celebración: Radio Fuga inaugura el espacio "Las sombras de palacio". En momentos dónde la pulsión cultural del Real Sitio se mantiene a temperatura de carámbano es muy grato informar del nacimiento de iniciativas como ésta, destinada, a la divulgación de temas históricos, legendarios y rodeados de la siempre sugerente aureola del misterio. 

Todos los jueves, a partir de las 22.00 horas, en el 106.7 FM de su dial, el público general tendrá la ocasión de imbuirse en las tramas narrativas y excelentemente documentadas de Isaac Campos y equipo.

Desde la plana de "Cálculos del Aire" enviamos cantidades ingentes de fortuna y buen hacer a los intrépidos forjadores de esta apasionante aventura.

Idílica

Idílica

Un nuevo motivo de confraternización con la alegría se fraguará el próximo 2013 para gozo extraordinario de servidor. A la amplia agenda de compromisos y proyectos realizados, en este complejo año que ya abandonamos, se añadirá el proyecto Idílica (Gacetín Cultural Ilustrado), como objetivo notable de esfuerzos y motivaciones extraordinarias.

A medida que la publicación vaya acaparando cuerpo, ideas y contenidos les mantendremos informados y, al día, de la naturaleza de nuestra novedosa y germinal propuesta en pro de la cultura escrita. 

Con las fechas navideñas como estampa de fondo gocen de la armonía y de la templanza invernal.

Efecto Doopler

Efecto Doopler

-¿No me das un besito, nene? -Sugirió la voz al otro lado del aparato.

Entonces Mister Doopler no pudo evitar como muchas otras veces, dejarse llevar por su imaginación calenturienta. Cerró los ojos, abstrayéndose en ese mundo particular que se habría creado: un cuerpo sensual, unos labios jugosos, una lengua diabólica. No era como chatear en donde la incertidumbre de lo desconocido lo amendrentaba, era más el contacto sonoro de una voz femenina, melosa y ardiente, lo que verdaderamente le excitaba. Él no hablaba, sólo escuchaba. Formaba parte del acuerdo establecido, como el hecho primordial y sin el cual sí se daba el aliciente, de que podía efectuarse en cualquier momento. Ahora mismo.

-Te mando uno de esos que tú ya sabes. Mmmm...... Mmmm. Sientes ahora mi lengua acariciando tus labios, penetrándote -Susurraba la voz.

Mister Doopler, sentado en una esquina de la tarima presidencial junto a sus colegas en la ponencia, una video-conferencia nacional acerca de las Historia de las Telecomunicaciones, permanecía ensimismado con la mano pegada a la oreja, ajeno completamente  a todo, sólo viviendo plácidamente como poco a poco algo le ardía dentro del pantalón. Su pequeño periscopio emergía con timidez navegando por entre las aguas del boxer como espía alemán, con los torpedos en posición de disparo. El fuego le subía ahora por el estómago, rozándole los pulmones, oprimiéndole el corazón. Sintió una vez más aquella lengua lasciva dentro de su boca quemándole vivo.

-Te voy a comer enterito, lentamente, cómo a ti te gusta mi amor, ¿estás preparado? - Habló nuevamente el teléfono.

Mister Doopler no pudo contenerse ya más y comenzó a masturbarse frenéticamente sin piedad, justo en el momento en que anunciaban su turno en el estrado. Las cámaras le enfocaron sin poder creer lo que estaban viendo. ¿Esto qué es? Debían haber preguntado, pero no, un silencio sepulcral se apoderó de la pequeña sala antes de que nadie hablara. El país entero contempló durante breves instantes el singular espectáculo. Nadie estornudó. Sólo rompió ese momento en el tiempo...,el sonido constante y siempre alerta de un móvil.

 

 

Blanca Díez de Tejada Guevara

Cuéntame una historia humilde

o llévame a los héroes.

Lo importante es tu voz sobre la noche,

el aire que ennoblece tu garganta,

tierra y sonido,

agua y lumbre en tu boca.

Y déjame escuchar

tan amistoso don

de la materia.

 

 

José Pérez Carranque

La lanza

La lanza

“Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.”

Juan (19:33-34)

 

El centurión Longinos, salpicado por la sangre de Cristo, sintió al instante cómo su incipiente ceguera se veía curada por un milagro de aquél que estaba en la cruz. Los cielos se cubrieron de sombras y se desató una tremenda tormenta de truenos y rayos como jamás habían visto, haciéndole incluso arrodillarse de miedo, justo debajo de Jesús, al cual había dado muerte con su lanza.

Convencido ya de que el hombre que habían crucificado era el verdadero Mesías, huyó del lugar en busca de los apóstoles para saber más y conocer las enseñanzas del Maestro. Se hizo cristiano, y con los años fue perseguido por sus antiguos compañeros centuriones. Finalmente fue capturado y crucificado.

Su lanza, junto con la copa de la última cena y el Santo Sudario serían guardadas por José de Arimatea en un lugar secreto. Tal vez en algún antiguo templo, que con el paso de los años sería engullido por las arenas del desierto.

El mítico rey Arturo, enfermo y abandonado, mandaría a los caballeros de la mesa redonda en busca de los tesoros, para recuperar la vitalidad y fortaleza de su reino. Fue Percival el único superviviente y afortunado que encontró el Grial junto con las demás reliquias. Arturo, tras tener en su mano tanto poder y tan desconocido, se organizó su propio entierro para ir a descansar el sueño de los justos a la isla mágica de Ávalon. Llevándose la misteriosa Lanza del Destino.

No se sabe en qué época fue, pero sí es cierto que los elfos de la isla a lomos de los blancos unicornios, atravesaron todo el mar hasta llegar al continente y depositar en lugares estratégicos los tres objetos que dirigen los pilares de la cristiandad. El Santo Grial de la última cena, cuando Jesús ya era conocedor de su destino, lo guardaron en Valencia. La Sábana Santa, prueba irrefutable de que el salvador resucitó al tercer día de su ejecución, fue llevada a Turín. Y la Lanza de Longinos, arma sagrada que dio muerte al redentor, se llevó como símbolo de poder, a la cuna de la iglesia católica, Roma.

Años después, en el siglo IX, el papa romano hace un regalo especial al emperador Carlomagno, por las conquistas de territorios bárbaros y su aportación a la defensa del cristianismo. En una caja especialmente labrada por un maestro orfebre, guardada con sumo cuidado, está la punta de la lanza. El mástil, probablemente, se perdió con el paso de los años despedazado en cientos de esquirlas que los cristianos guardarían como relicarios.

Desde entonces el conquistador se dotó de un áurea invencible que los hombres de sus ejércitos se encargaron de aumentar con cada batalla. Carlo vestido con su cota de malla de oro y enarbolando en ambos brazos el escudo y la espada, montaba a su caballo Tencendur, un alazán fuerte y veloz. Se ponía al frente de sus huestes como uno más de sus guerreros, luchando encarecidamente sin desfallecer ni un momento. Y bajo el filo de su espada perecían todos los enemigos con los que se enfrentaba, con tal fuerza que se decía que de un mandoble era capaz de partir a un soldado en dos.

Cierta vez, se cuenta que derribado del caballo, y rodeado de cinco enemigos, la muerte resultaba inminente. Carlomagno con la ropa y el rostro ensangrentado, se desprendió de sus protecciones y sus armas y se puso de rodillas, cogió un cordel que le colgaba del cuello, y sacó la punta de lanza para acariciarla con sus manos. Los soldados, no sabían qué podía significar aquello, era extraño que un guerrero abandonara las armas y se pusiera en una situación sumisa esperando la muerte, extrañados por el valor que demostró aquél hombre, pensaron que se trataba de algo sobrenatural y que no temía a la muerte porque pertenecía a otro mundo. No quisieron hacerle daño, asustados por las posibles represalias en un encuentro en el más allá.

Pasaron los años y la Sagrada Lanza fue pasando de mano en mano. En pocas ocasiones los elegidos descubrieron que estaba dotada de una fuerza propia y que era ella quien designaba a sus portadores dotándoles de un inmenso poder, unas veces para el bien y en algunas ocasiones para el mal, sembrando el terror y la muerte por donde pasaba, adueñándose de la cordura de sus descubridores, creándose un vínculo que duraba desde el primer contacto hasta la muerte. Siempre la llevaban encima y serían capaces de matar si alguien hacía el amago de quitársela, o tan sólo de tocarla. Muchos reyes degollaron a sus concubinas en el mismo lecho de amor por intentar descubrir, tan sólo, la procedencia de tan extraordinario objeto.

Centurias mas tarde, a principios del siglo XX, en el museo de Viena, un hombre se queda obnubilado ante la visión de la que él reconoce como la lanza de poder, sobre la que tanto ha leído e investigado, era un jovencísimo Adolf Hitler, que años más tarde, al conquistar Austria, la guardaría y llevaría siempre con él. A partir de entonces, la historia del mundo cambió, dominado probablemente por el poder del lado oscuro de la lanza sagrada.

El Führer se volvió loco y terminó pegándose un tiro en la cabeza, junto con su reciente esposa Eva Braun, en su bunker de Berlín. Cuando el ejército rojo conquistó la ciudad, un mercenario español republicano, descubrió la lanza entre muchos otros objetos esotéricos que se guardaban en el refugio. O fue ella quien se interpuso en su camino, porque resaltaba entre los demás objetos por el brillo que refulgía, a pesar de estar prácticamente oxidada. Se acercó a tocarla y al tenerla entre sus manos, sintió la fuerza, intentó dejarla en su sitio, pero ya era imposible, tenía que ser suya y la robó.

Siguió ganándose el sustento luchando en otras guerras del lado del que mejor pagara, siempre en el primer frente, y saliendo milagrosamente ileso de todas las batallas. En todas las ocasiones llevaba consigo el codiciado talismán.

Pero con el paso de los años tuvo que pagar su tributo, empezó a sufrir una transformación, antes que era de espíritu noble y solidario, se fue convirtiendo en algo mezquino y ponzoñoso maquinando constantemente inquinas y rebeliones con los que le rodeaban.

En una refriega en el Congo, persiguiendo a un soldado enemigo consiguieron llegar hasta un poblado oculto entre la espesura de la jungla. Los nativos extrañados al ver a los primeros hombres con la piel blanca, les rodearos para tocarles con curiosidad. Pero él asqueado por la adulación de los salvajes mandó a sus secuaces que abrieran fuego a discreción. En unos minutos habían arrasado con todo ser viviente de alrededor. Todo era sangre y cadáveres.

Al terminar la dictadura española volvió a su pueblo, Seseña, allí le esperaban antiguos enemigos del bando nacional. Le capturaron una noche sin luna, y a las afueras del pueblo le desgarraron el alma y le ajusticiaron con una pistola. Allí mismo le enterraron, con las ropas que llevaba y el amuleto al cuello.

Pasaron los años y sobre los restos del asesinado se hicieron los cimientos de lo que luego fue una fábrica de moldeo de plásticos. La llamarían Mecaplast.

Desde los inicios se convirtió en una `pieza clave de la industria, ejemplo de prosperidad y de excelencia. Con un poder de recuperarse ante las adversidades envidiados por las marcas del sector. Pero donde verdaderamente se evidenciaba el influjo de la Lanza de Longinos era en sus trabajadores, ávidos de trabajo y rebosantes de compañerismo y amistad.

Pero la Lanza de Poder también desprende su lado oscuro, y tarde o temprano, la maldad del centurión aparecerá entre los muros de la fábrica, seguramente, en alguno de los mandos superiores.

Pero, queridos lectores, esa ya es otra historia.


Fernando García de la Rosa.

Beautiful Bathory

Beautiful Bathory

La sangre,
la sangre porque sí;
La sangre como fuente de belleza,
como prólogo perfecto
al mármol de tus carnes.
Tus miembros,
la indomable rigidez de tus costillas,
las cuentas que se forman en tu espina,
vibran de gozo ante el tibio líquido,
ante esa acritud de aroma que te es tan
familiar:

Y en este baño de homenaje hacia tus galas,
en este canto al cuerpo como sublime diseño,
renaces más linda si cabe,
remontando perspectivas
que verán la línea griega.
Recuerda, pues, la sangre
como símbolo de vida nueva;
Cómo bálsamo que rompe
con las miserias del tiempo,
que evita la decadencia:
Como un elixir que supera
la prueba tortuosa del espejo.
Recuerda, y, si acaso tu castigo lo permite,
dime mientras tanto qué se siente,
qué trágica araña se pasea por tus venas:
Cuenta como sufres en tu torre de delirio,
¡oh, tú!,
navegante entre piedras centenarias,
viandante de mazmorras sin final.


Alberto Lominchar Pacheco.


En homenaje al amigo, poeta y narrador Alberto Lominchar: referente incuestionable de las Letras Ribereñas, voz honda y esclarecida de nuestro Real Sitio.

El experimento

El experimento

 

Cuando desperecé los ojos, no sabía cuanto tiempo llevaba inconsciente ni el motivo de mi desvanecimiento, me encontraba en el interior de una especie de aeronave, sentado en una gran silla acolchada y sujeto con cinturones de seguridad, frente a mí había un cuadro de mandos como los de los submarinos que solía pilotar pero con muchas más lucecitas de colores y con palancas de diferente grosor y longitud. El habitáculo medía unos dos metros de ancho, en forma circular y con varios ojos de buey que permitían ver perfectamente todo lo que había en el exterior.

Mirando a través de las ventanillas descubrí que me encontraba rodeado de un líquido rojo como… como si fuera… sangre. El vertiginoso torrente me llevaba flotando en alguna dirección desconocida para mí, aún no recordaba cómo había llegado hasta allí y lo único que podía hacer era dirigir el avión, o lo que fuera, por el cauce principal, más ancho y cómodo que las canalizaciones adyacentes, que continuamente salían a ambos lados y que sabe Dios adónde iban a parar.

De pronto se me plantea una encrucijada existencial cuando el camino se bifurca en dos, ¿izquierda o derecha? Elijo la diestra y de momento todo sigue igual, pero poco a poco el túnel carmesí se va achicando y apenas coge la nave. Y cada vez se hace más pequeño hasta que desemboca en una especie de caverna donde el aire insufla y sufla rítmicamente, a veces lo que entra es una gran nube de humo blanco, si estuviera dentro del cuerpo humano pensaría que me encuentro en los pulmones. Pero me parece una idea absurda que no puedo tener en consideración.

Vuelvo a meterme por una pequeña oquedad que desemboca en un nuevo río rojo. Cada vez que el canal se hace mas grande va aumentando la velocidad y me siento como absorbido por una fuerza desconocida que me impide controlar el vehículo. Veo como llego hasta una especie de compuerta que se abre y cierra a un ritmo constante. Y suena un grave zumbido que me deja cada vez más sordo. TOC, TOC, entonces es cuando lo veo claro y empiezo a recordar. Estoy a punto de entrar en el corazón de un cuerpo humano.

Hace un año las deudas dinerarias me acosaban como lobos a una oveja, sin trabajo y sin atisbar un rayo de luz a mis problemas. Todo se me hacían penumbras hasta que leí en el periódico un anuncio donde se necesitaban pilotos de submarinos en una empresa de investigación farmacológica. Me aceptaron el curriculum y fui citado para hacerme unas pruebas físicas y psicológicas. Cuando hubo terminado el examen me dijeron que había sido aceptado y que formaría parte de un experimento científico llamado Mecaplast B58.

Debería pilotar un minisubmarino y adentrarme dentro de un cuerpo humano para localizar y destruir un virus mortal que estaba creando una apocalíptica pandemia en la humanidad, el H1N1.

Para ello sería reducido, junto con el sumergible, a una millonésima parte de mi tamaño para poder inyectarme directamente al torrente sanguíneo. Las consecuencias de la reducción eran desconocidas puesto que solo se había probado en conejos, y estos acababan perdidos en las arterias de sus hermanos.

En el corazón todo se precipita, entro de la aurícula izquierda al ventrículo y de ahí salgo por la arteria Aorta a una velocidad vertiginosa hacia nuevos territorios. A través de diferentes canalizaciones no tardo en llegar a lo que creo que es el hígado puesto que me encuentro rodeado por un líquido viscoso y verde, que es igual a la bilis que vomitamos después de una buena borrachera.

De ahí consigo escapar y pongo rumbo a los riñones en busca del tan mortífero virus, pero en los filtros nefrones solo encuentro piedras calcáreas que le tienen que provocar más de un dolor a mi portador.

No tardo en llegar al estómago donde en una especie de mar ácido se desintegran todos los alimentos que llegan. Yo activo los motores que convierten mi medio de transporte en un potente avión, con el que me permite esquivar la muerte que acecha abajo, en el lago corrosivo. Me adentro en un gran torrente donde no deja de caer una finísima lluvia mortífera, mientras grandes turbulencias me zarandean de un lado a otro del abdomen, me acerco a otra compuerta que se llama píloro, antesala del fascinante mundo de los intestinos.

En el delgado parece que recorro kilómetros, aunque apenas son seis metros. De pronto noto cómo la nave es sacudida y golpeada con lo que a mí me parecen pedradas. Al asomarme a la ventanilla descubro que estoy rodeado por cientos de pequeños seres peludos y con largos colmillos, y una mirada diabólica que denota que no vienen con buenas intenciones. La hostilidad de los atacantes me lleva a la conclusión de que es el virus que venía buscando.

Puesto que la batalla es inevitable, abro las escotillas de los torpedos con las vacunas que debía probar, la N68, y les envío el primero. Las bajas causadas son numerosas pero al instante reemplazadas por nuevos virus, al disparar el segundo y causar el mismo desenlace empiezo a dudar de mis posibilidades de supervivencia. Pero una ayuda inesperada acude a fortalecerme en la cruenta batalla, miles de glóbulos blancos atacan a mis enemigos con sofisticadas armas que al hacer blanco en el objetivo desintegran al instante al individuo. Poco a poco las huestes enemigas van mermando en número y en virulencia.

Cuando ya lo teníamos todo ganado aparecen una cantidad de virus imposible de contar, millones tal vez, aparecen filtrándose a través de las paredes del intestino, sin saber de dónde vienen. Los leucocitos son derrotados y me quedo yo solo ante el peligro. Tengo que tomar una firme decisión sin saber cuales serán las consecuencias.

En el laboratorio de ensayo la llamaron “bomba atómica”, por la cantidad de medicamentos y de extraños componentes con los que hicieron la vacuna. No se sabía si además de matar al virus también podría dañar a otros órganos, pero ahora era el momento de descubrirlo. Deposité mi mano sobre el interruptor rojo y lo presioné con fuerza hasta el fondo. Durante unos instantes no pasó nada, pero una gran explosión dio paso a un agobiante temblor con el que dudé de salir vivo de allí. Fueron unos minutos de angustia, y cuando por fin llego la calma, a mí alrededor todo era vacío. Se habían volatilizado, los virus, los glóbulos blancos, restos alimenticios, todo. Sólo estaba mi querida nave sanguínea y un gran túnel de intestino, que me atraía y me asustaba como la gruta de una montaña. La vacuna había sido todo un éxito.

Avancé en solitario por la serpenteante galería intestinal, y a medida que avanzaba un olor escatológico, fácilmente reconocible, empezaba a filtrarse en el interior del habitáculo. Me acercaba al intestino grueso, más ancho y espacioso aunque el conglomerado de una sustancia viscosa y nauseabunda en continuo movimiento, hacía más difícil mi circulación. A ambos flancos se formaban remolinos y turbulencias, nubes tóxicas quizá, que al ser analizados por los sensores de la nave me diagnosticaban que era gases flatulentos.

En un desliz de tripulación me metí dentro de una de estas grandes nubes y ya no pude salir, me atrapó en sus fauces ponzoñosas, y me vapuleó de un lado para otro en inmensidad de volteretas, hasta llegué a pensar que me quedaría allí para siempre.

Conseguí vislumbrar a lo lejos una pequeñísima luz que me iluminó los ojos de esperanza, pero yo no era dueño de los mandos y me movía al capricho del tifón, que se iba acercando a esa pequeña abertura. La fuerza de la tormenta se hizo cada vez más agresiva y como si una eclosión de dinamita fuera, salí catapultado hacia el exterior, envuelto en una nube de gases y mal olor.

Desgraciadamente toda la salpicadura se quedó pegada en la tela de la ropa interior. Ya he mandado un mensaje al laboratorio para que me rescaten de este refugio contaminante. Y están haciendo todo lo posible para encontrarme en este nido inmundo.

 

Fernando García de la Rosa

Conjuro para seguir siendo nunca los mismos

Conjuro para seguir siendo nunca los mismos

Desandar a tientas la gramática

de tu escala en Sol menor.

Cambiar lo cotidiano.

 

Elegir noche metálica de pétalos de mosca.

 

Remover con estremecimiento en la locura.

 

Dejar macerar con ungüento de sobredosis

la resaca del último orgasmo.

 

Viajar con los pies a ras del cielo

los próximos mil años.

 

Reposar.

 

Hacer acopio de estrellas fugaces.

 

Tatuar con tinta invisible en tu pecho

o a estribor del presente en tus pupilas

la palabra fin.

 

 

Alfonso Gálvez Gómez

La otra acera

La otra acera

Para contrariar la costumbre, nuestros gobernantes han decidido que las calles de esta ciudad no tengan más que una acera. De manera que, invariablemente, tendremos que desplazarnos siempre por el mismo lado.
Se podría esperar que dicha medida provocara grandes escándalos y que suscitara uno que otro levantamiento entre nuestros conciudadanos, pero no ha sido así. Con buen ánimo, cada uno de nosotros ha sabido habituarse a la particularidad de estas calles.
Como una muestra cabal de nuestro respeto por las leyes (se equivoca quien hable de sumisión), hemos comenzado por suprimir ese ligero movimiento de levantar la mano y saludar a quien camina en frente.
Con el correr del tiempo y llegado el momento de escribir la historia, no habrá quien recuerde que un día, todos a una, acordamos de buena gana suprimir también ese brazo que nunca más volveríamos a levantar. Después de todo, no era más que una extremidad inútil que ya no tenía cabida en el paisaje de nuestra amada ciudad.

 

Carlos Adolfo de la Hoz Albor

Mundo Simbólico

Mundo Simbólico

CALAVERA

En un sentido general, es el emblema de la caducidad de la existencia, cual aparece en los ejemplos literarios del Hamlet y del Fausto. Sin embargo, como la concha del caracol, es en realidad "lo que resta" del ser vivo una vez destruido su cuerpo. Adquiere así un sentido de vaso de la vida y del pensamiento. Multitud de actos supersticiosos, rituales o derivados de la antropofagia provienen de este sentimiento.


CASA


Los místicos han considerado tradicionalmente el elemento femenino del universo como arca, casa o muro; también como jardín cerrado. El simbolismo arquitectónico tiene en la casa uno de sus ejemplos particulares, tanto en lo general como en el significado de cada estructura o elemento. La fachada significa el lado manifiesto del hombre, la personalidad, la máscara. Los distintos pisos conciernen a las dimensiones de la verticalidad y el espacio. El techo y el piso superior corresponden, en la analogía, a la cabeza y el pensamiento, y las funciones conscientes y directivas. Por el contrario, el sótano, corresponde al inconsciente y los instintos. La cocina, como lugar de transformación de los alimentos, puede significar el momento de una transformación psíquica en el estrato alquímico. La escalera es el medio de unión de los diversos planos psíquicos. Su significado depende de que se vea en sentido ascendente o descendente.

Perseguido

Perseguido

Por el horizonte dorado, sorteando las impresionantes moles de piedra de Monument Valley un jinete cabalga con paso lánguido sin apenas levantar polvo a su paso. Sin embargo, todas sus ropas de vaquero están blancas por el vómito arenoso del desierto de Arizona. Va mascando tabaco para saciar la sed de varios días racionando el contenido de la cantimplora y sin saber cuando encontrará el próximo pozo donde repostar agua.
Tira de las riendas de su caballo Bucéfalo y se dirige, esperanzado, a lo alto de una loma para divisar qué hay al otro lado, desde allí descubre cómo al pie de la ladera se alza un pequeño pueblo de apenas veinte o treinta casas de madera, que se diluyen en la nada a ambos lados de una calle que lo atraviesa por el medio.
Cuando llega, un gran tablero clavado en un poste reza el nombre de Mecaplast City. Se adentra por la polvorienta travesía, casi desierta, a no ser por un perro pulgoso o por los ancianos, quizá buscadores de oro retirados, que se sientan en las mecedoras a las puertas de sus casas, bajo la techumbre, a esperar a que se ponga el sol. Aunque el pueblo es pequeño, tiene su humilde iglesia, los establos que albergan a las escasas cabalgaduras y el granero que almacena el trigo y otros cereales. Y por supuesto, como en todo el oeste, un hotel y el saloon.
Clint, que así se llama el pistolero, se para frente al bar, baja del caballo y sube las traviesas de la entrada haciendo sonar las espuelas de sus botas. Se detiene unos instantes frente a las puertas abatibles, pensando si debe pasar o debe seguir su camino, pone sus manos sobre la madera, empuja y entra, en el mismo momento se hace silencio en el local y todas las miradas se dirigen a él. Tras la pausa todo vuelve a la normalidad, los jugadores al póker y el pianista al piano. Clint se acerca al mostrador y pide un whisky, podría pedir agua después de cabalgar por el yermo desierto, pero son muchas millas de abstinencia y necesita un trago, luego llenará su calabaza vinatera, y seguirá viaje sin rumbo fijo. Se lo bebe despacio, mirando hacia el fondo de la barra, sin girarse a ver qué clase de gente se encuentra en el local, porque sabe que son más o menos como los de todos los salones del oeste.
Desde una mesa cercana se levanta un hombre elegantemente vestido e invita al forastero a echar una partida al póker, el héroe solitario deniega la invitación porque ya está curtido en mil partidas y sabe que los tahúres de la timba son unos tramposos.
De un vistazo vio cómo se hacían señas unos a otros y cómo escondían los naipes por la boca de la manga. Por un momento, piensa que podría jugar con ellos y ganarles hasta las botas de montar pero el turbio pasado le cruza como un rayo, y no quiere jaleo, se ha propuesto cambiar de vida y llevar sus pasos por el buen camino. Para ello debe huir hacia otro territorio donde no esté en busca y captura, vivo o muerto, y donde no le persigan los cazarecompensas, aunque ha matado a muchos, cada vez son más jóvenes y más rápidos que él disparando con el revolver.
Se le acerca una bella señorita, con un vestido de seda negro y encajes rojos, al andar asoma por la raja de la falda una pierna interminable enfundada en una media de rejilla negra sujeta con un liguero rojo a juego con los encajes. Intenta insinuársele pero él sólo está de paso, ha venido al pueblo a tomar un trago y luego a continuar su camino. La fulana desiste vencida y se aleja hacia el negro que toca el piano para ver, desde su atalaya privilegiada, cómo se levanta un hombre con la ropa desaliñada y síntomas de estar borracho. Se acerca hasta donde está ella y le endilga una monumental bofetada por haber intentado tratos con el forastero.
Clint que lo ve todo, aprieta las mandíbulas y hunde su cara en el vaso de whisky, lo apura de una vez y enseguida pide otro. Hace un ademán al camarero para pedir la cuenta con la intención de pagar e irse. No quiere jaleos.
Desde que pasó al local, hay un hombre sentado solo en una mesa que lo mira intentando recordar por qué le suena su cara. Tal vez lo haya visto en un cartel donde pone que es buscado por la justicia. O quizá es un compañero itinerante de borrachera en algún pueblo perdido del oeste.
Decide entablar conversación con él. Al levantarse relucen las puntas de su estrella dorada que tiene en la solapa de su chaqueta. Es sheriff del condado. Se ajusta un punto más el cinturón y se coloca las cartucheras con las pistolas, dos Colt del 45.
Clint al ver que se acerca y que probablemente le ha reconocido, apura la copa, se cala bien el sombrero y hace un intento de marcharse pero el sheriff Wyatt le pone la mano en el hombro y lo detiene para invitarle a otro whisky.
Se niega con rotundidad a compartir barra con él, porque es un héroe solitario y ya nunca bebe con nadie, teme que el representante de la ley quiera entretenerle para apresarle y acabar con sus andanzas confinado en el calabozo, o tal vez directamente le cuelgue de la soga atada a un árbol. Wyatt se pone pesado e insiste en tomarse el chupito ya al borde de las malas maneras y la intimidación.
El forastero, que no quiere jaleos, acepta la invitación. Ve con parsimonia cómo le sirve el camarero otro lingotazo de whisky y tras entrechocar el cristal de su vaso con el del sheriff, brindan por la salud, y le apura de un trago. Le ofrece otro, pero Clint lo rechaza porque empieza a sentirse un poco ebrio y a calentársele el labio, no quiere terminar beodo perdido cayéndose al suelo a cada paso que dé. Su oponente no acepta el rechazo y empieza a levantar la voz insultando al hombre solitario que tan sólo baja la cabeza y aprieta los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de la manos. De súbito y con una rapidez incomprensible el sheriff saca el revolver y lo apunta al pecho, separándose de él unos pasos, en parte por miedo a ese pistolero del cual le suena su cara.
Clint se queda inmóvil mirando de soslayo cómo toman posiciones los secuaces, uno a la espalda de Wyatt y el otro unos metros a su derecha, los dos con la mano apoyada en la culata de la pistola. Él se ha sumido en un penetrante silencio absorto por el discurrir de los acontecimientos, a la espera de que suene un disparo y el cuerpo de uno de los dos quede en el suelo. Los duelistas se miran a los ojos, con miedo ante la inminente presencia de la muerte, relajados como sólo los asesinos saben hacer. Afuera el sol ya ha empezado a ponerse y deja sumido el pueblo en tinieblas, el saloon se oscurece, en la calle un perro callejero ladra y Wyatt desvía la mirada un momento, alterado por los ladridos, unas décimas de segundo quizá. Suficiente para que lo aproveche su oponente, que desenfunda, y ¡bang! , le dispara al corazón, dejándolo fulminado. Sus dos matones sacan sus pistolas, pero demasiado tarde, porque una bala se les aloja en el cerebro dejándolos muertos al instante, primero uno y luego otro, sin saber por donde han llegado los tiros. Dejando un olor a pólvora y a muerte.
Y así, con el revolver soltando humo por el extremo del tubo, mira en silencio a los presentes que le observan boquiabiertos. Vuelve a enfundar y deposita sobre la barra unas monedas, más que suficientes para pagar los whiskys, da media vuelta sobre sus talones y empuja las puertas de vaivén, cuando sale a la calle el poco sol de la media tarde le pega en sus vidriosos ojos, reconfortado por el calor del alcohol, monta sobre su caballo y tira de las riendas en dirección al otro extremo de la travesía por donde llegó. El destino es aún desconocido. Pero tiene claro que hay veces que no puede huir de los jaleos.


Fernando García de la Rosa

Pasaron por aquí - Hans Christian Andersen

Pasaron por aquí - Hans Christian Andersen

Por Ricardo Lorenzo

En un frío otoño, Hans Christian Andersen, paseó por Aranjuez

El 2 de abril de 1806, en Odense, nació Hans Christian Andersen, el autor danés más universal, el padre de "La sirenita" y otros cuentos infantiles inmortales. Su propia vida parece un cuento escrito por él. Hijo de una familia muy humilde, a los once años queda huérfano. A los catorce viaja a Copenhague e intenta fortuna como actor. El director del Teatro Real, James Collins, ve algo especial más allá de su estrafalaria figura de adolescente gigante y desgarvado con cara de ave, y le paga los estudios en una prestigiosa academia. Allí, voraz, se lo lee todo. Se enamora de Shakespeare y se embeleza con Schiller.
Hans Christian Andersen (1806-1875) ha pasado a la historia de la literatura como un magnífico cuentista para niños. Sin embargo su obra es mucho más amplia y abarca la poesía, la novela y los libros de viaje. Andersen fue un gran viajero en una época en que muy poca gente viajaba. Realizó largos viajes por toda Europa y visitó España en dos ocasiones. La primera vez, entre septiembre y diciembre de 1862, y la segunda, en 1866, camino de Portugal. De su primera visita nació "Viaje por España", una narración entusiasta, adobada con la fina ironía que le caracterizaba.
En dicho libro Aranjuez aparece en dos ocasiones. La primera, entrevista apenas, al anochecer, desde el tren que lo lleva a Madrid desde Alcazar de San Juan: "... Se hizo la oscuridad y de repente ésta aumentó al meternos por un túnel de matorrales y árboles entrando en Aranjuez, oasis del desierto de la provincia de Madrid. Naturalmente, nos vino al punto a la memoria la frase del ´Don Carlos`de Schiller: ´Los días gloriosos de Aranjuez han tocado a su fin`. Nos detuvimos un par de minutos en la estación; vimos proyectarse la luz del farol sobre los raíles, reverberar en los canales, y los minutos en Aranjuez se pasaron. De nuevo volaba el tren hacia Madrid, en una hora estaríamos allí".
En Madrid Andersen pasará frío, mucho frío, un frío que le recuerda el soneto de Gongora: "El aire de Madrid es tan sutil/ que mata a un hombre/ y no apaga un candil". Pero, aparte del frío, la lluvia y el lodo, Madrid le regala las maravillas del Prado y la amistosa camaradería con gente como el Duque de Rivas, Eugenio Hartzenbush o Cánovas del Castillo.
En Madrid permanece tres semanas y decide partir hacia Toledo con parada en Aranjuez (Ventajas de la época de Andersen en las que se podía ir en tren a Toledo desde Aranjuez y no como ahora):"En el tren de la mañana salimos de Madrid... A la luz del día corríamos por la dilatada comarca, cuya fisonomía es mejor que su fama; no hay tanto desierto como dicen; es como un enorme pastizal, pero parte de él está ya bajo cultivo y mucho más va a ser cultivado. Llegando a Aranjuez, la zona muestra un parecido notable con Dinamarca: hay grandes árboles de tupida fronda y abundante maleza, y un parque cruzado por canales y rodeado de pequeños lagos; lo vimos a la luz de un frío otoño nórdico. La pequeña y edificada villa, con su palacio, su plaza delante del mismo, y su parque, parecía estar falta de gente; todo ello tenía un aspecto agradable, pero solitario y olvidado, como una finca abandonada por sus dueños. Bajo aquellos añosos árboles había pasado Felipe II sus ´días dichosos`. Aquí, en la darsena de los pequeños lagos había tenido Felipe IV su juguete, una diminuta armada."
Andersen pasa unas pocas horas en Aranjuez, las suficientes para percibir la atmósfera especial que la cubre de melancolía en los otoños fríos. Ahora le tocaba salir del oasis, subirse al tren y partir: "Saliendo por la vía de hierro de Aranjuez hacia Toledo, en seguida cambia el aspecto del paisaje; diríase que nos habíamos transportado a los alrededores de Roma, pues el amarillento Tajo se asemeja aquí sobremanera al Tiber. Pasamos corriendo por delante de caseríos solitarios y chozas abandonadas; en cada estación (Castillejos, Algodor) se agrupaba una abigarrada multitud. Al parecer, por todo este tramo del ferrocarril, las guardianas eran mujeres, empleadas en esta función. A cada momento veíase una madre, de pie, rodeada de chiquillos que le tiraban de la falda, mientras ella desplegaba la banderilla, blandiéndola en la dirección del tren".

Mundo Simbólico

Mundo Simbólico

ANIMALES


Desempeñan un papel de suma importancia en el simbolismo, tanto por sus cualidades, actividad, forma y color, como por su relación con el hombre. Los orígenes de la simbología animalística se relacionan estrechamente con el totemismo y con la zoolatría. En clave masónica hay una gran cantidad de animales (muchos de ellos vinculados con las tradiciones egipcia y hebrea) que representan, generalmente, cualidades que ha de observar el iniciado. A continuación se exponen algunos principios y su correspondencia animal que aparecen en la masonería simbólica: el Gallo, la vigilancia; el Pavo Real, la vanidad; la Corneja, la longevidad; el Búho, la observación; la Abeja, el orden y la laboriosidad; el Pelícano, el sacrificio; el Toro, la constancia...


ÁRBOL


Es un símbolo universal que toma muchas y complejas significaciones según las diferentes tradiciones y por la constitución de cada variedad.
Para los antiguos, los árboles poseían “energía divina” que podía ser utilizada por los iniciados en los misterios; y el bosque representaba el refugio de quien se alejaba de lo profanado. Así para los celtas el roble era sagrado y bajo su sombra se realizaba la iniciación; los griegos consideraban el saúco sagrado para Pan, la hiedra para Baco, la adelfa para Apolo y el laurel para Dionisos; los egipcios consagraban el tamarisco a Osiris; los romanos tenían el roble como emblema de Júpiter; la higuera es para los budistas símbolo de Iluminación.

El Pulpo de la Estación Once

El Pulpo de la Estación Once

Resulta extraño no verlo junto a los cofres de la Estación Once, con su cajón de lustrar y esa respiración asmática que lo castigaba en los inviernos, pero nunca logró estropearle la sonrisa. Hace cuarenta y tantos, dicen los más veteranos de su selecta clientela de obreros, quinieleros, buscas y correteadores de putas. A mí me constan al menos treinta agostos, desde cuando tenía su modesto salón de lustre, frente a los antiguos baños de la terminal ferroviaria. En esos días de mi infancia, algunas mañanas pasaba mal dormido y peor alimentado, rumbo a una escuela tan lejana como breve y ahí estaba “El Pulpo”, revoleando cepillos y deshilando paños entintados, por la alegría de la moneda ganada con oficio. Luego pasé a formar parte de la nueva generación de clientes y nos hicimos casi amigos.

“El Pulpo” —nunca supe su nombre, aunque vi crecer a sus hijos y a él venirse viejo y previsor del frío, que se lo terminó llevando puesto— no era tan solo un lustrabotas: sino un artista. Tenía el orgullo y la seguridad de saberse profesional, pero ante todo, esa dedicación apasionada de quienes aman lo que hacen. Ponía el corazón en cada lustre y todo lo hacía con una precisión y una seriedad admirables. Sus hijos aprendieron, sus nietos incluso, pero nadie, nadie lustra como “El Pulpo”. Eso lo saben todos, como todos sabíamos de su mesura, educación y buen trato, que contrastaban con la rusticidad del ámbito y lo hacía blanco de bromas despiadadas, de las que se escudaba en el silencio de su timidez provinciana.

Pasó media vida lustrando en el ingreso al hall, hasta que el progreso le tiró al volquete la plataforma con sus sillas de apoya pies de bronce y ocupó el espacio, para la vidriera de un moderno local a treinta mil la llave. Le prometieron respetar los años resignados a la ventisca y al perfume a orina de los baños públicos: ya viene el arquitecto para diseñarle un localito que va a ser la envidia; mañana el gerente de la concesión verá de dejarle una esquinita para que acomode sus huesos y pomadas; pronto se desocupa la cuadrilla y va a ver qué lindo el lugar que pensaron para que trabaje. Estamos esperando la orden de arriba, pero todo está dispuesto. Así corrieron años, de más frío y vanas esperanzas, pero El Pulpo nunca dejó de creer que se acordaban de él. “Hay que esperar dotor —me decía, haciéndome usurpar el título y concediéndome el honor— son buena gente los ingenieros, pero están muy ocupados, una obra grande..qué le parece.. pobres, tanto trabajo. Pero todo llega en la vida. Uno siempre tiene que ser agradecido y tener paciencia”. Gran corazón y mucha sabiduría la del pulpo, todo llega en la vida, inclusive la muerte. Los pulmones no le dieron más y antes que se le marchitara la voluntad se recluyó en su casa.

Esta mañana, Juan —uno de sus hijos, de los que vi crecer cepillo en mano— me hizo saber que se acabó la magia del brillo acharolado, la filigrana de cerdas en el aire, el restallar de paños entibiando el cuero y la franca sonrisa del maestro. Ya no más el oído atento y sobrio de confesor laico. No más ilustradas palabras de un hombre sin escuela. Ni su lección de felicidad llana, que valía muchísimo más de tres monedas.

Si Dios existe —y no está tan ocupado— verá que finalmente le hagan su merecido saloncito, para que sigan lustrando sus hijos y sus nietos, así, “El Pulpo” sabrá desde lo alto que su sueño llegó, como todo en la vida, o un poquito después.

Sergio Manganelli

De cómo preparar sabrosos zumos tropicales

De cómo preparar sabrosos zumos tropicales

Hace calor. La gente va al mercado como si fuera una fiesta (sucede allí, pero podría suceder en cualquier lugar del mundo). Entonces, picando de aquí y allí, la cocinera va eligiendo la fruta basándose en estrictos criterios de lo que le da la gana. La multitud se mantiene detrás de ella apretujada y se relame.

Ahora todos se reúnen en la plaza del pueblo. Y la cocinera empieza a llenar lo vasos. De pronto, todos se quedan petrificados, no se oye el ruido de una mosca, claro, porque las moscas también se han quedado petrificadas, hasta los niños se han quedado quietos.

Al cabo de un rato, varias personas empiezan a sonreírse; les hace gracia que el tiempo se haya detenido.

Aun así el local se va inundando de aromas de primavera y de verano, de mango y canela, de papaya y limón, de melón y naranja, y (¡qué extraño!) también de fresón americano.

Eso sin embargo no es lo más curioso: de repente, en un par de vasos, el zumo amarillo empieza a anaranjarse, y en un rincón dos enamorados se besan por casualidad, ¿qué está sucediendo?, ¿por qué tarda tanto la cocinera?, ¿se habrá puesto como siempre a bailar?, ¡vaya costumbre!

Pero no es así, la cocinera está sencillamente rebosante de amor, a lo mejor demasiado alegre para cocinar, no ha podido sustraerse al colorido y a la fresca fragancia de la fruta recién cortada.

¡Por fin! Se han llenado las bandejas y se han llevado al salón, el sol abre de pronto todas las ventanas, y la brisa se pasea por allí como si estuviera en su casa. Tan sólo el alcalde , que ha de mantener la compostura, evita sonreír. Y mientras beben, ya nadie sabe distinguir entre un suspiro y una carcajada.


Julio Cordal

Polipropileno

Polipropileno

Fue en los albores de agosto de hace muchísimos años. El calor del tórrido verano atacaba con crueldad la ya por entonces, maltratada corteza terrestre. Era la temperatura ideal para extraer petróleo de las entrañas de la tierra. Irak, en aquellos años, era una inmensa balsa de ansiado crudo que proporcionó dinero a unos pocos dirigentes políticos, y guerra y miseria a miles de ciudadanos.
Yo ni siquiera tuve el privilegio de ver las áureas saetas que irradiaba el astro sol. Pasé de mi aceitosa cuna azabache a través de unos oleoductos, cruzando el país hasta la costa del golfo, donde me hacinaron y encarcelaron, junto con millones de litros más, en unos grandes barcos petrolíferos de tres capas de seguridad para evitar que escapáramos al océano y contamináramos todo a nuestro alrededor. Aun así, en aquel buque de acero se hablaba que de otro carguero del mismo jeque, bautizado en su día como Prestige, habían conseguido escapar por unas grietas, unos pequeños hilillos que llegaban en su ascensión hasta la superficie marítima, esparciéndose por cientos de millas, muy cerca de la costa gallega.
Atracamos en el puerto de Valencia, atestado de gentes y enormes buques, y nos depositaron en grandes aljibes de mercancías peligrosas, pertenecientes a un convoy de vagones de tren con destino a Puertollano, una especie de Hollywood del petróleo, donde te podías codear con los mejores hidrocarburos del mundo. La factoría abarcaba varios miles de metros cuadrados. Lo que más me llamó la atención y despertó en mí grandes temores fueron unas grandes chimeneas y en lo más alto de ellas un gran fuego a modo de llama olímpica en el gran estadio de atletismo. También había unos gigantescos depósitos con forma esférica que más tarde supe que albergaba fluidos inflamables, y que hacía de aquel campo de concentración un terrorífico amasijo de hierro y fuego.
Me introdujeron en una gran turbina donde mis moléculas estallaron en mil pedazos, para que, una vez estabilizadas y solidificadas me convirtiera en una pequeñísima bolita de polipropileno, carente de vida, que formaba parte, junto con millones de bolas más, de un cargamento de cientos de octavines de mil kilos. Hacinadas en su interior, sin movernos y asfixiadas por la falta de oxigeno, nos apilaron en el vagón de un tren de mercancías con destino a un centro logístico de Ocaña. El viaje fue insoportable en condiciones vejatorias, sin espacio y en un clima húmedo que tan mal sentaba a nuestros organismos, de nada sirvió que imploráramos clemencia a nuestros guardianes, porque ellos, en su desconocimiento de nuestro idioma, no entendían nuestras peticiones.
En la inmensa y destartalada nave, plagada de estanterías y paquetes de mil tamaños, se apilaban, unos encima de otros, cientos de octavines, en muchos de ellos seguramente había bolitas como yo, con sus raíces provenientes de Irak, otras vendrían de Venezuela, o de Brasil, una potencia emergente que terminó gobernado el mundo. A cada una de nosotras nos esperaba un destino diferente, en plantas especializadas seríamos transformadas en distintos utensilios y piezas de polipropileno. Un día como otro cualquiera, silencioso y oscuro entre las paredes de mi casa de cartón, un camión articulado vino a por nosotros y nos llevaron por carretera hasta Mecaplast, el Olimpo del plástico, donde obtendría mi transformación definitiva.
Primeramente el chico aprovisionador de materia prima, un joven apuesto que denotaba una inteligencia sublime, tuvo a bien meterme en unos enormes contenedores cilíndricos y metálicos donde me secaría y calentaría a 80º C. Desde ahí sería conducido a través de canalizaciones en forma de tubo hasta la potente máquina de inyección. Allí las altas temperaturas a las que fui sometido, casi 300º C, hicieron que me fundiera junto con mis compañeros hasta crear una sustancia líquida, cientos de bolitas que formarían parte de un todo que sería inyectado al molde con fuertes y numerosos bares de presión. El pequeño espacio era un sitio claustrofóbico donde faltaba el aire y donde nos convertíamos de nuevo al estado sólido, enfriado por corrientes de agua que circulaban por los circuitos interiores, pero nuestras moléculas ya formaban parte de una gran pieza, y quien sabe si alguna vez volveríamos a ser un fluido libre. Ya como objeto sólido nos envolvieron en plástico de pluma y nos embalaron en una caja de cartón con destino a Vitoria. Aunque allí dentro no podíamos ver nada, creo que nos llevaron en camión porque el vaivén que se producía en el interior al tomar las curvas era fácilmente reconocible, puesto que yo, ya me había convertido en un experto viajero en distintos tipos de transporte.
Cuando me sacaron de la caja fue para ensamblarme en la carrocería de un coche nuevo y formar parte del lujoso salpicadero. Mi tonalidad era gris argénteo y daba al interior del habitáculo luminosidad y confort. Poco tiempo después de la fabricación fui vendido a un banquero, y gracias a él pude pasearme por mansiones de lujo y fiestas privadas cargadas de sexo y cocaína. A veces servía de improvisado tálamo donde mi dueño se recreaba con jóvenes y bellas señoritas ávidas de buena cartera, dejando en el vehículo un agrio y dulce aroma a caro perfume y flujos vaginales.
Finalmente se cansó de mí, encaprichado por un coche más lujoso, y fui puesto a la venta en un concesionario, en ese gran escaparate me vendieron a un matrimonio con dos hijas, unas pequeñas brujitas que no paraban de tirar migas de pan, Cheetos y pequeños objetos que desperdigaban por todo el habitáculo, como pelotas o muñecas de varios tamaños. Incluso alguna vez vomitaron sobre la tapicería de los asientos traseros, impregnando todo el interior de un olor amargo e insoportable.
Por fin volví al concesionario y fui adquirido por un joven veinteañero. Donde día si y día también me llevaba por todas las discotecas del reino hasta altas horas de la madrugada, buceando en los submundos de la noche y el bakalao electrizante.
Un día, la alta graduación del whisky, inusualmente esa noche adulterado, hizo que el organismo se viera abocado a alteraciones de los sentidos, principalmente todo lo concerteniente al equilibrio y a la visión, produciendo un estado lamentable de su persona con el gran peligro que suponía ponerse al frente de volante. Aceleró despacio y salió rumbo a su casa esquivando los imaginarios obstáculos de su cerebro. En cada curva que daba se salía un poco de la calzada y pisaba la zona de grava. En una de ellas, más cerrada que las anteriores, el coche primero se puso sobre las dos ruedas laterales y luego volcó dando vueltas sobre si mismo hasta ir a parar a un lago cercano a la carretera.
Flotaba sobre el agua como si fuera una gran gota de aceite, sin hundirse, inmóvil y silencioso, pero lentamente el agua iba entrando en el habitáculo, y cada momento que pasaba era más difícil mantenerse en la superficie. Primero fueron los pies los que se le mojaron, mientras que la puerta estaba atascada y era imposible de abrir. Luego le llegaba el agua a las rodillas y golpeó los cristales con la mano en un intento inútil de romperlos.
En pocos minutos la inundación le llegó al cuello y ya la desesperación y el miedo le hacía gritar en horrorosos lamentos. Por fin el coche se hundió y con él su inquilino, y yo. Pero cuando estaba todo perdido el cristal de la luna delantera estalló y una mano desconocida entró a gran velocidad para tirar del joven conductor hacia fuera.
Supongo que salvaron su vida porque yo sí que me fui hundiendo cada vez más hasta que las ruedas se posaron sobre el fangoso lecho del lago. Y allí en la más absoluta oscuridad y soledad descanso desde hace cien años, y definitivamente no viajaré más ni seré transformado como otras veces. Y reposaran mis restos hasta la eternidad de los días...

Fernando García de la Rosa.

La sinfonía y el caos

La sinfonía y el caos

No tengo miedo.

Ya sé que entre nosotros hay fractales
encendidos, como cuarzos de fuego,
que se expanden, se multiplican,
estallan y rebotan
en esquinas imposibles de espirales de luz.

El tiempo y el espacio
se han fundido en tres secretos
que estallan en la música
que besa y nos arroja hasta el vacío.

Pero tú y yo
buscamos cada rastro en el azul.
No tengo miedo, porque estás tú.

Isabel Delgado. Del libro: "Pentagramas de agua".

Mundo Simbólico

Mundo Simbólico

ABISMO

Toda forma abisal posee en sí misma una dualidad fascinadora de sentido. De un lado, es símbolo de la profundidad en general; de otro, de lo inferior. Precisamente, la atracción del abismo es el resultado de la confusión inextricable de esos dos poderes. Como abismo han entendido la mayoría de pueblos antiguos o primitivos diversas zonas de profundidad marina o terrestre. Entre los celtas y otros pueblos, el abismo se situaba en el interior de las montañas; en Irlanda, Japón, Oceanía, en el fondo del mar y de los lagos; entre los pueblos mediterráneos, en las lejanías situadas más allá del horizonte; para los australianos, la Vía Láctea es el abismo por excelencia.


De Diccionario de Símbolos. J.E. Cirlot

Arena de los mares

Arena de los mares

Hacía pocos meses que se había mudado a su nueva casa, una vieja mansión del siglo XIX, no muy grande, sombría, pero con un magnífico jardín victoriano y una piscina. Ya desde el primer día se dio cuenta de que allí había algo extraño. Sobre todo llamaba la atención un sepulcral silencio que lo invadía todo, tanto que parecía que estuviera totalmente deshabitada. Y soplaba continuamente el viento céfiro en todo su gélido esplendor, arrastrando las hojas secas que estaban esparcidas por doquier. Incluso en verano la casa parecía estar sumida en una sombría infinita que acongojaba el corazón.
Gustavo vivía solo. El caserón era enorme y aunque en sus tiempos de apogeo necesitaba de unos cuantos sirvientes para mantener todo en orden, ahora había decidido no contratar a nadie por temor a que pudieran alterar la paz que necesitaba para vivir. Apenas de vez en cuando se acercaba una pareja de la guardia civil para comprobar que todo estaba en orden. O algún chalado atraído por las historias de sus viejas piedras, ya que se decía en el pueblo que estaba habitado por un fantasma que se aparecía en las temporadas de plenilunio.
Con la llegada de las sombras nocturnas sucedió un acontecimiento muy extraño. Estaba leyendo en un sillón del salón, junto al crepitante fuego que manaba de las maderas de encina que ardían en la chimenea, cuando alguien golpeó en los cristales de la ventana. No eran tiempos de estar bajo las estrellas porque el frío del invierno estaba golpeando como hacía años que no recordaba. Cuando la abrió no había nadie al otro lado, instintivamente lo achacó a que en realidad el ruido fue causado por el azote del viento, o quizá una rama de los árboles cercanos que golpeó en los cristales. Volvió a sentarse en el mullido sillón, y otra vez volvió a oír los ruidos, esta vez sí fueron claros, y no cabía duda de que alguien llamó con los nudillos. Tuvo que comprobar que nadie se encontraba en el exterior, en el jardín dónde las sombras de la noche le envolvieron en un terrorífico paseo que le hizo ver monstruos donde sólo había arbustos. No encontró a nadie, vivo ni muerto. Tan sólo vio un pequeño montoncito de arena en el quicio de la ventana, como dejado ahí adrede para mandarle algún mensaje, pero no hallando una explicación racional a cómo podía haber llegado hasta allí, lo limpió con la mano sin darle mayor importancia y se refugió en el calor de la casa.
Unas horas más tarde, mientras dormía, unos ruidos insólitos de ultratumba le despertaron de su pacificador sueño. Alguien lloraba en alguna parte de la casa, o más bien gemía, de dolor quizá. O de tristeza. Al intentar dar la luz comprobó que no funcionaba, así que tuvo que coger un antiguo candelabro que estaba lleno de polvo de una mesita cercana para encender sus velas. Al salir de la habitación, la oscuridad del pasillo lo atraía como hipnotizado y se fue iluminado tan sólo por el pequeño haz de luz que desprendían las candelas. Cuando llegó al enorme salón, de donde provenían los lamentos, las luces se encendieron de repente, no sólo las del lugar donde se encontraba, sino las de toda la casa. Las fue apagando una a una, no sin haber dejado paso a un emergente miedo que se estaba adueñando de él como una mala hierba.
Cuando apagó la última luminaria sus ojos se fueron como un rayo hacia un montoncito de arena que había en el suelo, exactamente igual al del quicio de la ventana.
En los días sucesivos no pararon de suceder cosas paranormales. Puertas que dejaba cerradas amanecían abiertas, otras veces se cerraban bruscamente como azotadas por una gran tormenta. Los antiguos relojes de péndulo que había desperdigados por toda la casa solían dar las campanadas sin coincidir con el número que marcaban las manecillas, o daban cambiados los cuartos y las medias. A veces se oían ruidos psicofónicos, era como el rumor de las olas cuando rompen en un acantilado, como el sonido que produce el hueco de una caracola. Pero lo más inexplicable de todo es que siempre unido a estos fenómenos, en algún lugar de la casa aparecía un montoncito del mismo tipo de arena y en la misma cantidad.
Un día, cuando las sombras del ocaso cubrieron el horizonte oyó un monumental alboroto en la biblioteca. Ruido de peleas y gritos. Corrió hacia la sala pero no encontró a nadie y el bochinche había cesado, pero estaba todo desperdigado por el suelo. Los libros habían caído de sus estanterías y estaban esparcidos por todos los lados haciendo una alfombra de incunables. Misteriosamente un antiguo manuscrito cayó de las estanterías superiores hasta sus pies, no se sabe cómo, quizá algo o alguien lo empujó para que lo leyera y descifrara algún mensaje oculto. Cogió el códice entre sus manos y se recostó en un sillón para leerlo, pudiera ser que entre la tinta de sus páginas encontrara las respuestas a todos los fenómenos que se estaban dando en la casa.
En el epítome se contaba que hace tiempo, una pareja de enamorados que vivía en un pueblo costero de España, llamado Mecaplast, se subieron a un gran barco con destino al nuevo mundo, a los Estados Unidos, un país emergente donde sobraba trabajo y el oro abundaba en las lechos de sus ríos, todo el mundo lo llamaba el país de las oportunidades. Desgraciadamente durante la travesía el casco del barco chocó con un iceberg y se hizo una brecha por la que empezó a entrar agua a raudales, haciendo inevitable la tragedia, afectando a la estabilidad del crucero. Cuando se fue a pique sólo unos pocos afortunados consiguieron salvarse en los botes salvavidas.
El joven enamorado vio como en el fulgor de la devacle su amada subía a la barcaza con las mujeres y los niños, ella insistió en quedarse a su lado pero al soltarse de su mano se vio engullida en un torbellino de gente colerizada que la empujó hacia la pequeña embarcación.
Él se quedó en la cubierta con lágrimas en los ojos, sabiendo que su destino se separaba ahí mismo, porque ya no había más balsas y el barco estaba siendo absorbido por las fauces del gélido océano. De pronto el casco del buque se partió en dos y el hundimiento se hizo más precipitado. Sus pasajeros intuyendo el fatal desenlace se fueron todos a la proa del barco porque esa sería la última parte en hundirse. Pocos minutos después no quedaba nada del trasatlántico, tan sólo miles de objetos flotando aquí y allí esperando inútilmente ser rescatados por sus genuinos dueños.
El joven enamorado, loco de amor y de ira se precipitó en la vorágine de aguas en busca del dios Neptuno para pedirle que le devolviera a la vida y así poder estar con su amada. Le encontró en su morada submarina, una gruta enorme donde había multitud de peces de inverosímiles colores y criaturas del fondo de los mares desconocidas para él. Las sirenas, hijas del Dios eran bellísimas, y sus cantos te llenaban de paz y felicidad. Ya en el salón principal el Dios de las aguas tuvo a bien dar una oportunidad al desdichado, conmovido por su gesto de amor, le dijo que no volvería a verla sin hacer nada a cambio. Le retó a una prueba. Si ganaba conseguiría vivir, si perdía, tendría que cumplir un terrible castigo.
El Dios le dijo que todas las noches la luna se paraba en algún punto de su inmenso imperio, pero por más que lo había intentado, nunca consiguió tocarla. Por lo tanto, esa era su prueba, le tenía que conseguir la luna. Y tenía un mes para hacerlo.
Pasado ese tiempo volvió a la gran sala del reino, desolado porque no había conseguido atrapar a la luna, por lo que Neptuno le impuso un castigo.
Le condenó a vagar eternamente por el mundo de los vivos. Y sólo hallaría descanso cuando encontrara a su amada. Y en esa búsqueda su destino estaría unido al de la luna, puesto que sólo al decaer las luces del día y con la salida del satélite podría convertirse en hombre, pero en hombre de arena.
Por eso cada semana de luna llena aparece por la noche en las casas para buscar a su querida novia, y así poder los dos encontrar el descanso eterno, juntos hasta el fin de los días.
Y después de leer esta historia, cerró el libro y lo depositó en su estantería correspondiente. Le pareció un cuento horrible y muy cercano. Entonces comprendió. Se echó las manos a la cara para intentar frenar el llanto de lágrimas que inundaba su cara. Al apartarlas vio con tristeza cómo sus manos se iban convirtiendo en arena, y cómo todo su cuerpo se convertía en arena. Y recordó con nostalgia los días felices que pasó con su novia, y dio por zanjada la búsqueda en este viejo caserón abandonado desde el siglo XIX.


Fernando García de la Rosa