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CÁLCULOS DEL AIRE

El embalse de Beleña

El embalse de Beleña

 

Han pasado unos días de la última incursión pedestre y la satisfacción asoma, todavía, de oreja a oreja. Prueba de ello son las constantes visitas a las fotografías tomadas, mi predisposición a la escritura creativa junto a un afán por documentar y acaparar cada área descubierta. El embalse de Beleña bien merece conocerse y cantar sus espectaculares atributos.

Sus aguas, enmarcadas en unos paisajes que bien podrían ubicarse en latitudes nórdicas, adormilan la conciencia. Gran parte del escenario natural donde permanecen está cubierto por imponentes y abundantísimas coníferas; por lo visto  ni mucho menos son autóctonas del lugar consiguiendo enflaquecer protagonismo a las especies oriundas como robles, encinas y jaras.

La Mancomunidad de Aguas del Sorbe goza de unos afeites singulares, originales en la provincia de Guadalajara: santo y seña de devoción a la que impongo, desde hace meses, un seguimiento casi litúrgico.

De nuevo algunas localidades liliputienses salpican con brillo la ruta del caminante; de nuevo, y, agradecido, una grácil fémina aviva el impulso vital del merodeador de senderos para aliviar la fatiga y dulcificar el rictus del día; de nuevo las ganas de ensoñación se multiplican como las plantas aromáticas que parecen mantenerse alerta ante nuestra tropa carpetovetónica, tan poco dada al silencio y al traje de la discreción.

Ésta primavera me alzó en sus brazos con amplitud. Me dignifica con las amistades medusianas, me levanta los párpados con los proyectos literarios para acabar regalándome bocanadas de energía, nada cuestionable, con encuentros paisajísticos de altísimo valor.

Espero que nadie ose zarandear mi pequeña burbuja de placidez.  

 

 

Álibe

 

Extraído de la obra en prosa Pasaje a la eternidad

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