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CÁLCULOS DEL AIRE

El marino que perdió la gracia del mar

El marino que perdió la gracia del mar

«Ha de haber esperándome un destino singular; una suerte de destino rutilante, privativo, al que no tendrá nunca acceso el común de los mortales.»

Así rezaban los sueños del joven marino japonés Ryuji Tsukazaki a bordo del carguero Rakuyo. El marino que perdió la gracia del mar es un válido ejemplo de tragedia oriental que inmiscuye y perfora, con exquisito tratamiento, el mundo de las atormentadas y opresoras relaciones humanas. Con una estilística pulcramente depurada, con un lenguaje bruñido, luminoso, retrata y ambienta escenas, rasgos psicológicos con una maestría fuera de lo habitual en los grandes narradores del siglo pasado. El autor (insólito caso de personaje épico, instigador social y artista de hondo calado) recoge de su frustrante y descorazonador legado infantil, material y argumentos sólidos para posteriormente proyectarlos en realidades merodeadoras al fracaso, al desenlace macilento, fatal.

La novela cuenta la historia de un marino oriental que, desilusionado por la vida marítima, descubre el amor en manos de una viuda acomodaticia y hundida en el letargo existencial. La presencia de Noboru, el hijo de esta última, surgirá como el polo hostil, como el punto de desequilibrio y desavenencias para que la relación atraviese por los quebradizos paralelos de la armonía.
Mishima reconduce al lector, lo timonea con mano firme y precisa a través de pinceladas interiores de paso lento, continuo; estimula las debilidades y carencias de los individuos con injertos erotizantes que compensen su previsible y sombrío destino; alza la voz al igual que un samurai en el fragor de una emboscada de dudosa resolución.

En la obra caben recoger varios parámetros esenciales por los que se rige la narración: la soledad, los celos, el mar como metáfora maternal de los desarraigados de la tierra, y la venganza. La soledad surge del trueque en que el hombre voluntariamente se somete a la sociedad para acaparar materialidad y poder. Los celos son el fruto de las barreras que el sistema psicológico impone para normalizar su funcionamiento. El mar es un símbolo dual y complejo que a la vez denota: libertad y acotamiento, protección y desamparo, calma y tormenta -como entidad incitadora de la desgracia-. Por último, la venganza prende fuego, la venganza se propaga cuando la batalla de la razón se cuestiona en inferioridad frente a otras alternativas.
Son deliciosas las páginas por las que el lector puede trasegar en esta excelente muestra literaria. Formidables son aquellas donde se rastrea la sed de licitud del curioso y maduro adolescente Noboru, que cuestiona con criterio el mundo adulto. Otros pasajes notables son los destellos vertiginosos que atraviesa el marino y su amante ante el barranco imprevisible del destino.

El libro, además de suponer un testimonio adherido al “preciosismo”, expone, en una línea progresiva, la pertinaz búsqueda de los tres personajes de un sueño, o gloria doméstica: el encuentro con la patria vital.


Ángel Fdez. de Marco

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